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OMS.t UltE LAC CO^.2
THE LATÍN AMKRiCAN CXXXBCTKMr
THE UBRABT
THE UNIVERSITY OF TEXAS AT AUSTIN
THE SIMÓN LUCUDC
MO DE LA PLATA LEBRARY
Purchased
1963
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This Boolc is Du« on fh« LoUsf Dof« Sfomp«d
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BIBLIOTECA DE AUTORES URUGUAYOS
jpRANCISCO ^AUZÁ
ESTUDIOS
LITERARIOS
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iMONTEVIDEG
ESTABIECIIÍIENTO TIPOeRJÍFICO-EDimiAL DE LA LIBRERÍA NACIONAL
DE A. BARREIRO Y RAMOS
1885
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ESTUDIOS LITERARIOS
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BIBLIOTECA DE AUTORES URUGUAYOS
ESTUDIOS
LITERARIOS
POR
FRANCISCO BAUZA
MONTEVIDEO
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÍFICO-EDITORIAL DE Li LIBREKIÁ NACIONAL
DE A. BARREIRO Y RAMOS
Z885
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Es propiedad.
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FRANCISCO ACUÑA DE FIGUEROA
I MPosiBLE estudiar á Figueroa, sin sentir-
se solicitado por tanta diversidad de afee-
I tos , como estendida y varia es la ju-
I risdiccion que su fantasía invasora se
apropió en el mundo de las letras. Aseméjanse
sus obras, todavía inéditas en gran parte, á un
campo prodijioso donde la naturaleza hubiese
derramado toda clase de simiente, para hacer-
le producir con los más delicados arbustos, gajos
malsanos y yuyos.inútiles, formando de ese mo-
do un abigarrado conjunto. Á poco que se medi-
te, empero, esta variedad no es tan espontánea
como lo deja entender su condición aparente, si-
no que es una necesidad impuesta por la época y
el escenario donde el poeta tuvo que desarrollar-
se ; porque Figueroa, superior á sus contempo-
ráneos en ilustración y gusto, debió sin embargo
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Estudios Literarios
amoldarse á las circunstancias, para no pasar
inapercibido como en otra esfera pasó Larrañaga,
el más grande y el único hasta hoy desconocido
de los sabios sud-americanos de su tiempo.
Si hay un espectáculo triste en la vida, es la
lucha del talento contra la indiferencia pública,
cuando el nivel intelectual del que emprende la
batalla está tan distanciado del vulgo, que fatal-
mente se cierne entre rejiones inaccesibles al al-
cance popular. Entonces sucede, de dos cosas,
una : ó se capitula, incorporándose á la turba y
haciéndose perdonar la superioridad en fuerza
de hablarle su lengua; ó se resiste y se vive anjula-
do, pero fiel á sí mismo, en el pedazo de mundo
ideal donde no trascienden los reproches de la
ignorancia. Aquel fué el caso de Figueroa, y éste
el de Larrañaga, cuyos talentos , distintos en sus
manifestaciones peculiares, si no les han reporta-
do ni á uno ni á otro todavía la ventaja de ser
juzgados como deben ; han dado al primero la
popularidad á cambio de sus concesiones, mien-
tras al segundo le han dejado en el olvido por no
querer conceder nada .
No se crea por esto, que es grande la ventaja
que el poeta uruguayo lleva al naturalista su comi-
patriota. en orden á la fama que uno y otro se
merecen ; pues si Larrañaga no ha pasado del
concepto de curioso con que habitualmente se
designa entre nosotros á los que acometen inves
tigaciones que no constituyen una profesión lu
crativa; Figueroa apenas goza reputación de ver-
sificador fácil, gracias á que se recuerdan de él
algunas composiciones satíricas, no ciertamente
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Francisco cAcuña de Figueroa
las mejores. Loque más vale de sus obras, y tam-
bién lo que menos, yace inédito en los estantes
de la Biblioteca Nacional; y allí permanecerá tan-
to tiempo como necesite el papel para tornarse
de blanco en amarillo, que esa y no otra es la ac-
ción fumigante ejercida en todo país de índole
española por los archivos sobre sus materiales
atesorados, viniendo á constituir una manera de
osarios, donde se clausuran á prueba de contajio,
los productos del ingenio que escapan á la escru-
pulosidad de algún coleccionista y no van á dar
á manos de algún librero de viejo.
Hasta en no sufrir escepcion á este respecto, es
Figueroa prototipo de su país y de su época. Si
el éxito le hubiera favorecido, no tendrían sus
aventuras literarias y personales, ese interés dr^a-
mático que las circunda, y que es, por decirlo así,
como la envoltura necesaria de un producto ge-
nuino del suelo, cuyo sabor se presiente, porque
no falta en las esterioridades ninguno de los sig-
nos característicos de la procedencia. Pero esta
condición misma, á primera vista tan favorable,
impone al crítico singulares miramientos para no
equivocarse en las apreciaciones ulteriores. De
seguro que si es muy atrayente para el observa-
dor, toda investigación literaria destinada á po-
ner en claro la vida de uno de esos autores que
caracterizan períodos históricos, también es gaje
de seguridad para la crítica que el espíritu se
identifique con la época á que pertenece el autor
en cuestión ; pues no de otro modo, ni de otro
punto de vista, se puede llegar á una disposición
de ánimo imparcial y amplia para decidir sobre
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8 Estudios Literarios
su conducta. Figueroa necesita, más que ningu-
no tal vez, la aplicación de esta regla de criterio
á sus obras. Porque siguiéndole al través de ellas,
desde que empieza alentado por el vigor de la. ju
ventud, hasta que se detiene tropezando en los
dinteles de la edad madura; se sigue á una edad
y á una generación de hombres, cuyos entusias-
mos y decaimientos han ido reflejándose en las
pajinas del maestro, necesariamente saturadas
por las impregnaciones de la atmósfera respira-
ble de su tiempo.
Nacido y educado durante la dominación es-
pañola, adquirió ideas monárquicas en el seno
del hogar, y rudimentos de instrucción clásica
bajo las bóvedas sombrías, del convento de San
Francisco, edificio que es hoy para nosotros, re-
cuerdo apenas de vetustas paredes derribadas, y
que fué sin embargo, centro de sabios y manan-
tial de nobles designios, allá cuando nuestros pa-
dres buscaban una patria con las armas en la
mano. A impulsos de la disciplina monacal que
procuraba la ilustración del espíritu con vigorosa
porfía, nutrió el suyo Figueroa, adaptándose los
primeros conocimientos que habían de hacerle
hablista consumado, correcto versificador y gran
latinista, para encarrilar su vena chispeante den-
tro de las formas típicas del clasicismo. Mas tar-
de pasó á Buenos Aires, concluyendo allí su edu-
cación en el Real Colejio de San Carlos.
Con este bagaje literario, á veinte años de
edad, y viviendo una vida apacible y holgada, sus
convicciones políticas no habían suMdo merma,
antes bien, se habían robustecido por la fuerza
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Francisco oAcuña de Figueroa
de las cosas, dentro de aquel período, tiempo de
oro de la colonia, que medió entre el rechazo de
las invasiones inglesas y el estallido de la Revo-
lución de 1811. En vísperas de tal suceso estaba
el país todavía, cuando renombrado por sus
triunfos y desastres Montevideo , y obgeto de
grandes distinciones sus principales habitantes,
acababa de nacer el orgullo nacional bajo el estí-
mulo del rey que premiaba nominativamente los
servicios de los criollos haciendo á la vez acuerdo
de la heroicidad del país ; y empezaban á tomar-
se medidas de todo género en la corte, que hacían
esperar satisfactorios progresos materiales. Los
adictos á la realeza, que no eran tan pocos como
se ha supuesto, habían acentuado las manifesta-
ciones de su fé monárquica con motivo de los
acontecimientos que el año anterior se produje-
ran en Buenos Aires, y estaban orgullosos de po-
der justificar para su tierra natal el título do fiel y
reconquistadora con que el gobierno hispano la
había condecorado. Todo esto conspiraba á alen-
tar el celo de la juventud afiliada al partido ofi-
cial, de modo que al estallar la revolución de
181 1 que trastornaba los principios y las cosas
admitidas, de pechos juveniles partió la primera
protesta .
Figueroa se encontraba en el número de los que
debían plegarse á esa voz de reprobación, y no
vaciló en tomar su puesto en las filas de los rea-
listas : pues « asustado — como él mismo lo dice
—por el áspero sacudimiento y convulsión que el
movimiento revolucionario hacia esperimentar
al antiguo orden social, se encontró colocado en-
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I o Estudios Literarios
tre aquellos que pretendieron poner un dique coi
sus pechos al torrente que se desbordaba, sin de
jar por eso de amar mucho á su tierra natal,
aun experimentar dobles simpatías á sus compa
triotas libertadores » . Singular posición, y qiM
sin embargo era la de todos los criollos realistaSi
destinados á defender al Rey sin poder execrar
totalmente á sus enemigos !
Precedido de tales auspicios se reveló el poeta,
encontrando tema á sus desahogos en la epopeya
del sitio de Montevideo por las tropas revolucio-
narias. Ninguna ocasión como aquella, para que
un subdito de la monarquía, hijo al mismo tie/n-
po del país donde se libraba el combate, diera
vuelo á las concepciones del espíritu exaltado por
las congojas del patriotismo ; pero ni la edad del
autor, ni la índole de su inspiración, correspon-
dian á empresa tan ardua como la que indicaba
el asunto elejido. Nada menos que un poema del
género heroico, era lo que pedia la narración de
aquellas aventuras guerreras que duraron veinti-
dós meses entre los mas variados episodios, y
Figueroa no tenia ni el golpe de vista que permi-
te formar el plan ajustado y correcto de un traba-
jo de tal magnitud, ni la inspiración alta y soste-
nida que engrandece los detalles sin prodigarlos.
Su Diario Histórico, aunque correjido y limado
muchos años después según confesión propia, re-
sultó una apuntación minuciosa de los sucesos
de cada dia ; una crónica versificada en que hay
tantas noticias como hechos pasaron y pudo rete-
ner su memoria. Es cierto que él no dio á su tra-
bajo mayor importancia de la que tiene, obser-
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Francisco (Acuña de Figueroa ii
vando en el prólogo « que la minuciosa exactitud
de la narración, como una traba molestísima al
verso, haría sin duda perdonar los defectos de la
estructura artística » ; pero con todo, lo desma-
ñado del método dispone á hacerle cargos, pues-
to que pudo resumir y concordar con mas tino,
los diversos y multiplicados sucesos que narró.
No carece de bellezas el Diario Histórico, y si su
plan es criticable por lo difuso, la versificación en
general es fluida^, y en ciertos lugares, bien que
en muy pocos, levantada y noble. Las aflicciones
del poeta se reflejan con mucha verdad al pintar
los desastres de ks armas del rey, y suele espre-
sar con tanto sentimiento la pena que le causa el
incierto porvenir del país y la posible caida del
poder monárquico, que la huella de su amargura
queda impresa en los versos que la delatan. Con
este motivo, las propensiones místicas que solie-
ron asaltarle en el curso posterior de su vida, se
vislumbran ya en algunas de las estrofas con que
desahoga sus melancólicas inquietudes. También
en otras, su espíritu festivo se revela sin querer-
lo, cargando -el tinte cómico sobre ciertos episo-
dios que por su ridiculez se prestaban á la risa.
De todos modos, era natural que así sucediese,
por que como quiera que una obra de largo alien-
to abarca siempre un período considerable de la
vida individual, es imposible que al fin no se re-
flejen sobre ella las condiciones geniales del au-
tor, en la medida que el tiempo las va poniendo
á prueba y por sucesión de emociones que na-
cen muchas veces de la naturaleza misma del
asunto.
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12 Estudios Literarios
Rendido Montevideo á las armas revolucicffli
rías bajo una capitulación que habia de violar i
general vencedor, encontráronse comprometida
seriamente todos los que eran afectos al gobicí
no español ; por lo cual muchos pusieron su sal
vacion en la fuga, y entre ellos Figueroa que fui
á dar á Rio Janeiro, donde permaneció bastanti
tiempo, agregado á la Legación española. AU
despicó el fastidio poniendo á su Diario historie»
una introducción que respira patrióticos renco-
res por todos sus poros; y escribiendo varias
composiciones descriptivas bajo el título de Car-
tas poéticas que pueden servir de modelo en su
género. Son varias esas cartas, y el interés poli-
tico é historial de unas, la crítica social y la na-
rración de las aventuras personales del autor que
contienen otras, las hace muy estimables. Del
punto de vista de la composición, Figueroa mues-
tra en ellas aquel empeño de versificar sobre
temas forzados que más tarde fué uno de sus
gustos predilectos, concluyendo las estrofas con
títulos de dramas, comedias y sainetes conocidos
entonces, y á primera vista ajenos al asunto que
se relata, pero que de paso dan una idea de lo que
se sabia sobre teatros en este hemisferio.
Por supuesto que el estado de su ánimo y el
centro social donde vivía, se prestaban á escitar
sus disposiciones satíricas, de manera á darle
pretesto para encontrar tipos criticables. De este
número fueron un maestro de escuela agraviador
de cierto amigo suyo, una vieja hablantina que
tenía una hija marisabidilla, y otras gentes por el
estilo. Escritas en portugués esas composiciones,
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Francisco (Acuña de Figueroa 13
parecen tener un mérito mayor del que intrínse-
camente tienen, á causa de la gárrula sorpresa
que produce en los que hablamos castellano el
lenguaje enfático de los compatriotas de Camoens,
pero á la verdad no están á la altura de las del
mismo género que más tarde publicó contra di-
versos sujetos. Por otra parte, el tono subido de
algunas de sus proposiciones, dejan mucho que
desear á las exijencias de la moralidad literaria,
que si es ridicula cuando raya en gazmoñería,
tiene en todos los casos por límite el pudor. Des-
graciadamente Figueroa no hacía mas que trillar
aquí los lindes del camino que debía conducirle
tan lejos en la huella dejada por Quevedo y pro-
seguida después con triunfante marcha por Emi-
lio Zola, y demás miembros del naturalismo en
boga. Es verdad, que en su testamento literario,
el poeta manda espresamente que tales composi-
ciones no sean publicadas, pero i á qué las colec-
cionó entonces ?
Vuelto al país, para correr algunas de las yici-
situdes que trajo la lucha contra la dominación
portuguesa y presenciar el triunfo irrevocable del
alzamiento nacional, pudo creer que despuntase
una época de actividad en las esferas intelectua-
les, como parecía anunciarlo el renacimiento de
todo un pueblo. Mas aquellas ilusiones, si las
tuvo, no habían de esperanzarle mucho tiempo,
porque el período de las contiendas civiles abierto
con tanto furor como tendencias de perpetuidad,
llamó la atención pública por entero sobre las ar-
mas é hizo de la guerra el obgeto predilecto de sus
solicitudes. La nación que había perdido ya el
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14 Estudios Literarios
más considerable de sus centros de saber con
convento de San Francisco, prosiguió march
sobre el plano inclinado de la ignorancia, á
embrutecimiento que hubo de dejarla sin ávn
danos aptos para llenar las funciones electoi
dentro de la modesta exijencia de saber leer y
críbir que impone su ley fundamental. Éscej
hecha de Montevideo, en los demás centros po-
blados, si había alguna escuela de primera ense-
ñanza era rejenteada por el párroco, dado caso
de que existiesen templo y párroco, porque ni to-
dos los pueblos tenían templo, ni los párrocos
eran tan abundantes que pudieran corresponda*
á uno por cada pueblo.
Pero si bajo cierto aspecto, semejante estado
social no se compadecía con el estímulo literario;
bajo otro, un numen cultivado y ardiente tenía
campo para remontar la inspiración hasta las
más altas rejiones del lirismo, puesto que la si-
tuación giraba todavía dentro del momento histó-
rico .en que el pueblo uruguayo había consumado
el acto mas glorioso de su vida, y estaba dándose
en espectáculo á la América para consolidar su
obra. Con torva frente y en violenta fuga, habian
cruzado la frontera para ir á decir al emperador
del Brasil y al gobernador de Buenos Aires que
nuestro suelo era inconquistable, tres ejércitos
vencidos sucesivamente en Haedo, Sarán di y Ca-
gancha, por el pueblo rudo que aquilatando en
mayor precio la libertad que la vida, no regateó
su sangre ni sumó el número de los individuos
que le retaban á combate. El primer Presidente
constitucional había visto desaparecer en horro-
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Francisco cAcuña de Figueroa 15
rosa lid, las esforzadas huestes charrúas que aun
señoreaban los confines del territorio patrio. El
segundo, había hecho sentir el poder de su espa-
da en los campos de Carpintería, volviéndola á la
vaina solo cuando la batalla del Palmar le arreba-
tó junto con las insignias de mando el lauro de la
victoria. Tales acontecimientos, englobados en el
trascurso apenas de quince años, daban asunto á
la inspiración, cualquiera que fuese el punto de
vista político en que los compromisos de partido
obligasen á colocarse al poeta.
Con no tomar la actitud que correspondía en
ellos, mostró Figueroa carecer de las dotes que
constituyen un poeta lírico; pues á escepcion del
Himno Nacional, que tiene estrofas dignas de ser
recordadas por su valentía, y de la Oda á la Es-
carlatina que es una bella imitación bíblica, no
produjo nada que arrojase de sí esos lampos con
que la inspiración remeda los sacudimientos del
espíritu humano, cuando se cierne sobre la frente
de' sus elejidos. En jerga festiva, saludó la liber-
tad de vientres decretada por la Asamblea nacio-
nal, poniendo en boca de los negros una letrilla
encomiástica: cantó después la Inundación de Ma-
ciel en estilo poémico, y con una Media-caña pa-
triótica despidió las huestes de Echagüe que
huían en desbande. Unos versos insustanciales á
la muerte de Bernabé Rivera, precedieron el Cun-
to á Mayo que es muy prosaico, al cual siguió pos-
teriormente el cuadro del Ajusticiado que es una
mala imitación del Reo de muerte de Espronceda;
y aquí plegó sus alas el cisne. En cambio, su ma-
la estrella le condujo á condescendencias que
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1 6 Estudios Literarios
trasformaban la metrificación en oficio y la insph
ración en cosa aplicable á cualquier obgreto, pro-
duciendo versos á destajo, que forman en la co-
lección de sus poesías un fárrago de acertijos y
charadas, de botellas y copas dentro de las cuales
hay estrofas sin elevación ni sentido, arregladas á
las depresiones materiales del tiesto, y como
avergonzadas por el compromiso de ocupar sitio
tan mezquino.
Esta época aciaga de su musa, sirve para de-
mostrar los beneficios que una instrucción sólida
reporta siempre á toda intelijencia bien dispues-
ta. Aunque abandonado á sus propios esfuerzos,
sin rivales ni censores, Figueroa no se despeñó á
las profundidades de la esterilidad pretenciosa, é
hizo de su parte lo que pudo por reaccionar con-
tra sí mismo, emprendiendo algunos trabajos de
aliento, ya festivos, ya serios, según vino la oca-
sión. En los de género festivo, bien que su inspi-
ración anduviese generalmente á pocas varas del
suelo, naciendo de las cosas que le rodeaban y
viniendo á constituir como un modelo versificado
de ellas, reía con facilidad, haciendo reir á los de-
más por lo espontáneo de sus chistes. Algunas
veces sin embargo, resulta demasiado fuerte el
condimento con que salpimentaba las bromas,
para que no se conozca el empeño que le trabaja-
ba en provocar la hilaridad á cualquier precio.
Dominando el idioma, sin ser ni amanerado, ni
oscuro, decía, empero, las cosas con sencillez, y
empleaba de corrido una cantidad innumerable
de términos que demuestran la posesión que tenía
de la lengua y sus riquezas. Por ello es que nun-
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Francisco (Acuña de Figueroa ' 17
ca fué esclavo del consonante, apareciendo en to-
dos los casos espontáneo el giro de su metrifica-
ción, por más que no lo fuera siempre el sentido
íntimo de sus versos.
Sobre lo que él mismo pensaba algunos años
más tarde, de estas composiciones y otras de
igual cariz, puede sacarse la cuenta por la si-
guiente advertencia que les puso al hacer su
selección en 1846 : « Como las mujeres feas —dice
— suelen encubrir su deformidad con el lujo y
adornos, así yo deseo que todas estas mezquinas
composiciones salgan adornadas con viñetas vis-
tosas, alusivas al asunto que ellas contienen. »
Deseo que pudo ver satisfecho en parte, cuando
emprendió por si, hacia el año de 1857, la publi-
cación del Mosaico Poético^ poniendo á concurso
el feísimo surtido de viñetas de la imprenta del
Liceo Montevideano^ que era la casa editora.
En un orden más elevado, los trabajos serios
que acometió, son dignos de recuerdo y abonan
su buen gusto. La desesperante sencillez del Sa-
cris Solemnis y la majestuosa elevación del Dies
Irce, le tentaron á estremo de hacer de estas dos
composiciones relijiosas una traducción que en
nada desmerece de los orijinales. Tradujo tam-
bién el salmo Super Flumina, varias Lamentacio-
nes de Jeremías y el Siabai Mater, vertió en dos
formas distintas el Te Deum, versificó el Padre
Nuestro, é hizo de la Salveuna. paráfrasis, el mayor
trabajo de su índole que tenga la lengua caste-
llana. Á estas traducciones que acusaban perse-
verante trato de asuntos relijiosos, precedieron
y siguieron varias composiciones orijinales de
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]8 Estudios Uierarios
estraccion mística, que pintan el estado de ánimo
delpoeta, aflijido singularmente por la afección
que después de haberle tenido á las puertas de la
muerte, inspirándole hasta un epitafio para su
sepulcro, le robó la voz para siempre.
Colocado ya en el carril de una reacción tan
beneficiosa, volvió sus ojos á los estudios clásicos
que habian sido la puerta por donde entrara á la
literatura en los años juveniles. Era Horacio su
poeta favorito, y en el esmero con que le tradu-
cía se ven las huellas de esa afición no desmen-
tida nunca. Tradujo de él, las odas á Mercurio y
á Mecenas, la Canción secular, y las odas á los
romanos y á Augusto volviendo de España ; algu-
nas de ellas con tan rigorosa economía, que el
verso castellano resulta calcado casi sobre igual
número de palabras que el orijinal. También
hizo por esos tiempos varias composiciones
didácticas de su propia cosecha, como ser el
Alfabeto de los niños, en el cual cada letra lleva
una estrofa alusiva á las glorias nacionales ó á
nombres y hechos históricos del estrangero, y los
Signos del Zodiaco en décimas esplicativas. Perte-
necen al mismo género aunque de fecha pos-
terior, las Reglas para el juego del Mus y de la
Báciga en que el autor confiesa que la poesía se
ruboriza de prestarse á combinaciones tan mez-
quinas.
Esta multiplicidad de trabajos, agregada á un
diluvio de estrofas insipientes que acostumbraba
á lanzar anualmente en targetas para los aniver-
sarios patrios, y á centenares de epigramas,
muestran lo inagotable de la facundia de Figue-
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Francisco cAcuña de Figueroa 19
xoa, é inclinan el ánimo á lamentarse de tan pro-
fuso derroche. Porque con ser tan rara y pere-
grina una buena dotación intelectual, impone á
su dueño deberes superiores, para que le sea
tolerado malgastarla sin protestas de los demás,
que tienen derecho á gozar en parte y por via
de indemnización los frutos ubérrimos que les
defrauda la imprevisión ó la holgazanería. Más
perjudicial aun el despilfarro de la intelijencia
que el del dinero, cuando menos éste se tras-
mite de unas manos á otras para circular siem-
pre ; mientras aquella se consume con quien la
tiene, sin que sus derroches sirvan para^ produ-
cir otra cosa que el decaimiento moral en derre-
dor de sí.
Como quiera que sea, durante estas oscilacio-
nes de su espíritu, Figueroa habia dado con un
género en el cual nadie ha podido igualarle hasta
hoy, y del que es decididamente inventor. Nos
referimos á las Toraidas, ó sea narraciones ver-
sificadas de las corridas de toros. Para pintar en
toda su deformidad esta clase de espectáculos,
conviene decir previamente alguna cosa sobre
ellos. Forma la parroquia habitual de las corri-
das, el más inapropiado público que pueda darse.
Vecinos honestos que se desvanecerían ante las
perspectivas de matar un animal cualquiera en
su casa; profesores de derecho natural que sos-
tienen la inviolabilidad de la vida en todo orga-
nismo dotado de actividad voluntaria; médicos
que se compungen de las enfermedades de los
animales y enseñan á los veterinarios á curarlas ;
economistas que toman á punto de honra defen-
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ao Estudios Literarios
der la industria pecuaria, católicos sinceros que
leen con atención reverente aquel precepto del
Deuteronómio que dice: «no verás el buey de tu
hermano 6 su cordero, perdidos, y te esconderás
de ellos : volviendo, los volverás á tu hermano » ;
en fin, personas nerviosas y caritativas, de todo
linaje y condiciones, se sientan en las gradas de
piedra del hemiciclo, y esperan alegres el san-
griento espectáculo, después de haberse recí-
procamente informado con el más correcto cere-
monial inquisitivo sobre la salud de todos los
suyos. Y estos filántropos, cuya condición huma-
nitaria trasciende á sus doctrinas, resultan como
tocados de epilepsia al sonido de la corneta que
anuncia la aparición de unos cuantos chulos ridi-
culamente pergeñados, electrizándose hasta deli-
rar, cuando estos con esguizaro lengüeteo ofre-
cen por complemento de sus maniobras unas
cuantas bestias muertas á puntazos y cuchilladas.
Entre los argumentos de mayor socorro con
que los tauromanos defienden su causa, sobre-
sale aquel que presenta las corridas de toros
como una escuela de virilidad para los pueblos.
Es de advertir, sinembargo, que sometida la
afirmación á un análisis esperimental, queda pul-
verizada. Porque nunca hubo nación donde se
corrieran más toros que en España, y si se ob-
serva que bajo Fernando V esa faena era una
diversión de la nobleza y bajo Fernando Vil llegó
á ser un arte popular para cuya enseñanza se
abrieron cátedras subvenidas por el Estado ; re-
sulta que en el país clásico del toreo, la virilidad
pública ha ido en razón inversa de los progresos
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Francisco (Acuña de Figueroa ai
tauromáquicos. Ni sabríamos esplicarnos tam-
poco, aun cuando no mediase ese hecho decisivo,
qué clase de influencia hubieran podido tener
sobre los guerreros españoles que pelearon y
vencieron fuera de su país, desde Gonzalo de
Córdoba hasta O'Donnel, la vista de las corridas
de toros, á que solo por escepcion les permitió
concurrir su accidentada y trabajosa vida de
soldados.
En nuestra sociedad, como en todas las socie-
dades humanas, han existido siempre dos co-
rrientes de ideas; la una, que tiende á conservar
todo lo antiguo, y la otra que tiende á reformarlo
todo. Con este motivo, las plazas de toros han
tenido sus defensores y sus enemigos, aunque
dicho se está que hasta hoy los primeros han
vencido á los segundos. Conviene advertir em-
pero, que desde tiempos lejanos hubo personas
que miraran de reojo la tauromaquia, y tan es
asi, que allá por los años de 1838 ó 39 cantaba Fi-
gueroa lo siguiente, en una Toraida Romántica:
Grita Mendo
que es horrendo,
que es infando,
ver lidiando
racionales
y animales ;
que es un juego
musu'man :
Y el vestiglo
diz que el siglo
de las luces,
dio de bruces
sin decoro
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22 Estudios Literarios
porque hay toro :
i Qué pasiego !
¡ Qué patán!
Figueroa se enojaba mucho con Metido porque
éste criticaba la tauromaquia. — ¿Pero qué decia
Mendo ó sea el partido anti-tauromáquico, para
hacer enojar de tal suerte á nuestro viejo y ronco
vate?— Decia entonces lo mismo que dice ahora.
— Decia que es una irrisión llamar heroicidad,
á la lucha de diez ó doce hombres armados
hasta los dientes, contra un desvalido toro que
ya viene encandilado, hambriento y estropeado
del redil, para morir hecho trizas en la plaza.—
Decia que en un país ganadero no debe declarár-
sele una guerra insensata al animal que precisa-
mente constituye, desarrolla y fomenta la riqueza
pública. —Decia que el espectáculo de una corrida
de toros, no es ni con mucho un cuadro de cos-
tumbres civilizadas, que pueda colocarse á la
vista de un pueblo nuevo, desgraciadamente
harto dispuesto alas lides sangrientas. — Decia
en fin, otras muchas cosas por este estilo, que le
valieron entonces, y le valen hoy aun los dicta-
dos de pasiego y patán !
Mendo está por lo tanto en plena derrota. La
zambra y el bureo han podido más con sus atrac-
tivos febriles, que las filosóficas y tranquilas re-
flexiones de los amigos de la hueste toruna. Y
en verdad que las emociones de una plaza de
toros, no son para desperdiciadas, por las gentes
que entienden lo que es el placer de gozar. ¿Dón-
de hay nada más hermoso que un caballo des-
tripado ala primera embestida ? Qué emoción
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Francisco cAcuña de Figueroa 23
igual á la producida por un toro que salta la valla
y pone en aprietos á los entusiastas mirones que
no contaban con aquel lance omitido en el cartel
de anuncio? Qué cosa comparable al revuelto mar
de un populacho furioso, que se subleva porque
los bichos no son bastante bravos, es decir, por-
que ni siquiera han matado á un lidiador y á una
media docena de caballos? ¿Y no es acaso el non
plus ultra de la delicia, ver á la turba llegar en un
dia clásico á toda la altura de su iracundia, arro-
jándose sobre los toreros, sacando á los toros de
la cola é incendiando el circo ?
La prosa es impotente para describir toda la
grandeza de un espectáculo semejante. A no te-
ner la poesía el atractivo secreto de la rima, la
estructura férrea de la estrofa, el fu jitivo destello
de la inspiración, no fuera tampoco digna de
cometido tan excelso. Pero afortunadamente la
poesia taurina y el poeta que debia crear este
género estaban destinados á nacer sobre el suelo
uruguayo. Oigamos á Figueroa cantar la heroica
jornada popular que obligó á la autoridad á pro-
hibir por muchos meses las lidias de toros, con
profundo sentimiento de una gran parte de la
población. Habla el poeta :
En plena posesión como unos reyes
estábamos del circo, en paz profunda,
cuando violando las taurinas leyes
se amotinó una plebe furibunda;
y sobre si eran toros, ó eran bueyes
hubo escándalo, asalto y barabúnda,
hasta que allí volar vieron mis ojos
tablas, sillas y bancos por despojos.
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Estudios Literarios
Yo ▼< ultrajada en el saqueo infondo
la pica de Palanca ... oh, lance fiero I
pica que honrara el noble Villandrando,
] Y en qué manos ! ... en manos de un lechero ! ! !
Vi una ninfa en gran riesgo reclamando
contra el vulgo frenético y grosero,
Yo la vi, en un tablón que se derrumba,
como el áni^el de luz sobre la tumba.
A Repollo y Violin llamaba airado
el vulgo en el furor que le enajena ;
más el violin estaba destemplado
y el repollo cual blanda berengena.
Asustados los dos, bajo el tablado
^ quién sabe lo que hacian en tal pena? . . .
Ay, no salgas, escóndete Repollo,
que eso sería echarle trígo al pollo!
Allí vendióse en bárbara subasta
y á vil precio la espada de García.
Dulces vi por el suelo en caldo y pasta,
y una lluvia de almendras y arropía.
Un confuso tropel, de varía casta
jcA la mosca I y ¡al mono! repetia
Y al boletero asaltan con encono ;
mas ya estaban en salvo mosca y mono.
No puede describirse con mas propiedad en
cuatro estrofas, un lance tan sonado y tan terri-
ble. Todas las peripecias de la lucha, están mar-
cadas con precisión maravillosa. La tranquila
actitud de los espectadores antes de la gresca ;
lo inesperado de la rebelión popular ; la trasfor-
macion en pájaros de las sillas, tablas y bancos
para volar sobre la cabeza de los toreros, la des-
honra del picador Palanca, Bayardo de la tauro-
maquia, á quien un lechero habia quitado sus
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Francisco (Acuña de Figueroa 25
armas : los apuros de García condenado á pre-
senciar la bárbara subasta de su espada vendida
á vil precio; la resignación de Repollo y Violin,
acurrucados bajo el tablado, haciendo quién sabe
qué ; y por último, las profundas vistas del bole-
tero, poniéndose en salvo á tiempo con la moscas
como si presintiera que por allí debia concluir
obligatoriamente la función y toda función co-
menzada de esa manera: dan una idea bien cum-
plida de lo que es un lance de tal laya. ¡ Y pensar
que hay quien quiera prohibir al pueblo goces
tan inocentes !
Por fortuna, cüpole también á Figueroa la glo-
ria de reducir á una espresion mínima y casi ri-
dicula los escrúpulos de los enemigos del toreo,
demostrando que más gentes mueren de beber
agua fria y comer pepinos á la noche, que toreros
sucumben en la lid. Bien que el argumento peque
por inexactitud relativa en los términos de com-
paración, porque agua fria y pepinos toma todo
el mundo, mientras que toros solo lidian unos
cuantos hombres ; parece sinembargo, que la ma-
yoría quedó encantada con una proposición tan
clara. Batieron palmas de contento los amigos de
la tauromaquia, y se sintieron abrumados sus
enemigos á punto de no poder, ni con la fé de
bautismo en papeles. Mendo fué hundido en esta
última batalla: ya no se le consideró digno de ser
tomado en cuenta, ni siquiera como ente racional.
Es difícil resistir á la tentación de copiar las tres
estrofas, en que Figueroa arroja á tierra y dá la
última trompada en la barriga á su enemigo. Es-
cuchad :
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26 Esludios Literarios
Y no admiras, no sientes, no te late
el corazón de orgullo y de contento,
al ver que un racional resiste, abate,
y postra al ñn de un bruto el ardimento?
^Quién al mirar el hórríio combate:
de una parte el furor, de otra el talento;
aunque el grave espectáculo le asombre
no saldrá envanecido de ser hombre>
Si á esto llaman locura, otras mayores
se ven en las naciones ilustradas,
que cual gallos preparan gladiadores
para el circo feroz de las trompadas.
Roma vio cuatrocientos Senadores
y un Soberano andar á las puñadas,
contemplándose aquellos muy felices •
con perder solo un ojo, ó las narices.
Los riesgos se ponderan .... ¡desatinos
son que un ciego terror se forja en vano!
Mas víctimas se llevan los pepinos
ó el agua fría en tiempo de verano.
De mil formas se muere .... los destinos
no es dado contrastar al triste humano
^y quién sabe si á veces son los bueyes
fatídicos ministros de las leyes ^
Ya lo sabéis, hombres incrédulos, que afectáis
negar la evidencia. Los toros son, una vez lanza-
dos al circo, no solo orgullo del hombre y estí-
mulo de sus más levantadas acciones, sino minis-
tros fatídicos de las leyes. ¿ Pero de qué leyes ? . . .
¡ Valiente pregunta ! . . . de las leyes divinas ! • . .
De loque se sigue, que cuando en nuestros tiem-
pos, fué corneado de refilón y en parte carnosa el
capa Cotorrita, se cumplió una ley divina con él,
pues Cotorrita estaba destinado por adverso sino
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Francisca cAcuña de Figueroa 27
á que el toro magullase su enteca y alíjera per-
sona !
Las Toraidas son notables por el movimiento y
variedad de sus episodios, puestos de relieve con
chispeante gracia. Hasta el título que las distin-
gue inspira risa, pues las hay que se llaman San-
simonianas, otras Peladas, otra^ Cortas, etc. No
se hable del verso, que en todas ellas es fresco y
abundante. Figueroa, tauromano de ley, no se
limitaba á pintar los incidentes y comentarlos,
sino que de paso filosofaba, aprovechando toda
oportunidad para defender su diversión favorita.
Asi es que en la plaza de toros, era él la primera
autoridad aunque asistiese al acto el Presidente
de la República ; y entre los toreros gozaba repu-
tación de Mentor, que no era ciertamente usur-
pada. ¡Lamentable empleo del talento en cosa tan
baladi !
Matizaba por entonces estos pasatiempos lite-
rarios, con traducciones del italiano, del francés
y del catalán, generalmente trabajadas sobre
asuntos sentimentales ; pues por una de esas
contradicciones frecuentes del espíritu, así como
su musa juguetona, á semejanza de los niños
cuando les fuerzan á estarse graves, se volvia tor-
pe hablando en serio; así también como ellos, al
fingir la calidad de que carecen, buscaba el modo
de vencerse asumiendo por cuenta ajena el conti-
nente grave en los textos que eleji'a para traducir.
Por medio de estos trabajos, adquirió bastante
soltura en el manejo de los idiomas y dialectos
estrangeros de que se ausiliaba, llegando á versi-
ficar por cuenta propia en ellos repetidas ocasio-
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2% Esludios IJierarios
nes. Mas estuvo lejos de apasionarse de galicis-
mos y estrangerías en el estilo, achaque peligroso
de los que cultivan lenguas estrañas con ahinco,
yantes bien, se mostró inaccesible á tales nova-
ciones satirizándolas en una letrilla titulada El
hombre de importancia.
Corriendo asi l©s tiempos, vino el Sitio grande
á poner á prueba las aptitudes políticas y guerre-
ras del gobierno á quien servia el poeta, y la re-
sistencia moral y física que era capaz de hacer el
pueblo de Montevideo contra la miseria y la
muerte. Aquella situación desesperante, en vez
de abatir, endureció el temple de los hombres, á
punto de hacerles tolerable la vida con un mmi-
mun de subsistencias que desconcierta los más
sutiles cálculos fisiolójicos, al mismo tiempo que
les acostumbraba á un menosprecio de los peli-
gros, que hoy parecería jactancioso desafuero.
Así dispuestos los ánimos, todo apocamiento era
materia de crueles burlas, de manera que hubo
contájio de valor, como lo hay de peste ó de mie-
do en otras circunstancias. Reflejóse pues, sobre
los pensamientos y las acciones mas sencillas,
aquella arrogancia marcial ingénita á la condi-
ción en que vivían los sitiados, y no escaparon las
letras de la influencia del medio ambiente cuyas
explanaciones sabían á pólvora.
Solicitado Figueroa por necesidades muy gran-
des, se abandonó á su espontánea pintura, con
una verba y un lujo de dicción, que no había os-
tentado antes ni volvió nunca más á ostentar. Su
empleo de Bibliotecario sin sueldo ni público le-
yente, y el que posteriormente le dieron de Teso-
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Francisco cAcuña de Figueroa 29
rero general, en unos tiempos en que solo la cor-
tesía covachuelista podia suponer tal tesoro; sir-
vieron de espuela á su vena satírica, inspirándole
romances y letrillas que no se pueden leer sia
sentirse uno trasportado á la época que las pro-
voca, y darse por conocido con los tipos á quienes
clava el aguijón. Sinembargo, con ser de los
mas populares, no son estos trabajos los que han
acarreado al poeta mayor fama, sea porque su
tinte característico les contraiga demasiado á un
teatro y época bastante lejanos de la nueva gene-
ración, sea porque doloridas aun las fibras de los
que sufrieron en uno y otro bando, por acuerdo
prudencial recíproco, se eche un velo sobre aque-
llos cuadros que pintan á lo vivo acontecimientos
tan inolvidables. Es de creerse que hay de todo
ello un poco, y algo también de estravio artístico
en tal indiferencia hacia unas composiciones, que
por ir vaciadas en romances y letrillas, pasan á
los ojos de muchos como harto lijeras para llamar
la atención pública.
Y esto no obstante, el Romance y la Letrilla, son
los dos canales por donde corre copiosa y fácil la
lengua española. Tomando esa forma poética, se
desprende nuestro idioma de la pompa y hasta de
la rudeza con que se ausilia en la Oda ó la Octa-
va real, menesterosas siempre del estruendo que
producen las palabras fuertes al redondear una
idea atrevida ó un pensamiento sublime; asi como
de la acompasada entonación de la Décima y de
la Quintilla, que si bien sirven para fijar en el
vulgo ciertas ideas por la uniformidad musical de
la estrofct, son también mas adecuadas que nin-
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30 Esiudios Literarios
gunas para encubrir los defectos con el relum-
brón de la sonoridad. En el Romance, muy al
contrarío, la Índole misma de los asuntos que
congenian con esa metrificación, dispone el verso
á la dulzura, lo echa dentro de una corriente de
afectos que ora lleven á la risa ó al llanto, son
siempre espresados con fluidez y conservan el en-
canto de una irreprochable unidad. Y algo pare-
cido sucede con la Letrilla, que como miniatura
primorosa, es un ausiliar irreemplazable en cier-
tos casos.
Los que desprecian ambas construcciones, en-
tienden que la sencillez de su atavio las hace de-
masiado vulgares, y tal vez harto claras para ma-
nifestar las ideas. Pero estos tales olvidan, que
cuanto mayormente sencilla y fácil es la manera
di espresarse, suelta la frase, claro y tocante el
concepto de quien se espresa, tanto más largos y
penosos esfuerzos intelectuales le ha costado la
adquision da ese método. Versificadas ó no, las
ideas en cuanto á su trasmisión artística, están
sujetas al mismo plan, diseños, toques . y elabo-
ración que todas las obras humanas. Incubadas
en el espíritu, maduradas por la razón, correjidas
por la esperiencia, limadas por el gusto, salen á
luz después de un trabajo que es tanto mas gran-
de, cuanto más se oculta á los ojos del público.
De ahí que la difícil facilidad de decir claro, cons-
tituya el menos apreciado, apesar de ser el más
culminante de los recursos del arte literario.
Figueroa usó con éxito completo las dos for-
mas de metrificación que motivan nuestro aplau-
so, en las composiciones aludidas. No tienen
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Francisco cAcuña de Figueroa 31
precio sus Romances de entonces á varios minis-
tros, y las Letrillas de actualidad política con
qiae satirizó diversos acontecimientos de la época.
Dio también muestra de la fuerza que tenia para
el Anagrama, haciendo varios en latin y castella-
no, en italiano y francés, tomados de nombres pro-
pios, como fueron los que envió al Papa Pió IX,
y los que hizo á varios personajes del gobierno.
Incapaz, con todo, de omitir ningún recurso
aprovechable para la sátira, se valió también de
los anagramas para aplicarlos á sus enemigos
políticos. Hé aquí entre otros, uno que dirijió al
cónsul francés señor Pichón
Le sage Cónsul Théodorc Pichón!
Helas! est un cochon opilé d'orge.
El « Sitio Grande » habia convertido á Monte-
video en un centro literario de mucha importan-
cia. Casi todos los hombres de letras argentinos,
huyendo la tiranía de Rosas, se encontraban re-
fujiados dentro de la ciudad sitiada, y ora en la
prensa, ora en círculos y certámenes, propaga-
ban sus ideas políticas y literarias con el crédito
de un verdadero descubrimiento. Generación
próbidamente instruida en las universidades y es-
perimentada además en la vida pública, traían á
este país aquellos hombres un cuantioso bagaje
intelectual, y se acompañaban de una juventud
todavía ignorada pero entusiasta, que siguiendo
sus huellas y su ejemplo, venia á constituir una
vanguardia intrépida siempre pronta á llevar do-
quiera el pensamiento y las aspiraciones de su
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33 Estudios Literarios
tierra nativa. Figueroa se sintió atraido á este nú-
cleo luminoso, del cual partian destellos afínes
con los que brotaban de su alma, y cultivó rela-
ciones cordiales con los emigrados, que á la ve^s
tasaron las suyas en alto precio. Florencio Várela
le inspiró á él un respetuoso y acendrado cariño,
y él inspiró á Juan María Gutiérrez aquella amis-
tad tierna que mas tarde se hizo pública con la
profecía de que « si se hundiese Montevideo, el
Cerro y Figueroa serian los dos rastros que ase-
gurasen á las generaciones futuras su existencia.»
El trato frecuente de tantos literatos y publicis-
tas, ala vez que inauguró para Figueroa ese ar-
tístico vagabundaje al través de las imprentas,
desde entonces costumbre de los que adolecen el
prurito de escribir en esta tierra ; despertó las
aficiones que adormecía en su ánimo la falta de
estímulos, llevándole á concluir y limar algunos
de los trabajos de aliento hasta entonces involu-
crados entre el revoltijo de sus papeles. Á este
número pertenece con especialidad, el poema
joco-sério La Malambrunaday cuyos esbozos nacie-
ron en otro de igual género titulado La Carlinada,
que escribió durante su estadía en San Carlos
bajo la dominación portuguesa.
Á todo rigor, La Malambrunada es una parodia,
no porque plájie para ridiculizarlo algún traba-
jo de otro, sino porque ridiculiza una escuela
y un estilo empleando la forma epopéyica con
motivo de un asunto trivial. Malambruna, vieja
viuda de irritadas pasiones, concibe la idea de
formar una conspiración de sus congéneres con-
tra el bando de las jóvenes hermosas, y adelanta
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Francisco (Acuña de Figueroa 33
los primeros pasos de su proyecto, convocando á
reunión, por medio de un enjambre de brujas, á
todas las que comparten sus odios contra la ju-
ventud y la hermosura. Concurren las viejas al
local de la cita, y después de larga disputa, resuel-
ven tener consejo en un bosque cercano. Las
jóvenes, entretanto, inspiradas por Venus, se
juntan á su vez, nombran por general á Violante,
dan la batalla y derrotan á las viejas, que para
ejemplo inmortal se vuelven ranas. Tal es el
argumento de este poema, dividido en tres can-
tos, y abundante en situaciones cómicas y per-
files intencionados de muchos tipos montevidea-
nos, que si no resultan más á las claras, tal vez
se deba á la influencia ejercida en sus retoques
por el mesurado consejo de Florencio Várela, á
quien consultó sobre este punto el autor, según
reza una nota de su puño que aparece á medio
testar en los orijinales.
En cuanto al fondo moral de la obra ¿ por qué
no decirlo? á nosotros nonos gusta. Toda ten-
dencia á ridiculizar lo que es respetable, se nos
antoja descomedida y aviesa; y siendo la ancia-
nidad digna de respeto, mucho más en la mujer
viuda cuyo desamparo inclina á la compasión,
parece indigno del talento de un hombre, em-
plear sus armas mejor templadas en zaherir á
quien no tiene mas defensa que su propia debi-
lidad. Cierto es que Figueroa advierte en algu-
nos lugares de su poema, que no pretende insul-
tar á las señoras respetables sino á las viejas
casquivanas; pero ¿cómo distinguir la eficacia
de esa escepcion, en un cuadro que pone del lado
E. L. 3
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34 Estudios Literarios
de las casquivanas á millares de mujeres, miea-
tras que en la felicitación á las jóvenes vencedo-
ras solo menta cien matronas ? De todas mane-
ras, ni el argumento ni su desarrollo, por oriji-
nal que el uno sea y por primoroso que el otro
resulte, satisfacen á la critica de buena índole.
Ya se deja entender, que si el ánimo del i>oeta
encontraba oportunidad en tales asuntos para
solazarse; su temperamento satírico, escitado
por el ejercicio de la burla habia de dar en otra
forma el residuo que le dejaba semejante escita-
cion. De ahí que coincida esa época con la de su
mayor apojeo en el epigrama, instrumento de
burlas en cuyo empleo supo rayar á grande
altura. Jueces y médicos, abogados y mujeres
presumidas fueron el tema común de sus ata-
ques ; sin que por eso se le escaparan otros tipos
sociales, cualquiera que fuese su flaco.
Todo esto parece indicar que Figueroa tuviera
un espíritu maligno, pero examinada su vida y
relaciones sociales, no hay nada que autorice á
tal afirmación. Porque generalmente la maligni-
dad proviene de contrariedades mal sufridas,
que van dejando en el alma como un sedimento
de rencores, prontos siempre á rebullir y des-
bordarse contra el primero que se presente ; y
Figueroa no' tenia, en cuanto se sabe de él, nin-
guna penalidad que leaflijiese mas allá de lo
tolerable; mostrándose por lo contrario, tan ale-
gremente resignado en sus pobrezas, tan res-
petuoso al hablar de los suyos, tan pródigo en
elojiar á los principiantes y tan dócil al consejo
ajeno, que ni envidia ni rencor se notan en las
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Francisco (Acuña de Figueroa 35
esplosiones sinceras de su musa. El ánimo se
inclina á creer pues, que muchas de sus sátiras
son un resabio délas predilecciones de la antigua
escuela española tan fecunda en ese género, que
él se veía en el caso de imitar, mortificado por la
esterilidad de un teatro, en el cuál antes que
vivir, vejetaba solitario, á vueltas con el fardo de
una superioridad que le equivalía al tesoro que
llevase sobre sí un hombre perdido en el de-
sierto.
Por lo demás, si existiesen dudas sobre su
resignación, las desvanecerían por completo los
siguientes pasajes copiados del prólogo que puso
á su T)iario Histórico al donarlo al gobierno na-
cional : « Cuarenta años van á cumplirse después
de concluida esta obra del Diario histórico del
sitio de Montevideo,— dice —escrita día á día por
mi, en la actualidad y en presencia de los suce-
sos; y posteriormente correjida y aimientada.
Las diversas guerras que después de aquella
época ha sufrido el país, y las largas conmocio-
nes políticas que le han ajitado, han sido un obs-
táculo á su publicación, que además me seria
muy dispendiosa .... Hoy que la Rjepública mira
restablecida y afirmada su tranquilidad y vé en
perspectiva un porvenir de progreso y de unión ;
hoy que he obtenido del gobierno constitucional
que rije sus destinos, la honorífica jubilación de
mi empleo de Tesorero general que muchos años
he servido ; he querido hacer á la patria la do-
nación de mi pobre obra, jfruto no bien sazonado
de mi primera juventud ; para que ocupando un
lugar en la Biblioteca Nacional, sirva como de
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36 Estudios Literarios
repertorio á los curiosos que quieran enterarse
de los detalles, incidentes y sucesos diarios, de
aquel memorable sitio llamado de los veintidós
meses .... El ilustre guerrero y patriota, Presi-
dente actual de la República, se ha dignado
aceptar con distinción honorífica mi ofrenda de-
dicada á la Nación ; mandándola colocar en la
Biblioteca en lugar preferente mientras llega la
oportunidad de darla á la luz pública. »
¿ Será necesario decir, que ni aquel ilustre gue-
rrero y patriota, ni los demás que le han sucedido
encontraron hasta hoy esa oportunidad con que
el poeta soñaba, cuando viejo y achacoso, depuso
á los pies de la patria que tanto habia amado, las
primicias de su* juventud aventurera y entu-
siasta? Pero de todos modos, lo que cumple á
nuestro propósito demostrar, queda demostrado
sin réplica. No tenia Figueroa malignidad cró-
nica de espíritu, no le movia la vanidad ni le
atormentaba la envidia. Sus sátiras, que por
otra parte son en la casi totalidad impersonales,
provenían más bien de resabios de escuela que
de malevolencia propia. Además, todas las que
se refieren á gisuntos poh'ticos entroncados con
las contiendas civiles de su tiempo, llevan en los
orijinales una marca, indicación de que no se
publiquen. Tantas precauciones, daiúncian un
corazón escento de rencores personales.
Sinembargo, hay en la humildad de su resig-
nación un fondo de amargura que no pasa
inapercibido á la mirada escrudiñadora de la
crítica, y que es como un reproche con que el
poeta castiga la indiferencia de sus contempo-
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Francisco cÁcuña de Figueroa 37
ráneos. ¿ Qué diría si supiera que se le mira hoy
con mas despego que antes? Probablemente una
sonrisa burlona interpretaría su opinión sobre
esta época presuntuosa que á todo trance quiere
falsificar títulos, para entrar en la historia con el
de erudita y amante de las letras. Pues si nunca
como ahora, hubo mayor comercio de papel y
tinta en la República, tampoco la fiebre de escri-
bir y disertar proporcionada á tan estraordina-
rio consumo, dio en ningún caso muestra de
persistencia más ineficaz que en nuestros dias.
Lijeramente ataviados y como para descargarse
de un caso de conciencia, lanza la prensa diaria,
único libro que leen con gusto los uruguayos,
multitud de trabajos de corto aliento, anónimos
ó firmados, festivos ó serios, rabiosos ó bucó-
licos, recorriendo todos los tonos del teclado del
sentimiento desde el idilio hasta el canto épico ;
y narrando en todos los géneros permitidos á la
composición, desde el melodramático que espe-
luzna hasta el chismográfico que también es un
género y forma una escuela de las mas diverti-
das, según el común sentir de los aficionados
áél.
Esta abundancia de producción literaria, que
se asemejaría á un movimiento si no fuese un
barullo, tiene sus conatos de apuesta y forcejea
por salir del dia, con tal de ocupar la atención
pública una hora y extasiarse en el goce inocente
de haberla sacado de sus habituales quehaceres,
con ocasión de proporcionarla un solaz intelec-
tual, que para los lectores gratuitos de diarios
se trasforma en solazo, supuesta la necesidad
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38 Estudios Literarios
de leer á la intemperie el número que cada im-
prenta pega á su pared respectiva. Pero así como
es de breve el espacio que se dedica á la lectura
indicada, asi es también de fugaz la impresión
que ella deja en el ánimo de sus apasionados.
Aquel que por la mañana leyó junto con cuatro
ó seis artículos contra el Ministerio y las Cáma-
ras, dos ó tres composiciones literarias en prosa
ó verso, á la tarde Jo tiene todo olvidado, menos
seguramente, lo que concierne á los ministros y
diputados, que eso no lo olvida nadie en este
país tan desmemoriado para otras cosas.
De manera que la literatura, escepcion hecha
de unos pocos que toman el asunto en serio,
viene á ser para la generalidad un entreteni-
miento inofensivo, á que toda persona mediana-
mente educada está en el caso de contribuir para
diversión propia y del vulgo ; mientras los lite-
ratos, que forzosamente deben prestarse á man-
tener viva tan singular inclinación, han de estar
prontos á llevar la delantera á todos, con el fin
de conservar el entusiasmo délas masas. Por
supuesto que en estas condiciones, el anónimo
es circunstancia requerida para mejor efecto de
lo que se escribe ; porque todo nombre propio
sobre dar ya carácter personal á las ideas emiti-
das, no deja en el ánimo aquellas dulces ambi-
güedades de la duda, que se prestan á atribuir
caritativamente la composición, si es mala, al
primero que ande en desgracia con la opinión
corriente : y si es buena, no á su autor, sino á
otro cuyo crédito se empeñen las gentes en le-
vantar.
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Francisco (Acuña de Figueroa 39
Semejante conducta vigoriza esa medida, por
decirio asi de orden publico, que establece para
la producción literaria un proceso de nulificación
tan regular como uniforme, siendo por lo tanto
obvio que Figueroa haya caido dentro de las
generales ÚQ la ley vijente, siquiera por razón de
oficio y achaques de consanguinidad. Lo impe-
rativo del mandato, empero, no llega hasta ce-
rrar el paso á un discreto y natural curioseo ; de
modo que sin ofender las susceptibilidades de la
época ni quebrantar sus exijencias disciplinarias,
puede un mortal atreverse á ensayar el estu-
dio de las producciones del viejo poeta y hasta
aventurarse á abrir juicio sobre ellas. En tal
supuesto y habiendo hecho ya lo primero, apro-
vechemos la oportunidad y el permiso para con-
cluir por lo último.
En la formación de las nacionalidades, el pri-
mitivo arranque que constituye un hecho mate-
rial, lo tiene la fuerza, conquistando la porción
de tierra que una raza necesita para vivir inde-
pendiente. Pero la sanción moral del hecho, su
perpetuidad adquisible en la rejion de las ideas,
lo provocan las letras, historiando, comentando,
justificando la expropiación de aquello que el
heroismo arrebató en el campo de batalla. En-
tran pues en toda operación de esta magnitud,
como elementos esenciales y recíprocamente
complementarios, la fuerza que anonada y la que
levanta el ánimo, la que se impone sin dar razón
de su autoridad, y la que busca la autoridad del
espíritu para espHcar la razón de sus actos.
Planteada así la cuestión — que tampoco puede
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40 Estudios Literarios
plantearse de otro modo — en el caso concreto de
nuestra independencia nacional, Artigas y sus
compañeros, Lavalleja y los suyos, son la fiíerza
inicial, la causa generadora de nuestra existen-
cia libre; y Figueroa, es la fuerza moral propa-
gadora de las escelencias de ese hecho. Aquéllos
erflasarmasy éste en las letras, complementan
el acto, entregándolo á la posteridad rodeado
del esplendor del heroísmo y garantido contra
el olvido de los hombres.
Y aquí no hay hipérbole. En todas partes del
mundo acontece, que las letras salvan del olvido
á los pueblos y á sus héroes. ¿ Quién sabria hoy
nada de unos cuantos reyezuelos oscuros de la
antigua Grecia disputándose una ciudad aun
más oscura llamada Troya, á no ser por Homero?
Pues en la misma linea de probabilidades, noso-
tros no tendríamos el pensamiento auténtico de
lo pasado á no haber existido Figueroa para
trasmitirlo á la posteridad, con todo el sabor de
simpatía ó tirria, de entusiasmo ó desencanto
que inspiran los acontecimientos ocurridos en el
país natal á sus propios hijos. Apartando pues,
toda otra consideración sobre mérito literario,
desde luego Figueroa tiene el muy grande de
haber sido el fundador de nuestra literatura.
Los defectos de carácter con que su personali-
dad se destaca, no amenguan en nada los títulos
que tiene conquistados á la gratitud pública. Por
que si escepcion hecha de los portugueses, cantó
á todos los mandatarios desde Carlos IV hasta
Berro, y aplaudió á todas las situaciones según
les soplaba el aura veleidosa de la popularidad ;
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Francisco (Acuña de Figueroa 41
debe tenerse presente que vivió en los tiempos
más difíciles que el país haya tenido, trabajado
su ánimo por inquietudes sin cuento, y sin poder
formarse un criterio acabado en materias políti-
cas que nunca constituyeron el fuerte de sus mi-
ras. Educado bajo la dominación española y en
el gremio aristocrático que era el nervio de la so-
ciedad colonial, se encontró perdido y aislado lue-
go que la Revolución le arrancó de aquellos vín-
culos, para lanzarle en medio de una sociabilidad
dislocada por banderías irreconciliables, que tras-
trocaban las profesiones y los papeles, convirtien-
do en hombre político y en soldado á todo ser
viviente, y exasperando los odios por la culmi-
nación de responsabilidades que dictaba sin ré-
plica el capricho délos partidos. Pero nunca su
pluma se vendió al que más diera, ni su estro se
cebó en la desgracia del hermano vencido ; que
en él las veleidades fueron flaqueza de ánimo, y
no manantial de lucros y provechos .
De cualquier punto de vista que se miren sus
cambios de opinión con respecto á los hombres,
contémplase íntegro en el fondo su amor á la pa-
tria, cuya suerte le preocupó siempre, en la buena
como en la mala fortuna, sin reticencia que deje
lugar á la duda. No se esplica de otra manera su
dedicación incansable al estudio, que ninguna
compensación brillante podía darle, á menos que
no fuese la esperanza de deponer sus frutos, den-
tro de las perspectivas de un porvenir lejano, en
el altar literario que pudieran levantar generacio-
nes que no habían nacido. Y bajo los nobles dic-
tados de esta aspiración, no cabe duda que traba-
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42 Esitidios Uierarios
jó sus mejores obras, trazando de paso algunas
de las pocas líneas artísticas que presenta el cua-
dro histórico de su tiempo, é implorando con
ellas una justificación de su persona, digna de no
pasar inapercibida entre el torbellino de tantos
sucesos. La posteridad le tendrá en cuenta, de-
bemos esperarlo, servicios tan señalados ; y cioan-
do suene tranquila y vibrante la hora de las gran-
des recompensas nacionales, su estatua se alzará
entre las de los más ilustres campeones de la In-
dependencia, por que él también contribuyó á
conquistarla .
En otro sentido, la generación actual tiene mu-
cho que aprender de esta poeta, cuyas facultades
intelectuales disciplinadas en profundos y clási-
cos estudios, le dieron fuerza para mantenerse
sólo en la escena, á despecho de la intransijencia
de una época reñida con toda especulación litera-
ria. No que nosotros pertenezcamos esclusiva-
mente á ninguna de las escuelas que hoy se dis-
putan el campo en el mundo, pero seria futilidad
negar que son esfuerzos vanos los de aquellos
que luchan por producir algo notable, debatién-
dose contra la pobreza de un bagaje vacío, y me-
ramente confiados en los prodijios de una ima-
jinacion . calenturienta. Si Figueroa se hubiera
encontrado en este caso, sus producciones no
habrian rayado más allá de lo que rayaron las de
ciertos payadores, de cuyos vestijios se encuentra
alguno que otro rasgo en el T^arnaso Oriental;
pero precisamente les superó y se impuso por
que tenía ligaduras de sobra con qué maniatar
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Francisco cAcuña de Figueroa 43
á la loca de la casa, para conducirla en vez de de-
jarse conducir por su capricho .
Propiamente no pertenece Figueroa á una es-,
cuela determinada, pues si bien clásico por sus
estudios, aparece ecléctico en el curso de su vida,
tomando asunto para la inspiración doquiera que
pudo encontrarlo. Realista en las Toraidas, ro-
mántico en algunas de sus composiciones amato-
rias, vació en forma clásica sus poesías relijiosas
y muchas de las festivas y satíricas. Esto de-
muestra que el estudio no es jamás un obstáculo
á las disposiciones del ánimo, sino que las afina y
templa, corríjiendo los estravíos idiosincrásicos,
pero nunca matando las vocaciones característi-
cas. También cuando es concienzudamente he-
cho, tiene el estudio la ventaja de no inducir la
intelijencia á imitaciones serviles, sino que faci-
litando la asimilación, da al poeta y al escritor,
fuerza de estilo, vigor de espresion, riqueza de
imájenes, y en suma, un lote precioso con el
cual viste sus ideas sin plajiar las ajenas.
De estas condiciones, digámoslo por compro-
metido que sea enunciarlo, carecen en su mayo-
ría los literatos uruguayos. Nuestra literatura no
es todavía lo que puede llamarse una literatura
nacional. Subyugada por la autoridad de los mo-
delos del romanticismo europeo que ella se ha
dado, sus producciones se asemejan más bien á
una planta de invernáculo mañosamente conser-
vada por el artificio, que á la flor lozana, de naci-
miento espontáneo, cuya vida se vigoriza por los
ardientes rayos del sol. Ese espíritu de imitación
tan pronunciado, y esa escasez tan grande de ver-
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44 Esludios Literarios
dadera oríjinalidad, es lo que postra á las letras
uruguayas, pues las obliga á falsificar el senti-
miento nacional, lanzándolas en las corrientes de
una inspiración ajena á los deseos populares. El
pueblo que no se vé retratado, ni se siente aludi-
do en sus instintos por los poetas ó los prosistas
que se dicen sus hijos, les abandona á la indife-
rencia, pues ni los entiende ni le conmueven.
Condenado á escuchar decepciones mentidas, ó
cánticos triunfales á episodios que no conoce,
mal se aviene á discernirles un aplajiso que solo
podia arrancarle la interpretación de sus senti-
mientos propios, el culto de sus héroes, la traduc-
ción de sus aspiraciones íntimas .
La poesía, sobre todo, vive una vida precaria
en el país por escelencia poeta. Nuestros bardos
—hablamos délos románticos puros— se admi-
ran de encontrar el vacío á su alrededor, después
que han preludiado en su lira magnificas remi-
niscencias de Byron, Víctor Hugo y Lamartine ;
pero no caen en cuenta que ese vacío es hijo de la
ausencia de toda solución de continuidad entre el
sentimiento del que canta y el alma de los que
escuchan. Es necesario el cielo nebuloso de la In-
glaterra y la opulencia de un lord desencantado,
para entender á Byron ; Víctor Hugo requiere
frente á sí un pueblo oprimido y un Bonaparte,
para que sus inspiraciones conserven todo el vi-
gor de la oportunidad ; y el cortejo de Lamartine
deben formarlo dos grandes aspiraciones contra-
riadas, á saber : los recuerdos monárquicos de la
infancia y las esperanzas republicanas de la viri-
lidad, batallando sobre un espíritu destrozado
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Francisco (Acuña de Figueroa 45
por la duda. Trasportar, pues, semejantes escue-
las literarias que traducen la situación típica de
sociedades envejecidas, al seno de un pueblo jo-
ven ; pastor y andariego en su mayor estension,
belicoso y aventurero por la naturaleza de su con-
dición profesional , varonil por sus ejercicios,
crédulo por su mocedad ; es un error craso.
Destarando á Magariños Cervantes que ha he-
cho algunos esfuerzos dignos de loa por naciona-
lizarse, y á Zorrilla de San Martin que después
de darnos en su Leyenda T^atria la profesión de fé
patriótica de la generación actual, nos promete
con Tabaré el arquetipo del poema épico urugua-
yo, los demás hombres de reputación formada,
han desdeñado inspirarse en motivos que creen
bajos, ó los han desnaturalizado al versificarlos; y
si algunos jóvenes hacen tentativas hoy para dar
á la inspiración poética un giro nacional, ni esa
empresa ha pasado los límites de cuadros cam-
pestres en los cuales se pone en boca del gaucho
una gerigonza que él no habla, ni el publico ha
protejido tales manifestaciones que cuando me-
nos anuncian las primeras armas en favor de una
independencia literaria. El estacionamiento de
nuestra poesía, pues, es un hecho evidente, que
se constata con la lectura de nuestros mejores
poetas : la forma y el fondo de sus producciones,
el sentimiento que las dicta, y hasta el ideal á que
aspiran, no es nuestro. Buscad en medio de todos
esos versos, un destello del heroísmo clásico de
los charrúas, ó del ansia de libertad que fermenta
en el espíritu del gaucho, ó la reminiscencia del
sordo retumbar del Océano que baña nuestras
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46 Estudios Literarios
costas, ó la impresión causada por el aspecto de
los desiertos campos cuyo vacio interrumpe algu-
na cruz que indica el sepulcro de un semejante, ó
la aglomeración de piedras que denuncian un
campamento prehistórico, buscad, que buscareis
en vano. Hermosos versos, bellas armonías, ca-
dencia, inspiración, todo eso encontraréis: pero
en todo eso echareis de menos á vuestro pais que
no es el que os pintan.
La importancia de Figueroa está precisamente,
en que es uruguayo siempre. Hay algo local, ca-
racterístico, peculiarmente nuestro, en su estilo,
en sus giros, en todo lo que ha producido. Sobre
sus pajinas parece advertirse el reflejo, ó la estra-
tificación, si así puede decirse, de lo que nos es
más habitual y querido. Son nuestros conocidos,
nuestros amigos, nuestras costumbres, nuestras
veleidades, nuestros devaneos los que pasan al
través de esos millares de versos suyos que lee-
remos con mayor ó menor buena voluntad, pero
que no podremos dejar de leer una vez emprendi-
da la tarea de ojearlos. Lástima grande que el
aserto no pueda ponerse á prueba por todos, su-
puesta la reclusión á que se hallan condenadas
las obras del poeta; pero si á reparar tamaña in-
justicia pueden contribuir en algo estas líneas,
recíbelas ¡oh maestro! como un tributo merecido
á tu memoria !
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DIOGENES Y SUS IDEAS
E todos los varones célebres cuyo nom-
bre rememora la historia pagana, ningu-
i no como Diógenes se atrevió á llevar tan
I lejos el desprecio de sí mismo y de las
flaquezas de los hombres, ni tampoco hay ejem-
plo de que tuviera rivales en la circunstancia ori-
)inal de reducir á hechos prácticos las últimas
conclusiones á que le arrimaban sus principios.
Contrariado en temprana edad por los reveses de
la fortuna, proscripto como ciudadano, prisione-
ro de unos piratas que le vendieron, abofeteado
ea las plazas públicas por los jóvenes ignorantes
á quienes contradecía en sus disputas, burlado y
temido á la vez, parece que su carácter se mode-
ló en el sufirimiento, y no encontrando en la sole-
dad de su corazón medios de lucha adecuados
con que afrontar la hostilidad social, concluyó
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48 Estudios Literarios
por refujiarse en el desprecio. Mientras el lujo y
la elegancia constituían en Corinto y Atenas el
flaco de la época, él se presentaba ante la aristo-
cracia de estas ciudades casi desnudo, con la ca-
beza descubierta y los pies descalzos. Llevaba por
lo común una linterna en la mano, diciendo que
buscaba un hombre, porque no lo eran los que
hasta entonces se apropiaban ese título. Habitaba
generalmente dentro de un tonel. Solia pedir li-
mosna á los transeúntes y se abstenía de comer
en los grandes convites, á los cuales asistía ham-
briento por el placer de contrariarse. En verano
revolcábase sobre la arena caliente y caminaba
sobre la nieve en invierno. Todo lo que la socie- !
dad hacía en holocausto al buen parecer, ó apa-
rentaba no verificarlo por respeto á los preceptos
convencionales establecidos, él lo efectuaba en
sentido contrario. Hasta los placeres que el deco-
ro humano ha relegado en todos los tiempos á la
oscuridad del misterio, los gustó á la luz del sol
y en medio de la calle.
Era aquella época el siglo de oro de la filosofía
griega, y también el de la decadencia nacional.
Todo moría en Grecia, menos las letras, empe-
ñadas en protejer de futuras profanaciones á la
patria espirante, con el atavío de un artístico su-
dario. Ningún esfuerzo economizaban los escrito-
res ni los oradores , para asimilarse cuanto
pudiera aumentar su nutrición intelectual, y
viajaban los países estrangeros estudiando sus
monumentos, y copiando de sus tradiciones reli-
jiosas las singulares mitolojías, que hoy nos pa-
recen orijinales porque están embellecidas.
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T>iógenes y sus Ideas 49
Entre los pueblos que sirvieron de refujio á
esos peregrinos de la idea, se contaban muy par-
ticularmente la Persia y el Egipto, manantiales
de teogonia y ciencia profana, que la fecundidad
griega esplotaba con el arte consumado de sus
clásicos procedimientos. Pero cuando esos ma-
nantiales se agotaron, y las burdas deidades del
Oriente trasformadas en seductoras ninfas y ala-
dos mancebos no pudieron ya satisfacer la sed de
creencias que devoraba al mas artista de los pue-
blos; encamináronse sus hombres de pensamien-
to hacia las rejiones de Israel y Judá, en cuyas
ciudades aprendieron una nueva doctrina que
debia cambiar los fundamentos del saber posible.
Desde entonces datan las disquisiciones filosóficas
que se remontan hasta la existencia de un Dios
único para todo lo creado, y de un alma inmortal
para cada ser humano. Los autores de esa tras-
formacion en la marcha del pensamiento —
Sócrates , Platón , Aristóteles — arrancaban el
aplauso de las gentes admiradas de su orijinal
profundidad; hasta que en el correr del tiempo,
no faltaron hombres de ilustración como Numé-
[ nio, que habiendo bebido en las mismas fuentes,
se atreviese á decirles : « no sois otra cosa que
[ Moysés hablando en griego. » Y no era otra cosa,
[ en efecto, aquella filosofía griega del siglo de oro,
que el reflejo de la doctrina mosaica subrepticia-
mente trasplantada de las pajinas del Pentateuco
. á los libros y discursos del paganismo arrepen-
l tido.
Mas como quiera que fuese, la novedad de las
doctrinas y el ansia de llegar á la concepción de
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50 Esitidios Literarios
ideales superiores, promovian en las clases ilus-
tradas de la Grecia un entusiasmo filosófico, com-
parable en cstension al entusiasmo bélico que
habia estimulado el ímpetu de sus mayores con-
tra los persas. Atenas y Corinto, disputándose
el hospedaje de los maestros, atraían á su centro
cuanto habia de ilustre, no solo en el Peloponeso
y la Helada, sino en las más apartadas rejiones
del Oriente, de donde sallan los sabios á comple-
mentar su instrucción con largos viajes. Y este
flujo y reflujo de aptitudes, que aumentaba el
auditorio de las escuelas y el número de los cul-
tores del arte : daba á las dos ciudades griegas,
en las estaciones del año en que mas propicio era
su clima al estrangero, toda la fisonomía de un
espectáculo popular interminable .
En medio de este movimiento aparecía Dió-
genes, desaliñado y sucio, reñido con todos los
maestros, y pretendiendo serlo él mismo. Habia
nacido en Sínope, ciudad del Asia menor en la Pa-
flagonia, hacia el año 413 antes de J. C. Acusada
su padre como falsificador de moneda, se vio en
la necesidad de huir con él, albergándose en
Atenas para esquivar persecuciones. La mala
fama que aquel accidente arrojó sobre su nom-
bre, le hizo obgeto de la animadversión pública
siempre injusta en achacar á los hijos las faltas
de los padres. Ansioso de instruirse, quiso desde
luego entrar á la Academia para oir las lecciones
de los filósofos, pero no fué admitido hasta des-
pués de una larga lucha contra todos. Enseña-
ban entonces Platón y Antístenes, ambos discí-
pulos de Sócrates, que por tan diversos caminos
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T>iógenes y sus Ideas 51
debian buscar la verdad. Platón levantando la
idea de una justicia eterna, ansiaba la rejene-
ración de los hombres por la virtud ; que en su
concepto se componia de cuatro elementos : sabi-
duría, valor, templanza y probidad. Antístenes
caminando sobre estas huellas, exajeraba em-
pero las conclusiones finales ; estableciendo que
la virtud era la abstinencia que nos independiza
de las cosas externas, y aconsejando que se vi-
viera según la naturaleza, estado el mas perfecto
como que provenia de Dios inmediatamente.
Diógenes se prendó de la doctrina de Antíste-
nes, tal vez porque el estado de su espíritu le
inclinaba á volver sobre la sociedad el severo
tratamiento de que ella le habia hecho obgeto.
Esforzándose en agradar á su maestro que no le
miraba bien, y venciendo al fin su tenacidad, le
obligó á que le comunicara sus principios. En
posesión ya de los secretos de la escuela, no le
pareció decisivo el obgeto de aquella enseñanza,
por manera que si Antístenes queria ostensible-
mente correjir las pasiones, Diógenes comenzó
á madurar el plan de destruirlas. Entre tanto la
escuela de Antístenes se cerró á tiempo de que
todos empezaban á recordar la frase con que Só-
crates le habia satirizado cuando le dijo: « Te
descubro la vanidad, por entre los agujeros del
manto.»
Cerrada aquella escuela, quedó Diógenes en
aptitud de ensayar una enseñanza tal cual se
avenía á sus deseos, pero bien pronto los suce-
sos mas raros le apartaron de su vocación para
sumirle en nuevas desgracias. Dióse á viajar,
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52 Estudios Literarios
según unos para instruirse, y según otros por
motivos políticos ; pero como quiera que fuese,
resultó que al dirijirse á Engina le capturaron
unos piratas vendiéndole al corintio Jeniades,
quien le confió la educación de sus hijos. Cum-
plido el aprendizaje de los jóvenes, sea porque
hasta allí llegase el compromiso contraído, ó sea
porque su talento profundo y su carácter festivo
íe [allegasen simpatías, tuvo libertad de elejir el
sitio de su residencia y determinó pasar los
inviernos en Atenas y los veranos en Corinto.
Entonces comenzó á estenderse la noticia de su
fama y empezaron á celebrarse los dichos agu-
dos, intencionados, orijinales, que brotaban á
cada instante de sus labios. Sin tener propia-
mente un local donde enseñar, se le veía en el
pórtico de los templos, en los caminos y en las
plazas, seguido generalmente de grupos de gen-
tes que le provocaban con argumentos y obge-
ciones inesperadas, á fin de aprovecharse de sus
respuestas. Unas veces le festejaban y otras le
insultaban y golpeaban, pero él recibía con la
misma tranquilidad los aplausos como los insul-
tos y los golpes.
El ejemplo que presentaba á sus discípulos era
su propia individualidad : « pobre, errante, sin
patria ni asilo,— decia— oponiendo el valor á la
fortuna, la naturaleza á las leyes, la razón á las
pasiones. » El hombre ideal que él se habia forja-
do, no lo hallaba sino en sí mismo, pero creía
que los espartanos estaban en camino de llegar á
igualarle, asi es que refiriéndose á ellos, dijo un
dia: « No he visto hombres en ninguna parte,
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T>ió genes y sus Ideas 53
pero he visto niños en Lacedemónia. » Y otra
vez que venia de allí, le preguntaron en la plaza
de Atenas: « ¿ De dónde vienes ? » á lo que res-
pondió: « Del aposento de los hombres al de las
mujeres. » Esta dureza era la que le grangeaba á
par de muchos admiradores, una buena cantidad
de enemigos. Pero él buscaba el bullicio y el gen-
tío para despacharse á su gusto, pues careciendo
de local fijo para escuela y hallándose poco ave-
nido á escribir libros, necesitaba un auditorio
que le oyese y que grabase en el fondo del alma
las máximas que arrojaba á manos llenas entre
chistes sangrientos. Gustaba de las definiciones
exactas y délas demostraciones por ejemplos, asi
es que cuando Platón definió al hombre diciendo
« que era un animal de dos pies y sin plumas, »
Diógenes salió del recinto en busca de un gallo,
le desplumó, y volviendo á la escuela le arrojó en
medio de los circunstantes, exclamando « ved
ahí el hombre de Platón, » de lo cual sonrió has-
ta el mismo maestro.
La estension de su fama, hacía cada vez mas
crecido el séquito de sus acompañantes y la mul-
tiplicidad de las respuestas que le obligaban á dar.
Algunas de ellas han sido tan célebres, que la tra-
dición las ha conservado. Preguntóle cierto in-
dividuo: « ¿ cómo me vengaré de mi enemigo ? »
« siendo mas virtuoso que él, » le replicó. Otro le
dijo para satirizarle: « te dan muchos nombres
ridiculos » y él respondió, encojiéndose de hom-
bros: « pero yo no los tomo » Aludiendo á las
faltas de su padre, le gritó un maldiciente: « Tú
eres de Sínope, pero los vecinos te obligaron á
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54 Estudios Literarios
salir de la ciudad » — « y yo les he condenado á
quedarse en ella, » dijo Diógenes. Un estrang-ero
nacido en Minda, pequeña ciudad de puertas
muy grandes, le preguntó qué le habia parecido
su pueblo: «He aconsejado á sus habitantes —
respondió el filósofo — que cierren las puertas
para que no se les escape. » « ¿ Por qué te llaman
perro ? » — le preguntó un parásito. — « Porque
acaricio á los que me dan de comer, ladro á los
que me lo niegan y muerdo á los picaros. » « ¿ Y
cuál es — prosiguió el parásito — el animal mas
dañino? » — « Entre los animales salvajes el ca-
lumniador, y entre los caseros el adulador.» Tam-
bién sabía animar á la virtud y humillar la* au-
dacia. Aun joven á quien le salieron los colores á
la cara por haber oído de uno de sus amigos una
espresion obscena, le dijo: « ¡ ánimo hijo mió !
esos son los colores de la virtud. » Á otro joven
que le dio una bofetada, le replicó sin inmutarse:
« Muy bien! me enseñas una cosa, y es que nece-
sito un casco ! »
Era parsimonioso en sus resoluciones, pero sa-
bía revestirlas de un significado tan oportuno
que moralizaban. Hallándose dentro de una ciu-
dad griega sitiada por un grande ejército, dijo
que todos debían trabajar para defendef se, y á fin
de predicar con el ejemplo dio una vuelta al tonel
dentro del cual acostumbraba á albergarse: la ciu-
dad se entusiasmó. Cuando Alejandro se presentó
en Corinto, tuvo ocasión dq darle la lección mas
grande que nunca haya recibido un déspota. Ve-
nia el macedonio engreído por su creciente fortu-
na : había puesto de su parte á los Tésalos, con-
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T>iógenes y sus Ideas 55
vocado á la asamblea de la Helada que le nombró
gefe supremo de los griegos, aterrado á Tebas y
á Atenas, humillado á Demóstenes, y hecho asesi-
nar á Átalo el insultador de Filipo. Sabiendo que
Diógenes estaba en Corinto, se hizo conducir
hasta el sitio donde tomaba el sol en el tonel que
le servia de morada. Púsose delante del filósofo,
y dirijiéndole la palabra, le dijo : « Soy Alejandro,
puedo darte lo que me pidas ¿qué quieres de mí?»
« Que no me quites el sol » le replicó Diógenes
sin mirarle. Yes fama que el déspota corrido por
aquel supremo desden, esclamó: «Á no ser yo
Alejandro, quisiera ser Diógenes » .
Una consecuencia de ideas tan ejemplar y un
carácter tan firme que predicaba con el ejemplo,
dieron necesariamente á Diógenes influencia bas-
tante para formar una escuela. Zenon y los estoi-
cos son los herederos de su doctrina y los conti-
nuadores de su propaganda, que reasumieron en
estas palabras adoptadas por lema filosófico :
« Soporta y abstente » . Bien que se haya comba-
tido á los estoicos por haber predicado la indife-
rencia que mató el sentimiento de la libertad y de
la patria, declarándose ciudadanos del mundo y
absteniéndose de inmiscuirse en las evoluciones
de la vida popular, no es á ellos solos á quienes
conviene acusar de este error, sino á la índole de
la filosofía de aquellos tiempos. Sócrates y Platón
sehabian denominado también ciudadanos del
mundo ; y el ütimo de estos filósofos habia ense-
ñado el menosprecio de las instituciones nacio-
nales, que es siempre precursor de la ruina de los
pueblos. Diógenes tiene en su propia vida una
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$6 Estudios Literarios
circunstancia atenuante que esplica la indiferen-
cia para con su patria nativa : arrojado de su país
por culpas ajenas, convertido en ludibrio público
por causa de aquella proscripción que decidió de
su suerte, no podia el filósofo levantar con honor
el nombre de un pueblo que le recordaba su des-
honra, y era causa eficiente de la inquina social
de que se sentia á todas horas víctima.
Pero no se puede negar á Diógenes la influen-
cia que ejerció sobre la literatura griega, presen-
tando á los sabios de su tiempo el ejemplo vivo
de todas las conclusiones que sus principios le
precisaban á aceptar ; y volviendo el sentido pro-
pio á las palabras y el significado exacto á las
ideas, bastante conturbadas ya por algunos deli-
rios y especulaciones mas ingeniosas que acepta-
bles de Sócrates, Platón y sus adeptos. Diógenes
inauguró el reinado de una filosofía que aspiraba
á comprobar los principios por los hechos, y que
deseaba ensayar la capacidad resistente del hom-
bre sometiéndole á las últimas pruebas antes de
discernirle el dictado de filósofo. Operando sobre
el espíritu de una sociedad pervertida, enseñó el
desprecio al lujo y á las comodidades, el desden
para con los poderosos, y la resistencia á toda
preocupación arraigada. Singular efecto debió
causar sin duda esta doctrina, en un pueblo que
como Atenas se habia deslumhrado ante el lujo y
las disipaciones de Alcíbiades, se preparaba á
erijir trescientas sesenta estatuas á un tirano es-
trangero, y se creia hijo de los dioses. Ridiculiza-
das las virtudes antiguas, Diógenes no tenia como
Solón una multitud joven y entusiasta sobre quien
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THógenes y sus Ideas 57
influir, sino una sociedad gastada que ahuyen-
tando como un recuerdo enojoso los tiempos de
Arístides, se echaba muellemente en brazos de
Alejandro,
Por otra parte, los dos grandes filósofos cuyas
doctrinas alcanzaban mayor boga, se perdían en
congeturas muy perjudiciales. Sócrates habia
hablado de un « demonio familiar » ó «genio es-
pecial é independiente » que inspira al hombre,
lo cual era como concedernos dos almas. Platón
habia perdido su tiempo en escribir el plan de
una República cuyas reglas de gobierno eran tan
absurdas como las visiones de un maniaco. Era
necesario atacar de frente estas dificultades, con
tres grandes argumentos prácticos, á saber:
I.*" probando la unidad del espíritu, por la exhi-
bición de una voluntad sin límites para resistir á
las pasiones: 2.° estableciendo netamente la im-
posibilidad de dar un vuelco á las bases primor-
diales de la sociedad, desde que reducidas las
necesidades del hombre á su esprcsion mínima
todavía requería éste el concurso social para
vivir, y 3.° que las leyes no reforman nada, mien-
tras no representen las costumbres, las tenden-
cias y la índole de los pueblos en que se estable-
cen. Esto es lo que consiguió Diógenes con su pro-
paganda: hasta las exajeraciones de que se valió
no hicieron más que robustecer sus principios.
Advirtamos de paso, que esto también era todo
lo que podia dar el paganismo, del cual es Dióge-
nes uno de los representantes más conspicuos.
Porque cuando el mundo se apartó de la Revela-
ción para entregarse á la idolatría, dejando üni-
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58 Estudios Literarios
camente á los hebreos el concepto cabal de la Di-
vinidad, y por lo tanto, la clarovidencia de los
primeros principios ; cayó sobre el espíritu hu-
mano como una techumbre que atajaba toda luz ;
y no pudo la reacción filosófica, apesar de sus
esfuerzos, disipar totalmente las sombras de
aquella oscuridad. El estoicismo, siendo indis-
putablemente la mas austera de las concepcio-
nes del paganismo, por la rijidez de su moral
y el vigor de sus tendencias, no llenaba sinem-
bargo las aspiraciones secretas de la humanidad,
ni podia rejenerarla . Prueba de ello es, que
cuando pasó de doctrina filosófica á procedi-
miento político elevándose al trono con algunos
de los emperadores romanos, persiguió dura-
mente al cristianismo, lo que demuestra que le
era contrario. Así pues, los esfuerzos de Dióge-
nes empeñándose en hacer viables sus propó-
sitos, no debían alcanzar el resultado que él se
esperaba, por más que encarrilasen las ideas de
su tiempo, y prepararan por la iniciación de la
doctrina estoica, el asilo á que se refujiaron mu-
chas almas fuertes del mundo antiguo.
Además, aquella sencillez brutal de porte, má-
ximas y conducta, trajo necesariamente una reac-
ción en el estilo figurado, en la cargazón retórica
y en las exajeraciones melindrosas que comenza-
ba á afectar la literatura griega. Perdieron las le-
tras en adorno lo que ganaron en profundidad.
Un estilo sencillo, conciso y descarnado sucedió
al estilo ampuloso en usanza. Á las digresiones
vagas y nebulosas con que comenzaba Platón sus
escritos, reemplazaron los argumentos claros de
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T>tógenes y sus Ideas 59
Aristóteles, que se hace dueño de su asunto á la
primera palabra, diciendo todo lo que debe decir
y nada mas de lo que debe decir. La dignidad
histórica que andaba proscrita desde Tucidides,
empezó á presentir á Plutarco. Combatidos los
estoicos en su sistema filosófico, fueron sinem-
bargo imitados en la sencillez de la espresion, en
el toque varonil de los escritos y en la concisión
apotégmica del discurso. Salvóse la literatura
griega del escollo de la pedantería que ya comen-
zaba á invadirla con sus mejores maestros, pues
Isócrates solo, habia empleado diez años en pulir
su panegírico de Atenas, resultando un discurso
amanerado lo que en sus comienzos era una obra
maestra .
La elocuencia hablada recibió igual impulso
que la elocuencia escrita. Callaron los sofistas
muchas veces ante la palabra espléndida de De-
móstenes, y ante el razonamiento grave é inten-
cionado de Focion. Este último orador sobre
todo, estoico puro sin saberlo, por su austeridad
de vida y de lenguaje, consiguió triunfos sin ser
nunca aplaudido de sus oyentes. Quiero referir
por cuenta de Plutarco que la ha narrado, una
anécdota que le concierne. Defendía Focion en
cierta ocasión un dictamen como todos los suyos,
opuesto al de la generalidad, pero fué tanta su
elocuencia, que el pueblo rompió en frenéticos
aplausos. El orador se volvió entonces á sus ami-
gos, y en tono de admiración les dijo: ¡ Si habré
yo propuesto sin advertirlo, algún desatino ! Es-
te rasgo prueba á qué punto hablan llevado los
sofistas la elocuencia de la tribuna, y cuan nece-
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6o Estudios Literarios
sario fué que el estoicismo ó el cinismo como se
le llamaba entonces, desalojase de tan elevados
puestos á la pedantería amanerada, que habia
dado en estipular precios para venderse mejor á
los enemigos de la patria.
Admira en verdad, que reconociéndose en Dió-
genes al promotor de esta revolución, suene tan
poco su nombre en los libros y en los discursos
de aquel tiempo, de tal suerte que no parece que
fuesen sus ideas las que triunfasen; pero es de
advertir que siendo este filósofo un revoluciona-
rio, convenia á todos echar un velo sobre su nom-
bre, por mas que se sintiesen arrastrados á sus
principios. Por otra parte, él mismo se habia ce-
rrado el camino de los puestos políticos por la
estravagancia exajerada de sus procederes, y los
ciudadanos encargados de discernir los honores,
no hablan de dárselos á quien hacía tan público
desprecio de sí mismo y de los hombres de su
tiempo. Pero los hechos demuestran que su fa-
ma era superior á los inconvenientes que se opo-
nían á estenderla, por que de otro modo no hu-
biese Alejandro empeñádose en visitarle, ni las
sentencias unas veces amargas y otras chistosas
que proferia como de paso, hubieran vivido en la
tradición y estrechado relaciones con la poste-
ridad. Solo á los hombres ilustres les es permi-
tido dejar memoria de sus acciones sin escribir-
las, y Diógenes lo era.
Su escuela filosófica se titulaba la escuela cínica:
una casualidad hizo que cambiara de nombre,
cuando Zenon empezó á enseñar bajo un pórti-
co llamado en griego estoico. El tiempo también
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T>iógenes y stis Ideas 6i
contribuyó á que el plan de la enseñanza cambia-
se, y así que Zenon y sus discípulos se apercibie-
ron de que el estoicismo no hacía fortuna como
doctrina política, lo propagaron como doctrina
moral para consuelo de las almas austeras. Tal
vez disuene al oído la palabra austeridad acom-
pañando al nombre de la escuela de Diógenes,
pero cumple advertir, que la extravagancia de
este filósofo jamás pasó de ciertas acciones ; pues
corre como opinión muy válida que sus costum-
bres íntimas eran puras, y que nunca se entregó
ala disolución, ni hizo escarnio de la verdadera
virtud. Quería sí que los hombres fueran virtuo-
sos por la resistencia al sufrimiento, y como la
juventud ateniense y corintia no se atrevía en su
afeminación á emprender un ensayo tan atrevido,
Diógenes la provocaba á correjirse poniéndola
por espejo al hombre de la naturaleza, que aspi-
raba á representar por sí mismo.
Las ideas relijiosas de Diógenes no están bien
definidas. Es indudable que no tenia una visión
tan clara de la existencia de Dios como Sócrates ;
pero tampoco una idea tan antifilosófica y bi-
naria del espíritu como Platón, quien enunció la
doctrina apropiada en nuestros dias por'Kant so-
bre las formas ó preexistencia del alma antes de
unirse al cuerpo. Pero Diógenes creía en la fuer-
za de la razón, del valor y de la virtud, dotes que
provienen del espíritu. Sus discípulos recono-
cieron una ley universal y superior que go-
bierna al mundo, y una sustancia única y ma-
terial que encierra el principio activo de la
vida del cuerpo. Como las escuelas filosóficas de
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6a Estudios Literarios
la Grecia dividían su enseñanza en dos cursos, el
uno llamado esotérico y que solo se comunicaba á
los iniciados, y el otro titulado exotérico que se
enseñaba al vulgo, no tenemos el verdadero pun-
to de partida para juzgar de las ideas capitales
que constituian el fundamento de la enseñanza
estoica. Añádase á esto que Diógenes no escribió
nada, y que los escritos de Zenon se han perdido.
La crítica investigadora de nuestros tiempos,
se preguntará sin duda ¿ qué hubiera ganado la
Grecia, si Diógenes en vez de encarrilar las ideas
literarias de su tiempo, hubiese triunfado en el
terreno politico inaugurando un sistema nuevo ?
Aunque la respuesta sea difícil, debe darse. Cuan-
do las sociedades retrogradan desdé la cumbre
de la civilización hasta la sencillez de los dias pri-
mitivos, el gobierno cae en manos del mas fuerte.
Por un efecto contrario, cuando la civilización
llega á su auje y las costumbres se pervierten sin
dejar esperanzas á una rejeneracion proficua, el
gobierno cae en manos del mas corrompido. Co-
locada la Grecia pues, en la disyuntiva de sucum-
bir por la corrupción ó rejenarse por la revolu-
ción, prefirió lo primero aceptando á Alejandro,
antes de aventurarse en lo último que era lo que
la ofrecía Diógenes. Este proceder por otra parte
era lójíco. La sociedad griega había gastado sus
fuerzas sin llegar á una solución definitiva de go-
bierno, y se hacía tarde ya para emprender esta
reforma que no pudo llevarse á cabo ni en los
tiempos de la grandeza. Era justo que pereciera
Diógenes, donde no habían sabido triunfar ni Te-
místocles ni Epaminondas.
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T>iógenes y sus Ideas 63
Presenta el fondo del carácter de Diógenes una
integridad y un sentimiento griego equivalente
el patriotismo, que desmienten muchas de las
acusaciones que se le hacen. Bien que ese pa-
triotismo sea griego y no Sinópico, y apesar de
que su integridad fuera hija de su desprecio á los
goces ; no por eso se han de tener en menos es-
tas dos manifestaciones de su espíritu. Es fama
que tomó parte en las desgracias de Atenas,
batiéndose como soldado en Queronea contra
Filipo de Macedonia. Es de irrecusable verdad
que despreció las ofertas y los donativos de
los poderosos, y mientras Aristóteles aceptaba
de Alejandro 800 talentos para comprar una
librería, Diógenes le pedia que no le quitase la
luz del sol. Conviene tener presentes estos ejem-
plos, para juzgar del fruto de su enseñanza. Pue-
den atribuírsele muchos defectos á su escuela,
pero no se negará que en último resultado ella
se proponía crear hombres, y esto es ya sufi-
ciente para mirarla con algún respeto. El mismo
Diógenes tuvo ocasión de decirlo en la plaza
pública, cuando le preguntaron cual era el fruto
de su filosofía: «Viéndolo estáis — respondió —
hallarme dispuesto á todo. »
Platón alimentó siempre una enemistad muy
pronunciada contra Diógenes : verdad es que
Platón era muy desabrido con los que no se
dejaban guiar por él. Como el crédito de Dióge-
nes llegó á eclipsar en muchas ocasiones al suyo
propio, vivía fastidiado de saberlo. Para repu-
tarle de iluso, dijo un día señalándole : «Este es
Sócrates delirando». Otra vez, como que un
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64 Estudios Literarios
corrillo le compadeciera porque estaba recibiendo
sobre la cabeza el agua que caía de la alto de una
casa, Platón que acertó á pasar por allí dijo á los
circunstantes : « ¿ Queréis que le sea útil vuestra
compasión? pues haced como que no le veis. » Ya
sabemos, empero, que Diógenes respondía á
esta sátira de palabras con sátiras vivas, como
la del gallo desplumado. Era imposible por lo
tanto, combatirle con el ridículo, porque él tenia
el don de ridiculizar á todos, sea humillándoles
con su paciencia, sea reduciendo á la última
espresion la parte falsa de sus doctrinas. Aper-
cibido constantemente á la lucha, jamás le cojie-
ron sus enemigos en disposición de no poderles
hacer rostro. Era la ironía eterna clavada en el
corazón de aquella sociedad corrompida, y mo-
fándose de las debilidades que no podía destruir.
Las raras pruebas á que se entregaba y el con-
tinuo vagar de sus escursiones, fortalecieron su
temperamento permitiéndole gozar de buena
salud y larga vida. Indiferente al sol, al frío, á las
lluvias y á la nieve, nunca triste, á lo menos en
la apariencia ; alternativamente irónico ó humilde
pero en ningún caso apocado, podía reconocérse-
le por las ásperas huellas que dejaba tras de sí y
que se trasparentaban en el semblante ya com-
pungido, ya sonriente de los que le iban escu-
chando. Los estrangeros que llegaban á Corinto
ó á Atenas durante la estadía de Diógenes en
cualquiera de estas dos ciudades, quedaban ma-
ravillados de su doctrina, y hubo muchos que lo
abandonaron todo por seguirle. No se esforzaba
en convertir á sus oyentes, y necesitaba menos
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T>iógenes y sus Ideas 65
que ningún filósofo de hacerlo, porque siendo en
si mismo ejemplo práctico y resumen de su doc-
trina, no habia más que verle para pronunciarse
en pro ó en contra de ella. Así pasó su vida aquel
hombre estraordinario, escudándose tras del des-
precio de sí y de los demás, como el arma mas
terrible que pudiera esgrimirse contra una socie-
dad corrompida. Murió á los noventa años de
edad ; y sobre su sepulcro colocaron un perro
labrado en mármol. ¿Acaso quería el pueblo
significar con esto, que reconocía en Diógenes la
fidelidad grotesca pero noble del animal que mas
ama al hombre?
Era Diógenes de complexión fuerte, rostro sim-
pático y hablar elocuente. Usaba la barba larga,
apoyábase generalmente en un palo, y llevaba
una alforja al hombro como los mendigos. No
gastaba ni sombrero, ni zapatos, ni túnica, cu-
briéndose con un capote ó manto que completa-
ba su aspecto mendicante. Su conversación era
fluida, elegante y variada, por lo cual le buscaban
con frecuencia los personajes de su tiempo á fin
de solazarse oyéndole. En las tertulias sabia mo-
derar los resentimientos con chistes oportunos,
y así como era de irónico en la calle, era de com-
placiente y agradable en la sociedad privada. El
pueblo le amaba, pero él nunca correspondió á
ese cariño con la adulación. Nc se sabe que Dió-
genes haya dejado descendencia directa de su
persona.
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LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN
ERA siempre motivo de profundo estu-
dio, la averiguación del aspecto presen-
tado por las sociedades humanas al em-
prender una de esas revoluciones que
han decidido su porvenir irrevocablemente ; y
no hay documentos más autorizados para carac-
terizar sus rasgos fisionómicos, que la poesía po-
pular, reflejo verídico de las impresiones diarias.
Pero sucede con frecuencia, que los observadores
repugnan acudir á tan humildes anales; pues
sobre desdeñarlos á causa de su aparente pobre
za de información ; les parece que de esa pobreza
misma se desprende como un estigma que des-
acredita de antemano al investigador y su obra.
Hasta dónde sea falso este concepto de la labor
historial, se comprenderá con echar la vista $obre
la cuantiosa producción de libros, donde el re-
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68 Estudios Literarios
lato de lo pasado resulta tan incompleto, que
apenas podemos imajinar nuestros iguales á los
hombres y las sociedades que allí se pintan. Si
en los trabajos de esa índole, tienen los grandes
personajes una rijidez estatuaria, y los pueblos
unos movimientos mecánicos y ordenados que
parecen cosa de otro mundo ; es por que han si-
do secuestradas de su alrededor las discordan-
cias y confusiones anexas á la ajitacion de la vida;
de modo que el factor esencial de su movilidad
necesaria, brilla por una ausencia deplorable.
Con lo cual vienen á asemejarse tales narracio-
nes, á otros tantos cuadros de gabinete óptico, en
que el espectador contempla episodios de toda
clase, muertos sobre látela, apesar de la ingenio-
sa combinación de las luces y el vidrio.
Desde que los escritores clásicos hicieron des-
cender sus héroes de los dioses, presentándoles
al público solo en el fragor de las lides ó en los
riesgos de poéticos amores ; se ha formado una
escuela de hombres doctos, que apoyándose en
lo que ellos llaman la majestad de la historia, pre-
tenden imponer un criterio especial para la na-
rración de las cosas antiguas ; deificando en lo
posible las individualidades y los pueblos de su
mayor predilección. En balde la crítica galvaniza
á unos y otros, haciendo comprensible su vida
con el pormenor de flaquezas y debilidades que
constituyen el embalaje típico de este fardo de la
existencia ; en balde se afana por demostrar la
antolojía que los seres racionales del pasado eran
hombres idénticos á nosotros, y por consecuen-
cia, las colecciones de esos seres, constituían
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Los Poetas de la Revolución 69
sociedades al igual de las nuestras ; todo es en
vano, porque los sostenedores de la majestad de
la historia se niegan á asentir sin remordimiento,
que los pueblos de su devoción pasaran por
nuestras miserias diarias; oque Rómulo fuera
un capitán de bandoleros, ó Alejandro un borra-
cho apesar de su grandeza, ó que Homero antes
de producir sus famosos poemas hubiese cur-
sado métrica al igual de cualquier moderno
estudiante de literatura.
Esta enorme disparidad, sistemáticamente in-
troducida entre los hombres del pasado y noso-
tros, es la que ha provocado la admiración servil
que nos anonada hasta el punto de creernos en el
siglo del vapor y de la electricidad, no solo infe-
riores á los antiguos griegos y romanos, sino tam-
bién á los apóstoles de la revolución francesa, en-
tre quienes, sea dicho de paso, habia un surtido
bastante considerable de majaderos y malvados.
Y de ahí resulta, que cuando nos damos á ras-
trear nuestros anales propios, es tan grande el
desconsuelo que nos invade al encontrar frescas
las huellas de la vida de nuestros mayores, que
casi nos sentimos inclinados á negarles toda ma-
nera de superioridad, supuesto el irrefragable
testimonio de su vulgar desarrollo físico y de su
modo de ser habitual.
En esto, como en todas las cosas de nuestro
tiempo, aparecen los resabios paganos de que es-
tamos infiltrados; pues no de otro modo se espli-
ca esa preeminencia esencial atribuida á ciertas
individualidades y pueblos, que subiendo hasta
la doctrina de la superioridad de las castas y del
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70 Estudios Literarios
orijen divino de los héroes. Afortunadamente, el
estudio razonado de los hechos desmiente esas
pretendidas superioridades, demostrando que la
Providencia se ha valido en todos los tiempos, de
instrumentos humildes para sus grandes fines.
Pastores contemplativos de la raza de Seth, fue-
ron en lo antiguo quienes echáronlas bases de la
astronomía estelaria que debía denunciarlas ma-
ravillas de Dios á los hombres. Doce pobres ju-
díos inauguraron la Era Cristiana, propagando
la buena nueva en el mundo, sin mas títulos visi-
bles que su ardiente fé. Un alfarero francés y al-
gunos italianos oscuros, enunciaron los princi-
pios fundamentales délas ciencias físico-químicas
que hoy comprueban la revelación genesiaca.
¿Tiene algo de estraño entonces, que al igual de
los iniciadores de las revoluciones científicas y
teolójicas, sean hombres genéricamente humil-
des ü oscuros los iniciadores y propagadores de
las revoluciones sociales y políticas? Lo admira-
ble en esto, es que pueda haber quien se admire
todavía de la reproducción del hecho, cuando es
tan singular y uniforme su manifestación en la
vida.
Por otra parte, si ha de reaccionarse contra el
clasicismo exaj erado que pugna por naturalizar
entre las generaciones presentes un concepto
artificioso de los acontecimientos trascurridos ;
no hay otro remedio que devolver á la verdad sus
derechos, contando las cosas como pasaron y
pintando como fueron á los hombres. Precisa-
mente en lo que concierne á las revoluciones, es-
te es el único criterio admisible y sano ; pues al
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Los T^oetas de la Revolución 71
impulso de su arranque formidable que saca to-
das las cosas de quicio, para volverlas triunfal-
mente á un orden nuevo después de modificar las
instituciones y las costumbres ; es que pululan
los tipos orijináles, salidos como por sorpresa á
la escena, y de los cuales no se puede prescindir
sin riesgo de alterar un tejido donde todos los
puntos de la trama ofrecen la misma relatividad
de importancia.
Si la sicolojía tuviera medios de investigación
tan sutil para encontrar los secretos del alma,
cual los tienen los fisiólogos para sorprender las
manifestaciones de la vida entre las envolturas
de la materia orgánica^ seria digno de la mayor
atención asistir al crecimiento de una idea en la
mente de los hombres llamados á realizarla. Ha-
bia de verse entonces que la palabra balbuciente
del rústico, dio muchas veces al genio fórmulas
iniciales para ordenar pensamientos cuya inco-
herencia le fatigaba sin alce ; mientras que otras
veces, del accidente mas ajeno á su preocupa-
ción dominante, sacó la enseñanza precisa que
buscaba en vano entre las torturas del insomnio.
Trasladando este raciocinio, de la esfera de las
personalidades al conjunto popular, se concibe
cómo las ideas que apasionan á las multitudes,
sufren iguales vaivenes en el correr de su marcha.
El discurso de aquel tribuno, la victoria de este
general, concretan un momento lúcido en las
grandes situaciones ; pero lo que inspiró ese dis-
curso y lo que propendió á aquella victoria ; es
decir, los entusiasmos, las esperanzas, el espíri-
tu de sacrificio, los consejos amistosos, el contá-
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72 Esludios Literarios
jio de los ejemplos heroicos : todo eso junto, ha
tenido sus fases de elaboración en el hombre pri-
vilejiado que pudo asimilarlo á su persona, para
realizar en un dia lo que era la aspiración cons-
tante de muchos.
Siendo éste el proceso natural de las ideas, se
concibe cuan poco atinado será cualquier ensayo
de investigación, que teniendo por norma las
cosas pasadas, desprecie las personalidades y
sucesos humildes, para fijarse solo en los aconte-
cimientos retumbantes y en los hombres de pri-
mera fila. Por eso es que hemos de inquirir los
rasgos fisionómicos de nuestra sociedad de 1811,
en el arsenal popular de sus crónicas versifica-
das, sin cuidarnos de los cronistas y aun de su
corrección, en cuanto importe al espíritu que
informa esos relatos accidentales; bien enten-
dido empero que esto no implica proclamar la
indulgencia plenaria á sus pecados literarios, sino
dejar establecido cuando más, que no por causa
de los pecados debe hacerse caso omiso de los
pecadores.
Los revolucionarios de 181 1, tuvieron también
sus poetas. No habia de ser privilejio esclusivo de
los servidores del rey, la facultad de reflejar sen-
timientos y aspiraciones intimas en el lenguaje
de la gaya ciencia ; que al igual de ellos alimen-
taban esperanzas capaces de trascender al este-
rior, los republicanos comprometidos á elejir
entre la victoria y la vida. Pero así como el vis-
toso armamento y la elegante apostura de los
ejércitos y capitanes realistas, denunciaban la
superioridad de sus recursos materiales; así
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Los Poetas de la Revolución 73
también el pulimento de sus letras hacia presen-
tir la superioridad de una educación más esme-
rada de la que en general tenian sus contrarios.
Del lado del rey, con Figueroa y Pérez Castella-
nos, estaba la frase atildada, el giro redondo y la
dicción fácil ; mientras que del lado de Artigas,
con Valdenegro é Hidalgo, solian andar el decir
ampuloso y el verso duro ; señales inequívocas de
instrucción deficiente. Es cierto que algunas es-
cepciones como el P. Martínez y don Francisco
Araucho podian oponerse á tanta pobreza de for-
mas, siquiera por ser ambos conocedores de los
antiguos clásicos, pero con todo, ni uno ni otro
atinaban á dar aquella nota eminente que vibra
para enseñorearse de las voluntades, encami-
nando el gusto público á un ideal nuevo y con-
creto.
A poder caracterizar el movimiento literario de
la Revolución, diríamos que los esfuerzos de sus
adeptos remedaban un coro de avecillas princi-
piantes, ensayando todos los tonos sin acertar
con ninguno; bien que no quedara tema por
abordarse en las manifestaciones sucesivas con
que la escritura traducia el pensamiento revolu-
cionario. Aquella era la época del verso : hasta
en la cubierta de los pliegos oficiales destinados
á los realistas, solian sus contrarios escribir es-
trofas; sustituyendo el lenguaje corriente y usual,
por la entonación rítmica, como mas adecuada á
la alteza de sus concepciones. Habia mucho de
ternura en esta tendencia á poetizar cuanto se
refiriese á la patria, prestándola el culto de las
musas ; pues Musa ella misma para aquellos ru-
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74 Estudios Literarios
dos conjurados, sólo ella podía suavizar los te-
rribles instintos que desarrolla en las masas el
duro oficio de la guerra.
Leyendo las imperfectas estrofas de sus trova-
dores, se vé hasta donde llevaban esta idealiza-
ción de la patria ; que para ellos no era solo el
territorio nacional con sus habitantes y tradi-
ciones; sino todo eso pesonificado además en
una mujer de formas semi-divinas, sujeta á do-
lores y alegrías especiales, vagando en el espacio
y eternamente preocupada' de nuestras cosas.
Tal era la deidad por cuyo amor se debía morir :
cuyo nombre no se podía ofender ; cuyos agra-
vios vengaba Dios mismo, dando fuerza al brazo
de sus hijos para escarmentar á los tiranos. De
ahí, los cánticos en que alternativamente brilla-
ban el orgullo y la piedad, la dedicación y la fie-
reza ; entonados á coro en los fogones al son de
la guitarra, y propagados en las largas noches de
espera por las encrucijadas y las lomas que cru-
zaba solitario algún chasque medio dormido.
¿De dónde provenían tan estrañas novedades
en el modo de concebir el ideal de la patria, y
la noción de los castigos providenciales augura-
dos afosque la ultrajasen ? ¿ Quién había imbui-
do entre las huestes de la revolución, compuestas
en su casi totalidad de gentes sencillas é indoc-
tas, una concepción tan poética del patriotismo;
y tan reñida con la concepción majestuosa y
severa de los españoles sobre el mismo tópico ?
¡ Quién había de ser, sino el pueblo llano de las
ciudades y los campos, que no era español, ape-
sar de que la ley imperante y las esterioridades
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Los 'Poetas de la Revolución 75
mecánicas de su sociabilidad lo hiciesen entender
así ! Nada hay mas exacto ni menos conocido
que este hecho, imprescindible sinembargo para
dar la clave filosófica de nuestra revolución.
Seducidos los españoles en el siglo xvi por las
perspectivas que les habia abierto el descubri-
miento de Colon, y enzelados por la rivalidad de
los portugueses, lanzaron á estas latitudes multi-
tud de espediciones esploradoras. Fué el Uru-
guay un punto obgetivo para las maniobras au-
daces de los grandes navegantes y soldados de la
España de aquellos tiempos: pero en ninguna
parte sufrieron ellos mayores reveses que en
nuestro país. Dos espediciones marítimas bati-
das; tres ciudades y varios fuertes militares arra-
sados, dos ejércitos y algunos destacamentos
importantes destrozados en campo raso; hé aquí
el precio á que pagaron su atrevida tentativa de
asentar dominio sobre la tierra de los charrúas.
Abandonada esta conquista por imposible, re-
solvieron los indios chanáes afiliarse voluntaria-
mente á la nueva civilización en el primer cuarto
del siglo XVII, y fundaron á Santo Domingo de
Soriano. En seguida se aventuraron los jesuítas
á establecer en el Norte sus célebres reducciones,
con indios charrúas y guaraníes. Después vinie-
ron los portugueses y fundaron la ciudad de la
Colonia, cuya posesión fué tan disputada entre la
corona española y la portuguesa, que hubo de
hacer fracasar el tratado de Utrech. Y por últi-
mo, viendo la España que un francés se estable-
cía en Maldonado con tren de guerra y buena
cantidad de pobladores, y que los portugueses
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76 Esttidios Literarios
echaban los primeros cimientos de Monterideq
hizo un grande esfuerzo, y reivindicó el doininii
de toda la tierra, estableciendo en ella su autori
dad, después de haber despedido á los portugne
ses, á los jesuítas y á los franceses.
Pero no pudieron los conquistadores ni domi^
nar ni despedir á los charrúas, quienes terrible-
mente adheridos al sentimiento de su libertad
propia y de la independencia nacional, lucharon
siempre por conservarlas. Órdenes muy rigoro-
sas se dieron para estirpar aquella raza. Uno de
los gobernadores (Andonaegui) firmó cierto pa-
pel en el cual se mandaba degollar hasta los mu-
chachos de pecho de aquella canalla perra ; pero la
citada canalla era menos degoUable de lo que el
caritativo gobernador se imajinaba. Conociendo
entonces la imposibilidad de llevar á cabo sus
proyectos de conquista, los españoles promovie-
ron una corriente de inmigración canaria á nues-
tro suelo, con el fin de traernos ya que no su mis-
ma raza, puesto que los canarios son aMcanos, á
lo menos la relijion y el lenguaje que ellos hablan
hecho adoptar á uno de sus pueblos conquista-
dos. De ahí que Montevideo y Maldonado recibie-
ran un número crecido de estas familias, y que
los primeros pobladores de la capital uruguaya
fuesen agraciados con grandes lotes de tierra que
les trasformaba en verdaderos señores feudales.
Mas tarde, casuales remesas de asturianos y ga-
llegos se establecieron en algunos puntos de la
campaña. Pero mientras esta inyección de sangre
hispana se efectuaba parsimoniosamente en el
país, la raza primitiva desbordándose en las cam-
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Lx>s T^oetas de la Tievolucion 77
pinas del Norte y en las de Maldonado y Monte-
ládeo, restablecía el equilibrio perdido y daba su
antiguo tono á la población nacional. Los espa-
ñoles mismos, escasos de mujeres, tomaban por
suyas á las mujeres charrúas ; y nuestros indios,
en los combates en que capturaban prisioneros,
se abstenían de soltar las mujeres españolas que
caian en su poder y con las cuales se unian. En
conclusión pues, ya por las mujeres charrúas que
se unian á los españoles, ya por las portuguesas,
gallegas y canarias que se unian á los charrúas,
el oríjen primitivo de nuestra raza recobró sus
derechos, y cuando la Revolución estalló, la so-
ciedad uruguaya no conservaba de la España otra
cosa que su relijion, su lenguaje y la sabia orga-
nización ^e la familia.
Era por lo tanto un pueblo, todo un pueblo,
con exijencias y tradiciones propias, quien se
habia levantado á disputar en 181 1 la primacía
del gobierno y del mando. Hasta los rencores de
momento, que oscurecían los grandes servicios
debidos á España, inclinando las muchedumbres
con mayor predilección á recordar los desafueros
desús tenientes, que á distinguir entre esa con-
ducta y la solicitud próbida con que la Metrópoli
habia muchas veces ocurrido á nuestras necesi-
dades ; eran parte muy principal para ahondar
el abismo entre los contendores. La civilización
adquirida, siendo un elemento integrante de la
sociedad, no podía apreciarse en todo su valor
por los criollos que la disfrutaban desde la cuna;
mientras que los vejámenes soportados por ellos
ó sus mayores, vivían frescos en su mente y Ue-
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78 Estudios Literarios
naban de amargura su corazón. El criterio popu-
lar estaba formado en la creencia de que sostener
la causa española, importaba cambiar la repú-
blica joven y lozana, por la vieja monarquía de-
crépita que mata todas las iniciativas populares
con su hálito letal : importaba reivindicar para
Uñarte, La Rosa, del Pino, y Elio, el titulo de
benefactores de una sociedad azotada por ellos:
importaba levantar á la condición de axioma de
gobierno, el aforismo de que « al criollo pan y
palo » , y establecer como conclusión jurídica
práctica, el canon reyuno de la Plaza de la Matriz
donde se azotaban desnudos y hasta dejarles por
muertos, á los infelices gauchos.
Sobre este criterio político, reposaba el criterio
literario de entonces; no en cuanto al gusto, sino
en cuanto á la inspiración que presidia las com-
posiciones en boga: pues el gusto, como concep-
ción de lo bello, estaba lejos de haber nacido aún
para lo general de las personas ilustradas de la
colonia. Los que mucho sabían, después de sola-
zarse con Cervantes y Quevedo, no hablan avan-
zado mas allá de Rloja, Solis y Herrera, y los que
solo conocían de oidas á estos autores, los consa-
graban sin discusión, bajo la fé de la Real Aca-
demia, cuyo testimonio les parecía superior á sus
propios medios de análisis, y tal vez no se equivo-
caban en ello. Así, pues, no existiendo la critica
razonada ¿para qué escribir aquí, si del otro lado
de los mares había una Real Academia apta para
juzgar sin apelación, y muy poco dispuesta á pre-
miar lo que saliera de los límites literarios esta-
blecidos por los escritores reputados como maes-
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Los Poetas de la Revolución 79
T
tros y representantes del ideal de los tiempos de
Felipe II? Quién se hubiera atrevido á decir, que
las celebradas gracias del Libro Verde de Queve-
do, no son más que un hacinamento de majade-
rías indecorosas, y que en su Gran Tacaño hay
pajinas capaces de provocar náuseas al estóma-
go mas fuerte? Quién hubiese sido bastante au-
daz para probar que el Quijote^ admirable libro
sin duda, no puede satisfacer el ideal de nuestro
país, porque ni Sancho Panza se parece en nada
á los hombres de nuestro bajo pueblo, ni hay en-
tre nosotros quien desee atropellar molinos de
viento como el buen caballero manchego, ni hol-
gazanes que se echen á perseguir locos, como el
bachiller Sansón Carrasco?
Solamente gozaba de instrucción bastante para
darse cuenta de estas cosas, la clerecía nacional,
sabiamente instruida en las cuestiones mas ar-
duas. Debíase este servicio, á uno de los pocos
que hizo Carlos III á los españoles al reorganizar
con empeñoso afán los estudios superiores, for-
mando por ese medio un cuerpo de catedráticos,
que distribuidos por todos los dominios de Es-
paña, dejaron en ellos el sedimento de nutrida y
copiosa ciencia que aprovechó con ventaja la si-
guiente generación. Hasta las universidades de
Chuquisaca y Córdoba y el Real Colegio de San
Carlos en Buenos Aires, llegaron los beneficios de
esa innovación apreciable, recibiendo sus educan-
dos una escelente dotación de saber. De esos
centros salieron para nosotros, el doctor Lamas
que á los ^24 años de edad habia ganado á concur-
so dos cátedras ; el doctor Larrañaga que des-
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8o Estudios Literarios
pues de haber ensayado el estudio de la medicina
cuyos secretos debían inclinarle á las ciencias na-
turales en que fué maestro, concluyó por orde-
narse de sacerdote ; don Lorenzo Fernandez que
como los dos anteriores debia agregar á sus prue-
bas sacerdotales, la prueba del hierro y del fuego
en las batallas de la patria ; y por último, don
Juan Francisco Martínez, que templaba los rigo-
res de su capellanía militar con el culto de las
Musas.
Por lo mismo de ser el clero nacional la parte
más ilustrada de la sociedad, de sus filas vinieron
los primeros ensayos para dar un giro nuevo á la
literatura. Tan atrevida fué la empresa como el
palenque escojido para realizarla, pues nada me-
nos que á crear un Teatro se dirijieron los cona-
tos de los novadores. Aquello importaba empe-
zar por donde debia haberse concluido en cual-
quier otro país, aunque no en el nuestro ; porque
si bien se mira, nuestra regla de procederes
siempre invierte los términos en la realización de
las cosas. Con decir que hemos empezado la vi-
da reñidos con el alfabeto, pues Zapican (Z) es el
primer defensor de la integridad de la patria, y
Artigas (A) es quien fija tres siglos después su
existencia en el concierto de las naciones ; que
siendo los primeros en el orden topográfico del
Rio de la Plata, fuimos los últimos en ser civiliza-
dos; que hemos tenido sistema constitucional
republicano antes de tener dictadura ; que antes
de tener caminos carreteros hemos tenido ferro-
carriles : que antes de tener instrucción primaria
rejimentada, teníamos universidades á pares,
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Los 'Poetas de la Revolución 8i
xina Mayor y otra Menor; no es estraño que antes
<le tener poesía popular tuviéramos teatro, que
es la última espresion no solo del arte poético,
csinó de la misma ficción artística llevada á su
mas alto grado.
Fué pues el teatro nacional,punto de partida del
xnovimiento literario uruguayo :y por él empezaron
nuestros poetas la batalla contra el ideal español,
buscando á sacudir por las letras, el yugo de la
i:radicion que mas tarde hablan de romper las
xnultitudes con las armas. La oportunidad del
primer ensayo la aprovechó el P. don Juan Fran-
cisco Martínez, con ocasión de un festejo emi-
nentemente local, y que llenaba de orgullo á los
•orientales. Tratábase de conmemorar la recon-
quista de Buenos Aires por las fuerzas espedicio-
narias que habían partido de Montevideo en 1806;
y el Cabildo, deseoso de recuperar para la futura
capital uruguaya ese antecedente que andaba
medio eclipsado con motivo de la gloriosa victo-
ria conseguida mas tarde por Buenos Aires sola
contra WhiteloQk, se esforzaba en dar á la fiesta
toda la solemnidad de una reivindicación. Entre
las cosas que se idearon para ello, entró como
imprescindible una representación teatral alusiva,
•dando Martínez el argumento con un drama suyo
en dos actos y en verso, titulado La lealtad mas
acendrada y Buenos Aires vengada. Examinemos
con alguna detención este primer producto de
nuestro teatro.
El drama de Martínez, teniendo un título ge-
xiuinamente español y en boga, era sinembargo
de corte griego. Su plan consistía en exhibir á
E. L. 6
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82 Esludios Literarios
Montevideo bajo la inspiración de Marte, recon-
quistando á Buenos Aires defendida por Neptuno
protector de los ingleses. Ambas capitales, repre-
sentadas cada una por una Ninfa, esponian las al-
ternativas de dolor ó alegria que los sucesos iban
produciéndolas. El escenario simulaba una selva,
durante todo el drama. En lo mas fuerte de los
lances intervenia la música con entonaciones
adecuadas á los efectos en litijio ; y para conse-
guir la unidad de tiempo y de lugar que el desa-
rrollo del argumento necesitaba, departían los
dioses mano á mano con los generales y majis-
tradosque aprestaban las tropas al combate. Esto
era trasladar el teatro griego á Montevideo, ha-
ciendo que Ruiz Huidobro y Liniers hablasen
con las deidades olímpicas, como hablan ha-
blado Temístocles ó Feríeles en muchos de los
dramas y trajedias aplaudidas por los atenienses.
Pero si el argumento del drama montevideano
y el de muchas producciones teatrales griegas,
coincidían por lo heroico del tema ¿estaban en
igual relación acaso, los recursos escénicos dis-
ponibles, el local de la representación y el espíri-
tu que informaba los episodios dramatizados?
Para saber lo que era un drama en Atenas, co-
rresponde tener presente que se daba en un in-
menso local sin techumbre, alumbrado por la cla-
ridad del sol; y que los recursos escénicos supe-
raban á cuanto podamos imajinar en el dia. Fue-
ra de estas particularidades que al cambiar la
posición del artista, centuplicaban sus elementos
de acción; habia además una tendencia uniforme
en el teatro griego— la tendencia fatalista— que no
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Lx)S T^oeias de la Revolución 83
podia naturalizarse en nuestro naciente teatro de
levadura cristiana. La sociedad ateniense por ra-
zón del paganismo en que vivia, gozaba con en-
contrar reproducidas sobre la escena sus creen-
cias en la predestinación al bien ó al mal que
marcaban el destino de los héroes; rindiendo así
pleito homenaje á aquel Hado que inflexiblemen-
te hacia á los hombres instrumentos ciegos de
una voluntad contra la cual se debatían en vano.
Y de ninguna manera y en ningún episodio co-
rrespondía menos achacar á la fatalidad el desa-
rrollo de los acontecimientos, que en la recon-
quista de Buenos Aires por la espedicion monte-
videana.
La invasión inglesa al Rio de la Plata estaba
prevista y anunciada desde tiempo atrás, y tan lo
estaba, que el marqués de Sobremonte apesar de
sus aturdimientos ingénitos, habia ensayado al-
gunas medidas de defensa, pertrechando á Mon-
tevideo que suponía el punto indicado para las
primeras hostilidades británicas. Ruiz Huidobro
y Liniers, cada uno en la esfera de su mando, te-
man razones sobradas para desconfiar de las apti-
tudes militares del marqués; pero al mismo tiem-
po sabian que los elementos disponibles para
contrarestar cualquier atentado, no eran tan des-
preciables que pudieran los ingleses llevárselos
por delante con solo quererlo. Así es que cuando
uno y otro tuvieron noticia de la calaverada, por
la cual Popham y Berresford se posesionaran de
Buenos Aires con un puñado de hombres ; en el
acto abarcaron la situación de una ojeada, encon-
trándose acordes en la posibilidad de dominar los
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84 Estudios Literarios
acontecimientos. La enfermedad de Ruiz Huido-
bro y el temor de que algún refuerzo inesperado
de ingleses apareciese sobre Montevideo embis-
tiéndolo por sorpresa, hizo que Liniers tomara el
mando de la espedicion; pero es seguro que con
uno ü otro caudillo, los espedicionarios hubieran
triunfado, pues Berresford y Popham desde que
pusieron el pié en tierra estaban militarmente
perdidos. ¿ Á quién podia ocurrirle sino á dos
aventureros desesperados, atacar el vireinato del
Plata con 1600 hombres, sin caballería, sin rela-
ciones en el país, sin protección inmediata y sin
otros medios de comunicación que seis buques de
pelea, inservibles para darles el dominio interior
de la tierra donde todo les faltaba?
El caso se reducía, pues, á que los ingleses
chocaran ó no con un soldado. Si Sobremonte lo
hubiera sido, los bate antes de que entraran á
Buenos Aires, ó los reduce por hambre una vez
que estuvieron adentro. Pero en defecto de él,
aparecieron Ruiz Huidobro y Liniers, que sabían
su oficio, y en tal calidad cumplieron como co-
rrespondía á sus antecedentes. Es llano que este
proceder idóneo de los generales no amengua un
ápice el heroísmo de las tropas, ni la espontanei-
dad de los donativos populares para aprestarlas,
ni menos lo vigoroso de la iniciativa por cuyo mé-
rito fué reconquistada la capital del vireinato.
Es presumible asimismo que si la espedicion
montevideana no parte á tiempo, los ingleses por
una eventualidad cualquiera hubieran podido re-
cibir refuerzos y mejorar entonces de tal modo su
situación que vineran á hacerse temibles. Pero
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Los Poetas de la Revolución 85
precisamente por no haber conseguido nada de
esto, se vé que no obraba en favor de ellos una
ciega fatalidad, y que los elementos aglomerados
para perderlos, fueron puestos en acción por
ajentes libres, dentro de un plan racional y obe-
deciendo á una probabilidad de triunfo lójica-
mente concebida.
En presencia de pruebas tan claras ¿ cómo po-
dia Martínez, sacerdote católico, echarse en bra-
zos del fatalismo, para solemnizar el mas grande
de los aniversarios que hasta entonces festejaba
su ciudad natal ? El hecho tiene una doble espli-
cacion, en las supersticiones populares de aquí,
y en el gusto literario que entonces se desarrollaba
tímidamente en la Península española. Por lo
que respecta á las supersticiones, en Montevideo
las habia y muy hondas, como lejitima herencia
de aquella predisposición agorera que trajeron
sus primitivos pobladores canarios. Un año antes
de la invasión inglesa lo demostró la ciudad, sa-
liendo sus habitantes en tropel á las calles, por
que un ben-le-veo parado en la azotea de la Matriz
comentó á cantar á deshora ; teniéndose por tan
evidente el presájio de una catástrofe, que los
contemporáneos del episodio aun ponderan los
esfuerzos empleados para reducir el ánimo afliji-
do del vulgo. De esto puede inferirse, cuan inve-
terada andaría por entonces en el espíritu públi-
co la propensión á lo maravilloso, no siendo de
estrañar que su influencia contaminase á los poe-
tas, ya por analojía de exacerbación mental, ya
por cálculo y como recurso de éxito en sus pro-
ducciones. Es de suponer entonces, que por cual-
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86 Estudios Literarios
quiera de los dos motivos, y singularmeiíte por
el último como mas concorde con su ilustración
y estado, daría Martinez á su drama el entronque
prodijioso que lo caracteriza.
Ahora, en cuanto á la filiación literaria de la
obra, ella se encuentra en la bibliografía de
aquellos tiempos. Desde la mitad del siglo ante-
rior habia entrado en cierta boga el teatro griego
en la Península, resucitándolo don José Cañizares
con su Sacrificio de Ifigénia quQ los franceses dicen
ser imitación de Racine, y los españoles copia
de una comedia de Calderón perteneciente al
numero de las que se perdieron. Tras de Cañi-
zares vino don Pedro Estala, presbítero, que ha-
bia publicado en 1793 el Edipo de Sófocles, pre-
cediéndole de una introducción que hasta hoy
obtiene el aplauso de los críticos. Estas produc-
ciones, al igual de otras que en escaso número
arrojaba por entonces la tipografía española,
cruzaron el océano y vinieron á formar parte de
las bibliotecas de conventos, seminarios y uni-
versidades de América; habilitando á Martínez
para sacar de ellas el tipo de la inspiración tea-
tral con que deseaba conmemorar las glorias de
su país.
Mas semejante retroceso al clasicismo puro,
tenia de suyo un inconveniente para todo poeta
novel. Á poco que se examinen las cosas, se vé
que la diferencia escénica entre el teatro antiguo
y el teatro moderno consiste toda ella en la for-
ma de esposicion. Para los antiguos, un drama ó
una trajedia eran el relato de un episodio capi-
tal, en que los incidentes intermedios tenían
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Los Poetas de la Revolución 87
escasa importancia. La idea dominante, desleida
en largas tiradas de versos, hacia imprescindible
una dicción correcta y armoniosa para interesar
el ánimo del auditorio, venciendo esa dificultad
casi insuperable de trasmitir por medio de
tercero los encantos de la palabra propia. El
teatro moderno por lo contrario, espone de otra
manera el episodio que desea dramatizar, des-
envolviéndolo por medio de una acción rápida
y constante, que más atiende á los hechos que á
las palabras. Por eso es que al remitirnos al
pasado, las bellezas de Esquilo, Calderón y
Shakespeare se buscan en la estructura del verso
y en la robustez 6 alcance del concepto emitido,
perdonándoseles, sobre todo al último, los ana-
cronismos y dislates en que pueden haber
caido con relación á fechas, lugares y sucesos;
mientras que muy de otro modo y á beneficio
de inventario mas severo, acepta la critica,
iguales faltas en los dramaturgos del dia. Mar-
tínez pues, exhibiéndose á la antigua sin los
recursos de los maestros , demostraba mayor
entusiasmo que conocimientos en su patriótica
tarea.
Y á la verdad que destarados de la producción
del vate uruguayo, el sabor local del asunto y el
corte clásico de su desarrollo , el drama en si va-
lia y vale poca cosa. Desde luego es abigarrado
el conjunto de sus personajes. Una. Ninfa, repre-
sentando á Montevideo, otra Nin/a á Buenos Ai-
res ; Marte, dios protector de España ; Neptuno
protector de Inglaterra ; el gobernador de la Pla-
za ; un personaje representando al Ilustre Cabil-
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88
Estudios Literarios
do, otro representando al Comercio, otrJ á los
hacendados; el general de la espedicion, un ofi-
cial, un criado y acompañamiento de pueblo ; tal
es el grupo destinado á dar vida al drama.
Empieza el primer acto, enunciando U Nirifa i.*^
(Montevideo) sus zozobras, de que una escuadra
inglesa que borde jeaba en el Plata pueda rum-
bear á Buenos Aires ; y en estas inqaietudes, se
reclina en la selva y queda dormida. La Nirifa 2.'
(Buenos Aires) aparece en la escena, y comienza
á lamentarse de sus desgracias, despertando á la
otra que la dice :
Ninfa, i .• — ^ Quién eres, ó qué pretendes,
sombra, ilusión ó fantasma
que rato ha que sin ceiar
tantas zozobras me causas?
Ninfa 2.» — No me conoces
Ninfa i.*— No: dilo,
no te dilates, acaba
que el corazón con latidos
no sé que avisos dá al alma !
Ninfa 2.* — Pues esos avisos ciertos
son y yo de ello la causa.
Sí, la infeliz Buenos Aires
soy, la misma con quien hablas
Escucha, Ninfa amable,
si es que esplicaros puedo,
mis pesares, mis penas,
mis ansias, mis tormentos ;
aunque al decirlos juzgo
que este vital aliento
entre mortales ansias
ha de desamparar mi triste pecho.
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Los Poetas de la Revolución 89
Referirle las glorias
que gozé en otro tiempo,
ni lo juzgo oportuno
ni las ignoras, creo ;
y así aquí encomendadas
se queden al silencio ,
que el decirlas seria
aumentar mis angustias sus recuerdos.
Pero como mis glorias
de mi mal , causa fueron;
aunque al alma le pese
hablarte de ellas debo ;
pero será formando
solo un breve diseño,
sin que por breve deje
de ser puñal agudo de mi pecho .
En seguida narra la forma como fué tomada la
capital, y concluye por echarse á los pies de Mon-
tevideo, que conmovida por esa actitud se des-
maya; mientras la otra alzándose, huye. Vuelta
en sí Montevideo, duda no sea un sueño cuanto
ha pasado; pero recapacitando y convencida
de que es verdad, llama á sus hijos á las armas.
Aparecen á su llamado el gobernador, un oficial,
el cabildo, comercio, hacendados y séquito de
militares y pueblo. La Ninfa les proclama á la re-
conquista de la capital, idea que ellos aceptan
con entusiasmo; y en medio del alborozo pide un
oficial ser escuchado.— Este oficial, aunque no se
le nombra, es Liniers.— Hace la proposición de
ponerse al frente de las tropas reconquistadoras,
en vista del justo impedimento del gobernador
para ello, y le es concedido, dándole la Ninfa el
bastón de mando como general en gefe. Parte,
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90 Estudios Literarios
pues, en busca de las tropas, vuelve con ellas al
escenario, manda el manejo de armas al son de
música, y luego de proclamar los soldados, se
marcha para la guerra al ruido de las cajas, mú-
sica y algunos tiros. Y el primer acto concluye
con esta invocación de la Ninfa, al quedar sola en
la escena :
I Deidades sacras ! Amparo
de vuestro solio supremo
enviad á estos campeones,
é infundidles vuestro aliento !
Marte amado, padre mío,
mirad que son hijos vuestros
esos soldados, que hoy
marchan contra los isleños :
Sol, Luna, Aurora, planetas,
estrellas del firmamento,
para guiar á mis hijos
aumentad los lucimientos.
Y vosotras avecillas
de esta selva, vuestros ecos
divierten en algún modo
la congoja con que ¿juedo.
El segundo acto se abre con un monólogo de
la Ninfa Montevideo, en que espone sus nuevas
inquietudes. Ella sabe que los espedicionarios
llegaron á la Colonia, corriendo una fuerte bo-
rrasca, y después pusieron el pié en la orilla veci-
na. De repente se oye un enorme estrépito, rom-
pe la tempestad y entre truenos y relámpagos se
deja ver Neptuno. La Ninfa, asustada ante sus
amenazas, echase á los pies del dios, pero acto
continuo aparece Marte, y después de trabar con
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Los 'Poetas de la Revolución 91
él una ruda disputa, vienen ambos á las manos,
saliendo en lucha de la escena.
La Ninfa Montevideo, dice una tirada de versos,
se reclina en su trono y se adormece. Entonces
aparece la Ninfa Buenos Aires, espléndidamente
ataviada, y esclama :
Con cuánta complacencia
vuelvo á este sitio, donde mi dolencia
el remedio á sus males
halló en pechos tan nobles y leales;
¡Salve, selva florida
adonde entrando muerta hallé la vida!
¡Salve, y en trinos suaves
te saluden las canoras aves!
Y siguiendo en este tono, concluye por desper-
tar á la Ninfa Mantevideo, y se abrazan. Luego la
cuenta el pormenor de la batalla con los ingleses,
y concluido el relato, desaparece. La Ninfa Mon-
tevideo, medio desfallecida, quiere intentar su
busca; pero entre tanto se oyen voces de / Victoria!
y entran en escena el gobernador con un pliego
de Liniers, acompañado del oficial conductor. Es
el parte de la reconquista de Buenos Aires.
Un grupo considerable de oficiales, entre el
cual están el cabildo, comercio, hacendados y
pueblo, aparece en escena y rodea á la Ninfa Mon-
tevideo. Esta manda al oficial portador que haga
la descripción de la batalla, y el oficial la hace en
24 octavas reales. Después la Ninfa encomia á Bue-
nos Aires libre, y á ella la elojian el gobernador,
hacendados, comercio, etc., recibiendo en reci-
procidad iguales cumplidos. Cuando todo parecía
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92 Esludios Literarios
concluirse, viene la ültíma escena que es esta:
Ruido de tempestad, y entre relámpagos y true-
nos, saca como á pura fuerza Marte á Neptuno, lo
arroja con furia en el suelo, le pone el pié encima
y le apunta la lanza al pecho:
Ninfa Mont. — ¡ Nueva confusión es esta
Todo» — ¡ Qué horror !
Marte— Júpiter ordena
tengas el justo castigo
en aquesta misma selva
donde tu arrogancia vana
prorrumpió en tantas blasfemias
contra todas las deidades
que en esas esferas reinan.
Manda que á mis plantas puesto
Neptuno, testigo seas,
del regocijo con que hoy
mis españoles celebran
sus victorias y sus triunfos
contra esa nación proterva,
contra esos viles isleños
de quien tutelar te ostentas
^Pero para qué te oprimo?
Levanta, y á la Inglaterra
comunícale tu agravio
dile que á vengarle vuelva
¡Hijos de Marte! gloriosos
de serlo habéis dado pruebas,
haciendo flamear laureadas
las españolas banderas!
Pues decid triunfantes héroes,
de tanta alegría en muestras:
¡ Vivan las dos mas ilustres
ciudades de nuestra América !
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Los T^oetas de la Revolución 93
Así concluye La Lealtad mas acendrada y buenos
cAires vengada, primer drama de nuestro reperto-
rio nacional. No puede negarse que tiene su
atrevimiento como ensayo y para el tiempo en
que fué escrito, á lo cual agregándose la circuns-
tancia de ser producción de un compatriota que
filé á batirse mas tarde por la independencia
americana en las filas del célebre Regimiento 9 ;
casi desarma la crítica. Pero no debe prescindir-
se de analizar con franqueza los defectos de esta
clase de trabajos, precisamente por que la condi-
ción de sus autores se presta á hacer disimula-
bles sus faltas literarias. Digámoslo sin ambajes,
en el drama de Martínez hay mucho malo. La
versificación es dura á mas no poder, y el concep-
to que la informa muy modesto para el asunto
elejido. En los detalles de la acción, resaltan tri-
vialidades indisculpables : la Ninfa Montevideo se
desmaya dos veces y se duerme otras dos, lo que
es demasiado desvanecerse para tiempo tan cor-
to; el manejo de armas mandado por Liniers
sobre el escenario podía haber sido suprimido
con honra para la inventiva del autor ; y la lucha
á empellones de Marte y Neptuno es tan desco-
munal que resuelve en saínete la parte mas seria
del episodio dramatizado .
Sínembargo, no falta en el drama cierta unidad
de conjunto, que lo encuadra sin réplica den-
tro de su argumento ; demostrando en ello el
autor disposiciones que á haber sido cultivadas
y desarrolladas en centro mas vasto que su pobre
ciudad de entonces, le habrían hecho un buen
dramaturgo. Ya se sabe que en las producciones
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94 Estudios Literarios
teatrales, el plan correcto y justíficado forma la
base esencial del trabajo ; y quien tenga propen-
siones sintéticas de esa naturaleza, puede com-
pletarse con el estudio. Corresponde añadir, que
algunas de las escenas de la Lealtad mas acendra-
da tienen movimiento y vida, apesar de la inco-
rrección del verso en que hablan sus protagonis-
tas. De todos modos, autor y drama, marcando
el punto departida de nuestros ensayos en la vi-
da literaria, muestran hasta donde llegaba bajo
el coloniaje el gusto artístico del pueblo que po-
cos años después debia reclamar personería para
gobernarse de su cuenta.
Las ajitaciones políticas que siguieron á la in-
vasión inglesa, no eran apropiadas á desarrollar
el estímulo literario. Además, los hombres gra-
ves no espigaban en la bella literatura ; y los que
hablan de hacerlo, ó eran harto jóvenes aun, ó
vivían perdidos en la lejanía de los campos. La
imprenta, que hoy es patrimonio hasta de las úl-
timas aldeas del territorio nacional, era entonces
un artefacto misterioso para la generalidad de
sus habitantes. Gracias si los ingleses, por con-
veniencia propia, habiah traído la primera á Mon-
tevideo, llevándosela después consigo al entre-
gar 1^ plaza ; con lo cual hubimos de quedarnos
sin letra de molde, á no ser por la Serenísima se-
ñora doña Carlota de Borbon, que ansiosa de
mandar sobre gentes instruidas, regaló á la ciu-
dad en arras de futuro dominio, una nueva im-
prenta para irnos ilustrando en los beneficios de
su proyectado gobierno, del cual se libraron nues-
' tros mayores con no poca fortuna para nosotros.
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Los T^oeias de la Revolución 95
Pero ni la imprenta inglesa con su corto y di-
solvente ausilio, ni la borbónica con sus preten-
siones, podian improvisar el reinado de una lite-
ratura que aun no habia trascendido al público
por iniciativa de sus futuros apóstoles ; y que tal
Trez habría estado en gestación muchos años aun,
sino estalla el movimiento revolucionario que sa-
cudió á la sociedad sobre sus bases.
Á partir de 181 1, fué que empezaron á despun-
tar los poetas populares. Venian casi todos del
pueblo campesino, y aspiraban á traducir las
aspiraciones y tendencias de las masas. Acep-
tando sus ideales, se avergonzaban empero de
usar su lenguaje : aquel lenguaje gauchesco que
tiene tartamudeos y diminutivos orijinales , y
una elasticidad de giros que parecería académica
en Jábios de gente culta. El primero de estos
trovadores campestres, que tuvo por decirlo así
una consagración oficial, fué Valdenegro, mocito
vivaracho y peleador, que Artigas habia sacado
de los fogones para hacerlo sargento de blanden-
gues;, y que tan gran papel desempeñó mas
tarde en la Revolución, sin que pueda calcularse
hasta donde habría llegado, si un desafio no le
arranca la vida en Baltimore cuando era coronel
y estaba transitoriamente proscrito. Su renom-
bre literario data de 181 1 cuando los patriotas
sitiando á Montevideo y para hacer llegar pliegos
oficiales hasta el cabildo, se vaUeron de la estra-
tajema de clavar una bandera blanca y roja en
las avanzadas, de cuya asta pendian los pliegos
con esta décima de Valdenegro:
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96 Estudios Literarios
El blanco y rojo color
con que la Patria os convida,
es para que se decida
vuestro aprecio en lo mejor.
Si al ro/o, nuestro valor
breve os sabrá castigar ;
y si al blanco queréis dar
discreta y sabia elección,
contad con la protección
del Ejército Ausilíar.
Sea que la espectabilidad política y militar de
Valdenegro entibiase su dedicación á la poesia;
sea que se encubriera bajo el anónimo para no
patrocinar composiciones que al estender su fa-
ma en sentido literario, debian mermarla como
procer activo de la revolución; lo cierto es que no
se conocen de él acertivamente otros versos, por
más que se le atribuyan muchas de las canciones
y décimas anónimas de aquellos tiempos. El co-
ronel Cáceres en unas Memorias inéditas que te-
nemos á la vista, lo pinta como poeta y orador
distinguido, y siendo Cáceres hombre idóneo, es
de presumir que pudo apreciar á Valdenegro en
diversas ocasiones y dentro de las aptitudes cuya
posesión le concede. De todos modos, la fama de-
jada por Valdenegro se ha hecho tradicional.
No puede decirse igual cosa de otro de sus con-
temporáneos, don Francisco Araucho, que for-
maba escepcion entre los poetas republicanos,
citando á Ovidio en sus obras. Hijo de un hombre
de educación académica é instruido él mismo
hasta donde le permitian sus cortos años, Arau-
cho llevó á los campamentos patriotas el gusto
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Los T^oeias de la Revolución cyj
de las aulas, haciendo raro contraste su versifi-
cación disciplinada, con la verba caprichosa y
agreste que usaban los revolucionarios. Arti-
gas, necesitado de hombres instruidos, encontró
conveniente fomentar en Araucho las disposi-
ciones políticas más que las literarias, y le em-
pleó interinamente en su Secretaría, enviándole
mas tarde á servir la de Otorgues, cuyo espe-
diente oficial ganó mucho en formas y tem-
planza desde entonces. Pero no aviniéndose ei
carácter de Araucho con los hábitos del caudi-
llaje revolucionario, fijó al fin su residencia en
Montevideo cuando la ciudad fué recuperada por
los patriotas, obteniendo la Secretaría del Cabildo
en premio ala confianza que inspiraba. En ese
puesto cultivó con alguna dedicación la poesía.
No son sus versos de aquellos que dejan una
honda huella en las literaturas de donde proce-
den; pero no carecen tampoco del relieve necesa-
rio para distinguirse, atendida la época y el me-
dio social en que fueron escritos. Araucho se
inspiraba en la solemnidad de las circunstancias,
para dar á sus cantos aquella entonación robusta
que levanta el ánimo, y á veces lo conseguía, co-
mo en la oda al Heroico empeño del pueblo Oriental
donde se leen estas estrofas:
Y tú, modelo de los hombres libres,
impertérrito Artigas,
vencedor de los riesgos y fatigas,
Arístides virtuoso, mientras vibres
el acero luciente,
vivirá el oriental independiente.
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98 Estudios Literarios
Por tí aparece la deseada aurora
del memorable dia
final para la horrenda tiranía ;
en que la dulce Libertad señora
fija su trono augusto
cubriendo á la opresión de acerbo susto.
¡ Oh Provincia Oriental ! Eleva al cielo
oblación obsequiosa,
por que de tus rivales victoriosa
mantienes seres libres en tu suelo,
que protestan ufanos :
¡ Antes morir, que consentir tiranos I
Pero con Valdenegro y Araucho, si bien tenia
la literatura uruguaya cierta representación, no
tenia el sentimiento revolucionario intérpretes
genuinos. Contrayéndonos á Araucho, ya que de
Valdenegro podemos decir poca cosa, conviene
observar que el país no estaba para asuntos clá-
sicos, en medio de aquella vertijinosa acción á
que le compelían los sucesos ; y las masas popu-
lares, suponiéndolas con aptitudes para entender
literaturas estrañas, no habian de ir á buscar
formas para sus ideales en Ovidio y sus concor-
dantes. Nada hay mas comprometido para la
poesía, que desentenderse de los tiempos en que
vive; pues no solamente arriesga su populari-
dad, sino que rehuye la fuente única de inspi-
raciones duraderas. De haber incidido en este
error, proviene el fracaso de casi todos los poe-
tas ilustrados de la Revolución ; porque deseando
ellos conciliar sus preocupaciones de escuela con
las circunstancias de momento, pugnaron por
encerrar dentro del concepto clásico ideas y pro-
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Los Poetas de la Revolución 99
pósitos que no cabían en él; haciendo hablar con
el lenguaje de Esquilo ó de Virgilio á los perso-
najes de estas tierras, y fingiéndose contempo-
ráneos de aquellos, para imitar el giro de sus
pensamientos. Conducta desacertada, que les
volvía estrangeros en su país, donde vejetaban
sin entender á nadie, ni ser entendidos.
El gefe de esta escuela esterilizadora, había
sido el P. Martínez con su drama de género mi-
tolójico, donde los dioses andaban á mojico-
nes. Araucho marchó sobre la misma huella,
pero con mas mesura y mejor donaire, lo cual no
le impidió quedarse á medio camino; porque en
toda creación donde el plan y estilo corren de
cuenta ajena, ó sucumbe el autor en la impoten-
cia ó reacciona y concentrándose en si mismo, en-
saya á planear y decir las cosas como mejor las
entiende. Tanto Martínez como Araucho carecie-
ron de la noción de su época, que no solamente
era revolucionaria en el terreno político, sino que
también lo era en el literario. El clasicismo de
todos los matices y de todas las procedencias, se
había derrumbado junto con el sistema monár-
quico : no porque el nivel común de la ilustra-
ción nacional hubiera crecido, sino porque la
naturaleza de las circunstancias actuaban fatal-
mente en ese derrumbe. La poesía de estrac-
cion mítolójica, sobre todo, muy apropiada á
formar las delicias de los literatos metódicos y
de las personas pacíficas, no se compadecía con
la realidad de aquella vida turbulenta, y mucho
menos habían de tomarla en serio hombres es-
puestos al tráfago de los peligros. Un Aquiles
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loo Estudios Literarios
impunemente bravo porque era invulnerable, pK>-
dia hacerles reir á ellos, que para batirse á pecho
descubierto doquiera se presentase el enemig^o,
no tenían mas defensa que la tosca lanza y el
caballo ; y pues que en 1806 habían visto á 83 mi-
licianos sitiar en Maldonado á 2000 ingleses, y
veían ahora á José Culta con 200 voluntarios si-
tiar á Montevideo guarnecido de 5000 hombres y
390 cañones : por fuerza debían parecerles ridí-
culos los 100,000 griegos sitiadores de Troya, y
miserable la estratajema final del caballo cIg
madera.
Y si estos recursos májicos de la antigua es-
cuela, no escapaban al riesgo de las rechiflas
posibles ¿qué mejor suerte les era dable esperar á.
Júpiter y todo su Olimpo ? Viviendo en el conti-
nente de las maravillas, era mucho suponer que
causasen impresión los trabajos de Hércules ó las
hazañas de Teseo, cuando la tradición corriente
y auténtica de la conquista demostraba que Cor-
tés ó Pizarro, cualquiera de ellos por separado,
habían hecho más, mucho más, que Hércules y
Teseo puestos en balanza. Y si del continente
americano en general, pasamos á la nación uru-
guaya en particular ¿cuál de todos esos héroes ó
semi-dioses, podía deslumhrar la imajinacion de
un pueblo que no ignoraba haber costado su
conquista más oro y ejércitos á la España de lo
que la costaran los vastos imperios de Méjico y
el Perú juntos, apesar de que nunca opuso á la
Metrópoli arriba de 1 500 hombres de pelea por
no permitirlo la cortedad de sus fuerzas ? Prove-
nia pues, de esta inferioridad incurable de la mi-
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Los Poetas de la T{evolucion loi
tolojía y de la fábula, su consiguiente ineptitud
p>ara aclimatarse entre nosotros ; de modo que
el fracaso de Martínez, Araucho y sus imitadores
está bien justificado.
No se crea por ello, que les enrostramos los es-
trudios á que se entregaron, pues seria absurdo
suponer que el estudio dañe en manera alguna á
nadie, y mucho menos, á los literatos. Lo que les
enrostramos es la errónea aplicación de los cono-
cimientos adquiridos, la imitación sin discerni-
miento de los clásicos, que son imprescindibles
como estudio y como elemento de asimilación,
pero que para imitados son el mas grande de los
escollos ; pues el imitador está condenado á mar-
char entre el plájio y la parodia, y al menor tras-
pié cae en uno ó en otra. Generalmente, los au-
tores que empiezan, se precaven poco de ese
peligro, y de ahí el trabajo de refundición en que
pasan buena parte de su vida mas tarde. Habla-
mos, se entiende, de los autores de raza; porque
los otros, los pseudo-autores, esos no rehacen
nada ni que los maten, confiando en que su fama
ha de durar para siempre y un dia más como decia
Milton al hablar de cierta contribución inglesa.
De lo dicho se infiere, que la Revolución no te-
nia hasta aquellos momentos una personalidad
literaria, que caracterizase las ideas populares en
el fondo y hasta en la forma de sus composicio-
^ nes. La intención de los poetas que van citados,
tendia á eso indudablemente, pero el éxito no les
habia sonreído. No bastaba que sus produccio-
nes tuvieran referencias de actualidad ; era ne-
cesario que la actualidad toda entera quedase fo-
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102 Estudios Literarios
tografiada en ellas, si por ventura fuesen capaces
de tanto. Y como no lo fueron, la situación les
precisó á dejar la escena á quien podia llenarla
sin inconveniente, que fué Hidalgo, intérprete ve-
rídico del sentimiento nacional y gefe de uaa es-
cuela nueva.
Mas no nació este poeta como Minerva, armado
y pronto, sino que sus comienzos fueron dificilí-
simos, hasta el punto de no vislumbrarse en ellos
nada que le colocase sobre el nivel común. Mien-
tras la Revolución marchó felizy triunfalmente,
sus versos fueron flojos ; revelándose el hombre
superior, cuando la desgracia hizo á su patria es-
clava de un poder estraño. Interesante lección
que demuestra, cómo pueden las torturas del
patriotismo, á falta de mejor enseñanza, desarro-
llar en el espíritu instintos que de otro modo hu-
biesen permanecido latentes.
Hidalgo habia empezado como todos sus ante-
cesores, pretendiendo encerrar en forma estraña
los conceptos que le inspiraba su numen. Fueron
muy pobres sus primeros versos, reduciéndose
á himnos y marchas patrióticas, que solo el entu-
siasmo de aquellos tiempos podia hacer tolerables.
Con todo, la uña del león se dejó ver en cierta
composición dramática, que revelaba al bardo
de capital propio é ideas definidas. Bajo el título
de Sentimientos de un Patriota, se representó en
1816 una producción suya, de carácter uniper-
sonal, en que el protagonista incitaba á los ame- '
ricanos á desechar toda veleidad de anarquía,
uniéndose para combatir al enemigo común. La
orijinalidad de la pieza consistía en las ideas
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Los T^oeias de la Revolución 103
puestas en juego y la moral política que las ca-
racterizaba. Había, es cierto, tiros y música en
la escena, pero sobre no repugnar este recurso á
la naturaleza de la ficción dramatizada, á causa
de ser el protagonista un oficial patriota, consti-
tuia por otra parte, uno de los mas preferidos en
aquel tiempo de marcial entusiasmo.
En estos y otros ensayos, pasó para Hidalgo el
primer período de la Revolución, que termina
con el desastre de Artigas y sus compañeros ante
la invasión portuguesa. Sometido el país á aque-
llos intrusos, la poesía nacional habia de tomar
por fuerza otro rumbo, y poi* lo que respecta á
Hidalgo, tomó el que se avenía con sus inclinacio-
nes, cultivando el género gauchesco, del cual es
propagador y maestro reconocido. Los T>iálogos
de Chano y Contreras, mostraron hasta donde po-
día llegar aquel talento privilejíadoen la descrip-
ción de los tipos y costumbres campestres.
Uno de esos diálogos se publicó en Buenos Ai-
res, con motivo de las fiestas Mayas de 1822, y su
contexto venia á ser el siguiente. El gaucho Ra-
món Contreras, que habia presenciado las fiestas,
se las cuenta á Chano, otro gaucho amigo suyo,
haciéndole minuciosa relación de sus impresiones
todas. Desde la noche del 24 de Mayo, arranca el
relato, con detalles sobre las inscripciones graba-
das en la pirámide de la libertad, la ornamenta-
ción de la plaza, las músicas, y fuegos artificiales.
Concluido aquel primer espectáculo, las gentes
tomaron el camino del teatro, mientras Contre-
ras lo tomó para casa de un tal Roque, donde
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104 Estudios Literarios
Dormí , y al cantar los gallos
ya me vestí; calenté agua
estuve cimarroneando
y luego para la plaza
cojí, y me vine despacio :
Llegué ¡ bien haiga el humor !
llenitos todos los bancos
de pura mujerería ,
y no amigo cualquier trapo
sino mozas como azúcar.
Hombres ] eso era un milagro !
Y al punto en varías tropillas
se vinieron acercando
los escueleros mayores
cada uno con sus muchachos ,
con banderas de la patría
ocupando un trecho largo;
llegaron á la pirami
y al dir el sol coloreando
y asomando una puntita
¡ Bracatan ! los cañonazos ,
la grítería y el tropel ,
música por todos lados ,
banderas , danzas , funciones ,
los escuelistas cantando ;
y después salió uno solo
que tendría doce años,
nos echó una relación
i cosa linda , amigo Chano ;
mire que á muchos patriotas
las lágrimas les saltaron !
La fiesta de esa mañana prosiguió bajo iguales
esplendores hasta las 1 1 de ella, en que apareció
el Gobierno, con gran séquito de empleados ci-
viles y militares, á presenciar el desfile de las
tropas. Contreras, después de admirar á su sabor
estas cosas, sintió la necesidad de reponerse, y
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Los T^oetas de la Revolución 105
fué á almorzar. En seguida asistió á un juego de
sortija, concluido el cual sé volvió á la plaza. Allí,
entre las danzas y músicas, llamó su atención el
juego de los palos enjabonados, « altos como un
ombü,» y de cuyas puntas colgaban « una chus-
pa con pesetas» y otros premios para quien se
atreviese á conquistarlos. Entre los mas audaces
ascensores, sobresalía un inglés, que por repeti-
das ocasiones se llevó los premios. Pero lo que
mas hizo reir á Contreras
fueron , amigo y otros palos
que había con unas guascas ,
para montar los muchachos ;
por nombre rompe-cabezas ,
y en frente , en el otro lado
un premio para el que fuese
hecho rana hasta toparlo.
Pero era tan belicoso
aquel potro , amigo Chano ,
que muchacho que montaba
¡ contra el suelo ! ... y ya trepando
estaba otro. . . y. . . ¡ zas , al suelo !
hasta que vino un muchacho
y sin respirar siquiera
se fué el pobre resbalando
por la guasca , llegó al ñn
y sacó el premio acordado.
Pusieron luego un pañuelo
y me tenté ¡ mire el diablo 1
con poncho y todo trepé
y en cuanto me lo largaron
al inñemo me tiró,
y sin poder remediarlo
(perdonando el mal estilo)
me pegué tan gran culazo
que si allí tengo narices
quedo para siempre ñato.
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io6 Estudios Literarios
No puede pedirse como descripción, nada que
sea mas natural y correcto que esto. El lenguaje,
las figuras retóricas, lo llano de la relación, la
inocencia de los incidentes humorísticos, todo es
hermoso. La personalidad del poeta desaparece
para dejar que se exhiba un gaucho de pura san-
gre, decidor, patriota, buen amigo, que en la
intimidad de las confidencias se pinta á si mis-
mo tal cual es, y retrata de paso el gremio social
á que pertenece.
En otro T>iálogo de distinta índole, pero entre
los mismos personajes, ha rayado Hidalgo á
igual altura. La hipótesis en que se basa esta
otra conversación, es una visita de Chano á Con-
treras, que está en su casa y se sorprende agra-
dablemente de verle llegar. Ambos departen sobre
la situación política, y se lamentan de los estra-
víos del gobierno. Hablando de la mentada igual-
dad ante la ley, dice filosóficamente Chano :
Roba un gaucho unas espuelas,
ó quitó algún mancarrón,
ó del peso de unos medios
á algún paisano alivió:
Lo prenden, me lo enchalecan;
y en cuanto se descuidó
le limpiaron la caracha,
y de malo y salteador
me lo tratan, y á un presidio
lo mandan con calzador.
Aquí la ley cumplió, es cierto
y de esto me alegro yo,
¡ quién tal hizo, que tal pague !
Vamos pues á un señorón.
Tiene una casualidad
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Los Poetas de la Revolución 107
Ya 8C vé . . . . s« remedió
i Un descuido que á cualquiera
le sucede, si señor!
Al principio mucha bulla,
embargo, causa, prisión,
van y vienen, van y vienen,
secretos, admiración.
^Qué declara ? . , . Que es mentira . . .
que él es un hombre de honor !
^ Y la mosca ? .... No se sabe,
el Estado la perdió.
El preso sale á la calle
y se acaba la función.
i Y esto se llama igualdad ?
La perra que me parió !
Con la misma energía y en el mismo T>idlogo
condena Chano las preferencias acordadas á la
adulación, con mengua de los buenos servidores.
Vé con dolor, el derroche de los dineros fiscales,
mientras los caminos están intrasitables, los edi-
ficios públicos inconclusos, y los pensionistas del
Estado muertos de hambre. Le parece que todo
eso, es un capitulo de acusación contra los go-
biernos patrios, que han reducido el país á tanta ^
miseria ; y como complemento á sus raciocinios,
después de haber detallado las calamidades que
sufiren los buenos, relata los goces de los perdu-
larios en esta fornia :
Entre tanto, el adulón,
el que de nada nos sirve
y vive en toda facción ;
disfruta grande abundancia,
y como no le costó
nada el andar remediado
gasta mas pesos que arroz.
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io8 Esludios LÁter arios
Y amigo, de esta manera
en medio del pericón,
el que tiene, es cDon Fulano»;
y el que perdió se amoló,
sin que todos los servicios
que á la patría le prestó
lo libren de una roncada
que le largue algún pintor!
Tales son el estilo y la forma dialogal adopta-
dos por Hidalgo en sus composiciones gauches-
cas. Nadie se habia atrevido antes de él á ensa-
yar bajo su responsabilidad, dándole carta de
naturalización literaria, este género popular, que
se tenía por cosa humildísima : cuando el poeta
uruguayo levantándolo hasta sí, lo hizo un tema
fecundo de recursos siempre nuevos: y formó
una escuela de la que son discípulos Ascasubi y
Del Campo en Buenos Aires, y Lussich entre no-
sotros. Tan cierto es que el verdadero talento,
dignifica cuanto toma por asunto de sus afanes.
Á la sombra de los poetas de fama, se habia
creado por aquellos tiempos otra generación de
cultores de la poesía , que se apoderó de la esce-
na luego de haber sido reivindicada definitiva-
mente la independencia nacional. Entre esos
nuevos campeones de la idea, descolló don Ma-
nuel de Araucho, hermano de don Francisco, y
teniente coronel de los ejércitos de la patria. Bajo
el título de Un paso en el Pindó, se publicaron sus
producciones poéticas en 1835; producciones que
él habia comenzado á trabajar desde que era em-
pleado del Cabildo en tiempo de Artigas, y que
coleccionó bajo la presidencia de Oribe, dedican-
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Los Troclas de la Revolución 109
doselas. Hay mucho de estravagante en esa co-
lección, donde ni el Le-Roy deja de encontrar un
himno laudatorio; pero hay también algunos en-
sayos dramáticos y algunas letrillas, que abonan
el talento del autor.
El período sangriento que se abrió en el país al
terminar la segunda presidencia constitucional,
paralizó el movimiento literario, interrumpiendo
por largos años todo comercio intelectual. Como
manifestación única del pensamiento, quedó la
prensa diaria, cuya hojas volantes decían lo sufi-
ciente para noticiar los encuentros y batallas, las
venganzas, los sustos, las desvastaciones de que
fué teatro la República durante catorce años. Hoy
todo eso ha pasado, flotando su recuerdo en el
horizonte histórico como una nube de sangre.
Por entre esa nube, procuran nuestros ojos en-
trever otras épocas mejores, y la. imajinacion nos
lleva á los tiempos lejendarios de la independen-
cia con ánimo de reanudarlos al presente. Diga-
mos, pues, la última palabra para concluir.
Lo que tiene de halagador nuestra literatura
revolucionaria, es que señala un esfuerzo intelec-
tual, al lado de un esfuerzo guerrero, cuya inten-
sidad parecía escluir todo cultivo de emociones
dulces. Esa combinación de las armas y las letras,
asociándose para hacer triunfar una idea, de-
muestra que los independientes tenían no solo
confianza en su causa, sino pasión por los ideales
que iban anexos á su triunfo. Habían soñado una
patria libre, y querían presentarla de tal modo á
las miradas del mundo, que no se echase de me-
nos en ella nada de lo que formaba el ornamento
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lio Esludios Literarios
de los demás pueblos libres de la tierra. El em-
peño era atrevido sin duda, y su éxito no corres-
pondió, artísticamente considerado, á la alteza
de los propósitos que lo impulsaban; pero habia
en ello un síntoma bastante satisfactorio para el
orgullo nacional. De todos modos, resultaba evi-
denciado que no era la barbarie indómita quien
habia conseguido casualmente libertar el territo-
rio patrio ; pues aparecían factores de otra índole
persiguiendo ese fin. Una revolución que funda-
ba bibliotecas populares, abria escuelas publicas,
consignaba adelantadísimos principios de go-
bierno en sus programas políticos y solemnizaba
sus triunfos militares con torneos literarios, no
era una Revolución de bárbaros.
Las causas que contribuyeron á acortar el vue-
lo de la poesía, son muy abultadas para no ale-
garlas en descargo. Rigorosamente hablando, y
destacados los clérigos, no habia en el país otro
literato preparado á ser tal, que Figueroa ; pues
los demás se habían formado solos, sea porque
entraran á la vida activa en harto temprana edad,
sea porque su instrucción propia no rebasase los
límites de conocimientos muy elementales. Casi
todos ignoraban las reglas artísticas que puli-
mentan la forma, y carecían de aquel caudal de
consulta que refina el gusto por la comparación
de las ideas propias con los pensamientos aje-
nos. Vivían en un escenario estrecho, sin las
perspectivas luminosas que irradia el arte en las
naciones viejas. Por eso es que su poesía no pu-
do reflejar otra cosa que el ansia de la libertad,
en una forma muchas veces pobre, como eran
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Los Poetas de la Revolución iii
pobres sus medios de acción y su modo de vivir.
Pero no puede negarse que con todos estos in-
convenientes, cumplieron su misión, así los gran-
des como los pequeños, dotando al país de una
literatura, que con todos sus defectos, es la raiz
de la literatura nacional. Seriamos injustos, si en
nuestros adelantos de hoy, pretendiéramos me-
nospreciar aquellos esfuerzos, tanto mas dignos
cuanto eran inspirados por un ideal nobilísimo.
La crítica debe ejercer su ministerio sobre ellos,
pero no para satirizarlos, sino para poner en claro
la razón de sus deficiencias, y darse el patriótico
placer de medir los progresos realizados desde
entonces, merced á la labor constante de una ge-
neración que ha podido aplicar mayor actividad
intelectual al cultivo de las letras.
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LA RELIJION Y LA CIENCIA
(juicio crítico sobre el libro de Draper)
ESDE la aparición de Voltaire y los enci-
I clopedistas, la literatura católica ha reci-
bido un golpe del cual anda por reponer-
se todavía. Arrojada del primer puesto
en la circulación, perdió necesariamente la im-
portancia que dá el favor público, y no teniendo
número de lectores aproximado á su rival, ha de-
bido retirarse vencida del campo de la influencia-.
Sin hablar de los grandes autores clásicos del ca-
tolicismo, hoy casi todos relegados al olvido, aun
en los modernos se ve la indiferencia de que son
víctimas, y si á Chateaubriand le ha salvado su
prosa poética, y á Donoso Cortés la maravillosa
elevación de su estilo, y á Manzoni su gracia ita-
liana, y á Luis Veuillot su orijinalidad, y á César
Cantú la audacia de sus síntesis históricas, no
pueden jactarse de parecida suerte centenares de
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114 Estudios Literarios
escritores de un mérito indisputable, cuyos libros
circulan perezosamente entre los eruditos, des-
pués de haber sido la ruina social y pecuniaria
de sus autores .
Ensoberbecidas las escuelas racionalistas por
esta muestra abrumadora de favor popular, la
aducen á manera de comprobación irrefutable
sobre el crédito de sus doctrinas ; y afirman que
es suyo el mundo de las ideas, por que es suyo el
pasto intelectual de que se nutre la humanidad
educanda en su mayor estension. No irían desca-
minadas al decirlo, si en el fondo de los hechos
no hubiera un dato olvidado que determina en
otro sentido la solución del problema.
El racionalismo es, á par de una escuela de
propaganda , una escuela literaria. Lo magro
de su contextura le obliga á recurrir al arte, para
vestir con apariencias de vigor propio, la debili-
dad que ostentaría si se presentara escueto de ar-
tificios en la escena. Acariciador mimoso de la for-
ma, pule y redondea las frases distribuyéndolas
en proporción adecuada de sonoridad, dentro de
los limites de cada período. Donde debe defen-
derse ataca; donde puede atacar afecta no de-
fenderse, aun cuando echa el resto en la parada ;
y sale del paso en los trances más serios con una
broma picante, que si no convence al lector, lo
ruboriza, cortándole el hilo de las reflexiones.
Tal fué la táctica de Voltaire, cuyas obras leí-
das hoy á sangre fria, pasman la razón del que se
ponga á analizar los quilates de juicio que tuvo el
siglo que le llamó patriarca de la rejeneracion hu-
mana.
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La Tielijion y la Ciencia 1 1 5
La literatura católica tiene contra si para pro-
pagarse, tocias las ventajas que le lleva su rival,
con más otros inconvenientes que nacen de la
naturaleza de su índole. El deseo de decir la ver-
' dad, de comprobarla y de enseñarla, induce á los
escritores de esa procedencia á dilucidar sus te-
mas con una copia de datos, que perjudica la lec-
ción agradable de sus éibros. De ahí, que en la
esfera de las contiendas intelectuales, se aseme-
je el racionalista al espadachín flexible y diestro
que dá un asalto ante admiradores encantados en
la soltura de sus ademanes; mientras los católi-
cos remedan al antiguo caballero feudal, inespug-
nable de pies á cabeza, pero de guardia tardía y
ademan pesado. Porsupuesto que esta observa-
ción reza con los trabajos fundamentales que pre-
sentan á la relijion bajo el concepto científico que
ella tiene de por sí, y no con las producciones de
bella literatura, en muchas de las cuales sobre-
pujan los católicos á los racionalistas. Pero es
de advertir, que aun existiendo esa equivalencia
en el campo imajinativo, subsiste también para
ella la inferioridad de circulación, lo que prueba
que la educación superficial distribuida hoy por
el mundo, falsea tanto los principios relijiosos
como el buen gusto.
Tan considerables han sido, empero, los traba-
jos lanzados al mundo literario por el catolicismo,
que con todos los defectos de forma, y más que
nada de volumen, que quiera oponérseles, han
rebasado el límite que la indiferencia marca á la
curiosidad. Los hombres estudiosos de todas las
procedencias, y singularmente algunos protes-
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ii6 Estudios Literarios
tantes, no han podido abstenerse de ir á buscar
en esos voluminosos libros tan satirizados, la
fuente de agua viva que apaga los martirios inte-
lectuales de la duda, y del estudio de los Padres
de la Iglesia y de la lección de los teólogos sus
comentadores, han sacado notables producciones
literarias, que empezando con las de Cobbett,
Ranke, Guizot y Macaulay, prometen no acabar
mientras la incredulidad irrespetuosa no conten-
ga sus ímpetus contra el decoro humano. Este
hecho por sí solo demuestra que si ios protestan-
tes han podido encontrar en el arsenal católico ar-
mas tan formidables que con esgrimirlas á su
modo tienen acorralado al ateísmo y al raciona-
lismo puro, á mayoría de razón pueden ios cató-
licos asestar el último golpe á sus adversarios, si
se deciden á esgrimir como conviene en la actua-
lidad, sus armas invencibles.
Se nos antoja que la necesidad de una reforma
literaria en la confección de las obras fundamen-
tales, está indicada como curativo eficaz del mal
que analizamos. Un poco más de movilidad en el
estilo, menos agrupación de pruebas en los pun-
tos que ya están victoriosamente rebatidos, cierta
condescendencia con la imajinacion cuyos rápi-
dos giros suelen ser indispensables para la pintu-
ra gráfica de las ideas, son sin disputa, exijencias
racionales de estos tiempos en que todo marcha
á vapor. Bastará para demostrarlo el éxito asom-
broso obtenido por el libro que forma la materia
de este estudio, y que no siendo en sí mismo más
que una recopilación de cargos ya rebatidos, ha
logrado, merced á su estilo y corte literario, cau-
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La ^elijion y la Ciencia 117
tivar la atención pública doquiera ; sin que hayan
sido parte á cerrarle el paso, ni las criticas de los
adversarios, ni las de los propios amigos condo-
lidos de los agravios que hace su autor á la ver-
dad, tergiversando sucesos capitales para la his-
toria de la civilización del mundo.
Lleva el libro de Draper por titulo Historia de
los conflictos entre la relijion y la ciencia ; y su con-
tenido es un rápido bosquejo en doce capítulos,
que partiendo de los tiempos en que supone ha-
ber comenzado el movimiento científico con la
fundación del Museo de Alejandría, llega hasta
la época actual deteniéndose en el Concilio Vati-
cano, cuyas operaciones intenta narrar. Las di-
versas fases por que el cristianismo ha pasado en
tan largo trascurso de años, son sucesivamente
presentadas al lector de tal modo, que dejan en
su espíritu la triste impresión de la credulidad
humana esplotada por el fundador de una secta
relijiosa, envilecedora de los hombres durante
diez y nueve siglos, á beneficio de una sucesión
de embaucadores que se titulan Pontífices Roma-
nos, y bajo la autoridad de una institución su-
persticiosa y torpe que se llama Iglesia Católica.
Seguramente que si la historia ha de ser una
enseñanza saludable basada en la verdad estricta,
ni verdad ni enseñanzas provechosas contiene la
obra del profesor americano, quien, sea dicho de
paso, acompaña su nombre en la edición inglesa
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ii8 Estudios Literarios
con los calificativos de « Doctor en medicina y
leyes, Profesor de la Universidad de Nueva York,
y autor de un tratado de ñsiolojia humana», pro-
lijidad enumerativa aproximada al charlatanis-
mo, según parece haberlo comprendido hasta el
traductor español, librando el nombre de todas
estas adherencias con dejarlo en Juan Guillermo
Draper á secas. Tras de esta policía piadosa del
señor Arcimis, ha venido el señor Salmerón, que
á título degefe de lo que llaman escuela krausista
en España, debia necesariamente escribir un pró-
logo para la obra de Draper, como para cual-
quiera otra en que hubiera la oportunidad de
botar al arroyo, desfigurada y maltrecha, la alti-
sonante y gallarda lengua española.
Cual sea el concepto que tiene Draper sobre el
modo de escribir la historia, puede averiguarse
desde luego en el siguiente pasaje de su libro:
«Hay dos modos de escribir la historia, dice, ar-
tístico el uno, científico el otro ; el primero acep-
ta que el hombre da ó es orí jen de los aconteci-
mientos, por lo tanto escoje algún individuo
notable, lo representa bajo una forma de fanta-
sía y hace de él, el héroe de una novela. El se-
gundo, considerando que los sucesos humanos
presentan una cadena jamás interrumpida, en
que cada hecho nace de otro anterior y produce
otro subsiguiente, declara que no es el hombre
quien domina los sucesos, sino estos al hombre.
El primero crea unas composiciones que, aunque
pueden interesarnos y causar nuestra delicia,
son poco más que novelas ; el segundo es austero,
quizá hasta repulsivo, por la convicción que nos
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La ^elijion y la Ciencia 119
imprime del irresistible dominio de la ley y de la
insignificancia de los esfuerzos humanos.» De lo
cual se sigue que el autor es fatalista y que para
él domina ciegamente en el mundo una ley in-
flexible y superior á la intelijencia del hombre, á
la vigorosa iniciativa de las naciones, y á los es-
fuerzos de la ciencia. La humanidad, según esto,
ha vivido miserablemente engañada hasta hoy,ce-
lebrando los triunfos de los políticos, admirando
los sacrificios de los creyentes, aplaudiendo la
heroicidad de los pueblos. En nada de ello hay
cosa de qué estrañarse, porque estaba escrito !
Con semejante filosofía, ya se comprende que
la fidelidad en la narración de los hechos y la
buena fé en su apreciación, es cosa baladi. ¿ Qué
importancia puede tener en el orden de la filia-
ción histórica, el atribuir á tal ó cual causa la
eficiencia de tales ó cuales hechos, si con ella,
contra ella ó sin ella, los hechos se habrian pro-
ducido del mismo modo ? Aceptada esa regla de
criterio, así la importancia de los sucesos como
la de los individuos intervinientes en su realiza-
ción, caen bajo la misma ley de insignificancia.
Por eso es, sin duda, que Draper comienza la
historia de sus conflictos provocando un verda-
dero conflicto, con destruir de una plumada toda
la civilización egipcia y griega, poniendo el orí-
jen y cuna de la ciencia en la fundación del Mu-
seo de Alejandría, que creó Ptolomeo y adelantó
su hijo.
Escandalizado ante tamaño dislate, el señor
Salmerón, apesar de su pasta krausista y de su
reverente admiración declarada hacia el libro en
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120 Estudios Literarios
cuya portada ha escrito su nombre, no puede
menos de llamar á Draper al orden, diciéndole:
« Aun sin contar la estcnsion y elevación de cul-
tura que en el remoto Oriente alcanzaron sobre
todo las razas arias, y que en la relijion como en
el arte y la filosofía y hasta en el saber positivo de
la observación natural constituyen un período
brillante y aun solemne por la majestuosa fecun-
didad de la fantasía y la profundidad de las ideas,
parécenos de todo punto injustificable referir el
oríjen de la ciencia á la fundación del Museo de
Alejandría; como si pudieran relegarse al ínfimo
papel de frustráneos ensayos ó fantásticas irre-
flexivas concepciones, las profundas y sistemáticas
doctrinas que con tan regular y lejítimo proceso
fué produciendo y desarrollando el maravilloso
espíritu del pueblo griego. Podría quedar inaper-
cibido el movimiento ante-socrático por la falta
de monumentos escritos, que no alcanza á suplir
la tradición, y por la deficiencia y manquedad de
las observaciones y teorías, siendo en rigor in-
justo menospreciar el naturalismo dinámico de la
escuela jónica, y el idealismo matemático de la es-
cuela itálica, y el panteismo dialéctico y el atomismo
mecánico de las escuelas metafísica y física de
Elea, y el espiritualismo de Anaxágoras, y el racio-
nalismo que pudiéramos llamar evolutivo ó tras-
formista de Heráclito, con que se preparaba una '
concepción unitaria del mundo, y se destruía el
antropomorfismo mitolójico, y se abría el camino
de la observación y de la inducción científicas, y
se despertaba la razón al conocimiento reflexivo
de los principios y leyes de la realidad, y se ha-
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La Jielijion y la Ciencia 121
cia posible la aparición dé los genios superiores
de Platón y Aristóteles y hasta se formulaban
doctrinas á que la ciencia vuelve con reconoci-
miento profundo en nuestro tiempo.»
Por el esfuerzo hercúleo del señor Salmerón,
decidiéndose á salir del limbo de su lenguaje
habitual para poner en idioma casi corriente es-
tas obgeciones, pviede juzgarse hasta dónde será
inadmisible la enmienda hecha en la partida de
nacimiento de la ciencia por el americano doctor,
dos veces diplomado, cuyo libro es á un mismo
tiempo delicia y confusión de sus admiradores.
Y no se crea ser éste el único traspié de que han
tomado nota los amigos, sino que mas adelante
también han debido refutar al autor, sobre la
contradicción de sus apreciaciones en lo que mira
á la marcha é influencias del protestantismo, que
él juzga de tan distintos modos como ocasiones
tiene de nombrarlo.
Cedamos otra vez la palabra al señor Salmerón
que aborda en esta forma su crítica : « Apenas si
se detiene Draper á consignar el progreso cum-
plido en la Reforma, y aun estima su trascenden-
cia y carácter con incierto criterio, incurriendo
en contradicciones que no hemos de pasar en
silencio. Preocupado sólo de enumerar los ade-
lantos concretos de la observación, afirma (páj.
224) que «nada debe la Ciencia á la Reforma»; y
casi á renglón seguido (páj. 247) tiene que con-
signar que merced á ello « no hubo autoridad que
pudiese condenar las obras de Newton.» Confun-
diendo en un mismo anatema la escepcion con la
regla, llega por la muerte de Servet á equiparar
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122 Estudios Literarios
el protestantismo con el catolicismo (páj. 224) ; y
al fin (páj. 376), viniendo á mejor acuerdo, reco-
noce que si llegó Calvino á tan bárbaro esceso de
fanatismo « no fué por los principios de la Re-
forma, sino por los del catolicismo, de los que
no habia podido emanciparse completamente. »
Mas sobreponiéndose á tales indecisiones, y rec-
tificando sus contradicciones, en definitiva sus-
tenta (páj. 376) que mientras el cristianismo
católico y la ciencia son absolutamente incom-
patibles, no solo es posible una reconciliación
entre la Ciencia y la Reforma, sino que se verifi-
caría fácilmente si las Iglesias protestantes qui-
sieran observar la máxima de Lutero, establecida
en tantos años de guerra, de que todos tienen
derecho de interpretar privadamente las Escritu-
ras \Jué el fundamento de la libertad individual.»
Ya se vé pues, que el primero de todos los con-
flictos á resolver por Draper, es el conflicto de sí
mismo con sus potencias intelectuales ; porque á
menos de no tener el juicio perdido y flaca y alu-
cinada la memoria, es imposible caer en contra-
dicciones mayores y anacronismos más fuertes,
á vueltas de extremar una duplicidad doctoral,
que con el tratado de fisiolojia humana y todo,
no ha surtido otro efecto que el que surtieron en
el desventurado hidalgo manchego aquellos li-
bros pecadores que en hora tardía quemaron el
ama y la sobrina. Mas como quiera que sea, con
lo dicho sobra para formar opinión respecto á la
que tienen de autor y libro, sus propios amigos y
admiradores.
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La lielijion y la Ciencia 123
Los amigos del autor, empero, si por lo que
hace al oríjen y progresos de la ciencia, le han
ido á la mano para rectificarle sus fantásticos da-
tos ; no ha sucedido asi respecto al oríjen y pro-
gresos del cristianismo, en cuya historia han
dejado pasar sin correctivo el supuesto de que su
Fundador fué un intrigante, y que sus discípulos
y continuadores encontraron el terreno prepa-
rado para difundir la intriga con éxito satisfacto-
rio. Ambos cargos no tienen, sinembargo, ni el
mérito de la novedad ; y el primero de ellos es la
reproducción del que le hicieron á Cristo sus ini-
cuos jueces. Veamos cómo lo cuéntala Escritura;
« El pontífice ( Anas ) preguntó á Jesús sobre sus
discípulos y sobre su doctrina. Jesús le respon-
dió : —Yo manifiestamente he hablado al mundo :
yo siempre he enseñado en la sinagoga y en el
templo, á donde concurren todos los judíos, y
nada he hablado en oculto. ¿ Qué me preguntas
á mi ? Pregunta á aquellos que han oido lo que
yo les hablé, ellos saben lo que yo he dicho. —
Cuando esto hubo espresado, uno de los minis-
tros que estaban allí le dio una bofetada, dicien-
do : --¿ Así respondes al Pontífice? — Jesús le con-
testó : Si he hablado mal, dá testimonio del mal :
mas si bien ¿por qué me hieres? (i).
Le habían preso levantándole calumnias, se
justificaba con el testimonio publico de su vida,
y le abofeteaban todavía. El hecho se reproduce
(i) Juan, c. XVIIL v. 19-23.
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124 Estudios Literarios
ahora con los mismos caracteres de entonces :
idénticos son los raciocinios del acusado y de
los jueces. De un lado el Salvador, puro y sen-
cillo como la inocencia, ofreciendo á los hom-
bres el testimonio abierto de su vida ; y frente á
él sus calumniadores, aglomerando todo linaje
de falsedades para imputarle delitos contra la
verdad. ¿ Qué contestar á estos cargos? Aun exis-
te sobre la cima del Gólgota la ondulación que
marca el paraje donde se consumó el sacrificio de
la victima, venida al mundo, según sus propias
palabras, para dar testimonio á la vadad!
No valen, en cuanto al Cristo, las falsificaciones
históricas ni las mistificaciones de cualquier gé-
nero que sean. Mas en la narración de los suce-
sos que constituyen la trama de la vida cristiana,
desde la muerte del Salvador hasta la consoli-
dación de la Iglesia en el mundo, las opiniones
de los enemigos de ésta han contribuido á for-
mar los más opuestos criterios. Prevaliéndose
de tal confusión, es que Draper asienta como
cosa evidente, que el triunfo de la Iglesia se de-
bió, no á designios sobrenaturales, ni á la virtud
y entereza de los apóstoles y mártires de las pri-
meras aciagas épocas de lucha, sino precisa-
mente á la tolerancia de los romanos con el cris-
tianismo. Pero nada hay más inexacto que
semejante afirmación.
La verdad pura y genuina de los hechos es,
que desde el dia en que el cristianismo apare-
ció, tuvo por premio el martirio. En el siglo 1
y reinando Tiberio, la primera víctima fué Es-
teban protomartir. Reinando Nerón sucumbieron
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La ^elijion y la Ciencia 125
san Pedro y san Pablo, á más de los centenares
de mártires oscuros que les precedieron y si-
guieron. En el siglo II comienza con Trajano
una nueva persecución, que hace sucumbir entre
otros á san Simeón obispo de Jerusalem y
san Ignacio obispo de Antioquía, ancianos am-
bos. Bajo Marco Aurelio, san Policarpo obispo
de Esmirna y san Fontino obispo de Dion, am-
bos nonagenarios, san Justino filósofo conver-
tido y centenares de otros cristianos, reciben el
martirio. En el siglo III, bajo Septimio Severo,
perecen con san Irineo obispo de Lyon 18,000
mártires y dos mujeres santa Perpetua y santa
Felicitas, mueren en el anfiteatro con heroico
comportamiento. Bajo Maximino, caen los Papas
san Ponciano y san Antero, el diácono Ambrosio,
el sacerdote Protoctetes, santa Ürsula y sus com-
pañeras. Bajo Décio, el Papa san Fabián y los
obispos san Bábilas de Antioquía y san Alejan-
dro de Jerusalem sufirieron el martirio con milla-
res de cristianos, cuya lista se agotó en los obis-
pos san Cornelio y san Lucio últimas victimas
de aquella terrible época. Bajo Valeriano, se de-
cretó que los obispos, sacerdotes y diáconos fue-
sen decapitados, y lo fueron entre otros el Papa
san Sisto y su diácono Lorenzo ; san Cipriano de
Cartagoylos 153 mártires de Utica degollados
en un solo dia. Bajo Aureliano, un nuevo edicto
lacfeado contra los cristianos, no se cumplió en
todos sus efectos por haber sido asesinado el em-
perador. Bajo Diocleciano, la persecución revis-
tió caracteres abrumadores : no solo fueron mar-
tirizados millares de individuos entre ellos la
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120 Estudios Literarios
lejion Tebana, sino que se arrasaron los templos,
se quemaron las reliquias y ornamentos, se de
gradaron á los nobles de uno y otro sexo cuya
tibieza pagana dejaba presumir inclinaciones al
cristianismo, y quedó establecido el terror como
norma de procedimiento. ¿ Puede esto llamarse
tolerancia ?
Ni tampoco se concibe que el estado de las cos-
tumbres públicas, dejase lugar á un sentimiento
parecido. Aparte de la espantosa corrupción que
reinaba entonces en Roma, y que por acción re-
fleja puede conocerse leyendo una pajina de la
vida de los Césares que imperaban ; lasintelijen-
cias mas cultas y floridas eran víctimas de su-
persticiones y desvarios, que las hacian fanática-
mente intolerantes en punto acreencias relijiosas.
Agregábase á ello, un profundo desprecio á los
cristianos, tenidos por la hez de las gentes ; repu-
tados viciosos, ignorantes y miserables ; profeso-
res de una relijion insensata que superaba todas
las demencias conocidas (insania, amentia, demen-
tia^ stuliiiia, furiosa opinio,furoris incipientia). Se
ridiculizaba la baja estofa social de aquel Cristo
tan amado, su muerte en un patíbulo oprobioso,
la clase de compañeros que se le habían juntado
como apóstoles y los que se les apandillaron des-
pués á estos como sucesores. Se comparaba la
sencillez de porte y costumbres de los nuevos
teólogos, la austeridad de sus pruebas, las jSro-
mesas invisibles de una gloria extra-terrestre,
con aquella pompa del paganismo y aquellos
goces inmediatos y tangibles que ofrecía y pro-
porcionaba César, omnipotente, rey y pontíñce á
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La Tielijion y la Ciencia 127
la ^ez, representante de la patria por la tradición
y ciel orgullo romano por la dominación positiva
del mundo. Y se concluía de aquí, que era nece-
ssLrio esterminar aquella plebe fanática, novadora
de las costumbres y los ritos; tomando su perse-
ciacion todo el fervor de un acto relijioso y patrió-
tí.co, como que tendia á apaciguar el enojo de los
dioses y á velar por la grandeza del imperio.
Es tan rudimentario todo esto para los que ten-
g'an una mediana lección historial, que Draper
se vé en grandes apuros al intentar negarlo, y
no sale del paso sin contradecirse feamente. Pin-
tando el estado social del imperio romano á la
aparición del cristianismo, dice (páj. 57): «Cuando
el Imperio, en un sentido militar y político, al-
canzó su mayor elevación, llegó á su mas alto
punto de inmoralidad bajo un aspecto relijioso y
social ; se hizo completamente ppicúreo ; sus má-
ximas eran que la vida debia tomarse como una
fiesta ; que la virtud es únicamente el condimento
del placer y la templanza el medio de prolon-
• garlo. » De aquí resulta evidenciado, que la si-
tuación era bien desfavorable para la propa-
ganda de una moral austef a, y sinembargo Dra-
per no lo cree así, afirmando (páj. 38) : «que á
favor de una paz universal y un sentimiento de
fi-aternidad entre las naciones vencidas, era fácil
la rápida difusión por todo el Imperio del princi-
pio cristiano nuevamente establecido». Mas no
pudiendo concillarse esto con las persecuciones
que el autor entra á narrar en seguida, escribe
(páj. 39): «que descubriendo los emperadores
romanos que era absolutamente incompatible el
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128 Estudios Literarios
cristianismo con el sistema imperial, intentaron
abatirlo por la fuerza ; obrando en esto de acuerdo
con el espíritu de sus máximas militares, que
solo reconocían la fuerza como medio de obtener
conformidad. » Ni te entiendo, ni me entiendes !
Por este estilo son todos los conflictos del libro
de Draper, que no nacen de la confrontación ó^
paralelismo del progreso relijioso con el cientí-
fico, sino del cotejo respectivo de las afirmacio-
nes del autor. No hay una pajina que no difiera
de la anterior y contradiga á la siguiente, en lo
más fundamental de sus conceptos. Sinembargo,
sus apasionados dicen que raciocina lójicamente,
y para confirmarlo, le apuntan ellos mismos las
contradicciones en que cae, justificando de esa
manera aquella sentencia bíblica que dice : «ma-
nadero de vida es la sabiduría á quien la posee,
pero la erudición de los insensatos es locura » .
Mas todas estas escursiones en el dominio de
los tiempos pasados, no podían resultar benefi-
ciosas para el autor de los conflictos mientras que-
dara en pié el testimonio vivo de la Revelación;
asi es que por fin se decide á impugnarlo, aunque
violando las reglas de la unidad procesal y el
método cronolójico de la narración, que le man-
daban haber empezado por ahí. De dos clases son
las obgeciones que se han hecho hasta hoy á la
Biblia por sus opugnadores. Del género herme-
néutico ó interpretativo la ,una, su antigüedad
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La ^elijion y la Ciencia 129
nace con los primitivos cismáticos hasta formar
la escuela de Lutero y sus partidarios; y del gé-
nero crítico la otra, sus ínfulas han crecido en
nuestros tiempos de escepticismo exajerado, en
los cuales se ha tenido á gala no creer siquie-
ra que existiese el maná en Egipto, hasta que un
viajero poco simpático al catolicismo declaró ha-
berlo comido allí, (i) Sinembargo, ios trabajos
hechos por diversos sabios analizando la Biblia;
entre los cuales no pueden omitirse los muy re-
cientes del abate Moigno y el P. Gual que resu-
men cuanto se ha escrito sobre la materia; pre-
sentan ese libro inmortal con tales caracteres de
autenticidad que hacen ridicula la pretensión de
mantener dudas sobre ello.
¿Y cuáles son, por otra parte, esas dudas? Si
las habia sobre la antigüedad del Pentateuco de
Moysés ; está demostrado hoy por rigorosa cro-
nolojía que Moysés supera en edad á todos los
antiguos escritores conocidos, siendo anterior á
Sanconiatono el fenicio en 300 años ; á Homero
en 500, á Confucio en 1000, á Beroso el caldeo en
1 170, á Herodoto y á Maneton en 1240 ; lo que de-
muestra á la vez que no pudo plajiar á ninguno
de ellos. Si á esta antigüedad, que de suyo ga-
rante la orijinalidad, se la contesta diciendo que
no pertenece á Moysés sino á Esdras la redacción
del T^entateuco; Esdras mismo (lib. 11, 8-13) se en-
carga de desmentir el aserto afirmado : « que bajo
el gobierno de Artagerges ¡Mano-Larga se trasmi-
(i) C. F. Volney — Viaje por Egyfto y Syria. Tomo II,
(Apend.)
E. L. Q
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130 Estudios Literarios
gró él desde Persia con los hebreos que quisieron
seguirle, y una vez en el país natal, fué encarga-
do por sus compatriotas de interpretar los libros
de Moysés » , lo que prueba que estaban ya es-
critos. Por otra parte, en los tiempos en que Es-
dras acometía esta empresa, los samaritanos,
enemigos mortales de los hebreos, poseían otro
ejemplar del T^entateuco, y no habrían permitído
sin protesta que se adulterase lo que ellos tenian
por una ley divina. La mejor prueba en este caso
contra cualquier abuso de Esdras, es el hecho de
que dos pueblos enemigos tuviesen, cada uno, un
ejemplar de los libros de Moysés, y que ambos
ejemplares se conserven idéntícos después de
mas de 2800 años.
Se alegan también contra la orijinalidad del
Pentateuco y otras obgeciones. Dicen que por
razón de haber sido escrito, estaba ese libro tra-
bajado para un pueblo que sabia leer y que ha-
bría recibido esa enseñanza junto con los princi-
pios relijiosos que formaban de antiguo su lastre
intelectual ; de donde se sigue que Moysés fué
un mero compilador de las ideas corrientes entre
sus compatriotas . Agregan que leyéndose en el
Pentateuco frases como esta. «Porque Moysés era
varón muy manso, mas que todos los hombres
que eran sobre la tíerra:» y como esta otra: «Nun-
ca mas se levantó Profeta en Israel, como Moysés,
á quien haya conocido el Señor cara á cara; » es
imposible que el mismo aludido se hiciera ese
elojio. Y por último, añaden, que narrándose en
el Pentateuco la muerte de Moysés, no pudo ra-
cionalmente describirla éste, lo que es un testi-
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La ^elijion y la Ciencia 131
monio más contra la autenticidad del libro. Nada
de nuevo, empero, dicen estas obgeciones, y so-
bre todo, nada prueban.
Que los hebreos sabian escribir antes de Moy-
sés, lo dice el mismo Moysés en el Éxodo, cuando
habla de ciertas lápidas sobre las cuales estaban
esculpidos nombres é inscripciones de los hijos
de Israel; y lo confirma en los Números, mentan-
do el Libro de las batallas del Señor, cosas todas
anteriores á él. Que se elojiase á sí mismo en al-
gunos pasajes de su inspirada narración, humi-
llándose y vituperándose en otras, es achaque
común á todos los escritores sagrados; pues san
Pablo en algunos lugares de la Escritura se com-
para con los primeros de los apóstoles, mientras
en otros se llama hijo abortivo y persecutor de la
Iglesia; y san Juan no vacila en asegurar que el
Señor le prefería á él entre todos sus discípulos.
Ahora, por lo que respecta á los ocho versículos
finales del Pentateuco, en que se narra la muerte
de Moysés, los teólogos mas ortodojos siempre
han admitido, que pueden haber sido escritos
por Josué su confidente y sucesor. Hé aquí todo,
¿ prueba ello algo contra el Pentateuco? Porque
ios hebreos sabian escribir antes de Moysés ¿ se
pretenderá que conocían y amaban de tiempos
atrás las leyes del Sinaí y sus concordantes, cuan-
do la historia atestigua que se sublevaron contra
ellas y contra Moysés repetidas veces, en el tras-
curso de los 40 años que ensayó á imponérselas ?
Porque Josué ó cualquier otro haya agregado
ocho versículos á los cinco ^volúmenes que com-
ponen el Pentateuco ¿ se seguirá de ahí que Moy-
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132 Estudios Literarios
sés no sea el autor de todo lo que precede á esas
diez y seis lineas ?
Esto es sencillamente absurdo. Pero lo es más
todavía, la conglomeración de ditirambos con
que los exejetas de nuevo cuño tratan de salir
triunfantes contra la Biblia, arrancando el debate
de la esfera cronolójica y literaria, para llevarlo
á lo fundamental y teolójico. Corridos en la
cuestión de fechas y sincronismos , apelan á la
inventiva, para hacer de los dogmas un fabuloso
tejido de procedencia humana, cuyos hilos se en*
cuentran generalmente en la India, como que na-
die ha de ir allá para cerciorarse de la cosa. La
India que estaba un poco en baja desde que Vol-
taire la manoseó tanto para oponerla al catolicis-
mo, ha entrado en moda nuevamente por mano
de M. JacoUiot, especie de hierofante que con una
nueva Biblia de su invención, recorre las calles de
París, pronto á dar cuantas esplicaciones se le
pidan. Este indiomano y sus acólitos, resuelven
todas las dificultades con remitirlas al país del
Ganges y del Bramaputra, de donde han desen-
terrado una civilización hasta el dia incógnita.
De allí ha salido el dogma de la Trinidad, de allí
los libros de Moysés que son un plájio de los Ve-
das; de allí toda la doctrina cristiana, pues nada
menos que Jesucristo mismo, estuvo en la India
quince años para aprender las cosas sublimes que
nos enseñó. Dogmas de la Trinidad, del Purga-
torio y del Infierno, caida del hombre, su rejene-
racion por la penitencia, la oración y la limosna;
todo viene de la India. ¡ Que JacoUiot, tan travie-
so ! Lo cierto es que él ha echado fama y no le
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La ^elijion y la Ciencia 133
faltan discípulos, entre ellos nuestro Draper, que
ya se nos vá quedando rezagado, y al cual volve-
mos sin mas trámite.
Puestas á la disposición del público por las dos
escuelas enemigas de la Biblia, tantas maravillas ;
Draper no podia menos de agarrarse á la coyun-
tura, pero lo ha hecho con tanta inhabilidad, que
pretende utilizar los argumentos de ambas escue-
las á la vez, en lo que anda desacertado. Porque
si ha de negar la autenticidad de la Biblia, por
fuerza tiene que despreciarla en absoluto, y no
hacer mención de ella en ciertos casos dándole
una validez que en otros le niega.
Desde que toda la Biblia es falsa ¿ para qué dis-
cute entonces la probabilidad de que el Pentateu-
co fuese escrito por Esdras y no por Moysés, que
san Pedro muriese en cualquier parte menos en
Roma, que los dogmas de la Trinidad, del Purga-
torio y del Pecado Orijinal no fluyan de la ense-
ñanza de Cristo, y que el bautismo y la confesión
auricular sean una invención clerical ? Porque si
por arte de encantamiento, Esdras que vivió unos
1300 años después de Moysés, pudo escribir por
primera vez el Pentateuco que los israelitas leian
sinembargo desde 1300 años antes, y si san Pedro
no fué encerrado en la prisión Mamertina en Ro-
ma junto con san Pablo por orden de Nerón, y de
allí salió á ser crucificado, alcanzando su compa-
ñero un género de muerte menos infamante por
gozar honores de ciudadano romano ; y si los
dogmas de la Trinidad, del Purgatorio y dej Pe-
cado Orijinal no fluyen de la enseñanza evangéli-
ca, especialmente el primero del Génesis y de los
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134 Estudios Literarios
i
Psalmos; el segundo de la ejpistola de Santiago,
y el tercero délos evangelios de san Marcos y san
• Juan, y si Cristo no ordenó en repetidas ocasio-
nes la confesión como medio seguro de purificar-
se, y el bautismo, bautizándose él mismo ¿qué im-
portancia tiene todo eso, desde que los católicos
lo sacan de un libro falso como es la Biblia? ¿Ni
qué importancia tiene tampoco, el que la cronolo-
jía de Moysés ande según Draper en contradic-
* cion con la ciencia, si á fin de cuentas no fué
Moysés el que escribió la parte contestada de los
libros sagrados, á los cuales de hoy en adelante
no ha de llamárseles sagrados, por que les ha sus-
tituido en autoridad el parto intelectual del ilus-
tre profesor neoyorkino, "con todas sus virtudes
infusas y efusas ?
Este encarnizamiento con la Biblia está, por
otra parte, demás, si es que Draper intenta por
tal medio atacar la Iglesia, librando á la ciencia
de las ligaduras de la Revelación en lo tocante á
cuestiones geolójicas y paleontolójicas que pare-
cen preocuparle muchísimo. ¿Es, por ejemplo,
imposible que en seis dias de los nuestros fuera
creado el mundo? Pues ahí está la opinión de los
hebraístas más conspicuos, quienes al vocablo
yom empleado por Moysés para indicar lo que no-
sotros llamamos dia, dan el valor de un período
de tiempo que lo mismo puede determinar un
instante como millares de siglos. ¿Es obgeto de
escándalo, para los sabios de cascara draperista,
que Ja narración mosaica no deje entender la
existencia de leyes secundarias ejerciendo su in-
fluencia sobre la creación del mundo ? Pues ahí
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La ^elijion y la Ciencia 135
está san Agustín poniendo en claro los pasajes de
la Biblia que lo dejan entender, y admitiendo no
solamente esas leyes secundarias sino aquella ma-
teria etérea de donde Laplace sacó mas tarde el
componente sustancial de los soles y los mundos
que vagan por el espacio. Y sobre todo, si nada
de esto satisface, hay una razón de fuerza para
dejar en paz á la Biblia, por lo que toca á la edad
del mundo y la del hombre, á saber: que la Igle-
sia nada ha definido al respecto, de donde se si-
gue que todas las opiniones son libres en orden
á este asunto.
Ciertamente que hay sabios bastante testarudos
como Quatrefages, Vilanoba, Secchi, Moigno y
otros, que apurando las investigaciones científi-
cas, encuentran sus últimos resultados concordes
con la revelación bíblica ¿ pero qué hemos de ha-
cerle ? Discuta Draper con ellos, desbaráteles las
razones que emiten, y sobre todo, los hechos que
aducen, y después de este triunfo dénos la se-
gunda edición correjida de sus Conflictos; seguro
que apesar de ello no caerá en nota de herejía por
lo que respecta á la edad del rnundo y del hom-
bre, cuestiones debatidas en el seno de la Iglesia
desde los primeros siglos del cristianismo y por
los más célebres doctores cristianos. Y en cuanto
á la Biblia, es perder tiempo todo ataque á su au-
tenticidad, porque ella se basa en el testimonio
de una antigüedad incuestionable, admitida y
confirmada por centenares de generaciones que
no habían de haberse estado engañando impune-
mente unas á otras, para dejar en pié la única
superchería antigua que existiese, después que
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136 Estudios Literarios
han caído todas, pasando á su vez con ellas, ideas
y escuelas filosóficas, sabios, propagandistas,
reyes, naciones culminantes é imperios que se
creyeron inmortales.
Ahora, por lo que toca al oríjen específico del
hombre, que Draper se inclina á poner como
Darwin en el trasformismo fatal de la animalidad,
corresponde decir que no solamente la Biblia, si-
no la razón natural rechaza tal hipótesis, susten-
tada en lo antiguo por los egipcios que se decían
hijos de unas ratas nacidas entre el limo del Nilo;
resucitada mas tarde por Empédocles y Lucrecio
entre los griegos y romanos; y enterrada por el
sentido común hasta el presente siglo, en que la
escuela evolucionista la ha devuelto á la circula-
ción con aires de trascendental descubrimiento.
Tan absurdas son las composiciones de lugar por
las cuales concillaba el materialismo pagano, la
ausencia de un principio divino en la creación del
hombre con la absoluta soberanía de la materia;
como ridiculas las disquisiciones del moderno
panteísmo que se esfuerza en sacar del mono al
ser racional, por sucesión de evoluciones antoja-
dizas. Ambos sistemas, sobre no hacer otra cosa
que alejar la dificultad de una causa primera, re-
mitiendo sus especulaciones á principios secun-
darios tras de los cuales aparecen siempre otros;
promueven en último resultado la más nimia de
las polémicas. Porque si es irracional sustituir la
creación adámica, por aquella vulva accidental-
mente emergida, en la cual quería Lucrecio que
hubiesen caído al acaso ciertas gotas seminales
que formaron al hombre; no menos atrabiliario
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La ^elijion y la Ciencia 137
es, suponer al hombre descendiente del mono,
cuando ambas especies coexisten sobre la tierra,
siendo así que por ley natural inviolable, ninguna
especie nueva aparece mientras su antecesora no
se ha agotado por completo.
Rigorosamente examinadas todas las hipótesis,
ninguna se aproxima en solidez, racionalidad y
sentido práctico á la revelación mosaica; que dá
al hombre desde su nacimiento las condiciones
ingénitas á su naturaleza propia, como se las dá
igualmente á cada una de las parejas animales,
sin lo cual no se concibe el desarrollo de las espe-
cies sobre la base típica de una forma peculiar;
diga Darwin lo que quiera, y por más que Draper
le haga coro á toda voz. De otra manera es falsa
esa ley de caracterización que ellos mismos pro-
claman con tanto énfasis; porque no existiendo
tipo generador á que remitirse, { cuál va á ser el
distintivo que demuestre una condición genérica
en las especies ?
Por donde se ve, que la Biblia sin haber tenido
nunca pretensiones de libro científico, define me-
jor que nadie, sinembargo, las cuestiones cientí-
ficas cuando las aborda; y dá á los hombres junto
con las bases de una enseñanza relijiosa profun-
damente sabia, los elementos racionales de crite-
rio para buscar la verdad en el campo de las es-
peculaciones. De ahí proviene que los Padres
de la Iglesia, por ejemplo, sin otro ausiliar que
las sagradas letras, hayan podido resolver tantos
problemas de fundamental alcance para las cien-
cias naturales; adquiriendo sus raciocinios un va-
lor cada vez mas considerable, á medida que el
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138 Estudios Literarios
tiempo y las controversias los han vigorizado. Y
no hay nada de estraordinario en esto, si se tiene
en cuenta que del sentido común es de donde sa-
len y á donde vuelven todos los descubrimientos
científicos que constituyen el capital intelectual
de la humanidad, y no siendo el sentido común
otra cosa que la inlelijencia libre de preocupacio-
nes, es llano que en esa aptitud holgada, el espí-
ritu se eleva dócilmente hacia las rejiones donde
toda verdad tiene su asiento indestructible. Pro-
sigamos.
No se concebiría una diatriba completa contra
la Iglesia, si la Inquisición no tuviera en ella un
lugar preeminente, asi es que el autor americano
se lo dá y muy amplio en las pajinas de su libro.
Por ignorancia ó de intento, confunde en la pala-
bra Inquisición, una serie de instituciones cuyo
nacimiento no provocó la Iglesia, y en cuyos pro-
gresos no tuvo responsabilidad. En este caso se
hallan, la Inquisición de Teodósio el grande en
el siglo IV, la de Carlomagno en el siglo viii, la
germánica en el siglo xii, las de Venecia y Fede-
rico II de Alemania en el siglo xiii, la española á
fines del xv, y la protestante en el siglo xvi. La
Inquisición eclesiástica, única instituida, fomentada
y dirijida por la Iglesia, nació bajo el pontificado
de Inocencio III, hacia el año 1204, con motivo
del terrible cisma de los Albigenses; y se comple-
mentó bajo Gregorio IX ea 1233. Su misión en
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La ^elijion y la Ciencia 139
todos los tiempos fué la de un jurado : estaba en-
cargada de declarar si habia ó no herejía, en las
doctrinas novedosas que se presentaban al publi-
co por los escritores y propagandistas . Si la ha-
bia, procuraba incitarles á la retractación por
toda suerte de exhortaciones, lecturas y contro-
versias, recluyéndoles durante algún tiempo en
Uigares apartados para que la meditación influye-
ra el raciocinio ; pero si aun asi, persistían en el
error, entonces les devolvía á la autoridad civil
que aplicaba en ellos la lejislacion vijente. Ante
este tribunal comparecieron, Galileo, que murió
tranquilo y libre en su cama apesar de todas las
pamplinas narradas sobre él, y Jordano Bruno,
relijioso apóstata, que fué echado á las llamas por
el brazo secular, convicto y confeso de contuma-
cia como hereje, mago y astrólogo.
En concepto de Draper, empero, ni la uniforme
severidad de la lejislacion penal europea de en-
tonces, ni la diferencia orijinaria entre las inqui-
siciones políticas y la eclesiástica, son asunto dig-
no de tomarse en cuenta. Si los gobiernos civiles
. quemaban herejes y magos, culpa es de la Iglesia,
católica, y así lo asienta el autor americano, por
más que pruebas irrefutables demuestren lo con-
trario. Hoy es una cosa corriente y sabida, por
ejemplo, hasta qué punto estuvieron los Papas
en contra de la Inquisición española : y el mismo
Llórente, cuyo libro constituye el arsenal donde
se forjan las armas para combatir á la Iglesia en
lo que se refiere á aquel tribunal político, se ha
visto obligado á confesarlo. Es él quien cita la re-
probación de Sixto IV á la conducta de los inqui-
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140 Estudios LUer arios
sidores de Sevilla, y la orden de que todos los fa-
llos inquisitoríales tuvieran apelación á Roma;
asi como que se absolviese secretamente á los he-
rejes arrepentidos para evitarles los castigos ci-
viles y la vergüenza pública . Es él quien cita la
excomunión lanzada por León X contra los inqui-
sidores de Toledo, arrostrando el enojo de Car-
los V, campeón entonces de la Iglesia contra los
protestantes ; así como también el proyecto de
reforma de la Inquisición toda, que tanto disgus-
tó al emperador. Es él quien cita la vindicación
del benedictino Virües, absuelto por Paulo III de
la acusación de luteranismo y provisto mas tarde
obispo de Canarias ; asi como la oposición del
mismo Papa á que se introdujese en Ñapóles la
Inquisición española. Es él, quien desmintiendo
el aserto de haberse sacrificado en los tribunales
inquisitoriales españoles más de un millón de
víctimas, ha demostrado con números que no pa-
saron de 10,000 las víctimas sacrificadas, durante
los primeros ochenta años que fueron los mas
duros. Es él por último, quien ha documentado
la negativa de Paulo IV, á que la Inquisición se
introdujese en el Milanesado.
Como quiera que sea, juzgando las cosas del
punto de vista actual de nuestra sociabilidad, se
preguntan algunos cómo puede concillarse la
doctrina evangélica que predica la paz y la frater-
nidad entre los hombres, con la institución de un
cuerpo tan formidable como la Inquisición ecle-
siástica. Á esto responden los hechos, las exi-
jencias históricas y el triunfo de la civilización.
Apenas resuelto el problema de que el mundo
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La ^elijion y la Ciencia 141
romano abrazase el cristianismo en el siglo iv,
nacieron falsos intérpretes que produjeron hon-
dos y peligrosos cismas. A la cabeza de estos no-
vadores apareció Arrio, pretendiente desairado á
la dignidad episcopal en la Iglesia de Alejandría
y propagador de la doctrina que lleva su nombre.
Anatematizado en el concilio de Nicea, no desis-
tió la empresa, y supo trabajar de tal modo, que
después de su muerte el cisma tomó proporcio-
nes colosales, dividiendo el Imperio y arrebatan-
do al cristianismo todo el Oriente que se hizo
arriano. A favor de esta división tomó cuerpo el
espíritu de secta ; nuevos cismáticos se alzaron
doquiera, hasta que en el correr del tiempo, el
Islamismo con suprodijioso desarrollo vino á for-
zar las puertas de la Europa asombrada. Vióse
claramente entonces, que lo que peligraba en el
mundo occidental, no era solo el prestijio del
clero cristiano ni el poder de la gerarquía ecle-
siástica, sino toda una civilización, que habiendo
nacido al calor de las doctrinas de Cristo, llevaba
en sus entrañas junto con el destino de la Iglesia
el porvenir de la humanidad. Los pueblos euro-
peos y sus gobiernos civiles estrecharon filas ; vi-
nieron las cruzadas contra los infieles musulma-
nes, se reforzó la lejislacion penal con esquisita
severidad, y fué conceptuada la defensa del cris-
tianismo como el principio eficiente de toda sal-
vación posible .
Así vivió la Europa cristiana durante ocho si-
glos, luchando primero contra Arrio y sus discí-
pulos que la arrebataron el Oriente, y después
contra Mahoma y sus sectarios que la amenaza-
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142 Estudios Literarios
ban en el corazón de sus dominios. Y en esta dis-
posición de ánimo la encontró el cisma de los Al-
bigenses, que despuntó promediando el siglo xii,
en los pueblos de la Francia Meridional cono-
cidos con el nombre de provenzales. Una civili-
zación mas brillante que sólida y mas pedantesca
que brillante, daba á aquellos pueblos la esterio-
ridad de un progreso envidiable. Rica y armonio-
sa su lengua, abundante y fácil su poesía, habían-
se popularizado por todos los centros europeos,
y particularmente en Italia, donde el provenzai
era idioma tenido en más mérito que el propio.
Ciudades grandes é industriosas, magnates opu-
lentos y despreocupados, hacian de la Provenza
un oasis; pero bajo aquellas perspectivas deslum-
bradoras se escondía como lo hace notar un es-
critor nada sospechoso, « la más refinada corrup-
ción, la costumbre descarada del engaño, la
codicia, la sutileza de ingenio, los sentimientos
falsos, el orgullo de las riquezas, la locura de la
prosperidad, la política sin caridad, y la crueldad
fria y reflexiva; pareciéndose esta civilización á la
del Bajo Imperio y á la de los Árabes (i) » .
Y no puede juzgársela de otro modo, examinan-
do el resultado á que llegaba en su propaganda.
Habia comenzado por impugnar la necesidad de
obediencia á los mandatos de la Iglesia, y de ahí
siguió hasta aceptar en el orden relijioso el cuito
de dos divinidades distintas, y en el orden social
la derogación del matrimonio. Aquello se daba la
(1) Teófilo Lavalée~Hís¿ona de los Franceses. T. 11, lib. i,
cap. IV.
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La ^elijion y la Ciencia 143
mano con el paganismo dualist^i por un lado, y
con el islamismo poligámico por otro. La Iglesia
lo entendió asi, y envió al Languedoc una lejion
de misioneros que predicaran contra la herejía en
boga; pero el éxito fué de los más desgraciados,
no logrando aquellos sacerdotes otra cosa que
desprecios y silbidos. Cundió entre tanto rápida-
mente la doctrina de los Albigenses, penetrando
en el trascurso de medio siglo hasta España, des-
pués de haber inficionado la Hungría, la Bulga-
ria y la Lombardía, influyendo sobre los estudios
filosóficos de las escuelas de París, y contami-
nando la Alemania y los Pcdses Bajos que se
tornaban heréticos. Ocurría este trastorno en
momentos en que Saladino se apoderaba de Jeru-
salem y los Almohades africanos invadian la Es-
paña; de modo que podia conceptuarse perdido
el cristianismo. Inocencio III que ocupaba á la sa-
zón el trono pontificio, atendió á remediar el con-
flicto enviando nuevamente al Languedoc legados
y monges delCister, á quienes a3rudaba Domingo
deGuzman, cuya piedad y caridad le hicieron
digno de los altares mas tarde. Tan infortunados,
empero, como sus antecesores, estos misioneros
fueron corridos y maltratados por los provenza-
les, mientras el conde de Tolosa, rodeado de
concubinas, judios y mercenarios, estimulaba y
aplaudía el hecho desde su corte. Entonces el
Papa, agotados los medios conciliatorios, exco-
miulgó á los provenzales, mandó predicar la cru-
zada que acabó con ellos, y echó las bases déla
Inquisición.
Tales fueron las causas á que obedeció el esta-
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144 Estudios Literarios
blecimiento de la Inquisición eclesiástica, tribu-
nal creado para depurar las doctrinas teolójicas
corrientes y librar al mundo de una recaída al pa-
ganismo; que, dentro de las previsiones huma- .
ñas, habría sido sin levante. ¿Se excedió en algo la
Iglesia, al proceder asi ? ¿ Sacrificó en holocausto
á su seguridad de entonces, la libertad futura
de los hombres, el santo legado de la ciencia, la
obra inviolable del progreso? Veámoslo.
El cargo capital contra la Inquisición eclesiás-
tica es, que detuvo el vuelo del espíritu humano,
comprimiendo sus espontaneidades dentro de un
círculo de sofismas consagrados por la política
sacerdotal. Se pretende que el clero católico, te-
meroso de perder su influencia entre las masas
populares, prohibió toda especulación filosófica
que salvara los límites trillados por sus adeptos;
y ahogó en sangre, ó mejor dicho, estinguió en
las hogueras, la vida de aquellos pensadores que
sintiéndose atraídos á la contemplación del uni-
verso sideral, pusieran de manifiesto ideas que
contrariasen la cosmogonía admitida sobre la in-
movilidad de la tierra y su evidente superioridad
en el orden planetario. Draper recoje y levanta
estas acusaciones, recapitulándolas con singular
esmero en cada trecho de su libro, y de ellas de-
duce, que el movimiento cismático y separatista
operado dentro del mundo cristiano, en cualquie-
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La ^elijion y la Ciencia 145
ra de sus fases, fué preferible á la autoridad de la
Iglesia ; no destarando el Islamismo, al que dis-
cierne los más efusivos y calorosos elojios.
Sinembargo, la historia de la ciencia demues-
tra, y Draper mismo lo confirma, que el progreso
de la astronomía se debe por entero á la Iglesia;
viniendo de monges, frailes y clérigos, todos los
conocimientos positivamente científicos que hoy
tenemos en esa rama del saber humano. Hasta
Copérnico, canónigo polaco, cuyo estado sacer-
dotal olvida Drapér de mencionar, la ciencia as-
tronómica se desarrollaba Vacilante, entre las in-
ducciones pitagóricas y el erróneo sistema de Pto-
lomeo que suponía á la Tierra colocada en el
centro del mundo, siendo el clero católico quien
únicamente hacia esfuerzos singulares por ade-
lantar sus progresos. Dionisio el chico, monge
natural de Escitia, en el año 527 fijó la cronolojía
cristiana por la cual nos rejimos hoy. El P. Be-
da (730-35) clérigo inglés, descubrió el equinoccio,
dejando una colección de obras orijinales que
son todavía estimadísimas. Silvestre II (999-1003)
cuyos conocimientos científicos asombraron á sus
contemporáneos antes de ser Pontífice, habia for-
mado el globo celeste y abierto cátedras de ma-
temáticas y astronomía. Bacon, fraile franciscano
inglés (1214-1249), llamado el Doctor admirable,
inventó la teoría de los telescopios, de los espejos
ustorios, de la refracción, del arco iris, y esplicó
las mareas por la. atracción de la luna. Pero solo
Copérnico fué quien determinó las revoluciones
de los cuerpos celestes « adelantándose á Newton
en muchos de sus descubrimientos, y fijando á la
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146 Estudios Literarios
ciencia el camino de donde no se ha apartado
más. (i)»
El hecho es harto conocido para mencionarse
con cierta estension, si no brindara oportunidad
de presentar en nuevo y flagrante delito de menti-
ra al escritor que venimos criticando. « Copérni-
co— dice él— concluyó hacia el año i $07 un libro
sobre las Revoluciones de los cuerpos celestes. Había
viajado por Italia en su juventud y dedicádose á
la astronomía, estudiando en Roma las matentiá-
ticas. Un estudio profundo de los sistemas pto-
lomaico y pitagórico, le habia convencido de la
verdad de este último, y apoyarlo era el obgeto de
su libro ; comprendió que sus doctrinas eran to-
talmente opuestas á la verdad revelada, y pre-
viendo que podia acarrearse el castigo de la Igle-
sia, se espresó con prudencia y de un modo apo-
lojético, diciendo que habia tomado únicamente
la libertad de ensayar si, en el supuesto del mo-
vimiento giratorio de la Tierra, era posible ha-
llar una esplicacion mejor que la antigua de las
revoluciones de los mundos celestes ; y que al
obrar así habia usado del privilejio concedido á
otros, de fingir las hipótesis que querían. El pre-
facio estaba dirijido al papa Paulo III » .
Para desmentir el cargo de velada herejía atri-
buido á la doctrina de Copérnico, bastará decir
que la publicación de su libro fué hecha á instan-
cias del Cardenal Schomberg, del Obispo de Cul-
mi y varios otros teólogos. Y para borrar el bal-
don de superchería con que se quiere manchar
(i) Arago—Lccctones Elementales de Astronomía. Lee. IK
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La ^elijion y la Ciencia 147
el carácter inmaculado de tan grande y virtuoso
sabio, sobra con trascribir su carta dedicatoria á
Paulo III, que dice así : « Dedico mi obra á Vues-
tra Santidad, para que vea todo el mundo, así los
sabios como los ignorantes, que no rehuyo su
juicio y examen. Vuestra autoridad y vuestro
amor por las ciencias en general y por las mate-
juáticas en particular, me servirán de escudo con-
tra mis malignos y pérfidos detractores, apesar
del proverbio que dice que no hay remedio con-
tra la mordedura de un calumniador. Los movi-
mientos del sol y de la luna están indicados con
tan poca precisión en las hipótesis antiguas, que
no pueden determinar la constante y eterna du-
ración del año. Los antiguos no se vallan de los
mismos principios para esplicar las revoluciones
de los cuerpos celestes. Tan pronto admiten cir-
cuios excéntricos, como los epiciclos, cuya apli-
cación no se aviene con la totalidad del sistema.
Ellos no tienen base alguna cierta : ni aun han
sabido comprender y demostrar el problema más
importante, la forma del mundo y la simetría de
los cuerpos celestes. Su sistema parece el cuerpo
de un monstruo, compuesto de miembr,os reuni-
dos al azar. Al observar los movimientos de los
planetas en relación con los movimientos de la
Tierra, no solo descubrimos una perfecta analojia
y concordancia, sino que admiramos el orden y
la simetría en el conjunto de los cuerpos celestes;
el mundo entero forma un todo armónico, cuyas
partes están tan bien ligadas entre sí, que no es
posible eliminar una sola sin introducir el des-
orden y la confusión. Yo estoy cierto 'que los ma-
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148 Esludios Literarios
temáticos sabios y profundos aplaudirán mis des-
cubrimientos, si como es propio de verdaderos
filósofos, examinan á fondo las pruebas que pre-
sento en este libro. Mas si algunos hombres lije-
ros é ignorantes, quisieran abusar contra mí de
algunas pasajes de la Santa Escritura cuyo sen-
tido tuercen, no por eso retrocederé; desprecio de
antemano sus ataques temerarios. ¿Por ventura
Lactáncio, escritor por otra parte célebre, pero
ignorante en matemáticas, no quiso poner en ri-
diculo á los quecreian la esfericidad de la Tierra?
No es de admirar que me esté reservada la mis-
ma suerte. Pero las verdades matemáticas, no de-
ben ser juzgadas sino por matemáticos. Si no me
engaño, mis trabajos serán de alguna utilidad
para la Iglesia, de la cual tenéis el gobierno su-
premo » .
¿ Es este el lenguaje de un impostor ? { Hay aquí
superchería ó encubrimiento, pretesto para enga-
ñar á alguien, ó deseo de poner traidoramente al-
guna herejía en circulación ? Copérnico lo dice de
una manera clara y enérgica : « Las verdades ma-
temáticas no deben ser juzgadas sino por mate-
máticos; y aun cuando los ignorantes tuerzan
contra mí algunos textos de las Escrituras para
combatirme, no por eso retrocederé » . Así habla-
ba un sabio católico á otro sabio, dignos ambos
de la misión que reciprocamente les habia dado
la Providencia .
En pos de Copérnico, viene Galileo, su discípu-
lo, que habiendo aceptado todas las conclusiones
del maestro, las revistió con la novedad de un es-
tilo bellísimo y el propósito de apoyarlas en las
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La ^elijion y la Ciencia 149
Escrituras, dando atrevidas interpretaciones del
texto sagrado. Se empeñó en disuadirle de este
último propósito el papa Urbano VIII, su grande
amigo, pero el astrónomo no atendió las observa-
ciones del Pontífice, levantando tal disputa entre
los hombres de letras, que intervino la Inquisición
en el asunto. Á su presencia fué llamado Galileo,
y después de un juicio en que abjuró la parte he-
rética de sus doctrinas, fué sentenciado á un
arresto en el palacio de la embajada toscana, des-
pués en su propia casa y al último dejado en ple-
na libertad. En esto, ciertamente, la Inquisición
eclesiástica anduvo mas caritativa que el Parla-
mento de Paris, el cual aprobó una decisión de la
Universidad de la Sorbona (4 de Setiembre de
1624), que prohibía ¿>q/o pena de la vida, profesar
ó enseñar doctrina alguna contraria á los autores
antiguos y aprobados.
Las discusiones astronómicas, entre tanto, to-
maban gran vuelo en Europa, seduciendo á los
sabios con el incentivo de los deslumbradores
descubrimientos de Copérnico, que Galileo. supo
popularizar y estender. Los trabajos de coper-
nianos como el P. Castelli, benedictino y profesor
de la Universidad de Pisa ; del célebre P. Campa-
nella, y del obispo español don Diego de Zúñiga
que comentaba la Biblia á la luz de las nuevas
doctrinas, eran recibidos con ansiedad por el pú-
blico ilustrado. Galileo habia dejado también un
número muy apreciable de discípulos y continua-
dores, entre los cuales se contaban los PP. Cava-
lieri y Renieri, fray Gabriel Pierozzi que concibió
é hizo grabar el pomposo epitafio de su tumba, y
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150 Estudios Literarios
muchos cardenales y obispos. Era pues la astro-
nomía, una ciencia de moda, con adeptos en toda
Europa, siendo el clero católico su mas fuerte co-
lumna. Vino á culminar esta actividad, la apari-
ción de las doctrinas de Keplero, discípulo de
Tycho-Brahe astrónomo dinamarqués que era
contrario á los copernianos .
Desde luego, en el seno de la clase social donde
el movimiento tenia mayor impulsión, fué donde
nacieron las controversias mas vivas y fecundas.
Aprovechando el estado de los ánimos, un domi-
nico apóstata llamado Jordano Bruno, comenzó á
circular sus ideas heréticas bajo la cubierta de
estudios astronómicos, iniciando la propaganda
con una obra titulada Infinitud del Universo y de
los Mundos, Tras de este libro vinieron otros, en
que se atacaban los dogmas de fé y la gerarquía
eclesiástica, y entonces cayó sobre él la censura,
viéndose obligado á fugar á Inglaterra, desde don-
de comenzó una lucha constante y feroz contra el
catolicismo. Vuelto á Italia, la Inquisición le
prendió en Venecia y de allí fué trasladado á Ro-
ma, declarado hereje y entregado ala justicia ci-
vil que le mandó quemar. Oigamos á Draper na-
rrando el hecho.
« Por orden de las autoridades eclesiásticas —
dice— fué trasladado Bruno de Venecia á Roma
y confinado en las prisiones de la Inquisición, acu-
sado, no solo de ser hereje, sino también here-
siarca, que habia escrito de un modo indecoroso
respecto á la relijion ; el cargo especial que habia
contra él, era que habia enseñado la pluralidad
de los mundos, doctrina contraria á todo el tenor
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La Tielijion y la Ciencia 151
de la Escritura y enemiga de la relijion revelada,
especialmente en lo relativo al plan de la salva-
ción .... En sus Convei'saciones de la Tarde decia
que las Escrituras nunca habiañ pretendido ense-
ñar ciencia, sino moral, y que no podian aceptar-
se como autoridad en asuntos astronómicos ó fí-
sicos .... Después de una prisión de dos años,
fué presentado ante sus jueces, declarado culpa-
ble de los hechos alegados, excomulgado, y, por
su noble negativa á retractarse, entregado al bra-
zo secular para ser castigado « tan misericordio-
Scunente como fiíera posible y sin derramar su
sangre » ; fórmula horrible que indicaba que el
preso fuese quemado vivo. Sabiendo bien que
aunque sus verdugos podian destrozar su cuerpo,
su pensamiento viviría entre los hombres, dijo á
sus jueces : « quizá teméis más dictar mi senten-
cia, que yo escucharla » . Esta se llevó á efecto, y
fué quemado en Roma el 16 de Febrero de 1600 » .
Todo este novelesco y absurdo proceso se des-
truye por sí mismo. Desde luego, la Inquisición
no podia hacer á Bruno un cargo, y cargo espe-
cial, por haber enseñado la pluralidad de los mun-
dos, puesto que el dogma católico comporta per-
fectamente esa doctrina, que antes de Bruno
hablan sostenido con brillo doctores de la Iglesia
como Orígenes, y prelados de tan singular piedad
y sabiduría como el cardenal de Cusa. Tampoco
podia la Inquisición presentar la Escritura como
fuente de enseñanza astronómica ó física, cuando
estaba casi fresca la tinta con que Copérnico ha-
bía escrito á Paulo III aquellas célebres palabras :
« las verdades matemáticas solo deben ser juzga-
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I $2 Estudios Literarios
das por matemáticos, y aun cuando algunos
hombres lijaros é ignorantes tuerzan contra mí
ciertos pasajes de la Santa Escritura, no por eso
retrocederé » . Lo que habia en todo esto, y que
con su acostumbrado atolondramiento confiesa
Draper á raiz de las afirmaciones anteriores, es
que Bruno, á más de ser sacerdote apóstata era
filósofo panteista. Véase sino, como él mismo lo
prueba : « Sus meditaciones sobre estos asuntos
~ dice — le habían hecho venir á la conclusión de
que las opiniones de Averroes no estaban lejos de
la verdad. Puede por esta causa ser considerado
Bruno entre los escritores filosóficos como inter-
mediario entre Averroes y Espinosa » .
En cuanto al terrorífico cuadro que pinta á la
Inquisición dando fórmulas hipócritas, para ha-
cer más desesperante el castigo del mísero hacia
quien se afectaba piedad, es tan falso como todas
las afirmaciones sañosas del escritor que critica-
mos. La Inquisición eclesiástica no determinaba
castigos, ni inflijia penas. Su carácter de jurado,
la impedia inmiscuirse en estas cosas. Llamada
para fijar el criterio de la justicia civil sobre la
naturaleza de las doctrinas ó hechos que decían
relación con los dogmas relijiosos, declaraba si
eran ó no contrarios á ellos los escritos ó actos de
las personas indiciadas. Cuando la herejía era
patente, ensayaba un último esfuerzo ante los
procesados para provocar su retractación discu-
tiendo largamente con ellos los puntos controver-
tidos ; y si después de agotados todos los medios
cuyo empleo solía durar años enteros no cesga-
ban, entonces les entregaba á la autoridad civil,
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La ^elijion y la Ciencia 153
la cual procedía al tenor délas leyes hijas del uso,
costumbres y aspiraciones de la época. ¿ Habia en
esto algo de estraño ? Todos los tiempos han sido
iguales, y toda lejislacion no es más que el reflejo
de las necesidades, de las pasiones y hasta de los
odios del tiempo en que se dictó .
Por otra parte, el ideal de aquella época era la
pureza de la fé, y á su esplendor se sacriñcaba to-
da otra consideración; por que de conservarlo
dependía la paz del mundo civilizado y el triunfo
del progreso. De ahí que un escritor racionalista
haya determinado los elementos de ese criterio
imperante, en los siguientes términos : « En un
tiempo no lejano todavía, la relijion preocupaba
todas las conciencias y eran sus intereses el pá-
bulo constante de generososos designios. Eí gue-
rrero izaba el estandarte donde brillaba la cruz ;
el conquistador llevaba al ungido misionero que
predicaba la fé de los vencedores : el monarca ju-
raba con la mano puesta sóbrelos Evangelios ; los
cánticos relijiosos que saludaban al sol naciente
bendecían al Dios de los ejércitos : la piedad era
la virtud por escelencia, el honor la prenda más
segura. Las virtudes relijiosas escítaron el fana-
tismo (¡¡bendito fanatismo que tenia por norma la
piedad y el honor I! )i la veneración debida al doc-
tor que en las escuelas y en los pulpitos enseñaba
la verdad de las Escrituras, los cánones y senten-
cias de concilios y maestros, produjo la animad-
versión del sacrilego que dudaba, del temerario
que mostraba la duda. Ls^ aureola mística y santa
que debia adornar la frente de los propagadores
de la fé, cubría la frente del apóstata de ígnomi-
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154 Estudios Literarios
nia ; y si la sociedad se adelantaba á los juicios de
Dios, y daba reverencia y culto al que por su olor
de santidad parecia glorificado, adelantábase
también á esos mismos juicios de Dios, y no con-
tenta con anatematizar al disidente y propagador
de doctrinas heterodoxas, hacia preceder de una
condenación terrenal la condenación celeste; y
hubo tribunales relijiosos, delitos contra la reli-
jion, penas aflictivas, pena de muerte y todo lina-
je de tormentos para el culpable en materias reli-
jiosas » . (i)
De lo dicho se infiere, que la Inquisición ecle-
siástica no fué propiamente un tribunal, pues
nunca inflijió penas ni mandó ejecutar senten-
cias: así como tampoco fueron crueldades de la
Iglesia, sino resultancias del criterio jurídico de
la época, los castigos en que caia toda infracción
al dogma relijioso. Es por lo tanto falso y teme-
rario el cargo de que la Iglesia por medio de la
Inquisición eclesiástica comprimiese el vuelo del
espíritu humano, particularmente en el terreno
de la astronomía, á fin de conservar con el reina-
»do de la ignorancia, la superioridad clerical en el
dominio del mundo. Antes y después de Copér-
nico, la astronomía siguió su marcha triunfante
bajo el impulso del clero católico, con el aplauso
(i) Manuel de Rivera Delgado.— E/ criterio legal en los de-
litos políticos . — Cap. I.
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La Tielijion y la Ciencia 155
de los Pontífices que siempre la amaron, y en
medio de la adhesión sincera del pueblo cristiano,
que enseñado desde la cuna á admirar las obras
de Dios, no podia menos de extasiarse con las re-
velaciones de una ciencia que le descubría los
secretos del Cielo !
Enorme lista de nombres resultaría, si preten-
diéramos catalogar los individuos del clero, pos-
teriores á Copérnico en el empeñoso cultivo de
la ciencia astronómica; desde Scheiner, el perfec-
cionador del telescopio, y los PP. La-Faille, Gul-
din y Lestaud sobre cuyos estudios llegó Newton
á la conclusión de su admirable sistema, hasta el
P. Secchi de quien se ha dicho que conocía el Sol
á pulgadas. Así pues, esa tendencia á estudiar
las leyes que rijen el mundo sideral, espiando las
evoluciones silenciosas de los planetas en la in-
mensidad: ese arranque del' espíritu hacia el pa-
norama esplendente que el Creador nos muestra
como para incitarnos á contemplarle en sus obras
lejanas; ese afán de medir los cielos, que se ase-
meja á la esperanza de una herencia; esa ansie-
dad de penetrar sus maravillas por medio de la
óptica, que ya parece darnos el consuelo de una
semi-posesion : todo ese tesoro de revelaciones y
de goces, todo él, ha sido fielmente conservado y
aumentado por el clero católico. ¿ Cómo dicen
entonces, que la Iglesia pudo ser enemiga de la
astronomía ?
Ningún valor tiene, por otra parte, la aserción
de Draper encaminada á presentar al protestan-
tismo como protector de la ciencia, cuando dice
que merced á la reforma no hubo autoridad que
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156 Estudios Literarios
pudiese condenar las obras de Newton; pues so-
bre no traer los trabajos del célebre astrónomo
cosa que contradiga la enseñanza dogmática, sus
descubrimientos se basaban en las teorías de
Copérnico, adelantadas por La Faille, Guldin y
Lestaud, clérigos también; de manera que con la
Reforma ó sin ella, los estudios de Newton hu-
bieran tenido el éxito que tuvieron. ¿ Ni qué clase
de libertad trajo la Reforma, cuyos pontífices se
asesinaban entre sí: ni qué progresos llevó á
efecto ó inició siquiera, para que pretenda rei-
vindicarse en su nombre la tutela de la libertad
humana ? ¿ Desde cuándo datan esos sistemas de
gobierno inicuamente despóticos, sino desde la
Reforma, que invistió á los soberanos sus adep-
tos con el doble carácter eclesiástico y civil,
creando gobiernos político-relijiosos, ella, que
aparentaba declararse enemiga de todas las teo-
cracias ?
Si no estuviera ya tan averiguado el comienzo,
crecimiento y fines del cisma luterano, padre de
todos los cismas que se distinguen con el nombre
de Reforma; si no se supiera que sus crueldades
escedieron lo ponderable, puesto que el rey-pon-
tífice Enrique VIII de Inglaterra, él solo, dictó
72,000 sentencias de muerte, imitando el ejemplo
de Lutero y Calvino que por su parte hacían en-
tregar á las llamas á los católicos y á los protes-
tantes tibios á quienes denominaban perros here-
jes; seria el caso de recordar al desmemoriado
autor neoyorkino, lo que Duruy, Villers y otros
protestantes han escrito sobre ese tópico. Mas el
propósito de no reproducir cosas harto conocí-
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La ^elijion y la Ciencia 1 57
das, por un lado; y la convicción de no decir no-
vedad al reproducirlas, escusa el que nos conten-
temos con reforzar nuestras afirmaciones por
medio de estas breves palabras de un protestante
mas célebre aun que los anteriores : « Cuando al
partido reformado — dice Guizot— sele imputaba
la multiplicidad de sectas, en lugar de confesar y
sostener la libertad de su libre desarrollo, anate-
matizaba las sectas, se escudaba y desconsolaba
por que se hablan introducido. Si se le tachaba
de persecución, se defendía con dificultad, ale-
gando en su favor la necesidad; decia que tenia de-
recho de reprimir y castigar el error, porque es-
taba en posesión de la verdad: que sus creencias
é instituciones eran las únicas lejítimas; que si la
Iglesia romana no tenia derecho para castigar á
los reformados, era porque no le asistía la acción
lejítima contra ellos. Cuando los ataques sobre
persecución se dirijian al partido que dominaba
en el seno de la Reforma, no por sus enemigos
sino por sus propios hijos; cuando las sectas que
anatematizaba la decian : « hacemos lo que vos-
otros habéis hecho, nos separamos como vosotros
os habéis separado » , entonces aun se veia mas
embarazado para contestar, no respondiendo
muchas veces mas que por un esceso de rigor. La
revolución relijiosa del siglo xvi no conoció los
verdaderos principios de la libertad intelectual,
mientras trabajaba por destruir el poder absoluto
en el orden espiritual. En Alemania, lejos de pe-
dir la libertad política, aceptó, no digo la servi-
dumbre, pero sí la falta de libertad. En Inglate-
rra, consintió la constitución gerárquica del clero,
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158 Esludios Literarios
y la presencia de una Iglesia que abunda en tan-
tos abusos como nunca llegaron á conocerse en
la romana, siendo al mismo tiempo mucho mas
esclava.» (i)
Este es el juicio de un protestante sobre la Re-
forma, juicio que se agrava al reproducir el de la
humanidad sobre los reformadores. ¿ Quién no
conoce la vida y hechos de Martin Lutero, fraile
apóstata, cuya licencia de costumbres sobrepuja
la de los libertinos mas probados, y cuya torpeza
intelectual se deja colejir por esta apreciación
suya de Aristóteles : « ciertamente que es un de-
monio, un terrible calumniador, un malvado si-
cofanta, un príncipe de las tinieblas, un verdade-
ro Apollyon, una bestia, el mayor embustero de
la humanidad en quien difícilmente se halla la
menor filosofía, un charlatán público y de profe-
sión, un macho cabrío, un completo epicúreo, ese
dos veces execrable Aristóteles, y sus alumnos
unos sabandijas, sapos y piojos? » ¿Quién no sabe
que este falsario, alteró la Biblia á su antojo,
para escudarse por ese medio contra su propia
conciencia, agregando la palabra sola al texto de
S. Pablo (Rom. iii, 28) que dice : Y asi concluimos,
que es justificado el hombre por lafé;' y reprendido
por sus sectarios de tan sacrilega adulteración,
respondió : « Yo sé bien que la palabra sola no se
encuentra en el texto de S. Pablo; pero si un pa-
pista os insta sobre esto, decidle sin deteneros: el
(i) Guizot. — Historia general de la civilización de Europa.
—Lee. XII.
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La ^elijion y la Ciencia 1 59
Dr. Martin Lutero lo ha querido así, y dice que
un papista y un asno son la misma cosa » ?
¿ Quien no sabe hasta dónde llegó la tiranía de
Calvino, aquel bárbaro que desterró á Castalion
y Bolsee, quemó vivo á Miguel Servet y castigó
duramente á Perrin y Berthelier, por que se opo-
nían de palabra ó por escrito á sus devaneos ?
^ Quiéapuede leer sin una sonrisa de desprecio
las prédicas sobre austeridad moral de Teodoro
de Besce, autor en sus mocedades de un volumen
de poesías obscenas titulado Juvenilia, y aplaudi-
dor en su vejez del asesinato del duque de Guisa?
¿ Quién no conoce á Zwinglio, su apostasía, su
propaganda disolvente de toda moral social, su
defensa del vicio pecaminoso, sus incitaciones á
la corrupción más desvergonzada ? ¿ Quién ignora
lo que fué aquel monstruo llamado Enrique VIII
de Inglaterra, y no repugna á aquella hipócrita
Isabel, llamada doncella para escarnio de la hones-
tidad ? ¿ Á quién no escandalizan los asesinatos á
sangre fría de Cristiano II y Gustavo Wassa, res-
pectivamente gefes del protestantismo en Dina-
marca y Suecia? Pues si aquella era la doctrina,
y estos los hechos de la Reforma ^cuál es la li-
bertad que ella ha traido al mundo ?
Ni en relijion ni en política dejó la Reforma otra
linea de conducta á sus corifeos, que el mas craso
despotismo. Inconsecuente en sus reglas de cri-
terio, mientras predicaba el libre examen sofoca-
ba por el tormento, la persecución y la muerte to-
do ejercicio intelectual que tendiese á hacer
práctica esa libertad, cuyos límites circunscribía
el mal humor antojadizo de sus corrompidos pon-
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1 6o Estudios Literarios
tífices ; viéndose Macaulay obligado á confesar en
este punto que «libelos tan escandalosos como los
de Hébert, mascaradas tan absurdas como las de
Anacarsis Klootz, y crímenes tan bárbaros conno
los de Marat, han manchado la historia del pro-
testantismo. » Inconsecuente en su propaganda
política, mientras bramaba contra el Papado in-
citando á los pueblos á sacudir su tutela, investía
á los reyes con facultades sacerdotales que les
trasformaban en soberanos asiáticos, dueños del
cuerpo y del alma de sus subditos; viéndose Cob-
bet obligado á confesar en este punto, por lo
que corresponde á Inglaterra, « que Enrique VIH
y su ministro Cranmer, fueron los dos hombres
más miserables y corrompidos de que haya me-
moria, y que merced á la decantada Reforma in-
troducida por ellos, se ha producido esa miseria
inesplicable que reina en el dia entre las clases
trabajadoras de Inglaterra é Irlanda, y ese siste-
ma tan odioso como detestable que ha puesto á
los judíos y á los fabricadores de papel moneda
en posesión de la mayor parte de los bienes del
reino » . ^
Á parte de los perjuicios materiales que estos
trastornos causaron en el mundo por las sangrien-
tas guerras que la Reforma produjo y las riquezas
que devastó, en el orden moral ella inficionó de
tal suerte ios ánimos y secó tanto las fuentes del
saber, que hizo retrogradar la Europa un siglo
en la esfera intelectual. Ahí están vivos los monu-
mentos literarios que atestiguan ese retroceso, y
si por algo se distingue el siglo xix en estos últi-
mos años de su vida, es por la acción reparadora
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La ^elijion y la Ciencia i6i
con que el sentido común va encarrilando la hu-
manidad hacia el camino de donde violentamente
la sacaron aquellos devaneos de la soberbia.
En su malevolencia contra la Iglesia, encuentra
Draper la ocasión de hacerla otra serie de cargos,
pintando fantásticamente los sucesos que prece-
dieron y siguieron al descubrimiento de América,
asi como lo que le sucedió á su descubridor por
causa del clero. Oigámosle decir : « Entre los
marinos genoveses que sustentaban esta idea (la
forma globular de la tierra), se hallaba Cristóbal
Colon. Nos cuenta que lo que llamó su atención
sobre este asunto fueron los escritos de Averroes ;
pero entre sus amigos nombra á Toscanelli, flo-
rentino, el cual se habia dedicado á la astronomía
y hecho gran defensor de la forma globular. En-
contró Colon en Genova poca protección ; invir-
tió entonces muchos años tratando de interesar
á diferentes príncipes en su empresa ; su tenden-
cia relijiosa fué señalada por los eclesiásticos es-
pañoles y condenada por el concilio de Salaman-
ca ; su ortodoxia fué refutada por el Pentateuco,
los Salmos, las Profecías, los Evangelios, las Epís-
tolas, y los escritos de los padres S. Crisóstomo,
S. Agustín, S. Jerónimo, S. Gregorio, S. Basilio
y S. Ambrosio » .
Desde luego, hay tanta tontería como ignoran-
cia en todo este pasaje, posponiendo la influen-
cia de Toscanelli á la de Averroes en el ánimo de
Colon; llamando concilio á la junta de sabios y
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102 Esludios Literarios
profesores de todas condiciones y estados reuni-
da en Salamanca por orden de los Reyes católicos
para examinar las teorías del gran navegante, y
mentando como único argumento contra sus pro-
yectos la cita de ciertos pasajes de la Escritura y
de algunos Padres de la Iglesia, que se le opusie-
ron. De los papeles de Colon coordinados y da-
dos á luz por su hijo Fernando, se sabe positiva-
mente que las ideas fundamentales de su gran
proyecto le vinieron meditando las teorías de
Ptolomeo, estudiando los mapas de Marino de
Tiro, ayudándose de los escritos de Aristóteles,
Séneca, Plinio y Estrabon, y leyendo las descrip-
ciones de Marco Polo y Juan de Mendeville ; so-
bre cuyo conjunto de datos pudo adquirir un con-
cepto bastante amplio de la forma globular terres-
tre, complementándolo mas tarde, con el trato
del célebre doctor florentino Toscanelli, que le
animó y estimuló instruyéndole con la mas gene-
rosa voluntad. Poca, poquísima influencia podia
tener Averroes en este género de investigaciones
científicas, pueá sus libros no son otra cosa que
un trasunto de las doctrinas de Aristóteles, Gale-
no y Ptolomeo, á quienes el médico árabe copió
servilmente; de modo que habiendo Colon dis-
frutado los orijinales, ningún provecho podia sa-
car de la lectura de los plájios. Asi la insistencia
de Draper en pintar á un pontífice del Islamismo
inspirando al descubridor de América la concep-
ción de sus proyectos, no tiene otro fundamento
que el deseo de coronar con un laurel usurpado
la torva frente de los hijos de Mahoma, á cuyas
doctrinas rinde el buen profesor tan decidido
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La ^elijion y la Ciencia 163
culto, que parece ser un mormon ó islamita tras-
plantado de las márgenes del Bosforo á las orillas
del Mississippi.
Y en cuanto al consejo de Salamanca— que no
era ni más ni menos sabio de lo que fueron los de
Genova y Portugal reunidos con el mismo obgeto,
y que ya habian rechazado como inadmisibles los
planes de Colon,— no opuso solamente argumen-
tos bíblicos ó teolójicos, sino que enumeró todas
las razones físicas, matemáticas y cosmogónicas
que corrían entonces como última palabra de la
ciencia ; y que el tiempo ha demostrado no ser
tan desatentadas, como algunos creen. Por que
si habia algo erróneo é improbable en las doctri-
nas de Colon, era el falso supuesto de que partían,
buscando la prolongación del Asia y afirmando
que debia existir en ese continente un núcleo te-
rritorial por necesidad de compensación; idea en
cuyo engaño murió apesar de sus cuatro viajes
al Nuevo Mundo, que nunca supuso haber descu-
bierto. Nadie ignora que los dominios fantásticos
del Preste Juan de las Indias, para cuyo fabuloso
señor escribió un rey de Portugal cierta carta des-
tinada á entregársele en propia mano cuando le
encontrasen sus capitanes, eran cebo para todas
las tentativas que se llevaban á efecto por enton-
ces; aún cuando al mismo tiempo la situación to-
pográfica atribuida al maravilloso país en cues-
tión, como los antecedentes históricos de que se
derivaba su posible existir, constituían el mentís
mas rotundo á las deducciones científicas de en-
tonces y de hoy mismo. Por eso fué que los astró-
nomos genoveses y portugueses desahuciaron á
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164 Estudios Literarios
Colon luego de oirle, siguieado la misma línea de
conducta los astrónomos y cosmógrafos espa-
ñoles reunidos en Salamanca, escepcion hecha
de dos obispos y algunos profesores de estado
relijioso.
Mas aun cuando tales hechos no se hubieran
dado, es evidente que las resistencias opuestas á
Colon, en vez de indignificar á los hombres de su
época, no hacen más que colocar las cosas dentro
de su límite natural. Porque si la posibilidad de
una circunnavegación de los mares, fiíera cual
fuese la hipótesis en que se basara, hubiese sido
idea popular y factible por los tiempos del ilustre
genovés, su viaje no tendría mayor singularidad
hoy que la de comprenderse entre los mas largos
de su tiempo. Pero precisamente porque la cien-
cia de entonces suponía imposible navegar en esa
forma, llegando al punto de sostener lo inaborda-
ble de las rejiones antípodas que muy pocos con-
sentían existir, mientras otros, y no de los que se
quedaban en tierra sino de los que viajaban por
necesidad profesional, creían no tener límites el
Océano; precisamente porque ninguna noción
correcta, ningún indicio seguro, ninguna prácti-
ca medianamente aceptable consentía esponerse
á tan terrible prueba, es por lo que Colon, aun
partiendo de erróneos cálculos, resulta perdura-
blemente grande, al vencer con su genio no solo
las preocupaciones del vulgo y las suyas propias,
sino los errores muy disculpables de la ciencia
de su tiempo.
Para confundir las opiniones de Draper sobre
este punto, veamos como juzga al pretendido
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La ^elijion y la Ciencia 165
concilio de Salamanca, un autor protestante de
indiscutible autoridad en la materia: « El rey ca-
tólico—dice—refirió consiguientemente el nego-
cio á Fernando de Talavera, mandándole juntar
en asamblea los astrónomos y cosmógrafos más
entendidos de España para que tuviesen una con-
ferencia con Colon, examinasen las bases de su
teoría, consultasen después entre ellos y espu-
siesen su opinión. En la ciudad de Salamanca
fué donde se 'celebró la interesante conferencia....
Hospedóse Colon en el convento de dominicos de
San Esteban, donde fué dignamente tratado, y en
el mismo edificio tuvo lugar el famoso examen.
La relijion y la ciencia estaban en aquella
época, sobre todo en España, íntimamente uni-
das. Existían los tesoros del saber casi esclusi-
vamente en los claustros de los monasterios ....
¡ Qué admirable espectáculo debió presentar el
antiguo salón del convento en tan memorable
conferencia ! . . . Formaban la asamblea profeso-
res de astronomía, geografía, matemáticas y otros
ramos de ciencias , varios dignatarios de la
Iglesia y muchos doctores relijiosos Un sim-
ple marinero levantando la voz en medio de aquel
imponente concurso de profesores, relijiosos y
dignatarios eclesiásticos, sustentando con natural
elocuencia su teoría, y defendiendo, por de-
cirlo asi, la causa del Nuevo Mundo! Dícese que
al empezar su discurso , todos dejaron de pres-
tarle atención menos los frailes de San Esteban,
por poseer aquel convento mas conocimientos
científicos que el resto de la universidad. Los
mas rudos ó mas fanáticos se hablan atrinchera-
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i66 Estudios Literarios
do en este argumento, que ¿después que tantos
y tan profundos filósofos y cosmógrafos habían
estudiado la forma del mundo, y tan hábiles ma-
rinos navegado sus mares por millares de años,
habia venido á ocurrirsele á un oscuro aven-
turero suponer que le estaba á él reservado el
hacer aún vastos descubrimientos ? Muchas de
las obgeciones y reparos puestos por aquella
docta corporación, han llegado hasta nosotros,
y escitado una sonrisa á expensas de la universi-
dad de Salamanca. Pero no debemos juzgar á los
miembros de aquel instituto, sin tener muy pre-
sente la época en que vivieron.... Entre muchos
d quienes convencieron los raciocinios é inflamó la
elocuencia de Colon, se menciona á Diego de Deza,
digno y docto relijioso del orden de Santo Do-
mingo, entonces catedrático de Teolojía del con-
vento de San Esteban, y después arzobispo de
Sevilla.... que con sus unidos esfuerzos, se dice
atrajeron á su opinión á los hombres mas pro-
fundos de las escuelas.» (i)
Aquí tenemos demostrado por autoridad ajena
á toda sospecha de parcialidad relijiosa, la clase
de miembros de que se compuso la junta de Sa-
lamanca, y los argumentos sustanciales que se
opusieron á Colon en ella. Eran simplemente ar-
gumentos científicos en boga, bien ó mal concor-
dados algunos con la Biblia, mas no por eso me-
nos en uso; siendo de notar que apesar de ello, el
presidente de la Inquisición y futuro arzobispo
(i) Washington Irving— Vida y Viajes de Cristóbal Colon^
lib. II, cap. IV.
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La ^elijion y la Ciencia 167
de Sevilla, fray Diego de Deza, no los aceptó, lo
mismo que el cardenal Mendoza, plegándose am-
bos al dictamen de Colon, de.quien fueron amigos
sinceros y protectores decididos. Sise juntan aho-
ra todos los antecedentes del proceso del gran al-
mirante, desde que lo recojió hambriento y des-
prestigiado fray Juan Pérez de Marchena en la
Rábida, para recomendarlo á fray Bernardo Ta-
layera, confesor de la Reina, bajo cuyos auspicios
pasó á presentarse al Consejo de Salamanca don-
de dos obispos y algunos frailes de San Esteban
fueron sus únicos protectores hasta hacerle ca-
mino con Isabel la Católica, que al fin entró defi-
nitivamente en el proyecto, ¿ no es acaso la sínte-
sis de todo, que debido á dos obispos y unos
cuantos frailes bscuros, pudo verificarse el des-
cubrimiento de América? Rechazado Colon en
Genova y Portugal por comisiones de sabios ofi-
cialmente constituidas para examinar sus pro-
yectos, mal mirado en Inglaterra, desahuciado
en España, ¿qué fuera de él, y qué de nosotros,
si Marchena, Talavera, Deza, Mendoza y los frai-
les de San Esteban no hubiesen ocurrido á sal-
varle?
No es esto todo. Draper, después de usurpar
audíizmente á la Iglesia su parte de gloria en el
descubrimiento de América, pretende arrojar so-
bre los habitantes ¡primitivos del Nuevo-Mundo
el sambenito de una vergonzosa plaga física, con
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i68 Estudios Literarios
el designio de presentará LeonX doliente de ella.
Afirma en consecuencia, que el mal venéreo tiene
un orijen americano indisputable, y que su des-
arrollo en Europa se debió á la inoculación tras-
portada por los descubridores regresando á las
poblaciones que les daban albergue. Y habiéndo-
se hecho popular la peste, era natural que llega-
se á Roma y subiese hasta la silla pontificia, para
herir al grande hombre que la ocupaba entonces.
Calumnia inventada á falta de otra mejor, porque
no siendo León X acusable de ignorancia ó de ili-
beralidad, era necesario macularle de algún mo-
do, ya que su nombre debia ir unido al siglo que
lo lleva.
Este procedimiento de escritores que no se
respetan, lanzando á la publiciQad cargos sin
pruebas y afirmaciones groseras que más perju-
dican al victimario que á la víctima, es una tácti-
ca conocida y despreciable. León X cuya vida y
hechos han escudriñado en todo sentido sus ami-
gos y sus enemigos, no está escento de algunos
defectos, que eran en él, como en todos los gran-
des hombres, una manera de compensación á sus
calidades insignes. Se le ha acusado de haber pro-
tejido con demasiada generosidad á sus deudos :
se le han hecho cargos por haber puesto en ac-
ción ciertas veces una política tortuosa; pero
la inmoralidad cínica que supone la calumnia lan-
zada por Draper, no ha sido capítulo de acusación
probable contra él. La América que debe á este
Papa una protección generosa y paternal de sus
desventurados habitantes primitivos; las cien-
cias, las artes y las letras que le deben la Edad
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La ^elijion y la Ciencia 169
del Renacimiento, protestan contra el miserable
proceder del enano, que no encontrando medios
de entallarse al gigante, le acomete por lo bajo,
como los animales dañinos.
Y ya que la ocasión se presenta, vamos á des-
mentir una vez más á Draper, con la autoridad de
■un correlijionario suyo, sobre el orijen atribuido
al mal venéreo, que nunca fué, ni tenía razón de
ser ingénito á la sociabilidad americana primiti-
va. Hablando de las ventajas é inconvenientes co-
merciales que el descubrimiento de.América pro-
porcionó á la Europa, dice Prescott : « Al paso
que el comercio colonial se presentaba bajo este
aspecto tan poco lisongero, no proporcionando
inmediatamente los magníficos resultados que de
él se esperaban, se creyó generalmente que fué
causa de que en Europa se introdujese una enfer-
medad, que, valiéndose de la frase de un escritor
eminente hacia más que contrapesar todas las ven--
tajas reunidas que del descubrimiento del Nuevo
Mundo resultaran. Hablo de la terrible enfermedad
de que se sirve el cielo para castigar severamente
la comunicación licenciosa de los dos sexos, y que
estalló con toda la violencia de una epidemia en
casi todos los puntos de Europa, á muy luego de
haberse descubierto América. La coincidencia de
estos dos acontecimientos motivó la general
creencia de su mutua conexión y enlace, por más
que ninguna otra circunstancia viniera en apoyo
de esta opinión : la espedicion de Carlos VIH con-
tra Ñapóles que puso muy poco después á los es-
pañoles en inmediato contacto con las diversas
naciones de la cristiandad, suministró un medio
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170 Estudios Literarios
muy natural y fácil de que el mal se propagase
rápidamente ; y esta teoría sobre su orijen y tras-
misión que fué adquiriendo mayor éxito coa el
tiempo, lo cual hizo más difícil su refutación, ha
pasado con muy poco examen de boca de uno en
otro historiador hasta nuestros días.
» El intervalo, sinembargo, demasiado breve
que medió entre la vuelta de Colon y la aparición
simultánea de la enfermedad en los puntos más
distantes de Europa, produjo hace ya tiempo cier-
ta desconfianza muy fundada acerca de la exacti-
tud de aquella hipótesis; y un americano, natu-
ralmente deseoso de librar á su pais de tan triste
nota, no puede menos de esperimentar gran sa-
tisfacción al ver que la crítica más investigadora
y prudente de nuestros dias ha llegado finalmente
á poner fuera de duda que el mal de que trata-
mos, lejos de ser orijinario del Nuevo-Mundo,
nunca fué en éste conocido, hasta que los euro-
peos le introdujeron.» (i)
Reducidas pues, á su espresion verdadera las
afirmaciones de Draper en lo que respecta al des-
cubrimiento y enfermedades de América, se sigue
que ellas son, no el resultado de ideas arraigadas,
más ó menos debatibles pero en el fondo sinceras;
sino asertos calumniosos deliberadamente asen-
tados con el fin de dañar á la Iglesia, triturando
(i) William A. Prescott: Historia de los ^eyes católicos.
(Parte 11 cap. ix) donde recomienda por una nota la obra de Do-
mingo Thiene titulada «L\í itere sulla Storiade'Mali Venen (Ve-
necia 182J)'», la cual prueba á la evidencia cuanto queda es-
presado.
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La ^elijion y la Ciencia 171
de paso la reputación de sus hijos más dignos.
Con tal criterio filosófico y semejante conciencia
de historiador, no puede lisonjearse un hombre
de andar buscando la verdad cuando la desprecia
doquiera que la encuentra á la mano, para hacer-
se apóstol voluntario de la mentira y la calumnia.
Cuál sea el fin de tan odiosos procederes,pasma el
pensarlo, si se tiene en cuenta que todo ese tejido
de embustes ha sido tramado para llegar á la con-
clusión de que el descubrimiento de América dio
el golpe de muerte á la doctrina de los milagros.
Reflexionemos un poco sobre este argumento
de socorro, tan manoseado por los incrédulos,
¿ Qué son los milagros? Son, según ellos mismos,
la suspensión de las leyes naturales. Ahora bien:
esta definición, en vez de agravar la dificultad, la
resuelve de una manera tan clara como satisfac-
toria. Desde que hay leyes naturales hay un lejis-
lador, y todo lejislador tiene perentoriamente
anexa á su carácter la facultad de suspender, mo-
dificar ó anular las leyes que dá.
Dicen, sinembargo, que Dios no está en tal
condición, porque siendo soberanamente sabio,
es inferirle una injuria suponer que se equivoca,
pues eso y no otra cosa importa atribuirle modi-
ficaciones en cualquiera de sus propósitos que
son incontestablemente perfectos é inmutables.
Pero esto es raciocinar de un modo bastante zur-
do, porque la suspensión de ciertos efectos con
relación á hombres ó cosas determinadas, no im-
plica equivocación, sino omnipotencia. Por ejem-
plo ¿cuáles eran las leyes naturales que rejian
para esos mundos que vagan en el espacio, y que
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172 Estudios Literarios
unos yermos y helados, otros hechos pedazos,
siguen la evolución que les impone el astro ma-
yor de quien dependen? Pues eran las mismas
leyes de atracción, de luz, de habitabilidad, de
calor que nos rijen á nosotros, y que no dejan de
ser perfectas é inmutables por que se hayan sus-
pendido para ellos. ^ Qué sabemos nosotros, cual
sea el plan de la Divinidad al proceder de esa
manera? ^Con qué derecho negamos el alcance
de su omnipotencia cuando todo lo decanta en la
creación ? Mientras la humanidad exista, creerá
en los milagros, por que creerá en Dios omnipo-
tente y bueno !
Por supuesto que la aglomeración de todas es-
tas acusaciones y cargos, debia ir de rebote con-
tra el Papado, escudo y palanca del catolicismo.
Draper no podia escapar la dificultad sin traicio-
narse, de manera que la ha afrontado en esta for-
ma : « Infalibilidad quiere decir omniciencia. Sin
duda que si se admiten los principios del cristia-
nismo italiano, su consecuencia lójica, es la infa-
libilidad del Papa : no hay necesidad de insistir
en la naturaleza antifilosófica de esta concepción;
se destruye por un examen de la historia política
del papado y por las biografías de los Papas. La
primera enseña todos los errores y equivocacio-
nes á que está sujeta una institución completa-
mente humana; las segundas son con demasiada
frecuencia una historia de pecados é ignominias.»
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La ^elijion y la Ciencia 173
Ante todo, pongamos en claro una aserción que
este embustero desliza como al descuido, con el
fin de arrojar sobre el Cristianismo la sospecha
de ciertas influencias locales, que harían de él
una doctrina acomodaticia al capricho de los
hombres que la profesasen. No hay tal cristianis-
mo italiano en el sentido que Draper lo quiere; si-
no que hay un solo Cristianismo, como no hay
más que una sola verdad, una sola ciencia, una
sola creación. El carácter distintivo del Cristia-
nismo es su inmutabilidad y universalidad, que
Jesucristo proclamó en esta frase : un solo rebaño
y un solo Pastor; y de ese carácter deriva la Igle-
sia su título de católica ó universal é inmutable,
no adquirido como quiera, sino por espresa de-
signación evangélica. Todo lo demás, no es cris-
tianismo; será si'lo queréis, cisma, protesta, he-
rejía ó como os plazca llamarle, pero de ahí no
pasa. Precisamente las amarguras que han afliji-
do y siguen aflijiendo á la Iglesia, provienen de
su incorruptible fidelidad al depósito de la primi-
tiva doctrina. Tenemos todavía por símbolo de
fé, y lo conservaremos hasta la consumación de
los siglos, el Credo que enseñaron los Apóstoles :
tenemos para el gobierno de la Iglesia, la gerar-
quía que instituyó el Señor de su propia mano; y
que empezando en Pedro y prosiguiendo hasta
León XIII, se conserva incólume por entre 255
Pontífices y algunos millones de Obispos.
Y en tal sucesión de Pontífices orijinarios de
todas las naciones, y de Obispos provinientes de
todas las razas del mundo, mancomunados en
una sola fé, está la prueba de la universalidad y
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174 Esludios Literarios
la inmutabilidad de la doctrina cristiana. Estu-
diado el gobierno de la Iglesia, no se encontrará
ninguno más apropiado á la disolución, si no le
alumbrasen luces de lo alto. Figuraos algunos
miles de sedes episcopales distribuidas por toda
la superficie de la tierra, y ocupadas por sacer-
dotes que no se conocen entre si; agregad á esto
un Sacro Colejio compuesto de cardenales de
diversas nacionalidades y facultado á elejir Pon-
tífice por mayoría de votos cuando queda acéfala
la silla papal; poned luego á ese Papa, sin dinero
ni soldados, al frente de tamaña circunscripción;
y decidid, si entra en los medios humanos el ejer-
cicio de semejante gobierno y en tales condicio-
nes. Y sinembargo, desde Pedro hasta León, la
Iglesia ha tenido gobierno permanente, bajo una
gerarquía estricta y dentro de *las leyes inviola-
bles que la dejí) su Fundador; por más que hayan
sido llamados á aplicar esas leyes, un esclavo de
orí jen como S. Calixto I, ó un syrio como Grego-
rio III, ó un antiguo mendigo inglés como Adria-
no IV; que ni la pobreza de cuna, ni la diferencia
de idioma, fué nunca motivo de altercados en el
seno de la Madre común de los fieles.
Así pues el cristianismo, que no es italiano ni
francés, ni turco ni americano, deriva la infalibi-
lidad del Papa, de las palabras precisas con que
Cristo instituyó el Pontificado en Pedro; aun
cuando no dá á esa infalibilidad otra latitud que
la que incumbe á la enseñanza de la fé y á la guar-
da de las costumbres. Es falso que la infalibilidad
así concedida suponga omniciencia y menos in-
pecabilidad; porque hombre al fin el Papa como*
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La ^elijion y la Ciencia 175
todos, puede y debe carecer de multitud de co-
nocimientos científicos que no son para almace-
narse en una sola cabeza, y está espuesto á las
flaquezas y debilidades que son ingénitas á nues-
tra especie. Hay en todos nosotros, sin ser pontí-
fices, un sentido intimo que no saliendo de su ob-
geto propio es infalible, y procede sin temor de
equivocarse. ¿ Quién apostará contra mí á que no
levanto mi mano derecha en vez de la izquierda ;
quién me sostendrá que no me duele la cabeza si
me duele } Mas de la posesión de este criterio in-
falible para ciertas cosas, no se sigue que haya
de tenerse para todas. Lo mismo sucede con la
infalibilidad pontificia, que habiendo sido divi-
namente otorgada para dogmatizar en determi-
nados casos, no hace por eso apto al Papa para
proceder de igual modo en física ó matemáticas,
por ejemplo. Y tan cierto es esto, que la Iglesia
deja siempre al criterio de los hombres las cues-
tiones científicas, y somete á los Papas á la con-
fesión y á la penitencia, al igual de los demás
fieles. Prueba acabada de que no considera á los
pontífices, ni omnicientes, ni impecables.
Bajo este supuesto, las acusaciones contra los
Papas pierden mucha parte de su vigor, desde
que el pontificado no les libra de ser hombres y
pecadores. Pero ¿ es cierto que hayan sido tantos
sus escándalos, que las biografías papales sean
con demasiada frecuencia historia de pecados é
ignominias^ como afirma Draper ?
Parece, sinembargo, que debiera destararse de
tan negra inculpación, á los treinta y tres prime-
ros pontífices, desde S. Pedro hasta S. Melquia-
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176 Estudios Literarios
des, todos muertos en el martirio. Corresponde-
rá talvez igual procedimiento de equidad, con
los diez y ocho pontífices siguientes, desde San
Silvestre hasta S. León el Grande y S. Anastasio,
elevados todos al honor de los altares, por las
virtudes inquebrantables de su vida privada y los
insignes servicios prestados á la civilización. No
seria injusto tampoco que se libraran del anate-
ma, S. Juan I que encontró la prisión y la muerte
en la corte del emperador Justino, donde habia
ido á pedir el cese de las persecuciones relijiosas.
San Gregorio el Grande, segunda providencia de
los pobres y de los esclavos, apaciguador de las
guerras europeas, escritor, orador, hombre de
estado, propagandista cuyo celo encontraba el
mundo pequeño para espaciarse, elevado contra
su voluntad al gobierno de la Iglesia, á la que ha-
bia sacrificado su fortuna y su ilustre nombre
vistiendo tosco sayal de fraile. S. Martin I, muer-
to en la proscripción, luchando contra el fratrici-
da Constante II heresiarca sanguinario, y cobar-
de sacrificador del Bajo Imperio á los árabes. San
Eugenio I, continuador de la lucha contra Cons-
tante y contra el cisma de la Iglesia griega. San
Deusdedit, personificación de la piedad y la ter-
nura. S. León II, restaurador de la disciplina
eclesiástica y escritor eminente. S. Gregorio II,
vencedor de los lombardos y los iconoclastas, y
dominador de las insurrecciones que amenazaron
su combatido pontificado. S. Pablo I, cuya alta
razón política se refleja en sus letras pontificales.
S. Pascual I, rico en virtudes. S. León IX, que
prepara bajo los consejos de Hildebrando, aque-
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La ^elijion y la Ciencia 177
Ha época brillante de la Iglesia dentro de la cual
se depura la doctrina, y queda como reforzado el
esplendor del cristianismo.
Caben también en la escepcion, algunos otros
nombres harto conocidos, como ser el de Grego-
rio VII, gran reformador que en un siglo de es-
plotacion y de inmoralidad grosera, luchó y hu-
milló á los poderosos de la tierra, levantando la
autoridad del espíritu sobre todas las pasiones
innobles. Inocencio III, el hombre mas sabio y el
jurisconsulto mas hábil de su tiempo, que en diez
y ocho años de pontificado conquistó la indepen-
dencia temporal de la Santa Sede, puso á raya al
emperador de Alemania, al rey de Francia y al
usurpador Juan Sin Tierra; predicó la 4.* cruza-
da contra los infieles é hirió de muerte la terrible
secta de los Albigenses, llevando á la tumba la ad-
miración de sus propios enemigos. Gregorio IX,
octojenario, á quien ni los reveses de la fortuna
ni el peso de los años pudieron vencer, encon-
trándole la muerte tan firme como el dia en que
ciñó la tiara. Martin V, c[ue á la vez que concluia
el cisma de la Iglesia de Occidente, abria el mar
de la India á los descubridores portugueses. Ju-
lio II, el protector de Rafael y Miguel Ángel, el re-
conquistador del poder temporal de la Santa Sede,
tan grande en la guerra como en la paz. León X,
que dio su nombre á un siglo. Pió V, el austero
fraile que atacó de frente todos los vicios, y
que libró á la Europa de los turcos, organizando
la coalición armada que les venció en Lepanto.
Sixto V, orador y profesor de derecho en sus mo-
cedades, grande administrador y gobernante
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178 Estudios LUer artos
cuando Pontífice, defensor abnegado de los de-
rechos de la Iglesia en todo terreno. Benedic-
to XIV, un sábic ante quien tuvo que doblegarse
Voltaire sosteniendo con él una correspondencia
epistolar, y de cuya justicia hicieron elojios Fede-
rico el grande, Isabel de Rusia y el Sultán. Pió VI,
el Pontífice mártir, á quien la Revolución france-
sa condenó á morir en el ostracismo.
Y por los que se omiten en esta relación, en
cuanto les pudiera rozar alguno de los conceptos
de la sentencia infamatoria, bien puede restituir-
les su honrada fama, el siguiente juicio de un
protestante, escritor de más talla y mejor nom-
bre que Draper : « Ni existe, ni ha existido jamás
en la tierra — dice Macaulay — obra alguna de la
política humana tan digna de estudio y de exa-
men como la Iglesia católica. Su historia com-
prende y resume, por decirlo así, las dos grandes
épocas del progreso : ninguna otra institución de
cuantas han logrado ILgar hasta nosotros, por
antiguas que sean, trasporta el pensamiento á
aquellos tiempos en que el humo de los sacrifi-
cios se elevaba sobre el Panteón, mientras que los
tigres y leopardos rujian y peleaban en el anfitea-
tro de Flavio : las más ilustres y seculares fami-
lias reinantes son modernas si se las compara
con la prolongada serie de los soberanos pontífi-
ces, que por una sucesión no interrumpida se re-
monta desde el Papa que consagró á Napoleón
en el siglo xix al que consagró á Pepino en el si-
glo VIII ; y aun más allá de Pepino, va á perderse
en la noche de los tiempos fabulosos el oríjen de
la augusta dinastía apostólica. Ningún signo in-
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La ^elijion y la Ciencia ij()
dica que se halle cercano el término de tan pro-
longada soberanía ; y así como ha visto el prin-
cipio de todos los establecimientos eclesiásticos
que hoy existen ¿ quién sabe si no está destinada
á ver su fin también ? Si era grande y respetada
antes de que los sajones hubieran pisado las pla-
yas de Inglaterra, antes de que los franceses hu-
bieran pasado el Rhin, cuando la elocuencia grie-
ga estaba floreciente aún en Antioquía, cuando
los ídolos recibían culto en el templo de la Meca,
bien puede continuar siendo grande y respetada
cuando los viajeros de Nueva Zelanda se deten-
gan en medio de vasta soledad, y apoyados en los
arcos rotos del puente de Londres dibujen las
ruinas de la catedral de San Pablo » . (i)
Hé aquí como la historia y los mismos escrito-
res protestantes desmienten el cargo de que los
Romanos Pontífices sean una sucesión de hom-
bres ignominiosos y llenos de culpas. Igual des-
mentida recibe en los hechos, la afirmación de
que sus definiciones ex-catkedra impliquen una
serie de equivocaciones y errores que demuestran
lo absurdo de atribuirles infalibilidad. Precisa-
mente en el Concilio Vaticano, examinadas todas
las difiniciones conocidas y vijentes, se encontró
que ni una sola vez en diez y nueve siglos, se ha-
bía equivocado ningún Papa al definir sobre la fé
ó las costumbres . ¿ Qué mejor prueba ?
Pero admitamos por un momento que nada de
esto fuera cierto, y que la historia de los Papas
resultase un tejido de pecados é ignominias, á la
(i) Macaulay. — Es/«¿íos Políticos: El ^Pontificado,
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1 8o Estudios Literarios
vez que un cúmulo de errores y equivocaciones
su majisterio docente ¿ no ve Draper que el ar-
gumento se vuelve contra él ? Si durante diez y
nueve siglos el Papado ha visto caer el imperio
Romano ; nacer y morir el imperio de Carlomag-
no ; formarse, triunfar y desaparecer el Imperio
Español que superó en límites territoriales á to-
dos los conocidos : y el Imperio Otomano que ha-
cia temblar al mundo ; y el Imperio Portugués
que se estendia por el Asia y por el África hasta
donde no soñó en llegar Roma ; y la República
Francesa que unció la Europa al carro de sus vic-
torias ; si todo esto ha acontecido sin conmover
los cimientos del Papado, cuya tiara cenia la ca-
beza de hombres ignorantes y pecaminosos ¿ no
es evidente que solo por ausilio sobrenatural, pu-
dieron tales hombres trasmitirse incólume un
poder que ha resistido á la acción del tiempo y
las revoluciones, cuando debia sucumbir á los
embates de la inmoralidad y la ignorancia de
aquellos que lo ejercieron ?
Del ataque á la Infalibilidad, pasa Draper á
combatir el Concilio Vaticano que la definió, y
haciéndolo, no puede escusarse de descargar sus
iras contra los Jesuítas á quienes atribuye la con-
vocación de aquella asaníblea del catolicismo. A
estar á sus informes, empero, seria ésta la primera
vez en que el Papa, un Concilio y los Jesuítas, se
hubieran contradicho de la manera mas triste,
borrando todos con imperdonable lijereza, sus
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La ^elijion y la Ciencia i8i
tradiciones inflexibles, para servir al filosofismo
moderno y congraciarse con la incredulidad rei-
nante. Y cuenta que el caso ocurre, según el
perspicaz tratadista de fisiolojía, nada menos que
con relación al más fundamental de los principios
relijiosos : la definición de la idea de Dios, Autor
y Señor de todo lo creado.
Oigamos á Draper: « Una de las mas notables,
y sinembargo característica contradicción de la
constitución dogmática — dice — es el homenaje
forzado que paga á la intelijencia del hombre.
Presenta una definición de la base filosófica del
catolicismo, pero oculta de la vista las formas re-
pulsivas de la fé vulgar. Enseña los atributos de
Dios creador de todas las cosas con palabras ade-
cuadas á una concepción sublime, pero se abs-
tiene de afirmar que este tan terrible é impo-
nente Ser nació de una madre terrenal, esposa
de un carpintero judío, que luego ha llegado á
ser reina de los cielos. El Dios que pinta no es el
Dios de la Edad Media, sentado en su trono de
oro rodeado de coros de ángeles, sino el Dios de
la filosofía. La constitución no tiene nada que de-
cir acerca de la Trinidad, nada del culto debido á
la Virgen, al contrario, esto se encuentra virtual-
mente condenado; nada acerca de la tran substan-
ciación ó conversión por el sacerdote de la hostia
y el vino en carne y sangre de Dios; nada de la
invocación á los santos. Lleva en todas sus paji-
nas impreso el pensamiento de la época, y de los
progresos intelectuales del hombre. »
Contestemos por partes. La constitución dog-
mática de que tanto habla Draper, empieza su
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1 82 Estudios Literarios
capítulo II con la siguiente declaración: « Puede
ser conocido con certeza Dios, principio y fin de
todas las cosas, por la lumbre natural de la ra-
zón humana mediante la contemplación de las
cosas creadas, aunque por lo que hace al hecho,
agradó á la sabiduría y bondad divina revelarse
á sí mismo y manifestar los decretos eternos de
su voluntad al género humano por otra via, á sa-
ber: por la revelación sobrenatural al hombre no
debida.» Ahora bien : si la definición filosófica del
catolicismo que ha merecido el aplauso de Dra-
per es esta,— y no puede ser otra— ¿qué es lo que
ha ocultado la constitución dogmática á las mi-
radas de los sabios como él? La Iglesia ha profe-
sado siempre el principio, de que el primer cono-
cimiento de Dios, puede venir por la razón na-
tural, y tan es asi, que los teólogos católicos
llaman á esa vislumbre de la Divinidad preám-
bulos de lafé. No de otro modo creyeron casi to-
dos los primeros Padres de la Iglesia, salidos del
paganismo para entrar en la relijion cristiana, á
fuerza de raciocinar. No de otro modo se hizo
relijion el cristianismo entre el vulgo pagano, que
por esfuerzos de razón llegó á formarse el con-
cepto de la divinidad de Cristo y prestó fé á sus
promesas. De manera que la base filosófica, pro-
clamada según Draper por el Concilio Vaticano
como un homenaje forzado á las ideas del siglo
en que vamos, es tan vieja como el cristianismo y
forma parte de su enseñanza teolójica.
Apartado este inconveniente del montón de
ellos que junta el doctor neoyorkino, para hacer
mas solemnemente oscuro el endiablado párrafo
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La ^elijion y la Ciencia 183
que comentamos, queda ahora por examinar qué
es lo que hay de verdad en eso de que el Dios de-
finido por el Concilio Vaticano no es el Dios que
la Iglesia aceptaba en la Edad Media, sino el de
la filosofía. En plena Edad Media, el año de 121 5,
el Concilio Lateranense IV, hacia la siguiente
declaración: « Firmemente creemos y sencilla-
mente confesamos, que no hay sino un solo Dios
verdadero, eterno, inmenso é inconmutable, in-
comprensible, omnipotente é inefable. Padre
Hijo y Espíritu Santo. Hay ciertamente en Él tres
personas, pero una sola esencia, sustancia ó
naturaleza absolutamente simple. El Padre no
procede de nadie, el Hijo de solo el Padre, el Es-
píritu Santo de entrambos juntamente, sin prin-
cipio siempre y sin fin; el Padre es engendrante,
el Hijo engendrado, el Espíritu Santo proceden-
te ; los tres son consubstanciales y coecuales,
coomnipotentes y coeternos, un solo principio
de todas las cosas, un solo Creador de las cosas
visibles é invisibles, de las espirituales y corpo-
rales; quien con su omnipotente virtud creó de
lanada juntamente en el principio del tiempo
una y otra criatura, á saber : la angélica y la mun-
dana, y además la humana, como participante
de entrambas, compuesta de espíritu y de cuer-
po. » Esta declaración de un Concilio de la Edad
Media, ha sido copiada y citada por el Concilio
Vaticano en su Constitución dogmática, de modo
que lo mismo que pensaba antes la Iglesia con
relación á la Divinidad, lo piensa hoy y lo define
con idénticas palabras. ¿Cuál es entonces el ho-
menaje forzado que la Iglesia ha hecho á la filo-
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Estudios Literarios
sofia de nuestros tiempos, al definir los atributx>s
del Señor Omnipotente? Draper lo sabrá cuando
lo dice.
Pero lo más bizarro del caso es, que el autor
de los Conflictos se empeña en que de todo esto
no se desprenda la idea de la Trinidad, apesar de
que ambos concilios nombran al Padre, al Hijo y
al Espíritu Santo, tres personas distintas y un
solo Dios verdadero. También es peregrino el
empeño de que en la definición debió nombrarse
por fuerza á la Virgen y á los Santos, pero ¿por
qué se les había de nombrar? El catolicismo so-
lamente adora á Dios : la Virgen y los Santos soi
venerados. Se trataba de fijar el concepto de .'a
Entidad Adorable, y quedó establecido con bs
mismas palabras con que seiscientos años atrás
lo habia definido la Iglesia infalible. En todo lo
demás, ni correspondía hacer concesiones al ilo-
sofismo moderno, ni dar satisfacciones á lo$ sa-
bios draperistas. Presidia el Concilio Vaticano
Pío IX, definidor del dogma de la Inmaculada, y
estaban vijentes como siguen estándolo los textos
bíblicos, que desde Daniel hasta el Bautista, pro-
claman y anuncian la razón por la cual la esposa
del carpintero judio habia de trasformarse en reina
de los cielos.
Por último, no era razonable hacer tanto baru-
llo, para venir á dar un ataque á los Jesuítas, cu-
ya pretendida dictadura sobre la Iglesia es tan
novelesca como todas las calumnias del liberalis-
mo. Los Jesuítas tienen, es cierto, por la natura-
leza de sus virtudes y de su probada ortodoxia,
un puesto culminante en el seno de la Iglesia que
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La ^elijion y la Ciencia i8$
les ama entre sus hijos predilectos ; pero ni ellos
han pretendido nunca, ni la Iglesia consentiría
sin suicidarse, dictaduras de ningún género. Si
hay institución que menos comporte la imperiosa
Toluntad de un hombre ó un instituto, es la Igle-
sia Católica, cuyos procedimientos absolutamen-
te racionales, se basan en las reglas de conducta
que su Fundador la dejó al ausentarse de la tierra.
Parece que resulta aclarado ahora, hasta don-
de carece el libro de Draper, de las condiciones
indispensables á una obra seria. Basado sobre un
falso criterio y encaminado á atacar instituciones
que han resistido triunfantes la acción del tiem-
po y las pruebas mas duras, no asume el carácter
de seriedad requerido por tan ardua empresa, ni
satisface por una comprobación exijible, las du-
das provocadas con su antojadiza intemperancia.
Por que hay en sus pajinas, desde la negación de
los hechos mas evidentes, hasta la burla grosera
de pintar al mahometanismo como superior al
cristianismo en resultados civilizadores; todo
ello sin mas fuente de información que la palabra
del autor, opuesta al testimonio de la esperiencia
que la desmiente con datos visibles. No es así
como se escribe cuando se ama la verdad y se la
busca, pretendiendo ejercer autoridad sobre los
hombres, con defenderla y propagarla.
La Iglesia que en vez de temer las obgeciones
las provoca, por que en todos los tiempos venció
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1 86 Estudios Uier arios
por la discusión y se impuso por el criterio racio-
nal de las gentes ; ha sido atacada de un modo
más hábil que el empleado contra ella por este
moderno enemigo de sus doctrinas. Tanta hoja-
rasca y palabreo, basada sobre cimientos tan fe-
bles, dan triste idea de quien baja al terreno po-
lémico con aires de novador, para salir de él
avergonzado y corrido con sus propios argumen-
tos. Hay en las letras, como en toda especulación
abierta á la intelijencia humana, un límite que el
decoro no permite saltar jamás, sin riesgro de
caer en el charlatanismo ó en la indignidad. Dra-
per lo ha saltado en sus Conflictos asumiendo las
dos actitudes, una ridicula y otra condenable,
que trasforman alternativamente en payaso ó en
foliculario al escritor público.
Después de esto, se preguntará ¿qué es lo que
resta por refutar en el libro del profesor neoyor-
kino? Todo, todo el libro, que desde su títuío
hasta la última pajina, no encierra una palabra
que no sea una mentira. Por que mentira es eí
título de Historia con que condecora el atajo de
vacuidades antifilosóficas que constituyen la na-
rración, mentira el calificativo de conflictos que
da á sus romanescas apreciaciones, mentira la
filiación que atribuye á las ideas generadoras del
progreso humano, mentira los cargos que hace á
las instituciones y á los hombres más conocidos.
Jamás se ha faltado á la verdad con tanta desver-
güenza en el mundo, como lo ha hecho este doc-
tor de la Universidad de Nueva-York, que á se-
mejanza de Erostrato no ha vacilado en buscar la
celebridad por medio de barbaridades. Leyendo
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La ^elijion y la Ciencia 187
su libro, apesar de las galas del estiló, se nos ha
antojado creerle loco de atar en ciertos pasajes,
si luego no se comprobase en otros que es sim-
plemente mentecato, ó sea un grado menos de
aquella disposición de ánimo en que todavía la
intelijencia brilla por que delira.
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CESAR DÍAZ
1 1 alguna vez ha sido útil la táctica perio-
dística del señor Sarmiento de Buenos
I Aires, indudablemente lo fué en ocasión
( de llamar á César Diaz porteño renegado;
dando asi lugar á que la familia del muerto vol-
viese por los fueros de la verdad y mandara im-
primir las Memorias auténticas en que su deudo,
verdadero general formado en los campos de ba-
talla, ofrecía gratuitamente y por acaso, más de
una lección al general de papel que le negaba su
nacionalidad y pretendia deslucir sus servicios.
Por tan inesperado incidente, ganó la literatura
uruguaya un libro, del cual puede decirse en su
mayor elojio, que todos lamentan encontrarle
tan corto, cuando corremos tiempos en que la
escasez de volumen constituye la mayor reco-
mendación para las obras que se editan.
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190 Es ludios Literarios
Mas no es esta la única orijinalidad que pre-
sentan las Memorias inéditas del general don César
Diaz; pues esa obra, sobre ser un libro bueno, es
por añadidura el libro de un soldado; y como
quiera que en nuestra época la condición militar
de los individuos lleve siempre anexa la idea de
no ser ellos aptos para otra cosa que para dar ta-
jos y mandobles, resulta sorprendente y placen-
tero verles manejar la pluma con maestría. Esta-
mos ya muy lejos por cierto, de los tiempos en
que generales como Tucidides, Xenofonte y Cé-
sar, dejaban á la posteridad libros que son toda-
vía modelos de arte; y ho hay esperanza, á lo me-
nos entre nosotros, de que soldados como Cathan
y Mirabeau, lleguen á conquistar en la tribuna
parlamentaria el derecho de dirijir los negocios
públicos por la sola influencia de la palabra. Asi
pues, el libro de un general, lamoso por su riji-
dez en el mando y su serenidad en el combate, é
inolvidable además por su muerte trájica como lo
fué el general Diaz, reviste todos los caracteres de
una novedad literaria.
Los soldados de buena ley, cuando juntan á la
esperiencia de su oficio un talento cultivado, son
mas aptos que ninguno para tratar la literatura.
Porque formándose en la continuidad del peligro
y en las alternativas de la obediencia y el mando
un criterio exacto de lo que valen los hombres y
la vida, saben decir mejor las cosas, de lo que as-
piran á decirlas aquellos cuya práctica mundanal
no pasa mas allá de su bufete; y cuyos desenga-
ños teóricos provienen de las impresiones adqui-
ridas en sus bibliotecas. Antiguamente, cuando
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César T>iaz 191
la profesión militar implicaba la de jurisconsulto
y orador, como en Grecia y Roma, fué demostra-
da esta verdad por los hechos; y si hoy nos cues-
ta admitirla, es porque habiendo caido tan bajo
la noción del patriotismo, se mira el servicio de
sangre como un vejamen, delegándosele gusto-
samente en los que andan bastante desesperados
para aceptarlo ; con lo cual, lejos de recibir estí-
mulo los soldados, viven en un abandono y me-
nosprecio poco favorable á producir literatos y
oradores.
No diremos que esta regla sea uniforme para
todos los casos. Rivera, Rondeau y Palleja, tres
generales, dejaron narraciones militares redacta-
das en buen estilo ; y el último de ellos, un Diario
de la guerra del Paraguay^ que tiene positivo valor
literario. Del general don Antonio Diaz se asegu-
ra, haber escrito un elocuente trabajo historial
sobre las guerras de la Independencia, que des-
graciadamente yace inédito entre el legajo de sus
papeles ; y el coronel Cáceres escribió unas Me-
morias muy curiosas, que el doctor Lamas posee
y nosotros hemos leido. Conviene espresar, sin
embargo, que estos gefes y algunos otros cuya
sola correspondencia epistolar clasificada y reu-
nida formaría escelentes libros, eran soldados de
vocación é instinto, habiendo llegado á coronar
su carrera entre inconvenientes tales, que el me-
nor de todos consistía en narrarlos á la poste-
ridad .
Á esa escuela y á esa clase de hombres pertene-
ció César Diaz, como lo atestiguan sus servicios y
sus años ; y en mérito de ello fué que rompiendo
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193 Estudios Literarios
con la rutina establecida, pudo consignar sobre
el papel los recuerdos de su pasado. Pero el
trabajo cuyo plan se habia propuesto, quedó
trunco, por que la muerte sorprendió á su autor
cuando estaba lejos de presumirla tan próxima;
á los 45 años de edad, sano, fuerte, renombrado
por sus servicios anteriores, simpático por sus
desgracias de momento, y sinembargo, implaca-
blemente fusilado apesar de la capitulación es-
crita que garantía su vida.
Mas lo incompleto del libro no obsta, para que
sus pajinas formen un agradable conjunto de lec-
tura. A lo vivido de la narración, se une el inte-
rés de los episodios que ella abraza, resultando
de ahí que el narrador, junto con su autobiogra-
fía, escribe la historia de una época tan azarosa
como interesante. El general Diaz es sobrio en el
relato de sus antecedentes personales, que colo-
ca en la portada del libro, bajo el título de Apun-
tes hasta el 20 de Setiembre de 1853. En seguida
vienen dos manuscritos « La campaña de 1843
y organización de la defensa de Montevideo » ; y
« La campaña del ejército grande en Sud- Améri-
ca » , donde resaltan los tipos de Rosas y Oribe^
Rivera y Paz, quedando tallados en todos sus li-
neamentos sobre alto pedestal, que la posteridad
se verá obligada á contemplar cada vez que vuel-
va los ojos á aquellos dias de prueba.
Y efectivamente que fueron aciagos aquellos
días. La República pudo decir con el Dictador
romano : hasta aquí he peleado por la victoria,
hoy peleo por la vida. Jamás hablan presenciado
los uruguayos, espectáculo mas aterrador que la
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César T)ia\ • 193
marcha triunfante de* aquel ejército que franquea-
ba su territorio en 1842, al mando del caudillo ta-
citurno y vengativo, cuya táctica militar, colocán-
dole sobre todos los generales del Rio de la Plata
por haberlos vencido á todos, se combinaba con
unos procederes que anadian á las perspectivas
de su crueldad, la evidencia de su poder incon-
trastable. Don Manuel Oribe, reclamando con las
armas en la mano una presidencia que habia re-
nunciado, no buscaba el sufrajio popular sino la
sumisión cívica; y tampoco pedia esa sumisión
como paso previo al serenamiento de su cólera,
sino que la imponia sin consideración á nada ni á
nadie. Venia aliado á Rosas, al tirano argentino
que en los desvanecimientos de la soberbia colo-
có su retrato sobre el tabernáculo de los templos;
y dejaba suponer con esta alianza, á los que esca-
paran al filo de su espada, que sucumbirían al
dominio unificador soñado por el déspota de
Buenos Aires.
En el espanto de aquella situación, en que la
capital de la República, último baluarte de re-
sistencia, no tenia otro recurso contra Oribe vic-
torioso, que 100 soldados de línea, 1500 milicia-
nos bisónos y 6 piezas de artillería sin artilleros;
se levantó tranquila la Asamblea Nacional, pasan-
do al gobierno un oficio, que concluia con estas
palabras: « La Asamblea general, en el carácter
que inviste, y contestando á la nota de V. E., ha
creído de su deber manifestarle de un modo pú-
blico y solemne, la firme y decidida resolución
en que está de sostener y defender á todo trance
los derechos é inmunidades de la Nación Orien-
E. L. 13
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194 Estudios Literarios
tal: que para conseguirlo, ella está resuelta á to-
do ; y que cuenta con que V. E. revistiéndose de
toda la energía y patriotismo que exijen los mo-
mentos solemnes en que se encuentra la Repú-
blica, tomará la honrosa disposición que le co-
rresponda, dictando las medidas que juzgue mas
acertadas, y que esta Asamblea le ofrece robus-
tecer con todo el influjo de su poder. » En seg-ui-
da decretó la libertad de la esclavatura fornriando
con ella un ejército, impuso la caida del Ministe-
rio asustadizo que rodeaba al Presidente Suarez,
declaró de obligación indeclinable todo servicio
público; fulminó con los dictados de traidor y de
cobarde á los que abandonasen las filas, y en po-
cos dias organizó la defensa de la patria, arran-
cándola al mas desesperado trance en que nunca
se hubiera visto.
Todos estos incidentes, narrados por el general
Diaz con naturalidad y exactitud, dan á los cinco
capítulos de su manuscrito sobre « la campaña
de 1842 y la organización de la defensa nacional, »
un. carácter literario de primera fuerza. En esas
pajinas no hay exajeraciones, ni declamaciones,
ni insultos. Escritas con sinceridad y por via de
recuerdo para distracción propia, el autor ha es-
primido en ellas su pensamiento íntegro. Lo que
opina sobre los hombres, es anticipadamente
abonado por el relato de los sucesos, de modo
que cuando vienen las alusiones á las personas,
está el lector preparado á recibirlas de conformi-
dad á su propio juicio preexistente.
guales condiciones presenta el manuscrito ti-
tulado « La campaña del ejército grande en Sud
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César T>ia:>¿ 195
América » , donde el autor aparece en el rango
de gefe de la división ausiliar uruguaya. Ese tra-
bajo, que puede servir de modelo como critica
militar y que es correctísimo como esposicion
historial, revela además el espíritu artístico del
general Diaz, pintando de mano maestra el pasa-
je del rio Paraná por los aliados, la travesía pos-
terior de la Pampa, y el aspecto del ejército ene-
migo en los preliminares de la batalla de Caceros
que decidió la suerte del tirano argentino. Hay
también una serie de anécdotas respecto del ge-
neral Urquiza, que pintan al vivo el carácter y la
razón del prestijio ejercido en Entre Rios por
aquel personaje, generalísimo entonces del ejér-
cito aliado.
Tal es el contenido de ese libro escrito en su
mayor parte sin el propósito de que viera la luz
pública, y prematuramente trunco por la muerte
de su autor. Ni uno ni otro motivo han influido,
empero, para que deje de ser bueno, en la doble
acepción de su mérito literario y de la moral po-
lítica que trascienden sus pajinas. Siempre será
loable, que lo^ actores de las grandes situaciones
dejen en pos de si la narración ñel de los sucesos
en que intervinieron, á ñn de contribuir á la en-
señanza de la posteridad, menesterosa de recojer
en lo pasado ejemplos y doctrinas que fortiñquen
su criterio. Pero tratándose de un período tan
azaroso como el que comprende la década de
1842-1852, durante la cual se retocaron, por de-
cirlo así, las bases en que reposaba la nacionali-
dad uruguaya ; poniéndose á prueba la fuerza de
sus instituciones, la resistencia de sus hijos y la
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196 Estudios Literarios
lejitimidad del derecho con que habia entrado la
Nación á vivir independiente y libre : todo traba-
jo de aclaración sobre hechos tan capitales, se
trasforma en positivo servicio para el país .
El general Diaz que habia servido á la Repúbli-
ca como soldado y diplómata, complementó sus
esfuerzos sirviéndola como literato, en las paji-
nas donde se destaca tan vigorosa su propia per-
sonalidad. El pundonor soldadesco que le acom-
pañó desde sus primeras armas, se advierte
resaltando sobre todo lo que emprende, é in-
fluye sobre sus juicios, formulados siempre del
punto de vista del deber. Por cumplirlo también
respecto de sus correlijionarios políticos, fué que
murió en una revolución oscura, á manos de un
general que habia sido su amigo y por orden de
un Presidente que habia profesado su mismo cre-
do. Contemos este último episodio de su vida.
En los acontecimientos que se siguieron á la
caida de Rosas, el general Diaz ocupó los puestos
de Ministro de Guerra, Presidente provisorio de-
legado, y gefe de Legación en el esterior. Su per-
sonalidad habia ido creciendo, y cuando vino la
lucha electoral de 1855-56 fué proclamada su can-
didatura á la presidencia, aunque sin éxito positi-
vo, pues los trabajos mas fuertes Convergieron
hacia la candidatura de don Gabriel Pereyra que
obtuvo el triunfo. Era Pereyra, hombre de ante-
cedentes conspicuos por su familia y por sí mis-
mo \ varón consular, como decían los romanos,
aunque con fama de una energía rayana del des-
potismo cuando la contradicción ponía á prueba
su tenacidad. Ocupó el gobierno nombrando un
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César T>ia7i 197
ministerio mixto, y constituyendo un Consejo
consultivo en el cual tomaron asiento hombres
de todas las procedencias políticas, muchos de
ellos caracterizados por largos servicios anterio-
res. Sinembargo, el descontento público se hizo
sentir, con motivo de un desacato cometido por
turbas xle plebe furiosa contra varios miembros
de la Asamblea nacional ; y aunque el presidente
Pereyra condenó el hecho en un manifiesto, se
imputó á secretas influencias suyas, ó cuando
menos á culpable tolerancia con los factores del
desacato, la facilidad con que se consumó.
Sobre este pié de rencores, empezó á dificul-
tarse la situación. El Presidente, distanciándose
de sus antiguos amigos de la defensa de Monte-
video, se echó en brazos de don Manuel Oribe y
sus parciales; y el general Diaz fué desterrado con
varias otras personas á Buenos Aires, sin forma
de proceso ni sentencia legal, y á mérito de una
conspiración que el gobierno se vio embarazadísi-
mo para calificar, en su Mensaje de 31 de Marzo
de 1856, monumento de tartamudeos y ficciones
pasado al Cuerpo Lejislativo. Así las cosas, co-
rrió el tiempo ahondándose las enemistades en-
tre los dos partidos tradicionales, hasta que,
abierto el período electoral de 1857, se aprestaron
ambos á la lucha. El general Diaz, vuelto ya de su
destierro, fué naturalmente á formar en las filas
de sus amigos políticos y comenzó con ellos la
campaña electoral, cuyas resultancias eran temi-
das por el gobierno, cada vez mas débil en la opi-
nión. Puso el colmo á esa impopularidad, el ajuste
de los tratados de 1857 con el Brasil, que el go-
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198 Estudios Literarios
bierno pretendía fuesen aprobados por el Cuerpo
Lejislativo, no vacilando al efecto en mandar á
la barra de la Asamblea, al iniciarse los debates,
tropa armada á órdenes del Gefe Político de la
Capital; quien al ver perdida la votación, dio el
espectáculo insólito de apostrofar con amenazas
á los diputados opositores, levantándose^ la se-
sión en medio de un gran tumulto. La prensa de-
safecta á la autoridad, comentó hábilmente estos
hechos, y el gobierno, despechado al fin, se pro-
puso imponer silencio á cualquier precio; disol-
vió el Club Defensa que asi se llamaba el de la
oposición, desterró al general Diaz y á varios pe-
riodistas y militares, y se constituyó en grande
elector. Estas agresiones, debian forzosamente
traer otras en desagravio.
Asi sucedió. Varios caudillos de campaña se
alzaron en armas, y el movimiento empegó á to-
mar fuertes proporciones. Los revolucionarios,
empero, carecian de gefe, y por lo tanto volvieron
los ojos á Diaz, que estaba en Buenos Aires con
propósito visible de no mezclarse en nada. A rue-
gos de sus amigos se decidió al fin, y después de
tentar sin éxito un ausilio de armamento por
parte del gobierno porteño, compró de su peculio
particular 200 fusiles, y con 74 compañeros se
embarcó el dia 3 de Enero de 1858 en la goleta
Maipúy dando velas para Montevideo, á cuyo
puerto llegó el dia 6. Desembarcó en la costa del
Cerro incorporándose á unos 1000 revoluciona-
rios que allí habia, y con ellos abrió la campaña,
cuyas alternativas, ora favorables, ora desgracia-
das, le llevaron veintidós dias después á capitu-
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César T>ia\ 199
lar en Quinteros con el enemigo que le rodeaba.
En esa capitulación se les garantía á él y á los
gafes superiores libre pase al Brasil; mientras los
oficiales y soldados quedaban á disposición del
Presidente de la República.
Bajo la fé de tan solemne pacto, entregaron los
revolucionarios sus armas. Pusiéronse en mar-
cha para el Brasil los gefes, pero á tres leguas de
camino recibieron contra-órden y volvieron al
campo, donde acababan de ser degollados 78 in-
dividuos de los suyos. Terrible sospecha les hizo
concebir aquel incidente anexo al de su vuelta,
pero nada dijeron ni se les dijo. Con todo, rumo-
res siniestros llegaron á sus oidos. Se hablaba de
una reunión habida entre los gefes del ejército
vencedor ; varios chasques acababan de ser des-
pachados á la ciudad y se esperaban órdenes del
gobierno. ¿ Cuáles podian ser ellas ? Nadie lo in-
dicaba, pero un síntoma muy marcado hizo crecer
las desconfianzas. Los gefes vencedores hablan
cambiado su porte anterior, franco y alegre, por
una actitud reservada y evasiva. En medio de
estas zozobras, y como si no se aguardara otra
cosa que la vuelta de los capitulados de alta gra-
duación, el ejército del gobierno emprendió su
marcha con rumbo á Montevideo.
El tiempo era caloroso. Las jornadas se hacían
de noche y sin novedad. El dia 31 de Enero se
concedió permiso á los capitulados para escribir
á sus familias : lo hicieron. Algunas de esas car-
tas, publicadas mas tarde, tienen todo el acento
de las esperanzas perdidas. El i.° de Febrero á
medio dia, fué comunicada al ejército la orden de
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300 Estudios Literarios
levantar campo. Mientras se hacian los prepara-
tivos de marcha, un ofícial superior se presentó
al general Diaz, pidiéndole su pasaporte, á nom-
bre y de orden del genpral en gefe, que necesitaba
hacer en él algunas alteraciones. El general opu-
so cierta resistencia á entregarlo, fundándose ea
que era su única garantía, pero siguiendo luego
el consejo del coronel Tajes, sacó una copia del
documento y lo entregó. A las 2 de la tarde rom-
pió el ejército su marcha, caminando hasta las 7,
hora en que hizo alto sobre una cuchilla donde
desplegó en batalla. Allí debia cumplir las órde-
nes recibidas del gobierno.
Presenciaban los prisioneros la maniobra de
desplegue, cuando vino sobre ellos un grupo del
que se destacaron varios soldados, y echándose
sobre el general Diaz, lo desmontaron del caballo
despojándole de sus espuelas, dinero y mejores
prendas de vestir ; le ataron los brazos con un
maneador y empezaron á empujarle hacia un es-
pinillal, anticipadamente indicado para lugar de
su suplicio. El momento era solemne y la sorpre-
sa harto rápida, para que la víctima no sintiese
en el fondo del alma la vergüenza de aquel mano-
seo, la indignidad de aquel saqueo, el dolor de
aquella traición tan negra y tan fríamente prepa-
parada. Por un movimiento natural, esforzó los
brazos para rompfer las ligaduras, luego volvió
los ojos á todos lados como buscando el socorro
de sus compañeros ; quiso hablar, mas la voz se
ahogó entre el estertor de un sollozo; y por
aquellas mejillas curtidas en la intemperie de los
campamentos, se deslizó una lágrima caliente y
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César T>iai 201
. amarga, primero y último tributo pagado en pü-
I3IÍC0 á las exijencias del corazón .
Pero después de esta crisis suprema, el solda-
do se sobrepuso al hombre ; y el general se irguió
pálido pero sereno, noblemente resignado á mo-
rir, como habia aprendido á hacerlo en el tras-
curso de 30 años de familiaridad con el peligro,
en medio del cual le tocó más de una vez ser
ejemplo de firmeza. Pidió permiso para escribir
á su esposa; y como se lo negaran, la encomen-
dó á Dios en altas y sentidas palabras, rogando
seguidamente al comandante Bastarrica allí cer-
cano, se hiciera cargo de su reloj, única prenda
escapada al saqueo, para entregarla á la mujer
ante quien debia suplir el testimonio escrito de
su pensamiento. Luego se despidió de sus com-
pañeros cou'un gesto, y al pasar delante del ge-
neral Medina gefe del ejército vencedor, que se
preparaba á contemplar impasible la ejecución
de su antiguo hermano de armas «General— le
dijo— ¿qué vale ya la palabra de un general orien-
tal ? » « Vaya usted, vaya usted, general Diaz — re-
plicó Medina— esa es la orden del gobierno » . . . .
y una descarga puso fin al episodio.
Asi murió César Diaz.
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J
JUAN CARLOS GÓMEZ
STÁ por aclararse todavía, si el romanti-
cismo ha producido más bienes que ma-
les á la sociedad. Pues si considerado
como doctrina literaria, puede reputár-
sele á buen título una emancipación; examinado
en sus tendencias políticas y filosóficas, es uno de
los más deplorables devaneos del espíritu huma-
no. Para penetrarse bieq de esta verdad, corres-
ponde averiguar cual sea el valor técnico de las
palabras « clasicismo » y « romanticismo » .
Por clasicismo se entiende, no las literaturas
griega y romana propiamente dichas, sino la imi-
tación servil de esas literaturas ; mientras que el
romanticismo implica, la reacción contra los clási-
cos y sus imitadores. De modo que una y otra
escuela son dos exajeraciones : la primera, pug-
nando por volver á todo trance al pasado y esta-
cionarse definitivamente en él: y la segunda,
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204 Estudios Literarios
I
afanosa en repudiarlo, buscando nuevas fuentes
de ¡aspiración. ¿Quién abonaría por el criterio
de dos hombres, el uno empeñado en detener el
tiempo, el otro batallando ppr desentenderse de
él ? Pues esta es la actitud de las dos escuelas
rivales, en sus propósitos respectivos. Y si se
avanza de los propósitos á los resultados, más
evidente se hace la exactitud de la compara-
ción. Con decir que el clasicismo ha llevado el
mundo ai paganismo, y que el romanticismo le
ha traido al socialismo, ya se comprueba el em-
puje del uno hacia atrás, y el desenfreno del otro
hacia adelante.
Pero el romanticismo tiene todavía sobre* el
clasicismo, la triste ventaja de que todo lo vé ne-
gro. La fé, el amor, la amistad, son para él una
mentira. No reconoce goces, fuera del sufrimien-
to. El genio, que hasta para los médicos mate-
rialistas es el resultado de un equilibrio casi per-
fecto de todas las facultades, para los románticos
es una enfermedad incurable. El talento es otra
enfermedad, aunque de índole menos rebelde.
No existe el desinterés : la abnegación es una fá-
bula. Para el romántico puro, ha de mirarse en
el sol, antes que la luz, las manchas; y en el fir-
mamento, antes que el diáfano azul, una diluicion
previa de abigarrados colores que solo se oculta
á los impotentes por atrofia orgánica. En resu-
men : el estravismo, la dispepsia, los sacudimien-
tos nerviosos, el mal humor y el olvido de la hi-
jiene mas rudimentaria, constituyen el ideal
teórico de la escuela. Otra cosa es en la práctica,
como lo veremos.
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Juan Carlos Gomei 205
La sociedad uruguaya imitadora de la Europa,
se decidió por el romanticismo apenas pudo ha-
cerlo. Desde entonces— y esto era hacia el año
de 1840— toda persona capaz de cultivar las le-
tras, debió forzosamente hacerlo en tono triste,
bajo pretesto de confidencia y con ánimo de des-
ahogar penas recónditas. La poesía, la oratoria y
el romance se inficionaron de tristeza ; y por lo
tanto la melancolía que habia sido una moda, fué
haciéndose poco á poco una necesidad, por que
no era bien nacido, ni intelijente, ni culto, aquel
que no fuese melancólico. Bajo la presión de ta-
les ideas, y admitido que el talento era natural-
mente triste y el genio una enfermedad mortal,
enfermaron ó afectaron enfermarse muchos hom-
bres políticos, para lograr por las apariencias
mórbidas, lo que no les era dable conquistar po-
seyendo una salud á prueba de desengaños.
Con esto, el romanticismo se elevó de entrete-
nimiento literario á doctrina política, y asi per-
maneció en estado de incubación hasta que la
paz de 1851 le trajo al gobierno. Entonces se vie-
ron cosas muy raras. Los poetas sentimentales,
los escritores de novelas fúnebres, los aspirantes
á suicidas, los que miraban la salud como una
peste y la riqueza como una maldición ; los que
reputaban la alegría dote de zafios y la elegancia
privilejio de perdularios ; todas esas gentes, en
fin, que habian escrito y disertado tan primoro-
samente para convencer á la humanidad que su
estado normal debia ser la hipocondría, y el de-
saseo, escalaron repentinamente los puestos pú-
blicos y se presentaron en ellos zahumados y ale-
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2o6 Estudios Literarios
gres, lucios y bien mantenidos, con el agregad
de una tendencia á perpetuarse en el manejo (
los negocios políticos, que ya pasaba de brom^
Para que la subversión revistiera su mas ác
plio carácter, cambiaron el valor corriente de la|
palabras, pretendiendo dar significado conved
cional á ciertas reticencias y giros con que huiai|
las dificultades. La metáfora jugaba un pape
importante en la distribución metódica de es
grandes frases; y á ello debieron su predicameu
to el bastón de Tarquino para significar toda pa
cificacion impuesta, y el lecho de Procusto paral
determinar toda igualdad forzada. Mano ciclópeal
de la industria, se llamó el progreso industrial; y I
sacerdocio político á la faena de los redactores del
diarios. Al lado de estos términos de color subido
y que eran como los fuegos artificiales de la gran
dialéctica, empleaban otros más vulgares, pero
no menos enigmáticos. Decían tiempo al tiempo,
cuando se les echaba en rostro su inutilidad; ó
hemos de vernos las caras cuando sufrian alguna
derrota. Llamaban solemne á toda situación que
les contara en sus filas; decorosa á toda medida
buena ó trivial en que hubieran intervenido. Las
frases «noble actitud,» «solución de principios,»
«defensa de los intereses mas caros,» las emplea-
ba todo el mundo á propósito de cualquier cosa.
La irupcion de melancolía que inundara anterior-
mente el lenguaje literario, fué desalojada y ba-
rrida por esta irupcion de solemnidad.
Entre los corifeos mas sonados de la escuela,
brilló desde luego don Juan Carlos Gómez; talen-
to elegante y paradójico, naturalmente inclinado
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Juan Carlos Gomei 207
á la anarquía. Ninguno mas hábil que él, para es-
".""cribir un artículo apasionado ó para improvisar
^' r'xia discurso fogoso; pero ninguno menos apto
^ \ tampoco para sostener una situación ó discipli-
'"^ f nar un partido. Se habia hecho hombre en Chile,
'' " á donde emigró muy joven para no tomar parte
^ en la contienda contra Oribe y Rosas, y de allí
'' volvió al país luego de ajustarse la paz de 185 1 .
Venia lleno de sí mismo, engreído, enamorado
-"; de su persona. Las atenciones de que habia sido
^^^ obgeto entre los chilenos, que á título de estran-
■ gero no tenían razón de temerle ni obgeto en de-
^ primirle, le habían cegado apunto de creerse su-
" perior á sus compatriotas y dueño de recursos
desconocidos para ellos. El desden con que se
nos ha tratado siempre en el esterior, gracias á
nuestra indiferencia incurable por la opinión
ajena, le habia contaminado, formando en él una
profunda convicción de lo poco que valíamos;
convicción que no le abandonó ni en los últimos
momentos de su vida. Desconocía por completo
la historia nacional, y nunca pudo formarse un
criterio exacto de los motivos que determinaron
nuestra independencia, ni de los inconvenientes
que hacen tan penoso nuestro tránsito de la escla-
vitud al ejercicio del gobierno propio. Con tales
ideas, se presentó en el escenario político, no co-
mo quién viene á merecer, sino como quien entra
á mandar por derecho adquirido; y su primer pa-
so fué dar calor á la idea de la formación de un
nuevo partido; porque ni le gustaban ios existen-
tes, ni podía lisongearse de gobernarlos, pues ca-
recía de servicios para ello.
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ao8 Estudios LUerarios
Por una aberración de las que eran tan comJ
oes en sus procederes públicos, al nuevo partidJ
revolucionario hasta la médula de los huesos, ■
llamó conservador. Una vez constituido,' empeil
ese grupo político á derribar gobiernos; prima
ramente cada año, después cada seis meses, des-
pués cada tres, después cada semana. La estraní
nomenclatura institucional que todavía nos sor-
prende hoy, «triunvirato», «gobierno provisorio»,
«asamblea doble»; fué puesta en circulación enJ
tonces para caracterizar las evoluciones de la
anarquía. En estos dares y tomares, don Juan
Carlos Gome¿ fué diputado y ministro ; después
se apartó de la política activa residiendo por al-
gún tiempo en Buenos Aires, más tarde vino de
nuevo al país incorporándose al periodismo en la
lucha electoral iniciada bajo el gobierno de Pe-
reyra, hasta que desterrado por éste, volvió á la
opuesta orilla, instalándose allí definitivamente.
Establecido en Buenos Aires, distrajo los ocios
que le dejaba su bufete en tratar por la prensa te-
mas políticos. También cultivó la poesía, mos-
trando en ello dotes muy felices, aunque no ori-
jinalidad ; pues muchas de sus composiciones se
resienten de una marcada imitación de los mo-
dernos líricos franceses. Lo que le caracterizaba
como poeta era la ternura, y como versificador la
melodía de la estrofa. Descuellan entre sus pro-
ducciones, un romance titulado /ia 3^ Vuelta, cu-
ya delicadeza es irreprochable : un canto á la Li-
bertad, que vale más por su energía que por su
mérito poético, y uno á la Poesía, escrito en for-
ma de miniatura. Aunque no está mal que el poe-
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Juan Carlos Gome:^ 209
;-r/.ta hable de sí mismo, Gómez abusaba de este re-
¿:^' curso, narrando en todos los tonos su destierro,
;^. .>:sus dolores y sus perdidas esperanzas.
,-^; Como periodista procedía de otro modo. En-
.; - tonces no se quejaba, sino que increpaba y mal-
;.s- decia ; ofreciendo singular contraste la vehemen-
r2¿l cia de sus artículos, con los ayes quejumbrosos
;,^r de SU estro poético. El continuado debate que
, - sostuvo en la prensa argentina, casi sólo contra
,.- todos y arriesgando la vida, perfeccionó su estilo
. ; de tal modo, dio tal concisión á su frase, una pre-
^ •; cisión tan exacta á sus determinaciones, un corte
., tan elegante y una contundencia tan terrrible á
,. su modo de esponer ; que llegó á hacerle el pri-
,,^ mer periodista del Plata, por común asenso de
,v amigos y adversarios. Era implacable en la polé-
mica, hasta desesperar á sus contendores por lo
atinado de los golpes ; y es fama que cuando Ur-
- quiza guerreaba contra Buenos Aires, se sintió
tan hondamente herido por uno de sus artículos,
.^ que estrujando el diario entre las manos, prome-
tió colgar á Gómez en cuanto tomase la ciudad.
Afortunadamente para el aludido, la ciudad resis-
tió y triunfó.
Los tiempos cambiaron con ese motivo, y de
ahí á pocos años, el partido unitario de Buenos
Aires coronó sus victorias reorganizando la na-
cionalidad, bajo el influjo de sus hombres. Triun-
; fante la influencia porteña en la Confederación
Argentina, Gómez pretendió llevar á efecto la idea
por escelencia rosista, de incorporar este país á
aquel. Para lograrlo y por via de preparación aus-
piciosa, empezó á escribir denigrándonos con
E. L. 14
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2IO Estudios Literarios
igual ferocidad á laque empleó el tirano Rosas en
su diabólica táctica. Desde Artigas hasta Flores,
todos los prohombres uruguayos fueron presen-
tados á la opinión argentina como gauchos rebel-
des, cínicamente ambiciosos y profundamente
inmorales. La generación actual, era para él una
generación cobarde y servil : y sus hombres es-
pectables, políticos lame-platos vendidos al oro
brasilero. Ño habiaen este país, á quien él llaxnar
ha perdido no sabemos por qué, otro hombre ho-
nesto, intachable, probo, patriota, que don Juan
Carlos Gómez ; y lo decia y lo juraba con la ma-
yor seriedad ; y escribía en sus artículos frases
tan jactanciosas como esta : en diez años he hecho
más que SieyeSy — he sufrido ; y tan vacías como
esta otra : yo soy una idea que avanza en triunfo al
capitolio de la libertad! Con tal autobiografía, y la
panacea de la anexión se despachaba á su gusto .
Ya que hemos de examinar á fondo algunas de
las causales espuestas por nuestro romántico
compatriota en abono de sus estrafalarias doctri-
nas, hagamos una reflexión preliminar. El pro-
blema de la independencia de las naciones, será
siempre un tópico de discusión interesante, para
los pensadores y para los hombres políticos. En
los pueblos sud-americanos, sobre todo, donde
el criterio público no aparece definitivamente for-
mado respecto á las bases fundamentales de or-
ganización y de sistema, esa discusión reviste to-
davía caracteres de interés mayor, en cuanto
determina las opiniones de personajes especta-
bles y perfila las aspiraciones más ó menos acen-
tuadas de las multitudes. Hay pues lejítima
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Juan Carlos Gome^;^ 211
cabida para todos, en un debate de este género.
En lo que toca al Uruguay, empero, la contro-
versia sobre su independencia,— hecho fatal que se
ha realizado en el tiempo y en el espacio, eleván-
dose á la categoría de una ley histórica é influ-
yendo en la vida, forma y organización de cinco
naciones— no puede presentar ningún peligro.
Cuando menos, ella concurrirá á fijar una base
para todas las opiniones vacilantes, esclareciendo
puntos oscuros. Cuando más, ella confirmará el
fallo providencial que preside á la emersión de
las nacionalidades, haciendo ver que no nacen al
acaso los pueblos, ni caminan sin rumbo en la
prosecución de su vida azarosa, ni derraman su
sangre y gastan sus caudales por el prurito de
ostentar una fiebre de combate que repugna al
egoísmo innato en el hombre.
La República del Uruguay es independiente,
por el esfuerzo de sus hijos y contra la voluntad
de sus dominadores intrusos. San José y las Pie-
dras demostraron que no queríamos ser espa-
ñoles; Guayabos y Cagancha que no queríamos
ser argentinos, Haedo y Sarandí que no quería-
mos ser brasileros. Las combinaciones diplomá-
ticas y aun las vistas particulares de propios y
estraños, se estrellaron durante todo el largo pe-
ríodo de la lucha por la independencia, contra
estas determinaciones airadas de la voluntad na-
cional, triunfando por último el pueblo, que era
quien habia preparado, proseguido y alcanzado
la conquista de su emancipación política.
Apesar de tan claros é irrefutables testimonios;
don Juan Carlos Gómez, escribía con aquel tono
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212 Estudios Literarios
solemne y sentencioso de su escuela : « Hé afir-
mado que la nacionalidad nos fué impuesta por
una presión de fuerza y de fraude. Que el Estado
Oriental no la creó ni la aceptó por acto propio
de soberanía, ó de propia voluntad. Que felta el
consentimiento oriental á la nacionalidad impuesta
por Pedro I y Manuel Dorrego. Y he apelado al
fallo del mismo Estado Oriental libremente es-
presado. Se me ha contestado con el quien calla
otoigay singular forma de manifestarse la sobera-
nía, para esos políticos de tres al cuarto, patriotas
lame-platos que proveen á los tiranuelos de teo-
rías y doctrinas, como los tinterillos proveían á
los caudillos que no sabían leer, de retórica para
las proclamas y los oficios. Quien calla otorga^
quiere decir, en el idioma de la moral, el silencio
del miedo justifica la tiranía, la impunidad glo-
rifica el crimen, el pavor de la víctima es la apo-
teosis del verdugo. Por eso el honrado y sabio
lejislador de las Partidas esclamó indignado:
« mentira! quien calla no otorga, sino que sufre y
devora sus lágrimas de indignación y de cólera. »
Ya escampa y llovían necedades!— A menos
de no pertenecer por completo al género simple^
es imposible afimar que un hombre de estado
tan eminente como don Pedro I , y un políti-
co tan avisado como don Manuel Dorrego, nos
impusieran la independencia, traicionando los in-
tereses de sus países respectivos , esterilizando
sus sacrificios, y creándose un obstáculo en la
frontera, por el gusto de alardear generosidades
que no han entrado jamás como dato en los cál-
culos de los hombres destinados á influir sobre
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Juan Carlos Gomei 213
el futuro de un pueblo. Basta conocer por lo que
respecta al Brasil, la política de la casa de Bra-
ganza, para hacerse cargo que una dinastía que
estuvo á punto de hacer fracasar el tratado de
Utrech al solo obgeto de quedarse con la Colonia
del Sacramento; que más tarde encendió la gue-
rra con España para posesionarse de Montevideo,
Maldonado y las Misiones; que después hizo entrar
un ejército á nuestro territorio, bajo D. Juan VI,
para oponerse á los progresos de Artigas; que
bajo D. Pedro I envió 14,000 soldados con el ba-
rón de la Laguna para conquistarnos y gober-
narnos, y que desde el año 1825 al 1829 costeó y
mantuvo 20,000 soldados sobre el suelo urugua-
yo, grandes flotas navales en nuestros rios, y
agotó sus tesoros para conservar el dominio de
la tierra; basta conocer todo esto, para hacerse
cargo de que nunca pasó por la mente de los
hombres políticos portugueses y brasileros, des-
prenderse de este país.
Y tan cierto es ello, que en el año de 1830, ya
independiente el Uruguay, tentó todavía el gabi-
nete brasilero una negociación en Europa para
incorporarnos al Imperio, monarquizando de pa-
so á toda la América del Sur ; y en las instruccio-
nes secretas, que el ministro Calmon du Pin é
Almeida envió al marqués de Sancto Amaro en
21 de Abril para interesar á la Francia y á la In-
glaterra en su propósito, decia lo siguiente : « En
cuanto al nuevo Estado Oriental ó Provincia Cis-
platina, que no hace parte del territorio Argenti-
no, que ya estuvo incorporado al Brasil y que no
puede existir independiente de otro Estado, V. E. tra-
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214 Estudios Uler arios
tará oportunamente y con franqueza de la necesi-
dad de incorporarlo oirá vez al Imperio, Es el único
lado vulnerable del Brasil. Es difícil si no imposi-
ble reprimir las hostilidades reciprocas y obstar
á la mutua impunidad de los habitantes malhe-
chores de una y otra frontera. Es el limite natural
del Imperio, Es, en fin, el medio eficaz de remo-
ver y prevenir ulteriores discordias entre el Bra-
sil y los Estados del Sud. — Y, en caso que la
Francia y la Inglaterra se opongan á esta reunión
al Brasil, V. E. insistirá por medio de razones de
conveniencia politica que son obvias^ en que el Esta-
do Oriental se conserve independiente, constitui-
do en gran Ducado ó Principado, de suerte que
de modo alguno vaya á formar parte de la Monar-
quía argentina » .
Es llano pues, que ni don Juan VI, ni don Pe-
dro I, ni el actual monarca del Brasil bajo cuyo
gobierno se espidieron las instrucciones que aca-
ban de citarse, pudieron ver nunca con gusto que
este país dejara de perteñecerles. Desde que le
consideraban como el limite natural del Imperio,
mal podian desprenderse de ese límite. Desde
que le reputaban el único lado vulnerable del Bra-
sil, mal podian dejar ese lado vulnerable en des-
cubierto. Si don Pedro I cedió en último resulta-
do á que este país se organizara independiente-
mente, fué después de haber agotado todos los
medios de resistencia, después de haberse puesto
él mismo á la cabeza de sus ejércitos en Rio
Grande, después de haber contemplado sus bar-
cos destruidos y sus tesoros agotados. No fué él,
pues, quien nos impuso la independencia, sino
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Juan Carlos Góme^ 215
que fuimos nosotros quienes se la impusimos
á él .
¿ Qué decir de don Manuel Dorrego, represen-
tante de la política argentina y gobernador de
Buenos Aires, á la fecha del Tratado preliminar
de Paz?— Todos conocen la vida de Dorrego : él
fué uno de los gefes que entraron á nuestro terri-
torio con Alvear y Soler para radicar el dominio
argentino, y el fué precisamente el gefe vencido
en Guayabos. — La historia ha recojido las pala-
bras de Dorrego estampadas en el diario que él
dirijia en 1829, al dia siguiente de conocerse en
Buenos Aires la noticia de la victoria de Ituzain-
gó. Oigamos esas palabras que son la profesión
defé y el programa político de un gefe de partido
y de un candidato al gobierno de su país : « Ho-
nor y gratitud á los generales, oficialidad y tropa
del benemérito ejército de operaciones. Su intre-
pidez y pericia han sido coronadas con la brillan-
te acción contenida en el documento que precede.
El Tribuno reputa la victoria de Ituzaingó, de una
suma importancia, no solo por que ella arranca
la presa de manos de un usurpador, haciéndole
conocer que nueslra T^epública tiene unos limites de-
marcados y reconocidos y y en los que debefijaj-^e esta
inscripción hasta aquí y no más ; sino también
porque resuelve el problema de que nos eraimpo-
sible la reocupacion de la Provincia Oriental, y los
que clasificaron dé criminales á los treinta y tres
héroes que dieron principio á la lucha en que nos
hallamos envueltos, , deben ser reputados ó por
cobardes imbéciles ó por enemigos del honor ar-
gentino. En igual punto de vista coloca El Tri-
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2i6 Esludios Literarios
buno á los que tal vez en estos dias opinaban por
una transacción ignominiosa y degradantey que de-
bia tener por base la pérdida ó segregación de la
Provincia Oriental » . Hé aquí como pensaba Do-
rrego, el dia antes de subir al poder.
Y no paró ciertamente en esto, el impulso de la
idea dominante en su ánimo, con respecto á la
anexión de nuestro país. Luego de hallarse inves-
tido con el gobierno, elevó á la Lejislatura el cé-
lebre Mensaje de 14 de Setiembre de 1827, en el
cual hacia en ásperos conceptos la recapitulación
histórica de los actos de Rivadavia. Al llegará la
parte relativa á la guerra con el Brasil, el gober-
nante porteño censuraba espresamente la con-
ducta del general Alvear, gefe de las tropas ar-
gentinas en nuestro territorio; «por no haber
APROVECHADO MEJOR LAS CIRCUNSTANCIAS DE LA VIC-
TORIA,» y también «por haber destruido con dema-
siada impericia los inmensos depósitos agarrados
al enemigo » . ■— Se vé pues, que tampoco resulta
probado ni podrá probarse jamás, que Dorrego
nos impuso la independencia. No podia él traicio-
nar los intereses de su país, ni los suyos propios,
concurriendo á desmembrar á la República Ar-
gentina de un trozo de tierra que aquella nación
consideró siempre como complemento necesario
á su influencia moral y material en la América.
A semejanza de don Pedro I, no fué Dorrego
quien nos impuso la independencia, sino que fui-
mos nosotros quienes se la impusimos á él.
En la revolución de 1825, la idea dominante por
parte del Brasil fué la de sostener á todo trance
el dominio del territorio Uruguayo; mientras
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Juan Carlos Gómez 217
que por parte de la República Argentina la idea
dominante fué reivindicar á todo trance la domi-
nación de este territorio. Tan evidente es esto,
que basta echar una ojeada sobre los documen-
tos de la época, para adquirir absoluta seguridad
de la fijeza del plan tramado por ambas naciones
contendientes. Y puede el sentido común discu-
rrir sin ausilio de documento alguno, que no ha-
bian de lanzarse á lucha tan desesperada y en
momentos tan graves dos naciones, por el placer
de imponerle la independencia á una tercera. Era
cuestión de dominio continental, de preponde-
rancia militar, de organización definitiva lo que
el Brasil y la República Argentina perseguían, y
si fallaron sus cálculos fué porque no conocían ó
afectaban desconocer la tendencia irresistible que
habia forzado y forzará siempre al pueblo urugua-
yo á conservar y defender su independencia.
Así fué que cuando Rivera apareció nuevamen-
te en la escena, sublevando al pueblo y deslum-
hrando á todos con sus victorias, sintiéronse so-
brecojidos de terror los dos rivales que aspiraban
á dominarnos. Comenzaron las intrigas contra
aquel caudillo, luego se pasó á la persecución,
mas tarde se tentaron los ofrecimientos y las dá-
divas : pero todo fué en vano, porque Rivera te-
nia la conciencia de su fuerza en aquel momento,
ó por mejor decir, él era la fuerza de la revolu-
ción. Representaba al pueblo llano, al pueblo que
lucha y muere sin quejarse, que no pide más
que un gefe que lo guie, conformándose con la
oscuridad y la victoria. Y tan cierto es que Rive-
ra reasumía en su persona el pensamiento y la
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2i8 Estudios Liter artos
fuerza popular, que ni el prestijio de Lavalleja,
gefe de los Treinta y Tres, ni los esfuerzos de
Alvear vencedor y rodeado de tropas aguerridas,
pudieron contener los progresos del caudillo, ni
impedir su triunfo.
Entonces vino la paz, y Rivera habló como due-
ño. Al acusar recibo á la nota en que se la comu-
nicaban, escribió desde su cuartel general de Itú
las siguientes palabras memorables al gobierno
Provisorio de la República — «Excmo. señor — El
ejército del Norte formando un ángulo de la Pro-
vincia Oriental, por la unión voluntaria de sus
habitantes, y guiado por uno de los mas antiguos
de sus soldados al centro de las Misiones Orien-
tales, enarboló en él la bandera de la República,
por cuyos medios forzó al enemigo á multiplicar
y dividir sus fuerzas, ya debilitadas por los triun-
fos del Rincón, del Sarandi y de Ituzaingó, y pa-
ra mantenerla invadió el continente colateral con
la probabilidad de estender los triunfos de las
armas de la República más allá de San Pablo y
aun de Santa Catalina. En este estado el gobier-
no de la República de las Provincias Unidas man-
dó plenipotenciaros á Rio de Janeiro, y ajustó los
preliminares de una paz que restaura las ahora
conquistadas Misiones al Imperio del Brasil; pero
que desata la Provincia Oriental de las Provincias
UnidaSy asegurando su absoluta independencia, con
lo cual echa el primer paso fundamental á sus al-
tos destinos. La soberanía Oriental forma la base
de ese tratado, y este era el único obgeto del orijen de
la invasión de las Misiones, Por consiguiente, la
guerra ha cesado para el ejército del Norte etc. »
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Jtuin Carlos Gomei 219
Rivera manifestaba en este oficio, con toda cla-
ridad, el espíritu de que estabada poseido y las
sujestiones populares á que obedeciera en su úl-
tima compaña militar. La comunicación escrita
al Gobierno Provisorio desde Itíi, es el programa
de la revolución. No hay reticencias de estilo, ni
misterios de forma en las declaraciones del cau-
dillo. El ejército del norte habia desenvainado su
espada « para desatar la Provincia Oriental de las
Provincias Unidas, » y ahora que la absoluta inde-
pendencia de la Provincia Oriental estaba asegu-
rada, aquel ejército volvia la espada á la vaina.
« La soberanía Oriental habia sido el único obgeto
del orijen de la invasión á las Misiones » . Esto es
rotundamente claro. Ni podia esperarse otra co-
sa del hombre que asumiera la personería de la
revolución ; porque no se comprenden las revo-
luciones sobre procedimientos ambiguos, ni las
declaraciones fundamentales en términos medios.
Sinembargo, don Juan Carlos Gómez, llamaba
políticos de tres al cuarto y patriotas lame-platos
á los sostenedores de la independencia nacional;
y se atrevia á decir que el Estado Oriental a no
creó ni aceptó su independencia por acto alguno
de propia soberanía, ó de propia voluntad. » Esto
rebasa el colmo del atolondramiento. ¿No es un
acto de propia y muy lejítima soberanía, la de-
claración de la Asamblea de la Florida, decre-
tando írritos, nulos y de ningún valor los lazos de
incorporación que nos ligaban á los intrusos po-
deres de Portugal y el Brasil ? ¿ No es un acto de
soberanía el oficio del general en gefe del ejército
del Norte, declarando á nombre del pueblo ar-
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220 Estudios Literarios
mado, que la Provincia Oriental recuf>eraba su
absoluta independencia y quedaba desatada de
las Provincias Unidas del Rio de la Plata ? ¿ No
es un acto de soberanía indiscutible é inalienable
la declaración espresa de los artículos 2.® y 3.® de
la Constitución de la República, que dicen: «c/
Estado Oriental es y será siempre libre é indepen-
diente de todo poder estrangero,— jamás será el patri-
monio de persona ni de familia alguna?
Ninguna de estas razones convencían á don
Juan Carlos, decidido á conseguir el triunfo del
plan de don Juan Manuel, su mentor en la patra-
ña de la anexión. Revolviendo papeles, dio coa
una segunda acta de la Asamblea de la Florida,
en la cual, declarada ya la independencia, se pro-
clamó la incorporación de este país á la Repúbli-
ca Argentina, por motivos que todos conocen.
Aquí fué Troya: don Juan Carlos se alzó triunfan-
te con su descubrimiento, y emprendió un ver-
dadero alegato de leguleyo. «¿Cómo conciliais
vuestra declaratoria de independencia, con la de-
claración inmediata de incorporación á la Repú-
* blica Argentina;— preguntaba,— si en este con-
flicto de leyes que se contradicen, la segunda
deroga forzosamente á la primera? Si el 25 de
Agosto de 1825 os declarasteis independientes
por una acta, y en seguida os incorporasteis á los
argentinos por otra acta; borrasteis con la se-
gunda disposición lo que habíais escrito en la
primera. » De suyo estaban contestadas estas ma-
jaderías, con exhibir á la República independien-
te, libre y constituida, apesar de todas las actas
opuestas á ello que pudieran haberse escrito en
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Juan Carlos Gotne^ 221
el curso de la revolución de 1825. No es argumen-
to, ni ha podido serlo nunca contra la indepen-
cia actual de un país, las declaraciones anteriores,
verbales ó escritas, de asambleas ó de caudillos,
que puedan haber afectado esa independencia
por cualquier circunstancia. La doctrina univer-
sal y corriente estatuye, que constituida libre-
mente una nación y reconocida como tal, todo
acto anterior que desdiga ese hecho, resulta nu-
lo. Pero la segunda acta de 1825 tiene una espli-
cacion perentoria, y este es el caso de recordarla.
Cuando se produjo la invasión de Lavalleja al
territorio uruguayo, los Estados cuyo interés po-
lítico hería de distintas maneras aquella inva-
sión, se encontraban en preponderancia seña-
lada. Rejia el Imperio del Brasil don Pedro I,
soberano orijinario y descendiente de aquella
ilustre casa de Braganza, á quien Portugal debe
su libertad é independencia, y en cuyo vastago el
Brasil, trasformado ya en nación, habia deposita-
do las riendas del gobierno. Era don Pedro, de
condición política muy sagaz, y los sucesos le
acreditaron más tarde con aplauso de gran sol-
dado. Habia hecho prácticas durante un gobierno
breve las mas acentuadas aspiraciones de la ma-
yoría de su país adoptivo, promoviendo la ratifi-
cación por la Metrópoli de la independencia bra-
silera, dando una Constitución al Imperio, sofo-
cando la revolución republicana, y realizando el
dorado sueño de incorporar á sus Estados todo
el territorio uruguayo, profundo y permanente
obgeto de los hombres políticos portugueses y
de sus sucesores .
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222 Esludios Literarios
Por su parte la República Argentina, aunque
menos habilitada que su ríval para calzar el
coturno de las naciones fuertes, presentaba sin
embargo, por sus recuerdos militares, sus re-
cientes tratados de pacificación con el estrange-
ro y sus tentativas de organización gubernativa,
una fuerza moral muy ponderable. Habia gue-
rreado victoriosamente contra la España y ahora
entraba en tratos con ella para solidificar las
relaciones rotas con motivo de la separación
orijinada por la independencia. Además, los
brillantes triunfos de Bolívar y Sucre en Junin
yAyacucho, ponian fin al dominio español en
América, robusteniendo de paso la acción del
gobierno argentino, sea para negociar, sea para
organizarse. Por último, un hombre político
muy sonado, don Bernardino Rivadavia, dirijia
los negocios de su país desde el Ministerio, y se
dejaba sentir ya, que muy pronto los dirijiria des-
de posición mas elevada.
En estas circunstancias, pisó Lavalleja el Are-
nal Grande. No acompañaban al caudillo urugua-
yo mas que treinta y dos compañeros, señal ine-
quívoca de la escasez de sus recursos. Ningún
apoyo esterior daba á su empresa colorido de
éxito. Todo cuanto se hiciera anteriormente para
independizar al Uruguay, habia fracasado del
modo mas desconsolador. Una misión enviada
ante Bolívar por ciudadanos de Montevideo, re-
cibió l,a simulada repulsa de entenderse con el
gobernador de Córdoba !~Una revolución produ-
cida por el coronel Bauza en Buenos Aires, á fin
de colocar un gobierno simpático á los urugua-
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Juan Carlos Gomei 223
y os, dio por resultado la aprehensicn de aquel
gefe y su entrega á los portugueses!— Una tenta-
tiva de negociación de don Santiago Vázquez pa-
ra aprovecharla disidencia momentánea de Por-
tugal y el Brasil, salvando siquiera nuestra auto-
nomía de Provincia argentina, sucumbió al ini-
ciarse ! ~ Lavalleja pisaba el suelo de la Patria,
abandonado á su fortuna, contando con posibili-
dades aleatorias, empeñado á semejanza de Tra-
síbulo en una facción que no tenia otra salida 16-
jica que el desastre, otra escusa que la desespe-
ración, otra recompensa probable que la muerte.
Bajo tales auspicios comenzó la esforzada
contienda de los Treinta y Tres, que debia de-
volvernos nuestra independencia nacional per-
dida, dignificándonos con la fundación de ins-
tituciones republicanas . Dios habia querido que
los sufrimientos de un pueblo honrado, gene-
roso, varonil y sobrio, no se esterilizasen por
el capricho de los hombres ; y que la constancia
y las virtudes desplegadas en tantos años de com-
bates, encontraran al fin la recompensa que me-
recen el patriotismo trasmitido de generación en
generación, y el sacrificio aceptado sin réplica
por los herederos de un infortunio de tres siglos.
Comenzó la lucha . —¿ Cuáles eran los elemen-
tos del Brasil en el Uruguay? 12000 hombres en
las fronteras de la Provincia de Rio Grande ; 5000
en Montevideo ; 1000 en la Colonia ; 1000 en Mal-
donado y Gorriti ; 500 en las islas de Lobos . — To-
tal, 19500 soldados veteranos de todas armas,
y el dominio esclusivo del país . — Contra esta
masa de elementos organizados debia luchar en
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224 Estudios Literarios
primer término Lavalleja, que no tenia consigo
mas que un puñado de compañeros, sin otra fuer-
za moral que su heroísmo, ni otros recursos ma-
teriales que unas cuantas cañas tacuaras con cu-
chillos en la punta.
Pero habia en segundo término otro obstáculo,
que disminuía la poca fuerza moral de los Trein-
ta y Tres . — El gobierno argentino se mostraba
contrario á la empresa, ostentando conducta muy
parecida á la que ostentara en 1817 cuando los
portugueses concluyeron con Artigas . — Interpe-
lado por el ájente brasilero en Buenos Aires, res-
pecto á la espedicion de Lavalleja, contestó lo si-
guiente: «Buenos Aires, Mayo 2 de 1825. — El
Ministro que suscribe, habiendo puesto en la con-
sideración de su Gobierno la nota que el señor
Cónsul del Estado del Brasil le ha dirijido con fe-
cha de 30 de Abril último, pidiéndole esplicacio-
nes con respeto á la empresa que refiere de al-
gunos emigrados de Montevideo, asilados en esta
plaza, se halla encargado por su gobierno de de-
cir en contestación á dicho señor Cónsul, que
puede continuar desempeñando sus funciones en
esta ciudad, bajo el seguro concepto de que «e/
gobierno cumplirá lealmente con todas las obligacio-
nes que reconoce, » mientras permanezca en paz y
buena armonía con el gobierno de S. M. I. : de-
biendo agregar el que suscribe con relación á la
tentativa que anuncia el señor Cónsul, que no está
ni puede estar en los principios bastantemente acredi-
tados de este gobierno, el adoptar en ningún caso me-
dios innobles, ni menos fomentar empresas que no
sean dignas de un gobierno regula*'. — El Ministro
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Juan Carlos Gómez . 225
que suscribe saluda al señor Cónsul con su acos-
tumbrada consideración .—üfantíe/ José García--
Señor Cónsul del Brasil, etc. »
Es evidente, pues, que Lavalleja entraba á la
lucha, chocando de frente con la hostilidad mili-
tar y politica del Imperio del Brasil, y con la des-
confianza frid y acentuada del gobierno argenti-
no. Pormás que el caudillo uruguayo se propi-
cíasela alianza de Rivera, decidiendo con ella el
pronunciamiento pleno de los elementos nacio-
nales, esto no le quitaba de encima la enemistad
de dos naciones poderosas que ^acechaban sus
pasos para aprovechar el primero de sus desas-
tres. De ahí que Lavalleja se viera en la necesi-
dad de transar con las circunstancias, convocan-
do una Asamblea en la Florida, que declaró á la
Banda Oriental del Uruguay independiente del
Brasil é incorporada á la Confederación Argenti-
na. Se ha dicho sinembargo, que esta Asamblea
fué traidora á su misión, y comprometió los inte-
reses que la estaban confiados. Así se juzgan los
actos de los hombres, y se perpetúan las ingrati-
tudes de los pueblos !
La Asamblea de la Florida procedió con la
grandeza de un patriotismo sin tacha, y con las
vistas profundas de una política elevada. Encon-
tró delante de sí una nación poderosa que la era
hostil, y otra nación pujante que iba á serlo. No
tenia en su apoyo al instalarse, otros recursos que
una fuerza moral de dudosos quilates, y una fuer-
za material que sumaba ochocientos gauchos. Co-
locada en situación tan ardua, rompió de frente
con el Brasil que era el enemigo mas terrible, y
E. L. 15
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22Ó Estudios Uierartos
trató de comprometer en su favor á la República
Argentina, presentándola las probabilidades de
un engrandecimiento territorial. Esta política
surtió todo el efecto deseado, luego de saberse en
Buenos Aires que habiamos ganado las batallas
del Rincón y Sarandi. Aturdidos los argentinos
por una promesa que parecía tener propicia á la
victoria, admitieron en el Congreso á don Javier
Gomensoro, Representante del Uruguay, resol-
viendo desde luego su intromisión en nuestros
asuntos y su hostilidad contra el Brasil .—Tal fué
la historia de los trabajos de la Asamblea de la
Florida.
La entrada de los argentinos á la contienda,
determinó una nueva faz de la cuestión. Ellos se
hablan presentado venciendo en Ituzaingó, y
ahora hablaban como dueños en los consejos de
la diplomacia. Haciaseles poco llevadero el per-
der una Provincia que consideraban como suya
desde abolengo, y no se avenían á ninguna nego-
ciación que no complementase su triunfo. Por
su parte los brasileros, pecaban por iguales in-
quietudes, y consideraban con razón que era un
asunto de preponderancia para su país y de co-
rona para su soberano, el perder ó ganar el terri-
torio del Uruguay. Comenzáronse pues, aquellas
largas negociaciones en que cada uno de los
dos rivales pretendía engañarse, ora proponien-
do que este país fuera un gran Ducado, ora que
fuese una Provincia federalizada, ó en último
caso que se neutralizara por cinco años. Todo
esto no hizo más que embrollar la situación po-
niendo de manifiesto que ninguno quería aban-
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Juan Carlos Gome\ 227
donar la tierra donde habia sentado sus reales ;
pero demostrando también que tanto un rival
como el otro eran impotentes para imponer su
voluntad si el pueblo, dueño de la tierra en dispu-
ta, no les ayudaba. La anarquía se pronunció en
toda la línea .
Entonces tocó al pueblo uruguayo decir la úl-
tima palabra. De entre los escombros de tanta
ruina, se levantó sañudo el verdadero partido de
la revolución, hizo á un lado á los contendientes
estrangeros, y tremoló impávido el estandarte de
la independencia. Rivera escapado providencial-
mente á las órdenes de prisión del gobierno de
Buenos Aires y á los fogonazos de los soldados
de Orib¿, invadió y conquistó las Misiones, le-
vantó un ejército, apoyó al gobierno nacional
instalado en la Florida, y se presentó como la es-
presion característica de nuestros deseos y de
nuestras esperanzas. Desde aquel momento, to-
do quedó concluido, llevando cada uno en lote
los designios de la suerte: nosotros, la indepen-
dencia; D. Pedro de Braganza, la proscripción;
Buenos Aires, la tiranía de Rosas.—El drama ha-
bia tocado á su término.
Tales son los antecedentes históricos que don
Juan Carlos Gómez negaba al defender su pro-
yecto anexista ; y ya ha podido apreciarse la tác-
tica empleada por él contra los que pretendían
recprdárselos. Una parte de la prensa de Buenos
Aires, al comenzar esa propaganda subversiva,
dio en apoyarla ; paro á la larga, los órganos se-
rios de opinión repudiaron como quimeras de un
visionario las especulaciones políticas del viejo
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228 Estudios Literarios
soñador. Entonces Gómez, fastidiado de todo
y de todos, se retiró d¿ la politica activa, en cuyo
campo acababa por otra parte de recibir un duro
revés, con el fiasco de la candidatura presidencial
de Sarmiento, que tuvo el mal tino de patrocinar.
De su retiro le sacó la Facultad de derecho y
ciencias sociales de Buenos Aires, confiándole en
1884 la cátedra de Filosofía del derecho, que ape-
nas regenteó unos dias, muriendo en Mayo de
ese mismo año.
Sus partidarios levantaron la voz en todos los
tonos, para decir que habia caido el hombre más
austero, más patriota y más capaz que produjera
nunca el país. Los hechos capitales de su vida,
que á grandes rasgos acabamos de narrar, com-
probarán hasta donde pueda admitirse semejante
juicio.
Contrayéndonos ahora al literato, creemos que
su muerte mató la escuela romántica uruguaya.
No nos aflije que esa escuela desaparezca: antes lo
reputamos un bien que un mal. Demasiado lijera
para enseñar nada provechoso; llorona hasta ha-
cerse incómoda en un país donde cada cual tiene
hartas penalidades propias para cargar todavía
con las mentidas quejumbres ajenas, la escuela
romántica ha talseado el criterio publico con sus
exajeraciones y lamentos, dañándonos mas allá
de lo que vulgarmente se piensa. Es horade
reaccionar contra ese desvarío, fundando una
literatura nuestra.
Emprendamos la obra de rejeneracion , coa
firme continente y animoso espíritu. Podemos
mirar para atrás sin avergonzarnos : nuestra Re-
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• -*"
Juan Carlos Gome2¿ 229
volucion es la historia de los héroes y de los
mártires; nunca de los opresores, jamás de los ti-
ranos. Sigámosla en la literatura como en la
política, pero sigámosla con fé. Sigámosla en
nombre de los grandes principios que ella pro-
clamó, y de la dignidad de los hombres libres
que ella salvó incólume. Sigámosla en nombre
de los millares de ciudadanos que se sacrifica-
ron en su servicio, desde el indio oscuro cuya
memoria no se conserva, hasta el procer encum-
brado que la selló con su destierro. Sigámosla
como testimonio publicado ante el mundo, de
que fuimos dignos de tener padres apasionados
de la libertad, y de que seremos bastante fieles
para no dejar apagar en nuestro pecho su santa
llama.
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Cuadros de Costumbres
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EL GAUCHO
iN el año de 1768, cuando gobernaba á
Montevideo por el rey de España don
Agustín de la Rosa, fueron espulsados
los jesuítas de nuestras tierras. Con este
motivo, las reducciones uruguayas maltratadas
por los gobernadores militares, empezaron á ser
abandonadas de sus pobladores, los cuales, bus-
cando la tranquilidad y la riqueza se establecie-
ron en buen número sobre las campiñas de Mon-
tevideo y Maldonado. Pronto se iniciaron entre
los nuevos pobladores y los que ya habitaban el
país, relaciones industriales y de orden social que
fueron estrechándose, y por fin resultó, que una
nueva sociedad se habia formado. De en medio
de estos elementos tan diversos, nació un tipo
que era el resultado de todas las fusiones, y
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234 Estudios Literarios
que estaba destinado á desempeñar un gran pa-
pel y á dar su nombre á la población de las cam-
pañas del Plata : era el gaucho.
Los primeros gauchos ó guadérios, sinembargo,
no eran todos uruguayos, pues muchos com-
ponían el número de los portugueses y españoles
fugados de presidio : se les llamaba gauchos
como se les hubiera podido llamar bandidos ú
holgazanes. Pero de allí á poco, hizose estensiva
la designación á todos aquellos que sin quehace-
res fijos, gustaban de vagar errantes por los cam-
pos, ó se hacian notables por sus lances amoro-
sos, sus rencillas y sus cantares. Lo rudimentario
del trabajo y la facilidad de efectuarlo con pocos
brazos, hacia que en todas las familias, numero-
sas de suyo, hubiese siempre un sobrante de va-
rones que no eran absolutamente necesarios á las
faenas domésticas. Los mas enérgicos de ellos,
aguzados por su natural inquieto, abandonaban
pronto el hogar paterno para procurarse atracti-
vos de otro género en medio de una naturaleza
salvaje, luchando con las fieras y los animales ce-
rriles, y aventurándose en los lances apurados de
cualquier género.
Estos fiíeronde aquí para adelante los verdade-
ros gauchos, mezcla informe de grandes pasiones
y de pensamientos mezquinos, arrojados y pueri-
les, trovadores melancólicos que al son de la gui-
tarra cantaban endechas de amor, y en seguida
reñian á cuchillazos por la menor palabra; va-
lientes hasta la temeridad y supersticiosos hasta
la ridiculez. Habia ya en este fruto prematuro de
una raza nueva, todos los rasgos salientes de su
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El Gaucho 235
futuro carácter; parece como que el gaucho hu-
biera presentido por su temeridad sin obgeto y
sus nielancoh'as sin causa, que era el primer es-
labón de una agrupación humana destinada á
conquistar su independencia y su libertad por el
valor militar y la resignación civica. Tal fué el
orí) en del gaucho.
La civilización estendiendo sus beneficios por
los campos, ha trasformado la fisonomía históri-
ca de nuestras poblaciones. Se han edificado
pueblos y ciudades, y han nacido gerarquías so-
ciales que tienden á fiíndir todos los elementos
antiguos en un tipo nuevo. Cuatro clases supe-
riores en ilustración y en recursos propios pesan
hoy sobre el gaucho. El estanciero que sabe leer
y escribir, que generalmente ha hecho la guerra
en calidad de gefe de división, y que ejerce una
gran influencia moral sobre los que le rodean.
El labrador, casado con la tierra de la cual se sus-
tenta. El mozo de pueblo que lee diarios, se ocu-
pa de política, viene una que otra vez á la capital
y se ilustra continuamente. Y por último, el pai"
sano, tipo que se generaliza desde hacen veinte
años, hombre que no sabe leer, pero que tiene
familia y hogar fijo, y que es capataz de estancia
ó puestero. El gaucho queda comprendido, pues,
en la quinta gerarquía de la sociedad de los cam-
pos, y todo indica que en breve desaparecerá de
la escena para convertirse á la nueva civilización.
Pero el perfil de su fisonomía moral es tan acen-
tuado, que la historia le asignará un lugar distin-
guido en sus pajinas, porque no podrá escribirse
la nuestra sin mentarle á él en primer término.
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236 Estudios Literarios
Antes de que el hecho de su transformación se
efectúe, quisiera pintar ai gaucho tal como me lo
representan mis recuerdos de pocos años atrás.
Los habitantes de Montevideo se han formado
en general uha ¡dea muy errada de los gauchos.
Algunos creen que esos peones chacareros, ves-
tidos de andrajos y mal montados que pasean
nuestras calles de tiempo en tiempo, son gauchos.
Otros más instruidos y que han viajado por los
ferro-carriles ó los vapores, visitando los pueblos
del interior, creen que sen gauchos esos camilu-
chos de trastienda que charlan á más no pKxier
con todo el que ven, y cuentan sus historias per-
sonales correjidas y aumentadas á quien tiene el
mal gusto de oírselas. Nada es menos cierto que
esto sinembargo, y el gaucho se burla como nin-
guno de las pretensiones de esa pobre gente. En-
tre cien individuos agrupados en el campo, se
conocerá inmediatamente á un verdadero gaucho
por más pobre que él sea : su caballo ensillado
con esmero, tuzado y acepillado ; su persona lim-
pia, sus prendas de vestir colocadas con gracia
sobre el cuerpo ; sus cabellos y barbas largos,
pero peinados y cuidados, y en fin, aquel aire
atrevido y simpático á la vez, que parece decir á
todos tyo soy el dueño de la tierra, ustedes no
son más que gringos » , es lo que le dá á conocer.
Otro de los errores en que muchos viven es el
8UfK)ner que el gaucho es una especie de bufón
que divierte á las gentes á su costo, y estrecha
amistades con el primero que se le acerca. Tam-
bién es inexacto esto, por que el gaucho sólo es
amigo de sus amigos, es decir, de sus iguales, y
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El Gaucho 237
á los demás ó los respeta ó los desprecia : los res-
peta si son intelijentes ó bravos; los desprecia si
son simples , cobardes 6 hablantines. Por lo ge-
neral, el gaucho es reservado y comedido con las
gentes que no conoce : el temor de decir algún
disparate que le deje en ridiculo, le contiene
siempre de hablar ante estraños. Como él mismo
lo dice, no dad conocer su juego d dos tirones, lo que
equivale á espresar que sólo acostumbra á abrir
juicios sobre loque sabe y ante personas que trata
de continuo. Su conversación, por lo común, ver-
sa sobre aventuras de guerra, lances amorosos y
carreras de caballos. La guitarra y el canto le di-
vierten sobre manera, y es capaz de escuchar sin
fastidio durante toda una noche á un guitarrista.
Tiene como los charrúas la voz floja, y afecta co-
mo ellos un aire circunspecto cuando desea en-
tender con propiedad lo que le dicen y le inte-
resa. No le gusta apresurarse cuando está en
marcha, y se dá el lujo de soportar el rayo del sol
al tranco de su caballo.
Para alabar como para vituperar las personas
y las cosas, tiene recursos de lenguaje, giros poé-
ticos, espresiones orijinales, que hieren los senti-
dos penetrando de un modo especial en la inteli-
jencia. Sin cuidarse de completar sus frases, las
enuncia por medio de comparaciones y de refe-
rencias que apesar de su sencillez vulgar, tienen
comunmente un alcance profundo. Asi para espre-
sar que un hombre es valiente, dice de él : es co-
mo las armas ; que un hombre es vivo, es como luz;
para hablar de una mujer linda, es como las estre-
llas; para indicar un caballo rápido, es como dgui-
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2jS Estudios Literarios
la; para elojiar á un individuo firme que do cede
á los embates de la mala fortuna, es como cuadro.
Cuando habla de su caballo, le llama mancarrón,
á su mujer la china, á sus amigos aparceros, á los
muchachos del campo charabones (avestruces).
Si le entusiasma alguna aventura heroica que le
cuentan, demuestra su admiración por el héroe
con esta esclamacion : ¡Ah criollo! Si él narra
algún lance en que un ginete bien montado evitó
un sablazo ó una lanzada, ladeando el caballo, di-
ce que soslayó el pingo. No dice « tome usted »
sino velay ; al mate le llama el verde, á la botella
limeta, á los tragos de caña ó de ginebra gorgori-
tosy á un buen caballo de paiseo flete, al telégrafo
eléctrico el chismoso, al ferro-carril en señal de
admiración, el bárbaro. Pero donde agota todo el
repertorio de sus dichos, es en la enumeración de
las calidades de un caballo que estima, y asi dice:
es aseadito para andar, es liberal, es el peón de
la casa, es mi crédito, es un trompo en la rienda,
es manso de abajo, es seguidor en el camino, es
liberal por donde lo busquen, es caballito mante-
nido, orejea como guanaco en cuanto divisa, es de
buena vuelta, para el lazo es como cimbra, es es-
carceador y aseado, á donde quiera endereza, etc.
En la conversación familiar y cuando desea
mostrarse cariñoso, sea con los que están presen-
tes ó con algún amigo cuyo recuerdo le asalta,
emplea términos de su invención ó diminutivos
que dan una flexibilidad singular á las palabras.
Asi, á un hombre entendido en el baile ó la gui-
tarra, ó muy sobresaliente en el juego, el canto ó
las carreras de caballos, le llama taura. A un ami-
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El Gaucho 239
go de valor personal reputado, si es viejo, le lla-
ma viejiio quiebra y si es joven indio crudo. Á un
parrandero que poco para en su casa, le denomi-
na hombre gaucho. Si juega de manos con algún
aparcero y llega á tocarle el cuerpo, en el acto es-
clama: ¡ óigale el duro, y seduebla! Si le choca el
modo de proceder de alguno, ó las palabras que
dice ó las armas que trae : miren con qué caria se
viene á baraja ! Si pide algo á mujeres : hágame el
favor de darme eso, por su vida. Si pregunta su
nombre á alguno, y éste responde soy fulano para
servir á usted, él le replica : para servir á Dios,
Si entra á una pulpería y le convida un estraño •
gracias amigo, apagar lo que gusle. Cuando dalas
señas de un paraje cercano, no dice más alia sino
mas allasilo; cuando se despide de los que estima
no dice adiós, sino a¿20S27o ; cuando quiere afir-
marque no conoce absolutamente nada de un
asunto, dice : no sé cosisima ninguna !
Sobresale también en buscar el lado ridiculo
de las cosas, y sus sátiras son á veces divertidas,
pero en las más de las ocasiones sangrientas. Del
hombre que sale poco de su casa, dice: es como
peludo en la cueva: al individuo de ciudad le llama
maturrango: al estrangero gringo y en algunos ca-
sos nación. Tiene refranes particulares de su co-
secha para caracterizar todas las circunstancias
en que se ven aquellos á quienes profesa ojeriza.
Cuando alguno ó algunos individuos que no
son de campo, se presentan á participar del asa-
do que arde en el fogón, el gaucho que sabe bien
que van á estropear la carne, dice: ya cayeron los
chimangos! Si alguno habla ó hace alguna cosa
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240 Estudios Literarios
mal : no sobe la guasca contra el pelo, Á los caba-
llos de sobre-paso les llama caballos de médico^ y
si encuentra á algún individuo montado eo un
caballo de esa laya, le saluda con mucha formali-
dad, diciéndole: adiós doctor. A su enemigo le lla-
ma sotreta: al caballo de su enemigo matungo: á
las armas de su enemigo armas solas. Para signi-
ficar que una división ó un escuadrón huyó del
campo de batalla sin pelear, dice: esa gente se fué
de arriba: para ridiculizar al gefe de la gente hui-
dora: disparó en la punta: y si el gefe es su enemi-
go: castigó el caballo hasta con el sombrero. A los
agrimensores les llama pilotos; á los demás hom-
bres de ciencia ftsicos. Cuando alguien roba algu-
na cosa, dice: de arriba no lleva golpe. Si duerme
en un campo de batalla después de una victoria,
al recojer sus prendas de montar para hacer la
cama, dirijirá á sus compañeros esta frase signi-
ficativa: caballeros, muertos no hablan, pero roban
cojinillos.
Las tres grandes pasiones del gaucho son: el
juego (naipes, taba y carreras), las mujeres y la
guerra. Sus vicios son el mate, el cigarro, y el
baile. El juego acorta los largos dias de su hol-
ganza campestre, las mujeres suavizan la aspe-
reza de su carácter cerril, y la guerra ejercita su
espíritu aventurero. Cuando no juega, enamora ó
pelea; fuma, toma mate ó baila. Su modo de dor-
mir es un misterio, y hasta parece que el sueño
no fuese para él una necesidad. Tiene el más
completo desprecio por los dormilones, así es que
de los que duermen siesta antes de medio dia,
dice que duermen la siesta del burro, y cuando quie-
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Gpogle
El Gaucho 241
re satirizar á alguno que ha sido desgraciado en
la guerra, dice que lo agarraron durmiendo. En ios
campamentos se entretiene en diversiones pueri-
les: su payaso es el zorro, á quien llama Donjuán.
Apenas chilla un zorro, quinientos hombres se
levantan como movidos por un resorte, corren,
gritan, buscan, hacen volar sus ponchos por el
aire, se agazapan, vuelven á la carga, hasta que al
fin una voz anuncia que ha caido prisionero. La
grita entonces se redobla, el cautivo atolondrado
tiembla, todos le manosean y se burlan de él, le
traen al centro del compamento ; uno alcanza un
porrón de bebida y el pobre Don Juan quiera ó no
quiera tiene que beber caña, ginebra ó vino hasta
vaciar el i5orron, y después de ese, otro, y todos
los que haya, mientras no caiga borracho. Luego
la algazara concluye y cada uno se duerme más
feliz y contento que si hubiera ganado laureles.
Al dia siguiente el ejército rompe la marcha, pero
el general en gefe nota que una de las divisiones
lanza gritos y alaridos ; envia ayudantes á toda
carrera para informarse y le contestan que
Don Juan se ha despertado con el ruido de las
cajas y clarines, ha echado á correr por entre las
patas de los caballos, y la división no ha podido
menos de silbarlo y despedirse de él á gritos.
Se comprende sin esfuerzo, que semejante mo-
do de vida ha comunicado una virilidad asom-
brosa á las poblaciones de la campaña, y si ellas
adolecen de grandísimos defectos en cuanto á las
nociones de la existencia regular y ordenada, les
sobra energía para afrontar los peligros que aman
á falta de mejores pasatiempos. De la misma ma-
E. L. 16
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2^2 Esludios Literarios
ñera se esplica el imperio de los caudillos sobre
tales gentes, puesto que siendo el gaucho un
hombre frugal y sumamente medido en sus exi-
jencias, nunca ha solicitado de sus gefes cosas
que no pudiera él mismo tomarse por su mano.
Un pedazo de carne, en país donde hay vacas
por millones, una lanza cuyo cabo se arranca de
un monte de cañas y cuya moharra se forma con
un cuchillo viejo, un poncho que se adquiere en
todas parte% un caballo que el hombre trae sin
que se lo digan, por que tampoco puede vivir sin
él : hé ahi todo. Al caudillo no se le pide más que
el valor personal : si triunfa, sus gentes le abando-
nan el poder y la influencia que nunca han codi-
ciado, porque no sabrían qué hacer de ellos: si es
vencido, nuevo motivo de agradecimiento por
haberles proporcionado aventuras que narrar. Se
comprende también que sobre tales soldados,
las palabras de un general medido no hagan
efecto alguno, y que mucho más aptos para ven-
cer se encuentren bajo una mano de hierro que
con un retórico al frente. Por eso las arengas de
nuestros generales respiran cierta ironía insolen-
te y soberbia, como esta de Fausto á sus soldados
al dar una carga desesperada: Quitarse los ponchos,
que en el otro mundo no hace frió! y esta otra de
Rivera á su ejército sorprendido pocos dias antes
de Cagan cha: Ea! cobardes, no disparen! Y esta
otra de Flores al iniciar la batalla de Coquimbo:
El que tenga miedo, que se vaya!
Después de la guerra, una de las ocupaciones
más placenteras para el gaucho es concurrir á los
bailes. Un baile le permite satisfacer con usura
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El Gaucho 243
sus ti*es vicios de fumar, tomar mate y danzar, y
ademan le estimula una de sus grandes pasiones :
el amor. Sentado en la cocina sobre algún trozo
de leña ó alguna calavera de vaca, se está depar-
partiendo con ' sus compañeros posesionados de
iguales asientos que él, mientras arde y chispo-
rrotea el combustible del fogón, envolviendo en
■una nube de humo á todos los circunstantes,
convidados desde el dia anterior al baile de esa
noche. En las otras piezas de la casa (rancho),
el bello sexo espera el instante de romper la
danza, mientras el guitarrero en el mejor sitial,
templa las cuerdas de su instrumento. Un pre-
ludio corrido anuncia que la guitarra está en
temple, otro preludio deja percibir una armonía
conocida, y entonces las mujeres se ajitan en sus
asientos, el dueño de casa y algunos viejos se di-
rijen á la cocina cuyos huéspedes se levantan, y
todos reunidos corren en tropel á la sala. Señores,
el Nacional, dice una voz : cada uno entonces se
pone frente á la compañera que le toque en suer-
te, y empieza el baile del pericón, con las relacio-
nes más ó menos felices que cada cual canta por
turno, hasta dar cumplimiento á esta primera
pieza de ordenanza que es de rigoroso deber el
bailar. Pero luego de llenada la fórmula, los cir-
cunstantes se reparten cerca de las puertas y ven-
tanas, para mirar y ser mirados de las mujeres.
Cada uno conviene consigo mismo en la que más
le gusta, y comienzan á llover los pedidos al gui-
tarrero para que cante á la rubia aquella un verso
intencionado. Á esta primera declaración de
amor por intermedio de tercero, sigue á la según-
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244 Estudios Literarios
da pieza de baile la declaración directa y en verso
para la cual está la ninfa prevenida, y tal vez jra
ha rumeado su versito que es de humilde rendi-
miento ó de sarcástica puya, según le guste ó nó
el postulante. Muchas veces sucede que dos in-
dividuos gustan de una misma muchacha, y en-
tonces el menos favorecido le arma riña al otro.
El juego, que es otra de las pasiones del gaucho,
tiene por centro de acción la pulpería. Aun cuan-
do en los campamentos y en las estancias se jue-
ga, nunca es tanto ni tan fuerte como en las pul-
perías. Recostados contra el mostrador ó sentados
á la sombra de la ramada y haciendo marcas en
el suelo con el cuchillo, organizan los gauchos
sus partidas de juego, ya sea á la baraja, á la ta-
ba, ó á las carreras de caballos. El juego orijina
entre ellos disputas y riñas, porque nunca falta
un iaura que pretende llevárselo todo por enci-
ma. Hay ocasiones en que alguno que no es del
pago, viene como dicen ellos á echarlas de diablo,
y entonces el amor propio herido de los demás,
no les deja devorar en silencio las sátiras y las in-
jurias del intruso. Empero, una propensión no-
ble del corazón del gaucho, hace que casi siempre
el aislamiento del forastero inspire simpatías á al-
gunos de los mismos de quienes se ha burlado,
los cuales toman partido por él y pelean contra
sus propios amigos para defender al intruso. Es-
to es tan común en nuestra campaña, que nadie
se admira de que el débil encuentre partido á su
favor para resistir contra los fuertes. Cuando un
gaucho ha peleado así para defender á un estra-
ño á quien vé por la primera vez, esplica sus sim-
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El Gaucho 245
patias diciendo : di la cara por el mozo, de gracia
no más !
La costumbre de andar á caballo desde que
nacen hasta que mueren, les ha hecho sin dispu-
ta los primeros caballistas del mundo: asi es que
no demuestran admiración por las terribles prue-
bas que hacen sobre esas fieras que llama potros
ó baguales. Es necesario ver un potro cuando por
primera vez va á ser gineteado, para formarse idea
de su bravura. Cuesta una batalla después de
haberlo traido con la manada al corral, ponerle
el bocado y ensillarle. El animal quisquilloso co-
mo que es la primera vez de su vida que le domi-
nan, bufa, patea, tira dentelladas, hmcha el lomo
y se desespera. El domador por su parte, rodea-
do de los amigos que le miran, vestido con ropas
lijeras, sin sombrero, y fajada la cabeza fuerte-
mente, va enjaezando al potro con las piezas del
apero, en medio de bromas y chuscadas que el
animal parece comprender, tanto es lo que se aji-
ta, hasta que por último le copeiea, es decir, le
corta los largos mechones de crin que le caen so-
bre la frente y ojos. Otro individuo á quien
llaman padrino montado en un caballo manso,
espera á que el domador monte á su vez, para
apareársele y ayudarle á desempacar el animal y
dirijirle. Por fin desaprisionan al potro del palen-
que en que está atado y le sacan del corral : el
domador le toma la oreja izquierda con su mano
izquierda tapándole el ojo á fin de que no le vea
subir, en la mano derecha con la cual se apoya
sobre la cabezada del recado tiene las riendas y el
chicote, emboca rápidamente el pié izquierdo en
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246 Esludios Literarios
el estribo, y se abalanza mas bien que sube enci-
ma del bagual. El potro entonces, ó se em¡>aca y
tiembla para romper á bellaquear después de un
buen rato, ó bellaquea desde que siente el ginete
encima; se balancea en el aire, mete la cabeza en-
tre las manos y se endereza sobre ellas á punto
de que el domador toca el anca con la nuca, repi-
te luego la operación contraria parándose perpen-
dicularmente sobre las patas, se inclina hacia un
costado y otro amenazando bolearse con una
fuerza capaz de arrancar las entrañas de quien lo
monta, y estas operaciones duran media hora,
hasta que por fin no pudiendo arrojar de sí aque-
lla mole que siente pegada á sus lomos y á sus
hijares, enloquecido por los chicotazos y por los
gritos, echa á correr como pidiendo á los campos
á donde endereza, la libertad que aquel tirano
acaba de robarle. Esta última faz del cuadro
anuncia la victoria del domador: al dia siguiente,
si no es el mismo dia por la tarde, el potro que ha
estado á palenque y sin comer ni beber, pasa por
una segunda prueba que resiste con igual brío ;
después, una tercer prueba le desanima, y así va
por gradaciones hasta llegar á redomón; mas tar-
de asciende á la categoría de zancocho, que es
cuando le ponen freno, y por último se hace ca-
ballo.
El gaucho ha heredado de los charrúas su pla-
cer por la caza, y la misma manera de cazar que
ellos. La fijeza con que maneja la boleadora y el
modo con que la emplea, proceden de igual orí-
jen. El animal á quien más persigue es el aves-
truz, á quien llama ñandú cuando es grande y
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El Gaucho 247
chfxrabon si es pequeño. Del avestruz aprovecha
la caparazón ó picana y los alones para comerloss
las plumas para trocarlas en la pulpería por taba-
co, caña, yerba y demás menesteres, y el buche
del animal para hacer tabaqueras que son muy
estimadas. En la caza del avestruz, lo mismo que
los charrúas, no emplea las grandes boleadoras
de que se sirve en la guerra para trabar los caba-
llos de sus enemigos que huyen, ó en los apartes
para dominar á los animales cerriles, sino que
usa una boleadora pequeña de plomo, que á ve-
ces consta de una cuerda con una bola en cada
extremo, y otras ocasiones, de dos cuerdas bien
sujetas entre sí en la forma de una Y con una
bola en cada punta.
Entre el gaucho y el avestruz hay siempre cuen-
tas pendientes, porque tiene este último la eos-,
tumbre de esconderse tras de los arbustos del
campo ó entre los pajonales é islas de árboles
cuando percibe el ruido que precede á la aproxi-
mación de un ginete, y luego de sentirle cerca,
sale inopinadamente de su escondite y abre sus
grandes alas. Esto produce mucho terror en los
caballos, y no pocas caidas á los ginetes. Por lo
demás el avestruz es un animal bastante tonto,
puesto que apesar de su táctica y la gran fuerza
de las coces que dá, no resiste á la curiosidad que
le inspira el menor incidente, y suelen cazarle á
pié los muchachos con solo ajitar un trapo, que
inmediatamente viene á mirar de cerca, recibien-
do en pago de su curiosidad una puñalada, ó una
lazada en el pescuezo que le ahorca.- Mas el gau-
cho ama la caza del avestruz, porque le propor-
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3^8 Esludios Uteranos
ciona el placer de una carrera vertí jinosa entre
varios compañeros, y el aprisionamiento á bo-
lazos de los animales fujitivos. Esta caza es una
gran batída, ejecutada por muchos sobre cual-
quiera clase de terreno, asi es que las rodadas
son frecuentes y suelen haber heridos graves, y
aún muertos.
Pero donde el gaucho muestra el conjunto de
sus habilidades mas preciadas, es en las yerras,
Llámanse 3'erras á las faenas periódicas que hacen
los estancieros para marcar sus ganados, y tuzar
los de crin. En los dias señalados para la yerra,
hay comida estraordinaria, ó como se dice en el
campo, fogón abierto : si el estanciero es largo y
dadivoso, son esos dias verdaderas bodas de Ca-
macho, pero aun cuando sea corto y mezquino
siempre se vé obligado á gastar mucho más de lo
que acostumbra habitualmente.
Parecen las yerras, combates militares reñidos.
La polvareda que levantan las tropas de caballos^
cerriles, de yeguas y de toros perseguidos, para
que se mezclen á los ciñuelos, los gritos de los
conductores, los grupos de gentes desparrama-
das por el campo, las fogatas próximas á los co-
rrales y á los rodeos donde arde el hierro desti-
nado á marcar las bestias, todo esto presenta el
aspecto de un campo de batalla. El gaucho gusta
de asistir á las yerras porque en ellas se luce co-
mo gran ginete y gran enlazador. Es de verse la
serenidad con que arma el lazo al trote de su ca-
ballo, después endereza al galope hacia un toro
que huye, luego toma la carrera, ya está cerca de
él, ya le alcanza, levanta el brazo con vigor, se al-
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El Gaucho 249
za sobre loé estribos, arroja con todas sus fuerzas
el lazo en dirección á los cuernos del animal, baja
el toro la cabeza, pero es tarde, por que el ginete
encoje y reconcentra su cuerpo para afianzarse
mejor, dá un fuerte tirón á la estremidad del
lazo que lleva prendido á la cincha del caballo, y
el toro como herido del rayo cae bramando al
suelo. Si los animales que han de marcarse ó tu-
zarse, están en los corrales, entonces el enlazador
se luce más aún, por que debe enlazar de á pié,
operación difícil que se llama pialar. Hay simples
pialadores que son los que echan el lazo sencilla-
mente, y pialadores de volcao, que son los que
cimbran con arte el lazo haciéndolo entrar á la
inversa entre las patas del animal: esta operación
es de lujo.
Se ha disputado mucho sobre la necesidad de
cambiar al gaycho su traje : algunos comercian-
tes han hecho esfuerzos por introducir ciertos ar-
tículos de ciudad en el campo, y hasta ha habido
quien ensaye su prestijio personal para provocar ^
al consumo de ellos ; pero el gaucho ha perma-
necido fiel á sus tradiciones y la razón es simple.
Tanto las prendas de vestir como el apero de su
caballo son la garantía de su libertad. El poncho,
muy superior á la capa española por la facilidad
de cubrirse con él y la soltura en que deja los mo-
vimientos, el chiripá que aventaja al pantalón
para el hombre que está todo el dia á caballo,
la bota de potro, fabricada por él mismo con
un cuero de ese animal, y cómodamente dis-
puesta para no estrecharle ; el pañuelo del cue-
llo que sirve de adorno y además de filtro para
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250 Estudios Literarios
tomar agua en los arroyos y cañadas, por cuya
razón siempre es de seda ; el lazo, las boleadoras
y el facón, que sirven para defenderse del ham-
bre y de los enemigos ; el recado con todas sus
pilchas que constituyen la silla y la cama del via-
jero, hacen que el gaucho así vestido y pertrecha-
do lleve consigo donde quiera que vaya sus me-
nesteres, su casa y su fortuna. El dia que abando-
nase estas prendas no seria gaucho, no seria rey
de los campos, necesitaría fijarse á la tierra, tras-
formar su existencia errante en una actividad se-
dentaria, establecer su hogar como el estanciero,
el labrador ó el paisano. Estos goces de la civili-
zación que el gaucho no comprende, porque ha
nacido ajeno á ellos, le matarían de tristeza. Pa-
ra él la vida es el movimiento continuo, y la felici-
dad la independencia absoluta .
Se ha dicho que el gaucho es supersticioso,
preocupado y fanático. Hay algo de verdad en
esto, pero no tanto que pueda escribirse sin espli-
cacion. Cree en los aparecidos ó muertos resuci-
tados, á quienes denomina pantasmas en vez de
fantasmas, y si cree en ellos es porque no hay
ningún forajido del campo que haya dejado de
contar con mucha seriedad aventuras de muertos
resucitados que le han perseguido en los montes,
ó se le han cruzado por los caminos, ó le han des-
pertado á la siesta sacudiéndole el cuerpo. Sus
ideas relijiosas, sinembargo, son tiernas. Del
culto católico bajo el cual ha nacido, lo que me-
jor comprende es la adoración de la Virgen á
quien llama la Inmaculada y también Nuestra Se-
ñora: como nunca se ha humillado ante nadie.
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El Gaucho ^251
cree que cada vez que se arrodilla delante de la
Virgen, le son perdonadas sus culpas. Cuando
va al templo, lo que no es muy frecuente, por
<iue ni hay muchas iglesias en el campo ni él lle-
ga con facilidad á los pueblos, la pompa del culto
católico le embelesa y suelen rodar lágrimas por
sus mejillas, al escuchar esa música solemne y
melancólica con que nuestra relijion hace pene-
trar sus misterios hasta el fondo del alma de las
gentes sencillas. Allí permanece abismado hasta
que la ceremonia concluye; después se retira, pa-
sea por el pueblo, y durante quince dias no habla
de otra co§a entre sus amigos que del cura viejo
que ofició en la iglesia, del incienso y de la música.
No ha faltado quien niegue al gaucho patrio-
tismo, y hasta se le ha hecho aparecer como el
sostenedor de todas las tiranías. Esta opinión es
una de las tantas que se emiten sin fundamento y
se generalizan por la misma razón de que nadie
las somete á un análisis. Gauchos eran aquellos
Dragones que bajo el mando de uno de los Arti-
gas batieron á Bustamante en San José ; gauchos
aquellos Blandengues que echaron pié á tierra
contra los veteranos de Posadas en las Piedras;
gauchos aquellos muchachos que doblaron las
huestes imperiales en Sarandí, y aquellos escua-
drones que desnudos y con el sable en la boca se
arrojaron al agua para asaltar los parques brasi-
leros de la isla del Vizcayno : gauchos aquellas
nubes de ginetes que rompieron y destrozaron el
ejército de Echagüe en Cagancha ; gauchos los
seiscientos orientales que se dejaron degollar en
India Muerta por Urquiza sin articular una pala-
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252 Estudios Literarios
bra de sumisión; gauchos los que defendieron
con Blanco y Fausto la ciudad del Salto contra
un ejército, y después de haber hecho prodijios
se retiraron á pié por entre los montes. A seme-
jantes hombres que se han batido sin pedir re-
compensa concurriendo voluntariamente á las
filas, no puede negárseles el patriotismo. Tam-
poco puede negarse á quien de esta suerte proce-
de, el instinto y ía pasión de la libertad.
De todo lo dicho puede concluirse, que el gau-
cho es el tipo primitivo de la civilización urugua-
ya, con todas las virtudes y con todos los defec-
tos que ella presentaba en los primeros dias de
su borrascosa infancia. Tal como hoy vive y se
desarrolla el hombre libre de nuestros campos,
tal vivió y se desarrolló nuestra raza en la época
laboriosa que presidió á los primeros rudimen-
tos concientes de su personalidad, y á los prime-
ros ensayos de su vida propia. La triple fusión de
la sangre charrúa, española y portuguesa, pre-
sentó por resultado el tipo orijinal que acaba de
bosquejarse; intelijente, impetuoso, caballeresco,
á la vez que supersticioso, peleador y lleno de si
mismo.
Si ha sido fácil trasformar un elemento tan des-
quiciador en la apariencia, lo dirá la historia de
nuestros progresos. En ciento y diez años de pe-
regrinaciones armadas, la mayor parte de esos
beduinos gloriosos han ido dejándose seducir
paulatinamente por los encantos de una civiliza-
ción de la cual ellos mismos han sido instrumen-
tos, han construido un hogar y lo han defendido,
han formado una familia y la han educado, de
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El Gaucho 253
suerte que los estancieros, los mozos de pueblo,
los paisanos y aun muchos individuos de las ca-
pitales, son descendientes de aquellos gauchos
que en el siglo pasado nacian recien á la vida, y
en los principios de este siglo ya se estrenaban
conquistando contra España y Portugal la inde-
pendencia de la patria. La guerra civil no ha po-
dido concluir con el gaucho, y lo ha trasforma-
do : el progreso de los tiempos acabará el resto
de la obra, educando y encaminando á nuevos
ideales á los hijos de los que aun quedan : enton-
ces el gaucho habrá desaparecido. Entre tanto, la
literatura nacional debía á este tipo estraordina-
rio un homenaje tan verídico como sencillo, y es-
to es lo que he tratado de cumplir al bosquejarle.
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UN GOBIERNO DE OTROS TIEMPOS
I al espectador de hoy le fuera dado ha-
cer en cuerpo y alma un viaje retrospec-
tivo en el orden de los tiempos, y su cu-
riosidad le llevara ciento cuarenta años
atrás, á las doce del dia, hasta una península si-
tuada sobre la ribera Norte del Rio de la Plata á
los 34° 55' latitud Sur, 56° 4' longitud Oeste, se-
ria dueño de contemplar un espectáculo raro.
Una baja y mala muralla á medio concluir en tie-
rra, y un fuertecillo de barro y ladrillos con arran-
ques para cuatro baluartes en proyecto que algún
dia hablan de mirar al campo, hacian sospechar
desde lejos que tras de aquel aparato vivia al-
guien. Si el deseo de confirmar la sospecha fuese
tan fuerte en el observador que le incitara á saltar
la muralla, entrando dentro del cuadrilátero de
doce cuadras de largo por seis de ancho que ella
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256 Esludios Literarios
formaba, vena primeramente unas cien casas de
paja ó ranchos distribuidos aquí y allá, flanquea-
dos de cercos que se desesperaban por entrar en
línea recta con el deseo de simular calles ; en se-
guida notaría, que los ranchos y los cercos esta-
ban guardados por grandes perros barcinos que
husmeaban en balde algún transeúnte á quien la-
drar ; después convendría consigo mismo, en que
la carne de las osamentas y desperdicios de reses
acumuladas en el camino y al frente de cada ran-
cho, habían de haber mantenido á ^Iguien mas
que á los perros.
Apoderándose de esta idea luminosa y desarro-
llándola siempre por el sistema deductivo, sus
sospechas se irían acrecentando al ver alzarse so-
bre una casa de paredes gruesas que no tenía cer-
co al frente ni albergaba perros, una cruz de hie-
rro que le haría suponer una iglesia ; después un
solar valdio con pretensiones rio muy lejítímas á
plaza pública, que dejaba á la supuesta iglesia en
descampado y la avecindaba por el frente con
otra casa adornada por un asta -bandera indi-
cando tal vez una oficina ; y ya sobre todos estos
datos, y teniendo en cuenta la conclusión de Sír
John Herschell sóbrela pluralidad de mundos
habitados, podría concluir á su vez con aquel sa-
bio «de qué toda condición de habitabilidad su-
pone habitación » : ó lo que es lo mismo, que
habiendo fortificaciones, casas, iglesia, oficina
pública, perros y osamentas de vacas, debían ha-
ber naturalmente hombres que fueran dueños de
lo primero, y se hubiesen alimentado con las pri-
micias de lo último .
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Un Gobierno de otros Tiempos 257
Tranquilo sobre este particular, aunque sin se-
guridades que oponer á la sospecha de que el
silencio de la población fuese el resultado de
haber muerto el dia anterior todos sus habitado-
res racionales, se dirijiria á la plaza, y como tanto
la que se daba por iglesia como la que semejaba
oficina estuvieran cerradas, caminaría el rededor
de la manzana del templo, hasta dar con una pe-
queña puerta á la espalda de éste, que le franquea-
ría entrada á una especie de corralón. Poco en-
tendido habia de ser en materias arquitectónicas,
si los montones de tierra removida, una que otra
calle tirada á cordel y dos ó tres cruces de madera
clavadas en el suelo, no le hacian caer en cuenta
de que estaba en un cementerio. Si por ventura
conocia el habla de Cervantes, al aproximarse á
cualquiera de esas cruces, podría leer pintarra-
jeadas mas bien que escritas en letras blancas y
temblonas, palabras castellanas que anunciaban
el nombre y la fecha de la muerte de cada finado.
Después de haber examinado á su sabor el fú-
nebre local, y no encontrando cosa que admirar
en él sino la soledad que siempre circunda á este
último refujio de las lacerias humanas, el viajador
observante saldría de allí con ansia de emociones
mas bulliciosas. Pero este deseo no podría aspi-
rar á la solución que lo orijinaba y que era el trato
de gentes, pues tan muertos habian de parecer
por su ausencia los dueños de las casas, como los
yacentes del cementerio. Quienes únicamente
pudieran llamar la atención y provocar á precau-
ciones apesar de estar á cadena, serian los perros,
cuyos ojos inyectados y cuyos ladrídos rabiosos
E. L. 17
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258 Esludios Literarios
anunciarian que habia alguno á quien acometer
á aquella hora, que fuera como decir que se en-
contró la cuadratura del circulo, tan raro era el
caso.
Por fin, en pos de una peregrinación de tres
horas y cuando al transeúnte le hubiera acometi-
do la idea hasta de entrar en tratos con los pe-
rros, ó de llamar á alguno que otro pajarillo que
discurría vago por los aires, siquiera fuese para
reivindicar el derecho de departir con alguien, su
tímpano seria agradablemente acariciado por el
tañido de la campana de la iglesia, que sonaba las
tres de la tarde, hora oficial de despertar. Á la
consigna anunciada por aquel tañido, comenza-
rían á abrirse con la mayor parsimonia y el más
acendrado deseo de retardar la operación, varías
puertas de pulperías y tendejones, cuyos dueños
con la cabeza fajada sin necesidad y desperezán-
dose á cada movimiento, le echarían una mirada
amenazadora luego que lecolijieran. Alborozado
el viajero habia de dirijirse al que más cercano
estuviera para cargosearlo á preguntas, pero el
aludido que supondría portugués á su interpelan-
te, enviaría inmediatamente en busca del Algua-
cil mayor para que en servicio de ambas majesta-
des (Dios y el rey) viniese á aprehender á aquel
forastero. Vendría el Alguacil con su vara alta de
ordenanza, llevaríase al cuitado hasta la casa de
asta-bandera, que era nada menos que el Cabildo,
le sometería á un interrogatorío prolijo con jura-
mento previo de si era católico, apostólico, roma-
no ; inquiriría de él las miras ocultas, en deser-
vicio de S. M. que le hubieran traído á aquella
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Un Gobierno de otros tiempos 259
población, etc., etc. Tras del Alguacil vendría á
preguntar el alcalde de segundo voto, después el
de primero, en seguida el comandante militar de
la guarnición, á quien por fuerza habia de anto-
jársele portugués el intruso, y por último le lle-
varían á desfogar su curiosidad á la cárcel. Una
vez allí, ya tendría para muchos dias, hasta que
le dieran su pasaporte remitiéndolo á Europa ó
á Buenos Aires, en algún barco que la casualidad
trajera al puerto, siempre que su inocencia hubie-
ra quedado plenamente justificada.
Pudiera suceder, con todo, que como los barcos
venian al puerto por Pascua florida, ó como quien
dice de año en año; al forastero le fuese dado en el
interregno hacer relaciones con el Alguacil ma-
yor, el oficial de la guardia de cárcel, y alguno
que otro personaje atraido por la novedad de una
cara nueva entre tantas ya viejas de puro conoci-
das. Si lograse agradar, su prisión se haría me-
nos dura, en seguida se le dispensarían ciertas
atenciones como la de comer con el oficial de
guardia, después alguna noche pasearía á escon-
didas con la ronda, más adelante el comandante
de la guarnición militar le sometería á un nuevo
interrogatorío con ganas de perdonarle, después
le llamaría el mismo funcionario á jugar una ma-
lilla con él, se repetiría la invitación á la semana
siguiente, después cada tres noches, después to-
das las noches, hasta que habiéndose aficionado
el gefe á su trato, le diría entre dos bocanadas de
humo, y en pos de la malilla una noche : « Pero
hombre ¡ qué diantre ! si yo creí que usted era
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26o Estudios Literarios
portugués ! » La amistad entonces se estrecharía
entre el forastero y el gefe militar .
Con pretesto de visitar aquel á éste comenzaría
á saür de dia, después iría á Misa mayor, mas tar-
de conquistaría el título de estante, que era el
primer paso para llegar á habitante y verse libre
de la vijilancia déla autoridad. Su concurrencia á
la iglesia le haría conocer á las doncellas de la po-
blación, que algunas eran bastante lindas y todas
ellas nobles, como que sus padres eran por ley
hijosdatgos y pei'sonas nobles de linaje y solar cono-
cidos, y ellas como hijas suyas gozaban todas las
honras y preeminencias que deben haber y gozar los
hijos y descendientes lejitimos de aquellos. Supo-
niéndole soltero y libre, se prendaria con éxito de
alguna, y un enlace pondría fin á la aventura, co-
mo lo pone en las comedias. El pueblo raro don-
de sucedían estas cosas hacen ciento y cuarenta
años, era al que el Rey de España llamaba « mi
noble y leal ciudad de San Felipe de Montevideo. »
Como se vé, Montevideo en el año de 1738 no
tenia de noble mas que los pergaminos de sus
hijos, de leal mas que la resistencia que oponía
de cuando en cuando en favor del Rey á las terri-
bles embestidas de los charrúas y de los portu-
gueses de la Colonia, y de ciudad mas que el ga-
lante dictado que le concedió su padre y fundador
don Bruno Mauricio de Zabala, en 20 de Diciem-
bre de 1729, esto es, á los cinco años de haber de-
salojado de su puerto á los portugueses. Grande
era la pobreza de los pobladores, según consta de
lo que el Cabildo había escrito á Felipe V poco
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Un Gobierno de otros Tiempos 261
tiempo atrás, para esplicársela en estas palabras
tocantes : « Y en medio de que no tenemos co-
mercio alguno ni donde vender nuestros frutos,
gozamos de tranquilidad y del corto interés que
la guarnición de este presidio nos deja por ellos
en el bizcocho que se destina para su manuten-
ción, el que se fabrica entre los vecinos. »
Aquellos hidalgos, pues, tenian que amasar
bizcocho para procurarse rentas. Recorriendo los
anales de sus asambleas y reuniones, doquiera
se encuentran los mismos vestijios de su cruel
pobreza. Con motivo de haberse llenado el pri-
mer libro que servia para asentar las actas del
Cabildo, encontrósQ este, que no tenia medios
para proporcionarse otro, y resolvió lo siguien-
te : « Habiendo propuesto no tener la ciudad
ningún haber ni otro arbitrio para el costo de di-
cho libro, determinamos entre todos, diese cada
uno lo correspondiente para dicho costo. » Esta
. situación era agravada por la prohibición absolu-
ta del comercio con el estrangero, y además por
la avaricia de los militares que establecían pulpe-
rías y tendejones, privando á los pobladores del
último recurso de que podían servirse para ganar
algún dinero por intermedio del cambio.
El Cabildo que era la autoridad superior de la
ciudad, se componía en aquella época de ocho ma-
gistrados que por el orden de sus títulos y funcio-
nes designábanse así : un alcalde de primer voto
y Juez de naturales; uno de segundo voto y Juez
de menores; un Alférez Real, en quien debia re-
caer la vara de cualquiera de los alcaldes en caso
de muerte, ausencia ó enfermedad, y á quien es-
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202 Estudios Literarios
taba cometido « sacar el estandarte todos los
años en la festividad del glorioso San Phelipe
Apóstol; » un Alguacil mayor, quien continua-
mente llevaba vara alta de justicia á imitación de
los alcaldes ordinarios, teniendo á su cargo los
presos y las cárceles y prisiones que se fabrica-
ren, y sirviendo de ministro ejecutor de las órde-
nes y mandamientos de los alcaldes ordinarios,
con la incumbencia además de Procurador gene-
ral de la ciudad; un Alcalde provincial y otro de
la Santa Hermandad para la guardia y custodia
de los campos; un Rejidor fiel ejecutor y un Reji-
dor depositario general. A esta reunión de ma-
jistrados deliberando juntos, era á lo que se lla-
maba « el Cabildo. »
Reuníanse con frecuencia, discutían la manera
de arbitrar recursos para hacer frente á la hosti-
lidad de los naturales continuamente agavillados,
decretaban reclutamientos de gentes, y marcha-
ba siempre alguno de ellos entre las tropas desti-
nadas á las facciones de la guerra. La fórmula
sacramental de sus actas era esta: « reunidos y
congregados en la sala de sks ayuntamientos como lo
han de costumbre, para tratar y conferir el mayor
bien de esta República, acordaron unánimes y confor-
mes, etc. » Cuando escribían al Rey, encabezaban
sus cartas con la palabra « Señor: » Cuando el
Rey les contestaba, encabezaba las suyas con es-
tos términos : « Consejo^ Justicia y Rejimiento :
Caballeros, Escuderos, Oficiales, y hombres bue-
nos de la Ciudad y Puerto de Montevideo. » Los
miembros del Cabildo duraban un año en sus
funciones, desde el i.*^ de Enero en que comenza-
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Un Gobierno de otros tiempos 263
ban, hasta el i.** del mismo mes del año siguiente
en que entregaban el mando. La elección de sus
sucesores se verificaba por ellos mismos, echando
cédulas con el nombre que cada uno de ellos de-
seaba escribir, en una urna al cargo de un niño
de siete años, que era el que las revolvía y sacaba
al acaso.
La fiesta mas grande de la ciudad era la de su
I>atrono San Felipe, el dia i.° de Mayo. Echábase
anticipadamente un bando anunciando el suceso,
y todos se preparaban con la mejor voluntad á
contribuir al esplendor del acto. La víspera por
la tarde el Cabildo en corporación, vestidos sus
individuos de rigorosa gala, casacon, medias lar-
gas, zapatos con hebillas de plata, sombrero tri-
cornio, espadin y coleta empolvada, rompiendo
la marcha el Alférez Real con el estandarte, acom-
pañado de todos los vecinos y del gefe y los ofi-
ciales de la guarnición, se encaminaban á la
iglesia. Allí con un recojimiento ejemplar se cele-
braban las vísperas del Apóstol : al dia siguiente
se hacia la función y después venia la procesión
con igual solemnidad. Sinembargo, el orden de
marcha por las calles y la colocación del Alférez
Real, fué obgeto de serias disputas : el Cabildo
sostuvo siempre que el estandarte representaba
la persona del Rey y el poder de su soberanía,
por lo cual le competía el primer puesto á la de-
recha de todos : sostuvieron lo contrario algunos
gefes militares y después los gobernadores de
Montevideo, alegando que el Cabildo por ensal-
zarse á si mismo colocaba al Alférez Real en el
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264 Esludios Literarios
puesto de preferencia : la disputa llegó hasta la
Corte, y el Rey dio la razón al Cabildo.
El clero era muy respetado, por ser tan humilde
<;omo bueno : su personal se componía de frailes
franciscanos, cuyos servicios se recordaban .con
mucha gratitud. Asi consta de un certificado
puesto por el Cabildo al pié de cierto memorial
que presentó fray José Gabriel Cordovés, y en el
cual se dice : « Certificamos y damos verdadero
testimonio de ser cierto todo lo que este Memo-
rial refiere : que nos consta que no han habido
otros capellanes desde el año de veinte y cua-
tro (1724) hasta el presente sino los relijiosos de
nuestro Seraphico Padre San Francisco, y que el
año de 26 vino de sota cura el R. Padre Fray Ber-
nardo Casares, y el año de veinte y siete vino de
cura y Vicario el R. Padre Fray Esteban Méndez, á
quien le sucedieron el R. Padre Fray Juan Cardoso
y el R. Padre Fray Marcos Toledo: todos relijiosos
del Seraphico y Sr. San Francisco, y que el R. Pa-
dre Fray Joseph Gabriel Cordovés ha estado de
Capellán de esta Guarnición y teniente de Cura
desde el año de treinta y uno hasta el presente;
con mucha estimación y honor pues en todas las
ocasiones que se han ofrecido en administrar los
Santos Sacramentos, ha estado muy pronto con
toda voluntad y cariño; y en todo lo demás que
se ha ofrecido ; y más certificamos que es cierto,
que la primera Misa que se celebró en nuestra
iglesia Matriz la hizo dicho R. Padre Fray Ga-
briel Cordovés rezada &.»
La pobreza de los habitantes de Montevideo
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Un Gobierno de otros Tiempos 265
hacia totalmente imposible por estos tiempos, la
creación de impuestos ó contribuciones que no
hubiesen podido ser satisfechos. Apelábase en
los casos graves á prestaciones voluntarias, por
medio de las cuales convenían los vecinos en
cotizarse según el monto de sus exiguos sobran-
tes. De aqui nació la costumbre de ciertas reu-
niones populares efectuadas generalmente en la
iglesia, á las que asistían los majistrados y los
vecinos, asumiendo tales juntas el carácter de
una deliberación pública. Las cuestiones de culto
relijioso y la fundación de hospicios de caridad,
alcanzaron solución por estos medios.
En ima reunión de esa clase que se convocó en
la capilla de la fortaleza, « en donde infaliblemen-
te todos los entendimientos convocados serian
alumbrados de nuestra Señora y Madre de Dios»,
según la espresion del Cabildo, fué acordado
en 1730 el establecimiento de un hospicio de San
Francisco, que constase dedos sacerdotes relijio-
sos y dos legos, sin que se obligaraal pueblo para
este efecto á ninguna carga, concurriendo cada
uno con lo que pudiese. Es singular la nómina de
los donativos que se hicieron en aquel acto, por-
que ella demuestra una vez más la pobreza de la
ciudad y la buena voluntad de sus hijos. El de-
positario general don Jorge Burgués, dijo : « que
se obligaba á dar cada un año cuatro fanegas de
trigo, cuatro reses y cuatro carretadas de leña,
por el tiempo de cuatro años, que se contarían
desde el dia del desembarco de los padres funda-
dores.» El Fiel ejecutor don José de Meló, dijo:
« que se obligaba por el mismo tiempo de los cua-
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206 Esludios Literarios
tro años, en dar cada uno de ellos cuatro fanegas
de trigo, seis carretadas de leña y doce reses.» El
Alcalde provincial don Bernardo Gaetan, dijo:
«que se obligaba á dar seis fanegas de trigo, doce
reses por cada año y seis carretadas de leña en la
misma conformidad de los referidos cuatro años.»
Y el Alguacil mayor don Cristóbal Cayetano de
Herrera, «á dar á los dichos padres por seis años,
una fanega de trigo porcada un año.» Los padres
franciscanos aceptaron agradecidos la corta dá-
diva que se les ofrecía , y vinieron á fundar su
hospicio para ser los capellanes, los enfermeros y
los médicos de la ciudad.
Esta forma de acuerdos se conservó durante
casi todo el resto del tiempo de la dominación
española, y si el despotisrho de los gobernadores
militares la echó en olvido, no por eso dejaron de
tenerla en cuenta y desearla siempre los vecinos.
Cuando quería echarse sobre la ciudad algún
impuesto nuevo, reuníanse de esta suerte los po-
bladores convocados por el Cabildo, y daban su
adquiescencia levantando la mano derecha en
señal de aprobación si lo admitían, y en seguida
ofrecía cada uno la cuota que le era posible dar;
pero si lo rechazaban, decían sencillamente «no
podemos» ó «no queremos.» Si el gefe militar de
Montevideo ó el gobernador de las .provincias del
Rio de la Plata que residía en Buenos Ayres,
insistían en el empeño,el Cabildo replicaba enton-
ces que era imposible ceder á lo pedido, pues los
escasos recursos de los pobladores no les dejaban
hacer sin grandes sacrificios el desembolso que
se les exijía en nombre de S. M. ; alegando que
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Un Gobierno de otros tiempos 267
nadie menos que S. M. habia de desear que sus
fieles vasallos pasasen hambres. Pero si apesar de
esto la imposición y la amenaza se hacían sentir
de parte de aquellas autoridades, el Cabildo es-
cribía una larga carta al rey notificándole esten-
samente lo ocurrido, y el rey contestaba ordenan-
do á su gobernador en Buenos Aires que no se
incomodase en nada á aquellos vasallos y de paso
les trascribía á ellos la carta, enviándoselas bajo
cubierta del gobernador, que era como darle á
este un golpe en medio de la cara.
Las cartas del rey se abrían con mucha cere-
monia y en plena reunión del Cablido, con asis-
tencia del comandante militar de la fuerza ar-
mada : el Alcalde de primer voto como presidente
nato de la corporación rompia los sellos estando
él y todos los concurrentes de pié : luego ponia
tres veces la carta sobre su cabeza en señal de
obedecimiento, y después la leia. Concluida la
lectura, mandábase copiar la carta en los libros
capitulares precediéndola de señaladas muestras
de agradecimiento al rey por sus favores, para
depositar después el orijinal en los archivos : el
comandante militar firmaba el primero de todos
el acta, y en seguida salia tirándose del bigote ya
que no podia tirar de la espada para concluir con
aquellos charlatanes que á la larga solian ganarle
la partida.
Pero no se crea que era solo escondiéndose
tras de 1a autoridad de rey que el Cabildo luchaba
contra el despotismo de los gefes militares : tam-
bién les acometía de frente y sabia desafiar sus
iras. En 1734 el capitán don Frutos de Palaphox
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208 Estudios ¡Jierarios
y Cardona, despachó al campo por su cuenta al
Alguacil mayor y á otro de los miembros del Ca-
bildo : quejóse la corporación de este proceder
ilegal, y como que Palaphox no desistiera de su
empeño, el Cabildo impuso una multa de veinte
pesos al Alguacil cada vez que saliera sin su per-
miso ; por manera que cada ocasión que el gefe
militar le ordenaba una salida, el Alguacil le
hablaba de la multa. Otro dia, un oficial déla
guarnición se tomó en palabras con el Alcalde
de 2**. voto : replicóle el Alcalde de tan mala ma-
nera y con semblante tan hosco, que el oficial no
quiso pasar mas adelante y se quejó á su gefe.
El asunto llegó hasta el gobernador de Buenos
Aires, quien inmediatamente ordenó la destitu-
ción y aprisionamiento del Alcalde, con embargo
de bienes, etc., pero las palabras del majistrado
al oficial quedaron subsistentes. Con motivo de
estos piques, mandó el gobernador que no se
reuniese el Cabildo sin permiso del comandante
militar, lo que era una violación flagrante de las
leyes. Protestó el Cabildo con cargo de apelar al
rey, pero tuvo que someterse á la imposición de
la fuerza. Asi andaban las cosas cuando un dia en-
viaron recado á don Domingo Santos de Uriarte,
teniente coronel y gefe de la plaza entonces, para
que concurriera á una junta de la corporación
que le esperaba en el local de su ayuntamiento :
replicó el comandante « que pasaran al Fuerte ó
que el enviaria á buscarles» mandáronle ellos
decir «que se sirviera pasar al local de sus juntas,
por no ser costumbre celebrarse cabildos en el
Fuerte,» y entonces montando en cólera Uriarte
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Un Gobierno de otros tiempos 269
les respondió : « que se aprontasen para ir todos
presos al Fuerte: que él daría parte al gobernador
de Buenos Aires ». Ante una amenaza de esa laya
el Cabildo determinó declararse en junta perma-
nente y oponer el derecho á la fuerza. Súpolo
Uriarte, y después de tanto barullo concluyó por
hacer la cosa mas vulgar del mundo : callarse la
boca.
No estaban sinembargo, libres de disensiones
y rencillas internas, los miembros de aquella
corporación, puesto que su triple resistencia álos
charrúas, á los portugueses y á los gefes militares,
todavía les dejaba tiempo para reñir entre ellos.
El primer Cabildo tuvo discusiones tan acalora-
das y altercados tan violentos, que Zabala desti-
tuyó desde Buenos Aires al Alcalde de primer vo-
to y al Procurador general. Cuando el oficio de
destitución llegó á manos del Cabildo, reunióse
éste, y tuvo el dicho alcalde, su presidente, que
abrirlo: leyó el contenido, y sin decir una palabra,
arrojó la vara sobre la mesa, se cubrió y salió: el
Cabildo hizo constar en su libro de actas aquella
desdeñosa demostración. En 1737 don Tomás Te-
jera electo Alférez Real, no comparecía al Cabildo:
conminósele á asistir, y replicó por toda respues-
ta al Alguacil mayor: « pueden multarme si quie-
ren, y rematar mi casa y atahona para pagar la
multa; pero en cuanto al empleo no lo quiero,
pues yo no vivo de la Vara como el Alcalde de
primer Voto.» En 1738, don Juan Delgado Melilla
electo Alguacil mayor, tuvo varias disputas con
el Alcalde de segundo Voto teniente don Ramón
Sotelo: una noche, á las once de ella, encontró
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370 Esludios Ulerarios
Mclilla á Sotelo por la calle, tiró de la espada, le
provocó con palabras, y se acometieron ambos
á sablazos batiéndose hasta que vino la ronda á
separarles. Dejaran, pues, de ser hidalgos espa-
ñoles aquellas gentes, si no hubieran dedicado
una parte de sus ocios á dormir la siesta y á re-
ñir, dos operaciones de tanta importancia que
constituian el buen tono español en la vida délos
hombres bien nacidos.
Se preguntará, con todo, { cómo era posible
dormir tres horas de siesta, teniendo tantos que-
haceres públicos y privados á que atender, y vi-
viendo en un estado permanente de guerra con-
tra el estrangero y contra los naturales del país ?
La respuesta es sencilla. Levantábanse nuestros
abuelos antes de venir el dia, y después de rezar
y desayunarse trabajaban sus chacras desde esa
hora hasta las once de la mañana: á las once co-
mian, desde las doce hasta las tres dormían su
siesta: á las tres, después de un lijero refirijerio
volvían al trabajo hasta ponerse el sol: mas tarde
cenaban, luego tenían un rato de ' conversación
en familia, en seguida se rezaba el rosario, y á las
nueve de la noche todo el mundo estaba dur-
miendo tranquilamente. Las reuniones del Ca-
bildo eran generalmente á las siete de la mañana:
las deliberaciones públicas se efectuaban el día
Domingo, después de Misa, día en que nadie tra-
bajaba. Los cuidados de la guerra se repartían
entre todos, pero el Alcalde provincial y el de la
Santa Hermandad tenían á su cargo varías parti-
das de soldados con las cuales ejercían la víjilan-
cia de vanguardia. No se movía un hombre por
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Un Gobierno de otros Tiempos 271
las vecindades del Santa Lucia sin que el Cabildo
y el gefe militarlo supieran en el acto: si este mo-
vimiento era precursor de alguna correría de los
portugueses ó de algún asalto de los charrúas,
entonces se convocaba la milicia, repartíase en-
tre todos el servicio activo, y no habia descanso.
Por estos medios lograban aquellos hombres de
hierro gobernar la república, administrar sus
haciendas, hacerla guerra, reñir entre ellos, edu-
car á sus hijos y dormir la siesta.
Constantes y aferrados en sus ideas, incubaron
en los que les rodeaban un espíritu de saludable
resistencia á la opresión, y una tendencia fiscali-
zadora que regularizó y fortificó la administra-
ción pública. Sin desmayar un dia lucharon vein-
tiséis años para obtener un gobernador nombrado
por el Rey, y algunas franquicias comerciales
que les permitieron desarrollar sus elementos de
industria. Los anales de sus actos políticos, ad-
ministrativos y militares, escritos en los libros
de sus cabildos y en su correspondencia oficial
con el Rey, el Gobernador de Buenos Aires y más
tarde con el de Montevideo, demuestran en ciern
tos casos un sentido práctico que se asemeja mu-
cho á la razón política iluminada por la moral y
la ciencia. El respeto de que supieron rodearse
. en el hogar doméstico, les dio una autoridad sin
límites sobre sus hijos, á quienes modelaron en
las formas de su carácter propio, preparando sin
saberlo aquellas almas fuertes que concibieron y
ejecutaron la gran revolución que nos dio la in-
dependencia y la libertad.
Sin que muchos de ellos supieran leqr, ni la
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2/2 Estudios Literarios
minoría tuviera una ilustración que pasara del
nivel común de la mediocridad, la gestión de los
negocios públicos les abrió horizontes que ilu-
minaron sus espíritus, perfeccionándolos por el
ejercicio de la noble misión de hacer el bien co-
lectivo. El orgullo de un mando restringido por
el despotismo de los dueños de la fuerza, les obli-
gó á hermanar su interés propio con el interés
público, y de ahí nació el patriotismo que les fué
ennobleciendo dia por dia hasta hacerles aptos
para afrontar los sacrificios mas duros. La fic-
ción que diviniza el obgeto de un cariño desinte-
resado y puro, concluyó por hacerles creer que
su pueblo era el más hermoso y el más noble de
la tierra, y así hablaban de su ciudad de cien ran-
chos, como un romano de los tiempos de Mételo
hubiera podido hablar de la capital del mundo.
Tales eran los fundadores de Montevideo, en su
carácter oficial y en sus cuestiones domésticas.
Lsi fagon parisienne de ciertos petimetres de hoy,
podrá encontrar un tanto ridicula la coleta em-
polvada y los zapatos con hebillas de plata de
aquellos pobres viejos; podrá la facundia ergotís-
tica de algún leguleyo, jactarse de que hablando
con ellos les habria confundido al primer distin-
guo et argumentabor que les lanzase al rostro; la
pretensión fastidiosa de algún retórico de punto
y coma, encontrará demasiada prosopopeya en
el modo como espresaban sus sentimientos; la
vanidad de algún poeta inédito, no querrá conce-
derles esa sencillez de corazón que lleva en los,
momentos supremos á la poesía; pero el hombre
sensato, el jurisconsulto, el literato sin preocu-
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Un Gobierno de oli'os fiempos 273
paciones y el poeta verdadero, convendrán en
que si la forma esterior de su individualidad y de
sus actos no se ajustaba á prescripciones amane-
radas, el móvil que los guiaba era noble, y apesar
de las dificultades que les creó su escasa noción
de los negocios, tuvieron el sentimiento del pa-
triotismo y procuraron labrar la felicidad común,
único fin del derecho. Y si bajáramos nosotros al
fondo de nuestra conciencia, para examinar á su
luz nuestros procederes del pasado y nuestras
pipetensiones ocultas del porvenir; si concediéra-
mos á la vanidad de nuestra generación el des-
cender un instante del pináculo donde ella se ha
colocado, y poniéndose al nivel de aquellos viejos,
la permitiéramos que nos dejase compararnos
con ellos; si nuestra crónica de lo presente se re-
capitulara y osásemos ponerla al lado de la his-
toria de lo que fué ; con cuánta razón podria re-
petir cada uno al que le precediese : « no hemos
sido dignos de nuestros abuelos : no lo somos
tampoco de nuestros padres ! »
18
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LAS TRILLAS
I L labrador uruguayo no ha conquistado
aún la importancia que su misión civili-
zadora le dá derecho á tener. Aislado por
las grandes distancias que le separan de
los principales centros de comercio, damnificado
por la carestía de los trasportes, divorciado del
estanciero y del gaucho, porque el primero afecta
no necesitarle y el segundo le mira de reojo ; el
labrador pasa su vida entre el miedo de la gue-
rra, el presentimiento de las malas cosechas y el
disgusto de las antipatías que inspira. Por esta
razón la agricultura, si se esceptüan los departa-
mentos de Montevideo, Canelones y Maldonado,
no se ha aventurado en el resto del país á salir
del ejido de los pueblos. Algunos ensayos muy
importantes en los departamentos de la Colonia
y Paysandü, no son sino escepciones que confir-
man la regla.
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276 Estudios Literarios
De manera que el labrador, estrechado por mu-
chas necesidades, no tiene otro medio social en
que espandirse que las relaciones con sus vecinos
del mismo gremio, lo cual si bien ha orijinado en-
tre todos una amistad tradicional, no por eso les
ha librado de los inconvenientes anexos al aisla-
miento, con respecto á las otras parcialidades in-
dustriales de la nación. Se infiere desde luego,
que á esta acumulación de inconvenientes ha de
seguirse una laxitud muy marcada en los progre-
sos de la industria agrícola, cuyos trabajos, pro-
lijos de suyo, se recargan por la escasez de ele-
mentos con qué llevarlos á cabo.
Asi, mientras los descubrimientos modernos
parecen haber reivindicado para el labrador yan-
kee el derecho de no regar la tierra con el sudor
de su frente, colocándole sobre un arado que es
un carruaje y dándole segadoras y trilladoras
movidas por el vapor ; el labrador nuestro se sir-
ve todavía, con raras escepciones, de aquel arado
que pudo ser una prenda admirable en los tiem-
pos de Darío el persa, pero que hoy es un mueble
en desuso doquiera que la agricultura adopta
procederes científicos, y aspira á señalarse por
pingües rendimientos. Que este suceso pueda
ser culpa en parte de la posición escepcional en
que el labrador se halla colocado, no por eso
revela menos un atraso grande en los que vi-
ven del producto directo de la tierra. Es cierto
que algo se reacciona en el sentido de matar la ru-
tina que tantos daños causa en el arte agrícola,
es verdad también que algunos instrumentos mo-
dernos se han introducido y algunos procederes
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Las Trillas 277
enderezados á utilizar esos instrumentos se han
puesto en práctica, pero con todo, nuestro labra-
dor no ha salido todavía de la pobre condición
del labriego.
Por otra parte, sus aperos de labranza, el ajuar
de su casa y los vestidos de su persona, revelan
esta verdad. Unos tamangos de cuero, rellenos de
bayetas y ajustados al pié por una correa ó liento
que se enhebra en ojales abiertos acuchillo: unos
calzones gruesos y remendados, ó en su defecto
un chiripá puesto á guisa de faja cayendo desde
la cintura hasta cubrir las pantorrillas ; una ca-
misa de lienzo con hormillas en vez de botones,
abierta lo suficiente en la pechera para dejar ver
la punta de un escapulario ó reliquia que su due-
ño lleva al cuello ; una chaqueta de paño burdo ;
cuchillo á la cintura, pañuelo en la cabeza para
aprisionar el cabello que pugna por salirse en bu-
cles, un sombrero deteriorado, otro pañuelo so-
bre el sombrero en forma de barbijo y á fin de
que no vuele con el viento : hé aquí el traje del
labrador uruguayo. En cuanto al hombre dueño
de este traje y subdito de esa profesión, basta co-
nocer á uno para suponerlos á todos. El rostro y
las manos tostados por el sol, formando un raro
contraste con la frente blanca de puro estar cu-
bierta ; la mirada tranquila como de quien gana
el pan con el trabajo honrado y diario; el pecho
ancho y fornido, los músculos desarrollados ; vi-
goroso, derecho, nunca obeso ; desconfiado de
los que no conoce, pero franco y abierto con sus
amigos ; severo con sus hijos varones á quienes
hace trabajar desde pequeños, pero indulgente
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278 Estudios Literarios
con las mujeres cuya educación confía á su es-
posa ; tal es el tipo físico y moral de nuestro
labrador.
Su vivienda se divide en dos departamentos ó
ranchos separados : en el uno habita él con su fa-
milia, y en el otro deposita sus herramientas y los
frutos de la cosecha, y tiene el fogón de la cocina
y el gallinero. En vez de la ramada que el estan-
ciero forma para dormir la siesta ó hacer descan-
sar á los caballos de los transeúntes y al suyo pro-
pio, el labrador edifica una especie de tinglado al
cual llama culata^ bajo cuyo techo puntiagudo de-
posita las provisiones frescas. También constru-
ye un pequeño chiquero para crear el cerdo ó los
cerdos que siempre mantiene y un horno para
fabricar el pan. Las piezas que habita y lasque
sirven de depósito para sus menesteres indus-
triales, están edificadas de suerte que forman ca-
lle, dejando á su frente un espacio cuadrado que
se llama patio. En el patio hay uno ó dos barriles
llenos de agua para beber ; á poca distancia de la
casa y limitando el patio, hay por lo común un
pequeño jardin, cuyas flores sirven para adornar
á las muchachas y obsequiar á las visitas que no
son muy frecuentes.
El interior de las piezas que habita está dividi-
do por dos tabiques : el primero cuadra la vivien-
da del matrimonio, y el segundo divide el alo-
jamiento de los hijos varones que á la vez es
comedor, del de las mujeres que siempre es el
último de la casa. Las piezas están amuebladas
con sencillez y las paredes adornadas con algu-
nas estampas de santos : también suelen ostentar
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Las brillas 279
por adorno alguna décima ó composición poética
puesta en letra sobre un papel lleno de dibujos de
mal gusto, y en ocasiones el retrato de algún cau-
dillo célebre ( Rivera ó Flores) . El pavimento de
las habitaciones es duro y terroso, pero muy ba-
rrido ; el mobiliario lo constituyen las camas, una
mesa de comer y algunos bancos ; y los hay que
tienen cuatro ó seis sillas de madera gruesa y
hasta una guitarra y unacordion grande. Dos co-
midas hace el labrador por dia, una á las doce y
otra después de entrado el sol : se levanta al ra-
yar el alba, desayunándose con mate ó café ; al-
gunos duermen siesta á medio dia en verano,
pero ninguno se acuesta tarde á la noche. Los
cuidados domésticos en su totalidad, la cocina,
el lavado, la costura, el reparo del pequeño jardin
cuando lo hay, corren todos por cuenta de las
mujeres de la casa. Si el labrador es rico, las pa-
redes de su vivienda son de material : si es muy
rico, la casa es de azotea.
Sus herramientas imprescindibles son, en pri-
mer término el arado sea de antiguo ó nuevo sis-
tema, después la horquilla palo largo que se bi-
furca hacia su fin en dos puntas como lo indica
su nombre, y sirve para amontonar las mieses,
echarlas al carro, andar con la leña y revolver la
parva; después el aven/arfor, que esotro palo en
cuya punta se clava horizontalmente un trozo
recto como de media vara de largo con dientes de
madera, y sirve para separar el grano de la paja ;
después el rastrillo, la azada, la pala, el pico,, un
morral de cuero para echar el grano en los dias
de siembra, una picana para avivar á los bueyes, y
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28o Esltidios Literarios
una correa, tiento ó cuerda que se le ata al buey
de la izquierda en la oreja del mismo lado para
dirijirle cuando vá arando en 3runta : también se
les ata á ambos un medio bozal ó bocado, que se
llama trompeta para que no se coman los nacien-
tes frutos de la siembra mientras trabajan. Estos
instrumentos son tantos en número cuanto más
rico es el labrador y más grande el área de tierra
que cultiva. El camfK) de labranza representa en
menores proporciones lo que debe ser una colo-
nia agro-pecuaria : hay en él un retazo de terreno
valdío que se destina á los bueyes y caballos para
que pasten : el resto de la heredad es lo que se
cultiva. Luego que un labrador obtiene rendi-
mientos de alguna consideración, trata de aumen-
tar su parque industrial con una carreta.
Todos los bueyes de labranza tienen su nombre
propio, que se deriva de sus calidades físicas ó
del color del pelo : así les llaman, Bandera, Yagua-
néf Leckiguana, Zaraza, etc. Para animarlos á arar
y cuando se desvian del camino, el labrador tira
de la rienda y les grita : Surco ! Al cruzar los cam-
pos, en el acto se apercibe uno de si están arando,
por las voces de entonación monótona que repi-
ten á cada instante : / Surco Yaguané ! ¡ Surco Ban-
dera I
Después de los bueyes, el animal que goza de
mayores prerogativas es el perro de la casa. Ge-
neralmente es un mastín formidable atado á ca-
dena; tiene vivienda propia, que es una especie
de cabana, por que el labrador en seguida de ha-
cer su casa hace la del perro. Las rojas fauces del
animal^ sus poderosas manos, la anchura de sus
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Las Trillas 281
lomos y la fuerza con que ladra continuamente,
prueban que está alimentado con abundancia.
Por lo común, igualmente se deriva el nombre
del perro de su color ó de sus condiciones pro-
pias, y se llama Palomo, ó Tigre, Congo. Turco,
según convenga calificarle. Otros perros hay
también que se agregan á la casa, pero ninguno
goza de la prerogativa de estar á cadena, ni se
atreve á disputarle al encadenado la ración de ali-
mento : para despicar el mal humor que esta in-
ferioridad de posición debe causarles, se entretie-
nen en atropellar á los caballos de los transeúntes,
correr á las gallinas, y jugar allá á su modo entre
los yuyos .
Por el mes de Marzo levanta el labrador el ras-
trojo. Esta operación se circunscribe á pasar el
arado sobre la tierra cubierta de los residuos de
la cosecha recojida, y á quemarlos. El arado se
pasa por primera vez á lo largo del terreno, des-
pués se cruza por lo ancho, á fin de remover la
superficie del campo y alistarla para los dias de
siembra. La planta cuyo beneficio tiene mayor
trascendencia entre todas, es el trigo : sea por
que con ella se elabora el pan, símbolo del ali-
mento humano y del bienestar social ; sea porque
requiera en si misma mayores cuidados que las
otras, la siembra del trigo y su recolección gozan
del privilejio de asumir las proporciones de un
acontecimiento público.
Desde el dia en que el trigo se deposita en los
surcos abiertos para su cosecha, hasta el dia en
que se recoje y se beneficia : sólo él tiene la facul-
tad de ser tema obligatorio de todas las conver-
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282 Estudios Literarios
sacioncs, así en ei hogar doméstico como en el
vecindario. Se calculan anticipadamente sus ren-
ídimientos; se gradúan las heladas que trae cada
luna, las lluvias que caerán, las ventajas de un sol
fuerte á debido tiempo, y todo aquello que suscita
ó atemoriza el interés del cultivador.
La época de la siembra del trigo es desde Mayo
hasta Julio. En ocasión de esta tarea, se conoce
la fraternidad que reina entre los labradores.
Luego que uno de ellos se propone sembrar y ha
abierto las melgas, que son los espacios de tierra
comprendidos entre cada dos grandes surcos pa-
ralelos hechos por el arado, lo avisa á los vecinos,
indicándoles el dia fijo en que comienza el trá-
fago. Desde que rompe el alba del dia indicado,
aparecen como en romería los vecinos con sus
yuntas y sus arados : desayünanse juntos con
aquel á quien van á ayudar, y parten alegres al
trabajo; los sembradores con sus morrales de
cuero repletos de grano, y los aradores con sus
jruntas y sus arados. El dueño de casa, patriarca
de aquella tribu improvisada, luego que ella llega
á su destino, señala 'el terreno por donde ha de
comenzarse el trabajo, toma el primer puñado de
trigo, levanta el brazo y arroja la simiente á los
cuatro vientos. A esta señal, rompen los sembra-
dores la marcha paso á paso, arrojando en todo
el espacio de la melga puñados de trigo. Tras de
ellos pasan los aradores surcando la tierra, á fia
de enterrar el grano, hasta que la primera melga
queda sembrada. La misma operación se repite
en seguida sobre las demás partes del terreno,
dejándolo listo al caer de la tarde. Algunos dias
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Las brillas 283
después el labrador empareja la superficie del
sembrado con una rastra ó aglomeración de pa-
los de membrillo, sujetos por correas y gajos
gruesos, y tirados por yuntas. Asi sembraban y
cultivaban sus campos los patriarcas de las tri-
bus antiguas.
Apenas nacen l^s primeras espigas de trigo, el
labrador las arranca y las lleva á la iglesia para
ofrecerlas á San Isidro ó á la Virgen. Después que
ha puesto su fortuna del año bajo los auspicios
de la Relijion, espera la época de la siega que es
en Diciembre. Gran movimiento reina en los
cam'pos durante ese mes, porque los segadores
cruzan en cuadrillas ofreciendo su trabajo, y los
dueños de muías y de yeguas también se dan
priesa á contratar sus servicios para las trillas
que ya están en perspectiva. Como que todas es-
tas gentes tienen la seguridad de encontrar re-
compensa á sus afanes, se hacen rogar por los
que les solicitan antes de cerrar trato, mas siem-
pre hay una medida común que regula los pre-
cios y que se establece de suyo, con la mayor ó
menor abundancia de las cosechas. Por manera
que los contratos llevan el sello de la condición
del año en que se efectúan. Sinembargo de ello, es
tan necesaria la presencia de los segadores, que
una gran parte de los peones de la ciudad aban-
donan su trabajo habitual para ocuparse de la
siega, en cuya tarea ganan comunmente salarios
mas altos de los que en los pueblos se les asignan.
En cuanto á los dueños de tropas de muías y
yeguas, tienen también una promesa de buenas
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284 Estudios Literarios
utilidades en la cooperación que prestan á los
labradores.
El trabajo de segar parece mas complicado de
lo que es, y es mas sencillo de lo que parece. Á
primera vista, cuando se mira á un segador ar-
mado de su hoz filosa y abrazándose al trigo al
mismo tiempo que tira el corte hacia adentro,
cree uno que es inminente el peligro que corre el
hombre de cortarse, y mucha la fuerza que hace
para cojer la brazada de mies; pero luego de
observarle con tiento, conviénese en que la ba-
quía suple á todas las dificultades, pues el sega-
dor tiene un tacto especial para hacer su trabajo.
Cada brazada que ¿orta, la lía inmediatamente
con un tallo del mismo trigo cortado; á esta ope-
ración se llama engavillar^ y á cada mazo asi liado
gavilla. Las gavillas de trigo se van dejando en
el campo, hasta que llega el momento de formar
las parvas. El segador ó los segadores empleados
en el corte y engavillamiento del trigo, se detie-
nen en la operación, según sea de grande ó de
pequeña el área de tierra cuyo dueño les ha pues-
to á su servicio. Suele suceder también que el
deseo de concluir pronto, ó lo reducido del local
cuyos frutos se cosechan, hagan que el dueño ,de
casa prefiera no engavillar el trigo.
Las trillas empiezan en los últimos dias de Di-
ciembre y concluyen con el mes de Febrero. Para
prepararse á la trilla, el labrador comienza por
alquilar la mulada ó yeguada que debe pisar el
grano. En seguida forma la Era, que es un corral
provisorio de palos enclavados en tierra, separa-
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Las brillas 285
dos por espacios regulares entre sí y maneatados
con correas de cuero que se enlazan de uno en
otro. Si la cosecha es mucha, se forma mas de
una era. Luego que la era está formada, empié-
zase á trasportar el trigo para hacer la parva: hay-
ocasiones en que el trigo se trae en carretas, mas
otras veces no se hace así, porque todo depende
de la cantidad de grano que ha de trillarse. El
trigo se va colocando en la era de mayor á menor,
con el fin de que en esta proporción asuma su for-
ma tradicional la proyectada parva. Cuando la
parva queda concluida, se la cubre con cueros
para librarla de los rocíos fuertes ó de los aguace-
ros tan frecuentes en el verano. Con esta opera-
ción concluyen los preparativos para la trilla, y el
labrador espera el concurso gratuito de sus veci-
nos, y el concurso interesado del dueño de las
tropillas de muías y yeguas que deben ayudarle
en su faena.
Por fin llega el dia de la trilla. Dia de júbilo
más grande no lo hubo nunca en casa del labra-
dor ! Desde muy temprano se ven aglomerados
en la cocina los cargueros de leña y de provisio-
nes que han de servir para regalo de los concu-
rrenteSjtestificando á la vez el empeño del gefe de
la casa en obsequiarles. El patio y las habitacio-
nes están mas barridos que de costumbre : los
muchachos y los perros corren á escape por to-
dos lados : la hora de levantarse se ha anticipado
ese dia sin protestas por parte de nadie .
Comienzan á llegar los vecinos saludando con
el Ave María ó el Deo Gracias de costumbre, á lo
cual se les responde con el Sin pecado ó con el Ack-
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286 Esludios Literarios
lanle que es de práctica. Desayünanse todos en la
habitación que sirve de comedor, con huevos,
pan casero, carne y vino ; nadie gasta cumplidos,
se toma lo que se quiere y no falta quien tome dos
veces de todo, por que entre las gentes de trabajo
las hay que son insaciables, siendo de notar que
los menos aventajados en volumen corpóreo son
por lo general los mas voraces en el sistema de
alimentación propia. Durante el desayuno se
combinan las posiciones que cada cual ha de ocu-
par : las muchachas á cebar mate, las mayores á
cocinar y á amasar : los hombres, algunos á ro-
dear la era para evitar que las muías y yeguas la
salten, otros á desmoronar poco á poco la parva
con horquillas para que los animales vayan tri-
llando.
Mientras esta brigada de verdaderos trabajado-
res está entregada á sus faenas, hay otra brigada
de curiosos, mirones y gentes divertidas, que des-
de el dia anterior se han hecho á si mismos pro-
mesa de asistir, y que solo asoman de medio dia
para adelante. La táctica de estos infaltables es la
de simular que a3rudan : se presentan en todos
los lugares afectando mucha priesa, traen partes
detallados de la era á la cocina, se quejan de que
el mate ó la caña escasea entre los que trabajan ;
felicitan á la dueña de casa por la escelencia de
las masas que ella acaba de trabajar, y que ellos
se apresuran á consumir en gran parte, sin duda
para que el elojio sea justificado ; profetizan que
el precio del trigo será fabuloso ese año, aunque
carezcan de datos para afirmarlo y lo bajo de las
ofertas pruebe lo contrario ; lamentan no haber
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Las Trillas 287
llegado antes para tomar su puesto entre los mas
activos, cosa que podrían hacer si lo quisieran ;
y en suma, no desperdician recurso para dorar el
móvil que les ha traidoá la trilla, y que en verdad
no es otro que el de comer, divertirse y hacer lo
posible por bailar. Los labradores que cuentan
anticipadamente con esta concurrencia, no hacen
más que sonreírse al ver sus mentidos apuros ; y
la dueña de casa, muy mujer de su casa como to-
das las de su gremio, se desvive por obsequiar á
estos ingeniosos holgazanes, cuyos chistes y per-
cances son la sal de la fiesta.
El trabajo de la trilla prosigue todo el dia, has-
ta que la parva está deshecha y el grano comple-
tamente separado de la paja. Entonces comienza
la operación de reconstruir la parva con el grano
solamente. Quitanse los animales de la era, y al-
gunos individuos provistos de aventadores y ios-
trillos van echando los cimientos de la nueva par-
va. Cuando todo el grano se ha aparvado, bárrese
la era, y se echa una capa del polvo sobrante so-
bre la parva, á fin de resguardar su superficie de
la lluvia. La paja se amontona para aprovecharla
mas tarde, sea vendiéndola á los fabricantes de
ladrillos, sea empleándola en el abono de la tierra
que la recibe de buen grado cuando se la dan en
esa forma. Puede decirse con propiedad que solo
cuando la parva está rehecha, la paja amontona-
da y la era barrida, es que el trabajo de la trilla
ha concluido. Entonces los trabajadores se lim-
pian por última vez el rostro, beben el último tra-
go, se restregan las manos y echan un cigarro
como complemento de las fatigas del dia. Arrí-
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288 Estudios Literarios
manse los unos á los otros y emprenden coaver-
sacion, á la cual hace coro el dueño de casa.
En el Ínterin que se saborea este lapso de des-
canso, los quehaceres de orden culinario han sido
victoriosamente llevados á término por la dueña
de casa y sus comedidas ayudantes. Resuena la
voz de ordenanza / Á hacer penitencia ! y todos se
dirijen al comedor, donde humean las fuentes
bien provistas, sobre manteles blancos y una me-
sa añadida á la de ordinario, á causa de que el
tamaño de la habitual, no daría albergue á la
multitud de convidados y no convidados pre-
sentes.
Durante la comida que es abundante y variada,
la conversación rueda sobre las tareas del dia :
hay elojios para los que se han mostrado más asi-
duos, y alguna que otra puya amistosa para los
flojos. Los mirones hacen olvidar su inutilidad
sosteniendo el fuego graneado de las bromas, in-
ventando cuentos al caso y trayendo á colación
anécdotas de otras trillas, lo cual hace reír á los
concurrentes que es cosa de ver. El dueño de ca-
sa, sentado á la cabecera de la mesa, preside el
banquete con su ordinaria gravedad patriarcal, y
su esposa volviéndose toda ojos y manos se mul-
tiplica para servir á los convidados, que jamás
tienen que esperar mucho de un plato al otro.
Después de la comida, es muy general que ven-
ga el baile. Pero en casa del labrador el baile es
muy diverso en sus formas y obgeto al baile del
gaucho. Las hijas de los labradores bailan pol-
kas y mazurcas como se danzan en los pueblos.
Suele bailarse algún Nacional en estas reuniones,
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Las Trillas 289
pero es mas bien como estravagancia que como
deber de cortesía. Por otra parte, las declaracio-
nes de amor que el gaucho hace por intermedio
del guitarrero y después por sí mismo, serian
mal miradas entre los labradores, gente formal
que educa á sus hijos bajo otro concepto de mo-
ral consuetudinaria. Las demostraciones de sim-
patía se reducen en estos bailes á solicitar dos ó
tres veces á una misma muchacha para bailar con
ella : lo que el solicitante pueda decirla respecto
al estado de su corazón, queda reservado entre
ambos, sin que el público sea partícipe mas que
de las sospechas. No faltan ciertamente bromas
sobre el particular entre las gentes jóvenes, pero
ellas van siempre revestidas de la moderación
que el caso requiere. Estos bailes concluyen tar-
de, porque el dia que precede á la trilla y el que
le sigue, son días de asueto.
Como que la asistencia á los trabajos mas pesa-
dos es común, también las diversiones son recí-
procas. El labrador que trilla hoy en su casa, se
trasportará dos días después con su familia á
ayudar á trillar en casa del vecino. Por manera
que los meses de trilla son meses de fiesta en el
campo, y aun cuando las personas que se ven
sean con pocas escepciones las mismas, el núme-
ro de ellas es tan crecido, que llena la casa donde
van y suscita la ilusión de que es nuevo cuanto
rodea al espectador. Cada casa alberga en su se-
no un dia de esos, á todo el vecindario de que ella
forma parte. Regularmente imprime en los cir-
cunstantes una sincera alegría la actividad á que
todos se someten, y como igualmente activo se
E. L. 19
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290 Estudios Literarios
muestra el mirón de oficio que el trabajador de
buena fé, concluye la fiesta á muy entera satisfac-
ción de los presentes. Los últimos que trillan
aunque suelen ser los mas pobres, no por eso son
abandonados de sus compañeros, y aun bajo cier-
tos respectos son mas favorecidos si Cabe por la
afluencia de curiosos que no quieren desperdiciar
las últimas emociones que les proporciona el año.
Este es en resumen, todo el lujo y todas las fies-
tas que se permite el labrador.
En presencia de una vida tan laboriosa y cos-
tumbres tan enteras, parece que la atención de
los hombres dedicados á dirijir las corrientes de
la opinión pública, debia fijarse en los medios de
adelantar los pro^^^resos de esta clase social tan
escasamente pro tejida de las otras. El labrador
por su modo de existencia arreglada y ahorrati-
va, es no solo una base de orden y de progreso
social, sino un espejo de costumbres que va mo-
ralizando y convirtiendo á la vida del trabajo á
cuantos le rodean. Animoso en cuanto cabe serlo
para, hacer rostro á las preocupaciones de los
vagos, lleno de fé en sus esfuerzos apesar del ren-
dimiento mediocre que le dan ; sin pedir nada á
los gobiernos, ni la paz siquiera, puesto que tra-
baja en medio de la guerra; sobrio, sensato, mo-
ral, su hogar es el fundamento de una civilización
sazonada, y su tipo es el molde en que ha de fun-
dirse el ciudadano sin veleidades anárquicas, que
aspira á la primera de las libertades : la indepen-
dencia personal. Un país que cuenta con elemen-
tos de esta laya, puede pregonar sin reparo que
ha sido favorecido por un hallazgo.
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Lxis brillas 291
Se dirá que nuestro labrador es estacionario.
¿A quién la culpa? Si la condición del país le ha
aislado en medio de los campos, no ha de ser él
quien fabrique ferro-carriles para comunicarse
con los centros de comercio. Si la escasez de su
producción no le permite modificar por la com-
pra de nuevos útiles el procedimiento de sus tra-
bajos, no es á él á quien incumbe abrir relaciones
comerciales que levanten el precio de su merca-
dería. Demasiado ha hecho luchando solo, con
triunfar de la rivalidad de los labradores norte-
americanos, estableciendo concurrencia á sus
harinas en el Brasil. Demasiado ha hecho, siem-
pre solo, con desterrar del país por una compe-
tencia lejítima, las harinas y los trigos de Chile.
Demasiado ha hecho, á fuerza de dedicación, con
llamar sobre el maíz uruguayo, la atención de los
comerciantes del esterior. Que se le den caminos
y se le den puertos, es decir, medios de trasporte
baratos ; que se hagan conocer en el esterior sus
productos, y entonces triunfará de todas las con-
currencias, porque tiene á su favor una tierra sin
rival, y el cariño de su profesión se la hará culti-
var cada vez con mayor esmero.
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ÍNDICE
Francisco Acuña de Figucroa 5
Diógencs y sus ideas 47
Los Poetas de la Revolución 67
La Relijion y la Ciencia. (Juicio crítico sobre el libro de
Draper) • . . 113
César Diaz 189
Juan Carlos Gómez 203
CUADROS DE COSTUMBRES
El Gaucho 233
Un Gobierno de otros tiempos 355
Las Trillas 275
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